Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas

domingo, 5 de julio de 2009

Negro sobre negro. Irán, cuadernos de viaje


Negro sobre negro. Irán, cuadernos de viaje
Ana M. Briongos
Laertes, edición 2009
203 pp.

Una edición tras otra -vamos ya por la sexta- vuelve a poner de actualidad Negro sobre negro, el libro de mayor éxito sobre Irán en español, de la misma manera que de forma sistemática se pone también de actualidad Irán con noticias que causan desasosiego ...



Ana M. Briongos
Laertes, edición 2009
203 pp.





Una edición tras otra -vamos ya por la sexta- vuelve a poner de actualidad Negro sobre negro, el libro de mayor éxito sobre Irán en español, de la misma manera que de forma sistemática se pone también de actualidad Irán con noticias que causan desasosiego y que contradicen la realidad de un país hospitalario, culto y dinámico que le corresponde.

Con regularidad, Irán nos vuelve a parecer incomprensible y moviliza en nosotros los prejuicios nacidos de nuestra visión acerca del radicalismo islámico y también de la desesperanza de que los cambios puedan ser posibles.

Y sin embargo, conviene recordar que Irán pertenece de pleno derecho al primer mundo, sus jóvenes se han educado en buena parte en universidades, las universidades tienen más mujeres que hombres entre sus alumnos y el espejo en que se mira la población es el de las cadenas iraníes que emiten desde California, que poco o nada tiene que ver con la imagen oficial que transmite el país.

Por eso es oportuna la reedición de Negro sobre negro, un libro amenísimo, esclarecedor y equilibrado sobre Irán y sobre sus gentes. Algo debe tener Negro sobre negro cuando lo ha traducido y editado en inglés la celebrada Lonely Planet.

Para empezar, Negro sobre negro da un corto paso atrás en el tiempo para ofrecer claves fundamentales que ayudarán a aproximarse y a comprender Irán. No es que retroceda en la historia, simplemente sitúa la mirada en los últimos años del siglo XX al objeto de contar los porqués y los qués de la revolución de los ayatolás. Y arrancando en este punto, para hacer un relato de la vida y del carácter de las gentes en entornos muy diversos (personales, domésticos, colectivos) y dar una visión de conjunto, a la vez que ayudar a desvelar las particularidades y las numerosas contradicciones que envuelven la situación del país.

Desvelar la complejidad es siempre un atractivo y Ana Briongos puede hacerlo porque conoce bien Irán. Después de haber vivido en Teherán antes de que cayera el Shah y haber dejado allí experiencias y amigos, regresa cuando se ha producido ya la revolución islámica y analiza los cambios ocurridos.

Irán, antes de la revolución, era ya un país singular. En una región de influencia árabe, mantuvo siempre su esencia persa en la lengua, las tradiciones, la cultura, en sus aspiraciones nacionales y políticas... Y el vuelco que significaba la revolución islámica añadió nuevas y llamativas componentes de singularidad difíciles de digerir para una mirada occidental y, a menudo, motivo de escándalo.

No hay en el libro de Ana Briongos ningún tono que suene a profesoral o a diagnóstico de experto. Y ese es, seguramente, uno de sus grandes atractivos, entre muchos otros. Ana Briongos introduce los distintos asuntos de los que trata con la mirada de quien regresa a casa, con la familiaridad de quien conoce aquello de lo que habla, con la facilidad de quien tiene las llaves para penetrar en los hogares, acogerse a la hospitalidad de las familias y participar de sus sentimientos y de sus confidencias.

Sin duda, la mirada de Ana Briongos es la de una occidental, y los temas por los que transcurre su relato son los que sorprenden o aquellos por los que se pregunta cualquier lector. Pero esta mirada está cargada de afecto. Y en ello descansa el mayor valor de su libro, porque a su disposición curiosa y a la vez crítica, añade una visión humana y comprensiva que compensa la marea de descalificación que el tema iraní suscita en occidente y coloca la cuestión en un punto sereno y equilibrado que da mucha más voz al interés por la compresión que a la estridencia.

Con toda su riqueza de contenidos, Negro sobre negro queda en las antípodas de un ensayo de análisis político o de investigación social. Lleno de temas y de situaciones distintas, su envoltura es la de un relato de viajes. Tal como reza el subtítulo del libro, es un cuaderno de viajes: un cuaderno enormemente entretenido, emocionante en muchas ocasiones, revelador de numerosos apectos de la vida y casi, casi imprescindible para trazar un camino que ayude a comprender el Irán de hoy.

Leer más…

lunes, 4 de mayo de 2009

Bajo el sol. Argelia 1881: de Argel al Sáhara



Guy de Maupassant
Marbot, 2009
222 pp.




Un libro de viajes por África, escrito en el s. XIX, pero no de un explorador o de un aventurero, sino de un escritor. Guy de Maupassant decide viajar al sur, a las colonias francesas, a Argelia, atraído por la llamada del exotismo. Siente tanto la necesidad de alejarse de la rutina de la vida en Francia como el deseo de dejarse envolver por ese mundo evocador y caluroso que empieza en la orilla sur del Mediterráneo. Y nos cuenta una experiencia donde se mezclan escenas y comentarios que apuntan a direcciones muy diversas y que hoy siguen leyéndose con interés.

La Argelia de la que habla Maupassant es en primer lugar la de la colonia. Es a sus ojos –y a los ojos de la gente de su tiempo- una extensión de Francia donde conviven franceses y ‘árabes’, comerciantes, emigrados, funcionarios, militares, campesinos, nómadas… en un entorno donde se mezclan ciudades de aire mediterráneo, aldeas del desierto, vergeles e inmensidades de tierra cubiertas de arena.

La curiosidad de Maupassant, su sensibilidad y su mirada cultivada lo lleva a mostrar opiniones propias y frecuentemente contradictorias con algunas de las cuales hoy podríamos coincidir y otras que no pasarían ni de lejos el filtro de lo políticamente correcto. Ser hijo de la Francia metropolitana y del siglo XIX tiene necesariamente que reflejarse en puntos de vista muy marcados cuando se hace referencia a asuntos que tuvieron que ver con las colonias.

Maupassant ve y nos cuenta los paisajes y las ciudades, los caminos y los pueblos que descubre en sus andanzas. Y lo hace con detalle, en un momento en que viajar era menos fácil que ahora. El calor insoportable, las estrellas, las casas, las enormes distancias, los campos… Pero nos cuenta también de las gentes y de sus costumbres con el mismo detalle para destacar las particularidades que le llaman la atención y que con frecuencia las separan del mundo ‘civilizado’.

Se sorprende del fanatismo. Dice, al referirse al rezo en las mezquitas, que ‘una fe salvaje planea, llena a esas gentes, los hace inclinarse y levantarse como títeres; es una fe muda y tiránica que invade los cuerpos, inmoviliza los rostros, oprime los corazones’.

Por otro lado, la imagen, teñida de fundamentalismo virtuoso, que tenemos hoy de los países musulmanes choca con el relato que en ocasiones hace Maupassant: ‘las casas de placer clandestinas, llenas de rumores, son tan numerosas que no es posible andar cinco minutos sin topar con dos o tres’. Y cuenta de las tribus del desierto tradicionalmente dedicadas, como algo de lo más natural, a suministrar mujeres a los prostíbulos, donde amasan un pequeño caudal con el que regresan a la tribu para casarse y vivir en familia.

La precariedad del poder de Francia sobre la colonia se pone de relieve a través del viaje por un territorio extenso y muchas veces hostil por los excesos del clima y la inmensidad del territorio. Maupassant sale de la región suave a orillas del mar y se interna tierra adentro. No parece que la pereza o la dificultad lo desanimen. En tren unas veces, o a caballo acompañando a alguna expedición militar otras, pasa del desierto a los oasis, de las tiendas de los nómadas a los pequeños pueblos recorriendo caminos interminables que le permiten conocer el país. 

La insurrección de alguna parte de la población contra Francia está siempre latente y los cabecillas campan por el desierto y se emboscan en gargantas de ríos secos, en matorrales y dunas para desesperación del ejército cuyos oficiales convierten su incapacidad de conocer y adaptarse al lugar en incompetencia para dominar a su escurridizo enemigo.

Hay entre los franceses desplazados a Argelia funcionarios amables y militares incapaces, campesinos arruinados, comerciantes esforzados, hombres de bien y escoria. Y hay, entre los argelinos, igualmente, personajes respetables y sujetos carroñeros. Y también locos y asesinos. Con crudeza, Maupassant expone cómo los locos del desierto pueden convertirse en santos, bajo el aura de su inexplicable estupidez, o morir abandonados, rechazados por sus familias . Es llamativa la forma como –según Maupassant- se aplica la justicia por medio de caids –jueces tradicionales- corruptos en una sociedad que ha asimilado que la mentira es una forma corriente y aceptada de desenvolverse en cualquier pleito. 

Maupassant no parece hostil a la población autóctona, pero seguramente con los ojos de su tiempo, tampoco puede evitar una condena sin matices de las formas de vida de una sociedad atrasada cuyos criterios no comparte. Ve a los nómadas como ‘un pueblo extraño, infantil, que sigue siendo primitivo como en el origen de las razas. Sus casas no son más que ropas tensadas… No hay camas, ni sábanas, ni mesas… Apenas saben curtir las pieles de macho cabrío para poner el agua, y los procesos  que emplean en cualquier circunstancia son tan toscos que nos dejan estupefactos.’

Se queja Maupassant de una sociedad tan conservadora que considera que todo trabajo es deshonroso y que desprecia a los ‘mozabitos’, los pequeños comerciantes, cuyo trajín y espíritu industrioso los lleva de un lugar a otro en una actividad próspera y elogiable.

El viaje de Maupassant nos lleva, como indica el título del libro, de Argel al Sáhara y se extiende aún a Córcega. El trayecto es largo y los ojos del autor abarcan un horizonte tan extenso como sugerente. Es de la Argelia de su tiempo de la que nos habla, aunque da la impresión de que muchas de las cosas  que relata resuenan todavía hoy en los oídos de quienes quieren acercarse al país y conocerlo. Y por supuesto habla también de una forma de ver a los otros pueblos que condicionó la  mirada de los europeos de la época en que se escribió el libro. 

Bajo el sol es un libro atractivo, lleno de temas, anécdotas, episodios e historias. Es una excelente aproximación a esa Argelia que más de cien años después sigue manteniendo muchas de las tradiciones, cultura y caracteres heredados del pasado.

Leer más…

martes, 21 de abril de 2009

Muerte en Persia


Annemarie Schawarzenbach
Minúscula, 2008
182 pp






Annemarie Schawarzenbach, de familia adinerada, elitosa, intelectual y culta, transgresora, liberal y liberada pertenece a esta estirpe de mujeres escandalosas y admiradas en lo más selecto del mundo intelectual y de vanguardia en la Europa de allá por los años 30.

Sensible en extremo, sufre el desasosiego y la angustia de los artistas y vive en una atmósfera dominada por la estética del sentimiento.

Persia la atrae y la tortura. Ha viajado sobradamente por países exóticos, ha vivido en el Moscú soviético que tiene ya el carácter mestizo de la mezcla entre Europa y Asia y que representa el mundo nuevo nacido de la Revolución.

Persia también representa otro mundo, pero es el pasado. Un universo misterioso y agobiante donde todo la admira y la desborda. La suya es una escritura poética que transforma lo real en sensaciones, casi siempre abrumadoras.

El calor, omnipresente, insoportable, acude a cada instante y marca pesadamente la escena. Lo que cuenta Annemarie Schawarzenbach es real y no lo es. Es el Irán que ella vive, a pesar suyo. A modo de excusa ha ido al país, entre otras cosas, porque participa en las tareas arqueológicas que alemanes y norteamericanos sostienen para desenterrar el fabuloso patrimonio de la antigua Persia. Pero incluso el entorno intelectual y académico que la rodea le resulta insuficiente para calmar una ansiedad que además se ve alimentada el poderoso influjo de la geografía y de la leyenda del un país que resulta desbordante para ella.

El halo casi sobrenatural que rodea a las montañas, el discurrir de los valles que llevan hasta lugares desconocidos, las caravanas de camellos y el sonido de las campanillas que cuelgan de los arreos, el grito de los que conducen los caballos cubiertos de leyenda del shah, la luna sobre Persépolis y la sombra fantasmal de los viejos monumentos en ruinas, el sufrimiento de las horas y horas de acalorada pesadumbre que exige el atravesar las áridas estepas iraníes, el hartazgo del alcohol que sirve de consuelo en esta tierra embrujada y cruel, el delirio que produce la enfermedad cuando supera las propias fuerzas… todo le llega al lector tamizado por el filtro intenso de una sensibilidad sufriente y marcada por la desesperanza.

Estamos acostumbrados a una literatura de viajes donde predomina la información –aunque sea elaborada o interpretada por quien escribe- que nos acerca al mundo real y a las gentes que lo habitan. El relato de Annemarie Schawarzenbach se desliza al otro extremo, al que disuelve el conocimiento y la experiencia en un discurso donde todo es sentimiento. Un sentimiento poderoso, elaborado y vivido hasta el detalle, personal, lleno de matices y de colores que permite al lector sentir, más que mirar, esa Persia que tan intensamente sedujo a Annemarie Schawarzenbach.

Leer más…

viernes, 6 de marzo de 2009

Asante África


Témoris Grecko
National Geographic / RBA, 2009
139 pp.





Me acerqué al libro y después de husmear en la contraportada tuve una sensación de desinterés. Un desinterés que hube de reconocer que nacía de un prejuicio. El libro venía avalado por haber recibido un premio concedido por una cadena hotelera.

Nada peor que guiarse por los prejuicios, porque Asante África resulta ser profundo, ameno, bien informado, de muy fácil lectura y en muchos momentos divertido. El secreto está en el autor, un mexicano, periodista, ingenioso y de espíritu aventurero. Y está también en los temas que trata -resultado de un viaje de meses por África- y en el modo de aproximarse a ellos.

Dos partes dividen claramente el libro. La primera trata de Sudáfrica. Témoris Grecko ha viajado solo. Y su viaje consiste en los encuentros con la gente. Gente normal, aunque no necesariamente parecida. Gente con quienes consigue una relación casi siempre cordial y familiar y de quienes extrae puntos de vista y experiencias que añade a su propio discurso y le ayudan a explicar lo que ve.

Hay en Témoris Grecko una posición tomada de antemano. No es un mero observador: exhibe su criterio. Y hay que decir que lo hace de forma equilibrada y cuidadosa. Porque los temas en los que se fija -la desigualdad, el racismo, la pobreza, la enfermedad, la sumisión, el nacionalismo, la convivencia de las culturas, los gobiernos...- son complejos y requieren sensibilidad para tratar de ellos con mesura.

Sudáfrica es la excepción esperanzadora del continente. La irrupción -que el mismo autor entiende que roza el absurdo- de un mexicano en medio de personas con intereses, culturas, ideologías y aspiraciones tan radicalmente distintas sirve para humanizar el relato y para expresarlo desde el lenguaje de la sinceridad y, a menudo, de la complicidad. El sida y el modo cómo afrontarlo, el pasado bóer, la nueva élite negra y por contraposición la gran mayoría a la que tanto cuesta prosperar, y la figura inmensa de Mandela se mezclan para componer un panorama, desde luego incompleto, pero muy interesante y aleccionador.

La segunda parte del libro dirige la mirada a Kenya y Tanzania. También allí Témoris Grecko nos introduce, jugando con las anécdotas propias del viaje y a través de sus encuentros fortuitos, en la realidad con la que tropieza. La atención que presta a las personas y a las situaciones que viven lo anclan a tierra y dan solidez a un relato que hubiera podido quedar en simple aventura.

En ningún momento el libro pierde fluidez y simpatía, ni tampoco conexión razonada con la realidad. Los premios casi siempre tienen un fundamento. En este caso ha sido bien merecido y hay que reconocer el buen tino de la cadena hotelera que tanto me desconcertó en mi lectura de la contraportada.

Leer más…

domingo, 8 de febrero de 2009

Diario de un lobo. Pasajes del mar Blanco


Mariusz Wilk
Alba, 2009
278 pp.





Una leve sensación de vértigo embarga al lector en los primeros párrafos de Diario de un lobo porque vislumbra la posibilidad de que en la lectura que ha hecho hasta el momento de numerosos libros de viajes tal vez no haya entendido nada. 

Las islas Solovki se hallan en el mar Blanco, al norte de Rusia a menos de doscientos kilómetros del Polo Norte. Es una tierra entrelazada con el mar, de clima y condiciones de vida extremas y aislada. Mariusz Wilk, el autor del libro es un periodista polaco, joven, cuando decide instalarse en el lugar donde marcha a vivir durante más de diez años.

Mariusz Wilk, en Diario de un lobo va a hablarnos de las islas: de su suelo, de su gente, de sus paisajes, de los cielos, de la vegetación, del clima, de lo que se cultiva, de lo que fueron las islas tiempo atrás, de lo que son ahora, de cómo discurre la vida en ellas, de lo que se vislumbra para el porvenir.

Pero ¿por qué hablar de las Solovki, siendo como son un lugar tan excéntrico, diminuto y singular? Sostiene el autor la teoría de que viajar debe ser más que mirar, haber leído, tratar de entender y luego contar o recordar aquello que se ha visto. Sostiene que conocer obliga a mucho más. Sobre todo si se trata de algo tan opaco, exótico y difícil de penetrar como es Rusia.

Sostiene Mariusz Wilk que ese espacio euroasiático que es Rusia posee unas interioridades que invalidan la realidad superficial a que nos hemos acostumbrado después de leer los periódicos, algunos libros o tras algunas conversaciones con la gente del país. Hay dos Rusias y la Rusia oculta es la que contiene el alma profunda y largamente acrisolada de una nación cuyas raíces se hunden en un mundo oscuro.

Mariusz Wilk no elude polemizar con su paisano Kapuszinski al que admiramos y hemos convertido en maestro de la interpretación de las sociedades más diversas. El método de Kapuszinski no vale, al menos cuando hablamos de Rusia, porque según Wilk, cuanto más se sabe menos son las cosas que consiguen encajar en el rompecabezas en que consiste todo ejercicio de comprensión. Rusia es otra cosa y Occidente no ha sabido ver de ella más allá de su piel.

Esta es la razón que lleva a Wilk a instalarse en las islas Solovki, en las que ve una Rusia en pequeño: el lugar donde podrá penetrar en el mundo que le rodea, con suavidad, con todo el tiempo por delante convirtiéndose él mismo en un ruso capaz de oír y sentir en ese plano profundo al que tanto cuesta acceder a los extranjeros.

Pequeñas en tamaño, fuera de los caminos, con un clima infernal, cuesta pensar que las Solovki hayan tenido relevancia alguna en la historia de Rusia. Y sin embargo el hecho de su importancia es el primer toque de atención a favor de la afirmación de Wilk  de que en Rusia pocas cosas son lo que parecen. La iglesia ortodoxa tuvo en las Solovki un monasterio inmenso cuya influencia alcanzó a Rusia entera y que atrajo el favor de los zares. En las Solovki hubo también el primer campo de concentración de la Rusia soviética, cuyo modelo se replicaría más adelante en otros lugares. Y en las Solovki se han refugiado hoy gentes de todos los pelajes y de lugares distantes para componer una mezcla diversa y también dramática.

El declive –ruinas- del espléndido monasterio, el abandono de las instalaciones de campo de trabajo, el deterioro ecológico y el social que se advierte en las Solovki reproducen la Rusia actual. Son la herencia de una historia confusa y accidentada. Son el reflejo de un mundo duro cuyo porvenir es opaco como las densas nieblas del invierno. 

“Algunos de (los) caminos conducen hacia el interior de la isla; otros al interior de tiempo; algunos serpentean a lo largo de la costa, ribeteados por las olas como los encajes rusos; otros, en cambio, cruzan a través del lodo o de la memoria.”

Los paisajes de las Solvki tienen algo de imaginario. Se entiende que enmarcados en la naturaleza excesiva que acompaña a las tierras boreales reflejen las amenazas y también las promesas de vida que contienen el agua, la luz y el bullir atropellado que sigue al cortísimo verano. Y se entiende, que en contacto con los hombres puedan ser el escenario donde se representan escenas de la vida que ayudan al espectador atento a comprender a los personajes y a las interioridades de su papel.

Leer Diario de un lobo es entrar en un mundo de reflejos. Y es descubrir, o recordar de nuevo, que Europa se confunde con Asia en un vasto territorio que, como no podía ser de otro modo, posee una entidad propia, desarrollada en un espacio que poco tiene que ver con aquel del que nosotros procedemos y desde el que tratamos de entender a los demás.  Por fin, es también asomarse a los hechos. Diario de un lobo no trata solo de entender 'el alma rusa'. Si lo hace es para acercarse al país real, a la Rusia de hoy desprovista de recursos y empobrecida, desolada por el colapso de lo que fue la Unión Soviética, esquilmada por una legión de bandidos que han llegado incluso allí donde el frío se enseñorea durante casi todo el año y el alcohol es consuelo que apaga las penurias de todos los días.

No hablamos de filosofía ni de la belleza de los paisajes blancos que la nieve cubre. Diario de un lobo es la Rusia de hoy y es el modo que el lector tendrá para acercarse a ella desde una perspectiva nada habitual pero certera.

Leer más…

domingo, 1 de febrero de 2009

Hikayat. Relatos de mujeres libanesas


Roseanne Saad Jalaf, editora
Océano, 2009
264 pp.






Pienso que pocas veces la literatura ha reflejado los cambios sufridos por un país en los últimos años como Hikayat ha hecho refiriéndose al Líbano. Y es que, al centrarse en escritos realizados por mujeres, tira de dos hilos particularmente importantes para mostrar aspectos vitales de la evolución del país.

El primero hace referencia a la reciente historia del propio Líbano. Esa especie de Suiza incrustada en el Mediterráneo oriental, moderna y rica parecía un sueño y sin embargo era real antes de que entrara en un rosario de guerras que iban a destruirla. La prosperidad era un tapón que había detenido el tiempo. Había congelado un equilibrio que parecía estable, resultado de una prodigiosa sabiduría que permitía convivir a gentes de religiones y de comunidades muy diversas pero amparadas por una cultura, que parecía innata, de buena vecindad. Fenicios en el origen, trabajadores, hábiles en el comercio, acostumbrados al manejo del dinero, habían creado una sociedad moderna donde sobresalían grandes y bellos edificios, banqueros y potentados y una plétora de profesionales salidos de la prestigiosa Universidad Americana de Beirut. En resumen, un envidiable remanso de paz y de progreso.

El segundo tiene que ver con las mujeres. Aunque en muchos aspectos liberal, la sociedad libanesa vivió presa de sus tradiciones. Probablemente, como un acto reflejo para la propia supervivencia, las distintas comunidades mantuvieron su fidelidad a las raíces y con ella fijaron el papel de la mujer manteniéndolo en el ideal de las viejas costumbres de dedicación a la familia y de sumisión al varón.

¿Por qué Hikajat habla con tanta profundidad del camino recorrido por la sociedad libanesa en los últimos años? Porque la guerra y la pérdida de la prosperidad dieron un vuelco a todos los órdenes de la vida y abrieron un camino que dio presencia a las mujeres en la literatura. El desplome del Líbano feliz discurrió en paralelo al surgimiento de nuevas voces: voces femeninas.

No es que se abriera el abanico de los escritores y fueran por ello mismo más numerosos quienes desearan expresarse a través de la literatura. Lo que se abrió de repente fue un mundo silenciado y con una sensibilidad particular. Son numerosos los ensayos y teorías sobre la especificidad de la literatura escrita por mujeres. Pero en el caso del Líbano, seguramente, hay que hablar de una situación especialísima debido al colapso entero del país y a la experiencia traumática de una interminable situación de guerra y conflicto. La voz de los hombres estaba más próxima al lenguaje de la guerra. La de las mujeres emergió de forma más innovadora y al proponer un discurso lo hizo desde una posición nueva. Y, hay que decirlo, casi siempre doliente después de tanto sufrimiento.

Hihajat hilvana uno tras otro relatos cortos. Hasta veintiséis. Y por supuesto, son todos distintos. Son distintos en la época en que fueron escritos y en la historia y sensaciones que transmiten.

La época de la que surgen y a la que se refieren es en realidad un lapso de tiempo muy breve. Reciente. Pero es que la historia del Líbano ha estado tan marcada por acontecimientos dramáticos que los antes y los después dejan huellas en los tonos de quienes se expresan y determinan experiencias colectivas que sólo los libaneses reconocen. Además de los acontecimientos y los ritmos que definieron el discurrir de la historia libanesa, hubo generaciones distintas, posiciones políticas, sensibilidades religiosas y circunstancias de vida personales que dieron lugar a visiones diversas y también a expresiones literarias diferentes.

No siempre el relato corto es bien aceptado por los lectores, más acostumbrados a la novela. Pero el caso de Hikayat es un caso especial. El prólogo del libro es aleccionador porque introduce en el entorno de la producción literaria femenina en el Líbano y porque da algunas claves que ayudan a comprender lo que el lector hallará en los relatos que dan contenido al libro.

Experiencias de soledad, de quienes se quedaron en las ciudades desoladas y de quienes tuvieron que huir, relatos de quienes vivieron desde el extranjero el conflicto y sintieron fuera de casa su condición libanesa, narraciones escalofriantes de quienes perdieron la razón y cuentos también –y sorprendentes- de quienes hallaron un sentido en la vida en momentos en los que ningún acto era gratuito y la supervivencia era un ejercicio consciente de voluntad de vivir. 

Todo un abanico de historias y situaciones compone ese mosaico de emociones que dan vida a Hikayat. Una antología de pequeños escritos de mujeres libanesas, no consagradas en la gran literatura, podría no ser más que un trabajo de edición destinado a lectores curiosos. Hikayat es mucho más que eso y, desde luego, es un libro rico en contenido y lleno de interés para cualquier lector. 

Leer más…

viernes, 9 de enero de 2009

Viajes y Exploraciones en el África del Sur


David Livingstone
Ediciones del Viento, 2008
790 pp.





 

Casi ochocientas páginas pueden disuadir al lector de emprender el trabajo de la lectura. Y más si el autor del libro, en lugar de un reconocido literato, es un cronista alejado del oficio de escribir y afectado por muchos de los modos y maneras que tenían los científicos del siglo XIX para divulgar los descubrimientos de la época.

Ochocientas páginas son muchas, pero quisiera adelantar una opinión personal y que estoy seguro de que es poco compartida: hay libros que no hace falta terminar de leer. Son libros que pueden dejarse cuando el lector desee y sin embargo, llenos de interés que se disfrutan durante todo el tiempo que se tienen entre las manos.

Viajes y Exploraciones en el África del Sur recoge la experiencia de Livingstone durante los dieciséis años que duró su primer viaje a África. Es un libro escrito en alguna medida por obligación ante el deseo de Inglaterra y también de Europa entera de conocer el alud de descubrimientos que el más famoso de los exploradores acababa de hacer en un continente tan próximo como desconocido e impenetrable como era África.

Hay que decir que el atractivo enorme que tiene el relato de Livingstone descansa a partes iguales en el objeto del relato –África, su naturaleza y sus gentes- y en la personalidad extraordinaria del autor.

Otros aventureros habían llegado ya al continente y habían hecho incursiones en él. Pero ninguno alcanzó en sus observaciones la amplitud, la perspicacia y la profundidad que aparecen en el presente libro.

La vida de Livingstone es de un dramatismo feroz. Quien desee acercarse a la versión menos oficial de ella, lejos de las condecoraciones y los laureles, para contemplar el sufrimiento ligado a la determinación obsesiva por seguir y seguir avanzando en el interior de África tendrá una buena perspectiva leyendo el excelente El río Congo, del que convendría hablar algún día. Enfermedad, abatimiento, penalidades extremas rodeadas de accidentes y de muerte componen una hazaña que se convierte en lúgubre y finalmente suicida. Y sin embargo, nada de ello se trasluce en el relato escrito que hace el protagonista de esta aventura.

¿Por qué? La respuesta, y éste es el primer gran atractivo del libro, está en la personalidad sobresaliente y de natural resistente hasta el extremo de Livingstone. Nacido en una familia extremadamente humilde, con la precaria educación que podía conseguirse en las Hébridas, en Escocia, en los primeros decenios del siglo XIX, puesto a trabajar a los diez años para ayudar a la economía familiar, se propone estudiar latín y se familiariza desde muy joven con los textos de Horacio y de Virgilio. Se interesa por la astronomía y por la ciencia en general, consigue estudiar medicina a la vez que trabaja en la industria textil y se licencia en Glasglow. Además, se interesa por la filosofía y por la religión en la que descubre el motivo que debe orientar su vida: ayudar a las naciones sufrientes por sus condiciones de vida y por la falta de conocimiento en general y la ignorancia de la religión cristiana en particular a salir del atraso y emprender la senda del progreso. Con profundos estudios de teología, Livingstone marcha a África como misionero, pero también como científico y como activo defensor de la abolición de la esclavitud.

Y regresa a Londres tras su primer viaje, dieciséis años después de haberlo emprendido, colmado de reconocimiento como el hombre que más sabe, que más cosas ha visto y que mejor conoce África de todos cuantos puedan hablar de ella.

Cuando Livingstone redacta su relato y se excusa de no escribir mejor, no es solamente un hombre de acción, poco versado en letras, quien habla. Es en realidad un hombre de profunda formación intelectual, familiarizado con libros y literatura y tan exigente hacia sí mismo como poco conforme con la mediocridad.

Para el lector de hoy, parte del espectáculo que se inicia con las primeras páginas del libro de Livingstone es el propio Livingstone. La otra parte es África. Y aquí vuelve a ser singularísimo el relato porque contiene un auténtico tesoro de conocimientos de los que no se tenía noticias hasta que los lleva a Europa el autor. En su afán por evangelizar, aprende con rapidez sorprendente las lenguas de las tribus con las que convive y hace apuntes gramaticales sobre sus formas de expresión. Explica la composición de las comunidades que encuentra, las relaciones familiares, las formas de vida. Habla de guerras, de pueblos, de animales, de reyes, de ceremonias, de ritos, de formas de vestir, de utensilios, de las habilidades de unos y de otros… Y, por supuesto, de viajes, de desplazamientos por la selva o por los desiertos, del cruce de ríos y de montañas y de los encuentros con otras tribus a veces amables, otras complicados y tensos.

El viaje de Livingstone es largo. Parte de África del Sur, atraviesa el Kalahari, llega al río Zambeze y a las cataratas Victoria, alcanza Angola… Es una auténtica epopeya que narra con la distancia del científico y con el deseo de documentar su experiencia para dar noticia de ella a los demás. Riguroso, detallista y, visto con los ojos de hoy, ingenuo en su propósito espiritual de llevar la salvación a través de la Biblia, ofrece al lector la visión de un mundo nuevo. En todo caso, el relato de Livingstone es cautivador y descubre a quien lo lee la visión de un África virgen y también de una Europa atenta que ha empezado a dar los primeros pasos de la política colonial que marcará el desarrollo posterior de todo el continente.

Leer más…

miércoles, 24 de diciembre de 2008

El africano


Jean Marie Gustave Le Clézio
Adriana Hidalgo, 2008
144 pp.





Son numerosas las reseñas que han aparecido de los libros de Le Clézio desde que le fue concedido el Nobel de literatura. Al referirme a El africano quisiera hacerlo poniendo el acento en el entorno de la literatura de viajes.

El africano es un libro raro. Tiene numerosas lecturas, diversos ángulos, emociona y desconcierta. Tras su lectura me cuesta decir quién es su protagonista. Es un libro corto, denso en contenido, sobre todo emocional. Es extraordinario.

Son tantos los planos de lectura, que también me resulta difícil elegir uno por el que empezar. Tampoco es cuestión aquí de suplantar el trabajo que corresponde a la crítica literaria. Pero voy a comenzar por decir que resuenan en él los grandes mitos de los que se ha nutrido la literatura africana, Conrad a la cabeza.

El caso es que El africano es demasiado corto y la voz del autor demasiado europea para sostener la intensidad de esos libros clásicos que para los blancos se convirtieron en espejo de África. Pero a lo largo del texto el relato roza los paisajes, la naturaleza y la vida en el continente con tal proximidad que hace sentir al lector todo lo que una literatura mucho más extensa transmitió antes que él.

El africano es un libro humilde. Es un librito de impresiones personales. Recoge los sentimientos del autor, que vivió parte de su infancia en África. Y se transforma en un homenaje a su padre -huraño, autoritario, ausente- sacrificado en su lucha como médico en tierras africanas y también en un reconocimiento amargo a esta África que se perdió.

He dicho que es un libro raro y lo es por muchas cosas que atraerán al lector. La primera, por la que empieza, es por el hecho de que Le Clézio cuenta su experiencia de niño. Él y su hermano llegan a un pueblo perdido en Nigeria donde su padre es el único médico en toda la región. Son los únicos blancos, no tienen un entorno ‘colonial’ que los vincule a Europa. Rodeados de paisajes nuevos, insertos en una vida radicalmente distinta de la que habían tenido en Francia, amigos de otros niños del poblado con los que conviven, son, ellos mismos, africanos.

La experiencia de la vida en África moldea la sensibilidad del autor y lo hace sensible a lo que ocurre en el continente. Posiblemente, Le Clézio estaba predestinado a ello. A pesar de ser francés es un outsider. Su padre viene de Isla Mauricio. Consigue una beca y logra estudiar en Inglaterra. Y terminada la carrera de medicina entra al servicio del ejército británico para ejercer en territorios de ultramar.

No son éstos unos elementos que favorezcan una mentalidad estrecha y ligada a un solo lugar. Le Clézio viaja. Lo hace de pequeño para reunirse con su padre en África. Y lo hace de mayor, y concretamente en este libro, para volverse a reunir con él desde la comprensión del esfuerzo y de la pasión que supuso dedicar la vida a curar, en los lugares más remotos, a la población africana sin más medios que un maletín relleno de unos pocos instrumentos y de poquísimos medicamentos en todos los casos.

El africano es su padre. Y hay un tono melancólico en el libro porque en este africano, destruido por el esfuerzo, aislado, sin familia a mano, endurecido al extremo por la disciplina a que obliga el sobrevivir, está el fracaso de una vida y la metáfora del fracaso de un continente que tuvo la esperanza de ser mejor que lo que ha sido.

El lugar a donde va ‘no son regiones aisladas ni salvajes (…). Al contrario, es un país próspero, donde se cultivan árboles frutales, el ñame y el mijo, donde se practica la ganadería. … Al este está Banyo y el país bororo, al sur la antigua cultura de los Bamouns de Fumban que practican el intercambio, son maestros en el arte de la metalurgia e incluso utilizan una escritura inventada en 1900 por el rey Njoya…. Los montañeses de Banso siguen viviendo como siempre lo hicieron, a un ritmo lento, en armonía con la naturaleza sublime que los rodea, cultivando la tierra y apacentando a sus rebaños de vacas de largos cuernos’.

El África todavía esperanzada que encuentra el padre y que mueve a la reflexión a Le Clézio es tranquila, civilizada y en orden. Hace referencia a este ‘África que no pudo ser’ de Luis Reyes, a un continente frustrado, indomable y cruel por el que asoman Conrad y las vidas llenas de crueldad de los grandes exploradores, quebradas en su afán por penetrar y permanecer en su territorio.

Lejos del África humana, aparece el mundo sórdido del crimen y la guerra, de la lucha tribal, de la desconfianza y la inseguridad: el África condenada por sus propios excesos a los que se añade la terrible lacra del colonialismo y de la intervención –por exceso o por defecto, pero siempre guiada por los intereses propios- de los países extranjeros. La famosa guerra de Biafra, que sigue a la de los kikuyos en Kenia o a la de los zulúes en Sudáfrica y que antecede a tantas otras que vendrán después y la igualarán en crueldad y en maldad, quiebra la visión esperanzada de la vida. Y quiebra el sentido del trabajo y la resistencia personal del médico extranjero que socorre a la población con la esperanza de ayudar a que un día sea menos sufriente.

África nos aparece en el libro de Le Clézio en un relato desde primera fila. Un África vista a través de la reflexión –o del reflejo, si se quiere- de la imagen recuperada de la propia infancia y de la reconstruida y reinterpretada a través de la vida del padre. En muchos aspectos es un África irreal.

Han pasado muy pocos años desde aquellos en que transcurrieron las escenas que se cuentan en el libro y, sin embargo, África parece ser hoy otra. Han ocurrido, en este tiempo, demasiadas cosas para creer que lo que Le Clézio cuenta sigue ajustándose a la realidad. Tampoco quedan ya los grandes espacios abiertos a la aventura, todavía sin mapas, como los que encontró el padre del autor.

El africano, a pesar de los tintes de horror que contiene, nos lleva a un África desvanecida: que se perdió. Pero ¿no podemos pensar también que era aquélla –la humana y aproximadamente feliz- el África real y que la de ahora, su hija, es sólo un mal sueño del que hay que despertar? ¿No puede ser el África sonriente de Le Clézio el punto de partida desde el que redibujar la senda por la que el continente hubiera podido avanzar y puede aún recomponer su futuro?

El libro de Le Clézio está lleno de profundidad y merece una cuidadosa lectura. De ella extraerá el lector conocimientos y, sobre todo, emociones. Emociones, información, opiniones y, muy especialmente, comprensión que le acercarán, desde horizontes distintos, a esa África tan contradictoria, compleja y difícil de perfilar y tan presente para todos.

Otros comentarios en Letras Libres

Leer más…

lunes, 22 de diciembre de 2008

Treinta días en Sidney


Peter Carey
Herce, 2008
222 pp.





Hay comportamientos simples que definen a un país y que a menudo no aparecen en las guías. Son tan cotidianos que pasan desapercibidos, tan triviales que caen en el olvido de quien los presencia, tan frecuentes que se vuelven transparentes a la mirada con la costumbre pero quizás por ello mismo son señas de identidad de sociedades enteras y reflejan su carácter profundo. El conserje del hotel indicando al viajero que acarree él mismo sus maletas o el cliente de un taxi colocándose en el asiento delantero junto al conductor son dos ejemplos que Peter Carey desliza en su Treinta días en Sidney y que entre muchos otros le sirven para mostrar al lector el alma de la ciudad y de sus habitantes.

No voy a esperar al final de esta reseña para aconsejar la lectura del libro y para decir que es magnífico. Lo es sin duda. Y lo apreciará el lector aunque no sienta interés especial por la capital australiana. El libro está lleno de hallazgos y de profundidad. Está escrito con sensibilidad y con inteligencia y se lee con interés creciente y con gusto.

Sidney es el protagonista del libro. Y podría serlo de muchas maneras. Carey huye de la descripción. No construye sobre el inventario de lo que se ve o de lo que hay en la ciudad del modo como lo haría una guía. Lo suyo son los encuentros con las personas y con sus propios recuerdos y la capacidad para extraer de ellos el pasado y el presente a través de indicios. La mano de Carey se desvanece. No es él quien cuenta. Ni siquiera los personajes que hablan definen Sidney. Es el lector quien construye la ciudad y al hacerlo, después de tantas derivadas, a donde llega es a su esencia.

La literatura es un arte de prestidigitación. Por ello y a pesar de lo dicho más arriba, hay que reconocer que por supuesto es Carey quien maneja los hilos de lo explícito y lo implícito y de cuánto el lector entiende y concluye. Y hay que decir que lo hace con sensibilidad suficiente como para fingir que no es él quien construye la historia sino sus personajes y el lector.

Carey habla de Sidney mezclando su experiencia en primera persona y las conversaciones con sus interlocutores, en forma de texto dialogado cuyos planos se apoyan y conviven a lo largo del relato. Y de esta forma, en el curso de esta mezcla, deja surgir temas con los que cobran cuerpo una ciudad y una sociedad llenas de singularidades, herederas ambas de viejos presidiarios y que son hoy ejemplos de prosperidad y de éxito.

El modo como Carey desarrolla su texto encaja con su condición de profesor de literatura creativa. Escribe con la misma soltura y facilidad con que introduce los temas más diversos.

Cuenta sin morderse la lengua que la Australia de hoy es el resultado de una guerra contra los aborígenes, que los blancos nunca quisieron reconocer y de cuya derrota han sido siempre conscientes los indígenas. Cuenta de lo poco comprensivos que han sido los blancos con las condiciones naturales del país, con sus precarias condiciones para la agricultura y con el peligro que suponen los terribles incendios que asolan la ciudad. Cuenta de los incendios y de la fuerza brutal del viento como si la naturaleza tuviera todavía toda la energía de un mundo sin domesticar. Cuenta, en un relato escalofriante, de la existencia de un país joven a través del gusto por el riesgo en el mar o del placer de enfrentarse a la naturaleza. Cuenta del aprecio a la libertad del espíritu hablando de la innovación en la arquitectura, del escaso interés por las formas convencionales de vida y del hábito y el gusto por las mezclas y los cambios en casi todo.

Y junto a la tensión que subyace a los contrastes, Carey desvela su admiración por la ciudad. En todo momento, emerge un Sidney grato, luminoso, bendito por la belleza del paisaje y por la presencia del mar. Treinta días en Sidney es un homenaje cálido a la ciudad, a sus habitantes y a la vida. Es un libro para disfrutar y para leer con gozo.

Leer más…

domingo, 14 de diciembre de 2008

La Mansión del Califa. Nuestro primer año en Casablanca


Tahir Shah
Alcalá, 2008
398 pp.






Si existiera el género, diría que La Mansión del Califa pertenece al de la ‘literatura tranquila’. Es un libro que fluye poco a poco, sin sobresaltos, a un ritmo indolente como corresponde al de la vida habitual en Marruecos, donde sucede la historia.

El libro se inscribe en esa tradición europea que consiste en romper con la dureza del frío y de los cielos grises de los largos inviernos –hablo, naturalmente de la Europa que cuenta para estas aventuras que es la atlántica- y busca en el sur la liberación que significa vivir en lugares de atmósfera luminosa y cálida donde la gente desconoce la prisa y en buena medida el orden.

Esos relatos que cuentan asombrados el descubrimiento de la luminosa Italia o España, tienen en este caso una versión más moderna que encuentra en Marruecos la utopía soñada. Huir de Londres es el objetivo de Tahir Shah, escritor, para hallar con su familia no sólo un entorno más grato, más cálido y más natural también sino, además, una cultura más próxima a lo humano. Las exigencias de la civilización urbana en occidente tienen remedio fuera de Europa en un país cuya trayectoria lo ha llevado a mantener unas formas de vida más pausadas que las que marcan la cotidianidad, para el caso que nos ocupa, de Londres.

El autor –y el nombre lo delata- no es un personaje cualquiera. Hijo de afgano pero nacido en la capital británica, es en primer término inglés, aunque no le es ajeno el mundo árabe y musulmán. Ha escrito de viajes, conoce el mundo pero descubre, lo mismo que otros ingleses cuyas ocupaciones les daban libertad para establecerse en cualquier sitio, que hay un mundo más enriquecedor lejos de Londres.

Él mismo es consciente del carácter utópico de sus deseos y conoce el riesgo de arrastrar a su familia a vivir a Marruecos, donde la fantasía de encontrar un sueño tropieza con realidades que no son todas color de rosa. Pero frente a las dudas se impone el hallazgo de una casa, encontrada casi al azar en Casablanca, cuyo gran atractivo impide echarse atrás. Su dimensión enorme con jardines, patios, porches con columnas, altísimas puertas, grandes ventanas y una arquitectura magnífica difícilmente repetible componen el argumento para no dejar escapar la oportunidad.

No es en el libro todo poesía ni mucho menos. Sus primeras páginas arrancan con el atentado que conmovió a la ciudad hace muy pocos años. Con ello Tahir Shah nos sitúa en el Marruecos moderno. Y es precisamente esto lo que da personalidad a su relato, porque al hacerlo mezcla de forma amable, e interesante también, el ‘choque –particular- de civilizaciones’ que se produce cuando él y su familia desembarcan en su nueva casa y tratan, con ayuda de quienes se ocupan de ella –vigilantes, jardinero, cuidadora de los niños, cocineras- de poner orden e instalarse lo más pronto y cómodamente posible.

El orden –el orden material y el lógico- londinense se da de bruces con el desorden material de la casa y de la gran capital marroquí y sobre todo con la forma de actuar y de ver las cosas de las gentes del nuevo país. La lógica y la experiencia del Tahir Shah londinense chocan con las de sus interlocutores de los que depende y que supuestamente lo deben ayudar. Por supuesto no hay mala intención en el desencuentro. Hay solamente tradiciones distintas, creencias y formas de afrontar la realidad que dan lugar a jocosos incidentes y a una visión del Marruecos de hoy que el viajero casi nunca tiene oportunidad de vislumbrar.

¿Hasta qué punto no hay una exageración de Tahir Shah para resaltar con ironía los aspectos más folclóricos de los personajes con quienes se encuentra? Seguro que la hay y que su relato vive del juego de la caricatura hábilmente manejada. Pero en líneas generales es también verdad que en el Marruecos moderno persisten viejas tradiciones que proceden tanto del mundo musulmán como del mundo propiamente rural del que se han nutrido recientemente las grandes ciudades y que siguen vivas, mezcladas con las apariencias más modernas y menos llamativas.

Un Marruecos donde se cree en los espíritus, se los cuida y se los apacigua, donde la familia extiende sus redes casi hasta el infinito, donde la nobleza, la ayuda, la fidelidad, y la solidaridad crean poderosas relaciones que lo mismo son un apoyo providencial que un engorro abrumador del que casi es imposible liberarse aparecen en La Mansión del Califa en un relato de vida cotidiana animado por una ironía muy inglesa y por el buen humor.

La Mansión del Califa habla de costumbres y de anécdotas, de gentes distintas y de un país con admiración y con la curiosidad del viajero que hace una parada larga, se detiene a mirar a su alrededor, trata de entender lo que ve y se siente como en casa, a la vez que sorprendido por el mundo que descubre en tantas cosas distinto del suyo.


Leer más…

lunes, 24 de noviembre de 2008

El corazón del cazador


Laurens van der Post
Península, 2008
286 pp.





Laurens van der Post era un personaje excepcional, que dedicó gran parte de su enorme energía a combatir el apartheid y el exterminio de pueblos en peligro, especialmente los bosquimanos. Rodó documentales, escribió libros y movilizó las conciencias del público británico alertando del peligro que suponía la desaparición de este pueblo nómada y cazador. A ellos les dedicó dos libros, ya clásicos, El mundo perdido del Kalahari y este, El corazón del cazador. En él recoge una parte de sus exploraciones por el desierto y especialmente las relaciones que mantuvo con diversos grupos de bosquimanos, que ya recelaban abiertamente de su contacto con las poblaciones blancas.


Su interés no es sólo descriptivo, aunque describe y muy bien los imponentes y durísimos paisajes del desierto, la riquísima y casi invisible vida que alberga y la potencia infinita que tiene la naturaleza cuando el hombre se sumerge en ella y las muletas que la civilización le presta se revelan inútiles. El objetivo de su libro es acercarnos al corazón del bosquimano, a su modo de entender el mundo y la vida, a su concepción del universo y a su conocimiento del mundo natural. 

Y este acercamiento no lo hace con la frialdad del antropólogo, sino con la cercanía de un amigo y la pasión de quién defiende un causa justa. Van der Post sostiene que la humanidad no se puede permitir la extinción del más primitivo de los pueblos que la forman; que ellos son quienes nos mantienen cerca de nuestras raíces comunes, de quiénes fuimos y de quiénes seguimos siendo por más que nos sofistiquemos: mamíferos cazadores que viven en grupos.

El libro mezcla sabiamente la descripción de los paisajes y personajes individuales y sus peripecias con la reflexión acerca de su importancia para el bien de nuestra alma; plantea así el asunto moral de la responsabilidad que todos compartimos por el destino de los más débiles de nosotros.

Y los más débiles son los bosquimanos: de pequeño tamaño, escasísimo desarrollo técnico y una forma de vida tan absolutamente integrada en el entorno que las alteraciones que se producen en él amenazan su existencia. Medidas teóricamente proteccionistas, como limitar la caza de determinadas especies animales, les resultan profundamente incomprensibles; durante siglos han cazado para alimentarse, aquel es su territorio y no conocen ni pueden conocer otra forma de vida. Son asediados tanto por los pueblos negros como por la extensión de la colonia blanca, que quiere incluirlos en sus listas de personas obligadas a pagar impuestos. Y se puede imaginar la magnitud de la catástrofe que esto supone para un pueblo que, de hecho, vive en la Edad de Piedra.

El grueso del libro está dedicado a recoger y comprender los mitos y narraciones que los bosquimanos han creado para explicarse el mundo y que se han transmitido de padres a hijos desde los tiempos más remotos. El autor sabe bien que esta cosmogonía es un tesoro a punto de perderse y dedica ímprobos esfuerzos a recoger lo que podrían ser sus últimos capítulos. En estos últimos capítulos que forman la tercera y última parte, el libro alcanza un gran vuelo poético, que nos acerca a concepciones ajenas al racionalismo y que son profundas y por eso muy africanas. 

Cuando el autor interroga con insistencia a un cazador para que le explique los comienzos del mundo, él le responde.- “Es muy difícil porque debes comprender que siempre hay un sueño que nos sueña.” Y aquí hay resonancias de Calderón, Shakespeare y Freud que inician una exploración no del Kalahari sino del corazón del cazador, que es el bosquimano pero también el lector.

Leer más…

domingo, 9 de noviembre de 2008

Rumbo a las 7 Islas



Josep A. Pujante
Nacional Geographic/RBA Libros, 2008
383 pp.





Desde el inicio de la lectura de Rumbo a las 7 Islas se aprecia que J. A. Pujante ha nacido para viajar. Se mueve de un lugar a otro con soltura, disfruta del viaje y consigue vivirlo sin aparente esfuerzo y siempre con gusto.

Es importante reseñar esto porque Rumbo a las 7 Islas no es una aventura cómoda y se prestaría a hacer de ella un relato con las tintas cargadas en el esfuerzo y en el sacrificio por superar los obstáculos. No en vano, el viaje que nos cuenta J. A. Pujante no es un recorrido de placer. ¿O sí lo es? La duda es lo que hace singular al libro y a su autor.

Rumbo a las 7 Islas es la crónica de una expedición cuyo objeto es recalar en las siete islas más grandes del planeta y en cada una de ellas coronar la cumbre más alta. Viajar y subir montañas son palabras mayores cuando estamos hablando de ascensiones de unos cuantos miles de metros. El viaje no es un paseo. Muchas de las cumbres entrañan una dificultad técnica elevada y la ascensión obliga a quien la emprende ser algo más que un aficionado. Pujante y el equipo que lo acompaña tienen ese algo más. Son expertos en escalada y se han medido con las cimas más complejas en todos los continentes. Antes de sus siete islas, Pujante lleva a cuestas –entre otras hazañas montañeras- una ascensión al Everest de la que dejó constancia en otro libro: Alcanzar la cumbre de cristal.

Equipo de escalada, información, preparación con tiempo, obtención de permisos, aproximación a la base, instalación de un campamento, evaluación de la meteorología, ataque a la cumbre… todo lo que rodea al alpinismo en serio figura en la aventura de Pujante y sus amigos. Y todo nos lo cuenta el autor, con soltura y en detalle, de una manera fresca y que capta el interés del lector incluso cuando no siente especial afición por las proezas deportivas camino de la estratosfera.

Confieso que este es mi caso. Pensé que el mundo de la escalada no me llamaba especialmente la atención y sin embargo la lectura me satisfacía. Pero la realidad es también que el centro de gravedad del libro no está tanto en las montañas como en el viaje que conduce hasta ellas. El título, Rumbo a las 7 Islas, lo indica así. Y estoy seguro de que el autor no vería con malos ojos si digo que la ascensión a las siete cumbres más altas, tanto como un objetivo, es una excusa para emprender un largo viaje alrededor del mundo y para disponer de un guión que lo aleje de los recorridos más trillados.

J. A. Pujante no es un viajero cualquiera. Basta repasar su historial para preguntarse qué hace escribiendo libros de viajes y andando por ahí en lugar de dedicarse a ocupaciones más serias. La solapa del libro asegura que es doctor y especialista en neurocirugía. Es experto en alta dirección hospitalaria, campo en el que no solamente tiene títulos sino que ha trabajado de verdad. Además de doctor en medicina lo es también en Relaciones Internacionales y parece que colecciona masters en alta dirección empresarial por ‘las más reputadas escuelas de negocios’. Es académico de la Real Academia de Medicina …

Pues bien, resulta que añadida a esta lista envidiable de títulos, habilidades y virtudes es también paracaidista, corredor de ultramaratones, explorador de desiertos y selvas y escalador, además del Everest, del K2, del Annapurna y de otros ochomiles que no mencionaremos aquí por no agobiar.

Esta condición polifacética es la que hace a J. A. Pujante singular y es la que se refleja en su libro dándole un interés especial. He dicho más arriba que el centro de gravedad del relato no está en las montañas. Y creo que conocida la personalidad del autor es fácil comprender el por qué. El interés que le suscita el viaje es mucho más amplio que el que reflejaría una sola veta de todas cuantas lo traspasan. Y el mismo Pujante nos lo cuenta: ‘Conocer, aprender e integrarse en las costumbres nativas es un objetivo más serio y más profundo que la mera búsqueda de un reto deportivo, Y para comprender es conveniente disponer de información previa a fin de disponer de determinadas referencias imprescindibles. El montañero debe observar con curiosidad e interesarse por todo (…); muy especialmente por la historia y la cultura de los territorios que visita, donde moran los habitantes de los valles en que se alzan los altivos picos que tanto anhela.’

Es así como el relato que contiene Rumbo a las 7 Islas se engrandece y en el horizonte que abarca desfilan los maoríes de Nueva Zelanda, los aborígenes australianos, los habitantes de regiones perdidas de Madagascar, los de Mauricio y Nueva Guinea o de Groenlandia, además de un sinnúmero de personajes que en la expedición encuentra el autor y de los que nos habla para enmarcar su crónica y para conseguir el propósito de dar alas al conocimiento.

Rumbo a las 7 Islas es un largo paseo por el mundo lleno de aventuras, de anécdotas y de información. Es una fructífera lectura y una ocasión para asomarse a lugares poco conocidos y para participar de un proyecto –el de subir a las cumbres más altas de las siete islas más grandes de la tierra- singular y emocionante.

Leer más…

jueves, 6 de noviembre de 2008

Historias secretas de Birmania. A la sombra de George Orwell


Emma Larkin
Altair, 2008
260 pp.





Publicado por Vanesa García Cazorla

“¡Ah, el profeta!” De estar en un país musulmán, no nos extrañaría semejante exclamación. Pero estamos en Birmania y quien lo dice es un budista para referirse, no ya siquiera a Buda -que es más maestro que profeta-, sino a un escritor: al inglés George Orwell. Porque, según los birmanos, Orwell no escribió un libro sobre Myanmar (su primera novela, Los días de Birmania), sino una trilogía que se abre con éste, sigue con Rebelión en la Granja y se cierra con 1984.

Y es que, un lector dado a las ensoñaciones literarias, podría esperarse que tras el título de este libro, Historias secretas de Birmania: A la sombra de George Orwell, la autora se limitara a hacer un recorrido turístico-literario por los espacios que habitó el escritor en la Birmania de los veinte durante los cinco años que estuvo al servicio de la Policía Imperial británica. Pero no. El libro va más allá. La autora no sólo va a los lugares de Orwell, sino que indaga en los acontecimientos recientes de este país del Sudeste Asiático a través de las historias e intrahistorias de sus habitantes. Unos habitantes condenados al silencio y al secretismo por miedo a un régimen militar que en su empeño por borrar la memoria colectiva de su pueblo rebautiza calles y ciudades. En Birmania las cosas no suceden, sino que, como por arte de magia, se des-suceden en la propaganda emitida por ese prestidigitador dictatorial que es la Junta Militar.

Así, que recorrer Birmania a la sombra de Orwell no es para Emma Larkin un mero recurso literario: esa excusa tan manida en la literatura de viajes que consiste en seguir los pasos de un gran escritor o viajero de otra época para regocijarse de un cierto fetichismo literario tiznado de exotismo. Lo que justifica que sea Orwell y no cualquier otro personaje el que nos guía en este periplo es el contenido de su obra, esa especie de presagio literario sobre la historia de Birmania que conforman las tres novelas antes citadas.

Orwell profetizó con una clarividencia espeluznante la historia del país: si de los días del Imperio Británico da muestra su primera novela, Los días de Birmania, Rebelión en la granja sería una especie de trasunto del camino birmano hacia el socialismo y 1984 sería la pesadilla escalofriante -por lo que tiene de real- de la omnímoda mano que todo lo controla y del ojo “omnividente” del gran hermano que es el régimen de la Junta Militar.

El libro de Emma Larkin se puede contar entre la mejor literatura de viajes. La autora le recuerda a uno a esos grandes viajeros del XIX, como Richard Burton (Mi peregrinación a Medina y La Meca, Laertes) o como el menos conocido Edward Granville Browne (Un año entre los persas, El Cobre), ambos grandes eruditos, conscientes de la importancia de hablar la lengua local para integrarse en el entorno que les rodeaba y para comprender así, no sólo la manera de pensar de un pueblo sino, sobre todo, las historias oídas de “primera boca” que surgían de las conversaciones con sus gentes.

Así, si Burton aprendió el árabe y se disfrazó de mahometano para entrar en La Meca y Browne aprendió concienzudamente el persa antes de su viaje a Irán, Emma Larkin se embarcó en el estudio de la lengua birmana en la prestigiosa universidad de Londres antes de ponerse rumbo a Birmania.

Con ese conocimiento del idioma, la autora recoge historias que escucha de los birmanos con quienes se encuentra. El escenario no puede ser más simple: a menudo alrededor de una tetera en una de esas típicas casas de té al aire libre, que bajo la vegetación exultante de los árboles milenarios que jalonan las aceras de Rangún y Mandalay y con banquetas y mesas que no superan la altura de la rodilla, se convierten en un lugar de encuentro y en un centro social donde se discute de casi todo.

Historias secretas de Birmania no sólo resulta ameno y divertido, sino interesante y didáctico. Porque el acierto de la autora está en haber entrelazado magistralmente elementos típicos de la literatura de viajes (el viaje en sí, las descripciones de los lugares) con un análisis sociopolítico en profundidad del país.

Es de agradecer que Emma Larkin se haya despojado de ese insidioso paternalismo etnocéntrico que aqueja a tantos relatos de viajes y de esa latosa superficialidad que da lugar a tantos malentendidos culturales. Y también hay que celebrar que la autora-viajera no se presente ante sus lectores como la heroína de su libro: no hace ostentación de ser una avezada viajera que se arriesga en un país sometido a una terrorífica dictadura, con todos los peligros imaginarios o reales que eso pueda entrañar. En un ejercicio de humildad y sensatez, Larkin cede el paso al verdadero protagonista de su libro: el pueblo birmano. Y quizás sea esto lo mejor del relato, ese diálogo coral articulado a partir de las voces de los diversos personajes autóctonos que pululan por sus páginas. Emma Larkin no nos cuenta historias: nos permite a sus lectores escucharlas directamente de sus protagonistas.

A estas bondades hay que sumar el tino con el que la autora ha seleccionado las citas de las obras de Orwell que salpican aquí y allá las páginas del libro, con lo que los amantes de la literatura quedarán más que satisfechos.

En resumen: aventuras, geografía, historia, literatura y la voz viva de un pueblo son los ingredientes que hacen de este Historias secretas de Birmania un plato suculento para los amantes de la buena literatura de viajes.

Leer más…

domingo, 19 de octubre de 2008

Crónicas birmanas




Guy Delisle
Astiberri, 2008
272 pp.





Un cómic, una novela gráfica, un tebeo... no sé cómo se calificará Crónicas birmanas entre los aficionados a este tipo de libros, pero en cualquier caso este es un diario de viaje dibujado. Y además, es estupendo: lleno de vida y hecho por un observador muy atento a los detalles y con sentido del humor.

El autor, Guy Delisle, se traslada a Birmania para vivir allí durante un año, el tiempo que su mujer va a colaborar con Médicos Sin Fronteras en este país. Sus planes son dedicarse a sus dibujos y cuidar a su hijo, Louis, que solo tiene unos meses de edad. El libro es un diario de su vida, en el que se suceden las anécdotas domésticas, la relación con las personas que cuidan su casa, los vecinos, los problemas que su mujer encuentra en el trabajo, la colonia de expatriados de la que forman parte, el calor, la búsqueda de casa, la situación política; en definitiva todos los aspectos que podríamos encontrar en las cartas o en el blog de un amigo que se traslada a otro país. Un amigo informado y curioso, interesado por todo.


Delisle es un excelente observador, y aporta detalles llenos de vida, que solo los residentes suelen percibir de un lugar, como la música que suena en el supermercado o los insólitos trucos que se usan en las oficinas para combatir el calor y la humedad; imbatible la bombilla encendida en el cajón del papel para que se mantenga seco. Y nos lo relata sin pretensiones, en dibujos sencillos y minimalistas que destilan ironía y sencillez.
El relato no esconde grandes historias ni aventuras; se organiza en capítulos breves, cada uno de los cuales da una pincelada sobre un asunto concreto, y que poco a poco nos introducen de la mano de Delisle en un país tan desconocido para el lector como para el autor.

Delisle es un dibujante canadiense que ya ha relatado dos experiencias semejantes en anteriores libros. El primero y quizá más popular es Pyongyang, en el que describe su experiencia laboral en la hermética Corea del Norte. Años depués publicó Shenzen, sobre su estancia en esta ciudad china.
Son tres excelentes libros que como el Persépolis de Satrapi y algún otro ejemplo, nos hablan con lenguajes nuevos y frescos de asuntos eternamente interesantes. La falta de familiaridad con las novelas gráficas no debería frenar a ningún lector interesado en los relatos de viajes a leer este libro; al contrario, es una estupenda puerta de entrada a un mundo rico en voces y en temas y lleno de futuro.

Leer más…

domingo, 12 de octubre de 2008

Mediterráneos


Rafael Chirbes
Anagrama, 2008
159 pp.





Chirbes lleva escribiendo del Mediterráneo desde hace mucho tiempo, porque el Mediterráneo es el lugar del que procede: es su país. Por eso, él mismo reconoce que el que escribe de lugares que descubre lo hace mirando hacia fuera porque necesita avanzar. Pero él, por lo que al Mediterráneo se refiere, tiene que mirar hacia adentro, volverse hacia sí mismo, porque el objeto de su atención está en su interior, en su propia raíz.

Será el resultado de esta exploración íntima o será su extraordinaria calidad como escritor, pero el lector se encuentra en Mediterráneos casi frente a una obra poética. Cuidado. Nadie debe tomar al pie de la letra lo que acabo de decir. Es un exceso y debo aclararlo ante el poder disuasorio que tiene el género poético para la mayoría de lectores, y sospecho que aún más para los lectores inclinados a los quehaceres viajeros. Pero no puede hablarse de Chirbes in destacar su deleitosa y cuidadísima prosa que tanto comunica y tanto habla al alma del lector.



Creta. “Olía a mar, a salitre, a sentina de barco, a mazmorra, a piedra mojada, yodo y humedad, y a él –al viajero al que se refiere Chirbes- aquel olor le parecía importado del otro extremo y pensó que el Mediterráneo es un mar redondo como una circunferencia. Se acordó el viajero de las lejanas noches en Tánger, en Alejandría, en Djerba, en Porto Fino, en Estambul. Y supo que es casi imposible elegir entre cualquiera de los infinitos puntos que componen una circunferencia.”

Mediterráneos es el libro de un viajero. Un viajero en primera persona que habla de Creta –ya se ha dicho- y también de Valencia, de Estambul y de Génova, de Venecia, como no podía ser de otra manera, y de Alejandría y otra vez del Mediterráneo más próximo: de Denia …

Tantas ciudades, tantos puertos en un solo libro no pueden pretender una presencia que permita aparecer a cada una en detalle. No pueden aspirar a verse reflejadas del modo como lo haría una guía dedicada a ellas en exclusiva. Pero no es esa la intención del libro ni algo que el lector eche de menos, porque Chirbes apunta a las sensaciones que se despiertan en el viajero y con ello consigue un destello de intensidad seductora que se apodera del lector. 

¿Por qué será que Chirbes parece llegar a la esencia de estas ciudades y condensar su alma para mostrarla en forma de palabras a quien lee?

El de Chirbes es un relato hecho desde la sensibilidad. Una sensibilidad íntima y profunda que enlaza con esa raíz mediterránea del autor a la que me refería al principio. Esa mirada sobre Creta, los paisajes, la tierra, las plantas, su mar, el ocaso… es la que se hunde el lo profundo de una historia que nos hace a todos herederos de un Mediterráneo original. Ese deambular por el mercado en Valencia, por las calles de Venecia, por la cubierta de un ferry en Estambul despierta resonancias que llevan al lector a un mundo que no le es ajeno y que recupera como un tesoro perdido en alguna parte de la memoria la magia de las palabras.

Mediterráneos no es una guía de lo concreto, pero un vez leído lo calificaría yo de libro imprescindible para viajar a cualquier lugar relacionado con este mar tan ligado a nuestra propia existencia. Un libro imprescindible para abrir el espíritu del viajero y ponerlo en disposición de disfrutar de todo cuanto contiene el más bello y profundo de los mares.

Leer más…

domingo, 21 de septiembre de 2008

Dos viajes al Monte Athos


Eugène Melchior de Vogüé y Nikolái Strájov
Edición de Selma Ancira
El Acantilado, 2007
148 pp.





Basta con asomarse a las primeras páginas del prólogo para caer en la cuenta de que se está ante un libro singular y lleno de atractivos.

Si para un lector de literatura de viajes el exotismo es ya un elemento que predispone a favor de la lectura, el Monte Athos y su particularísima situación y historia ofrece un claro interés de entrada.

Una república –por llamarla de alguna forma- aislada del mundo, teocrática en sus leyes y forma de gobierno, regida por religiosos, fundada en los años de esplendor del imperio bizantino y que ha llegado hasta hoy con pocos cambios, es sin duda de una rareza que sorprende y despierta la curiosidad. Residuo de la iglesia griega más tradicional, requiere todavía un permiso especial para acceder a ella y sigue manteniendo las viejas restricciones de vedar la entrada a toda mujer y a todo animal hembra o por motivos doctrinales prohibir el uso de las cámaras de video, pero no el de las fotográficas.

Dos viajes al Monte Athos es, como el mismo nombre indica, un libro de viajes. O más exactamente, de dos viajes emprendidos en el siglo XIX por dos personajes distintos: por Eugène Melchior de Vogüé y por Nikolái Strájov, ambos intelectuales de relieve. El primero, noble francés, diplomático, escritor, fue miembro de la Academia Francesa. El segundo, ruso, confidente de Tolstoi, biógrafo de Dostoievski, fue el introductor en Rusia de importantes pensadores y literatos franceses y alemanes.

Los dos viajan al Monte Athos y dejan sus relatos que el libro que nos ocupa recupera después de haber quedado olvidados durante largo tiempo. Pero se trata de relatos divergentes y por ello mismo doblemente interesantes.

El viajero, al menos el viajero moderno, es propenso a la fascinación. Convertido en un bien de consumo de quien busca emociones y experiencias en otros lugares, el viaje predispone a la satisfacción porque quien lo emprende acostumbra a hacerlo con actitud positiva y abierta a obtener gratificaciones.

Dos viajes al Monte Athos rompe con este presupuesto y ofrece dos visiones divergentes, positiva la una y negativa la otra. Eugène Melchior de Vogüé, racional, hombre de su tiempo, partidario del progreso ve en el arcaico mundo religioso que se mantiene en el Monte Athos un sistema perverso que obstaculiza el curso natural del avance de las sociedades y añade sólo infelicidad y oscuridad a un mundo dotado de una naturaleza rica y bella. No es que el autor pierda la ecuanimidad. Conoce bien la historia, interpreta bien el presente, describe bien y objetivamente lo que ve. Pero destaca una visión crítica porque ve difícilmente defendible la persistencia de modelos medievales derivados de situaciones caducas y enquistados en ese Monte Athos, varado en el pasado, sin grandeza y que depende aún del sultán de Estambul con arreglo a una fórmula política absolutamente excepcional administrada con ineficacia y dejadez.

‘Seguramente jamás hemos experimentado hasta tal punto la sensación de caer en el pasado…’ exclama, casi con irritación, en su encuentro con los monjes.

Strájov, en cambio, se acerca al Monte Athos con una mirada diametralmente opuesta. Y no es que vaya a ser menos objetivo, es que va a poner de relieve aspectos que le interesan sobre manera y que valora. Va a realzar precisamente el valor de la particularidad religiosa que vive el Monte Athos que le fascina y que le acerca, en este sentido, al viajero más moderno. Nikolái Strájov vive la polémica del despertar de los valores religiosos que tanto influye en el Tolstoi de la madurez y que tanto se mezcla con el revivir de los sentimientos nacionalistas de la Europa de fin de siglo.

De este modo, la posición de Strájov en relación a la de de Vogüé no es la de quien desconoce el presente y vive de la tradición, sino paradójicamente y como la de este último, la de un hombre de su tiempo. Los lectores tendrán en Dos viajes al Monte Athos dos versiones del mismo momento, por supuesto en algunas cosas coincidentes, pero en otras divergentes y sin embargo valiosas las dos. Tendrán además, y no es poco, la ocasión de acercarse al análisis magistral que hace de Vogüé de la pintura, del arte y en general de la evolución del espíritu y de la cultura en el Monte Athos relacionándolas con la que tuvieron en la Italia del Renacimiento y en la Europa occidental. Unas páginas esclarecedoras y brillantes.

El Acantilado acostumbra a deleitarnos con libros inesperados, siempre excelentes. Lo ha hecho una vez más y los lectores no podemos más que agradecerlo.

Leer más…

domingo, 14 de septiembre de 2008

India, vagón 14-24


Ignacio Carrión
Rey Lear, 2008
195 pp.





India, vagón 14-24 es un libro de viajes. Un libro de los que encajan de manera cabal en la definición del género, sin que haya que buscar justificaciones de ninguna clase. Es además un libro ameno que prende el interés del lector desde el principio y anima a seguir leyendo. Se trata de un libro corto y de relajada lectura.

Ignacio Carrión, el autor, afincado en Cambridge, contrata, después de haberse enterado por un anuncio de periódico, un viaje a la India. El viaje es en ferrocarril y en un vagón que un inglés que vive en Delhi ha comprado y engancha según le conviene en trenes cuyos trayectos componen un circuito por todo el país. Podría tratarse, según esta explicación, de un viaje de lujo con todo incluido. Pero nada es más distinto a ese panorama que el caso que nos ocupa. El vagón es modesto, rayando a lo miserable y el resto de viajeros apuntados a la aventura, lo mismo que Ignacio, cualquier cosa menos elegantes y refinados.

La fórmula del viaje es poco habitual y da a Ignacio Carrión la libertad de moverse a sus anchas en todos los lugares donde el vagón recala para conocerlos, mezclarse con la gente, andar por calles y callejuelas, comer en restaurantes o entrar en templos, hablar con personajes notables o con simples chavales y contarlo con soltura.

El panorama, que a modo de abanico abre Ignacio Carrión a sus lectores, cubre desde las escenas más humildes hasta la propia Indira Ghandi a la que entrevista. Pero el relato, a pesar de su amplitud, no tiene nada de estudio antropológico ni de vocación erudita. Es la pura experiencia organizada, como él mismo indica, a modo de quien lleva una doble contabilidad. Apuntando por un lado los hechos –los hechos reales- y, por otro, esa visión subjetiva que le hace a uno interesarse por unas cosas y contarlas de una determinada manera y no de otra.

La forma de contar de Ignacio Carrión es fluida y ligada al presente: a lo que le pasa, a lo que hace, a lo que ve, a con quién se encuentra, a dónde duerme. Y esa fluidez y esa proximidad a lo concreto llevan al lector a ver a través de sus ojos y a sentir la presencia real de la India de la que habla.

Sentido del humor, capacidad de análisis, levedad en el relato hacen de India, vagón 14-24 un libro a todas luces recomendable. Y aquí hay que avisar que, a pesar de estar ante una edición salida de la imprenta ahora mismo, el texto se editó por primera vez a finales de los años 70. Pero el aviso, que es obligado para situar al lector, requiere también que se advierta que nada tiene que ver con la fecha de caducidad del libro. El relato es tan atractivo hoy como debió serlo cuando vio la luz originalmente y la India a la que hace referencia el libro tan real como la India real de hoy día, a pesar de los cambios que ha vivido en el tiempo transcurrido desde que se escribió el libro.

Una buena y estimulante reseña de India, vagón 14-24 es la que aparece en Solodelibros.
Mas información sobre el autor.

Leer más…