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martes, 5 de enero de 2016

Ecuatoria

Ecuatoria

Patrick Deville
Anagrama, 2015
336 pp.

Basado en hechos reales, Deville nos habla del pasado y del presente de esa África oscura donde los exploradores se perdieron en el pasado y donde hoy las guerras más terribles se han cebado con la población. Un libro excelente.


Patrick Deville
Anagrama, 2015
336 pp.





¿Es una novela?¿Un libro de historia?¿Un relato? Deville es un curioso historiador. Sostiene que conoce el año 1860 como si hubiera vivido en él. Y de este año parte con una serie de novelas donde el viaje tiene un papel fundamental porque sus temas abarcan el mundo entero y alcanzan las tierras más lejanas.

Basados en hechos reales, los relatos de Deville transcurren en el pasado tanto como en el presente. Un presente donde el autor aparece y habla en primera persona para contar sus experiencias. Ecuatoria, incluido en esta serie de relatos, es el libro al que nos referimos ahora y fija la atención en esa línea del ecuador africano que atraviesa el continente de lado a lado y transcurre por esas tierras oscuras donde los exploradores se perdieron navegando por ríos y tratando de encontrar caminos por donde seguir avanzando y donde hoy las guerras más terribles se han cebado con la población.

Jugando siempre con el pasado y el presente, empieza Deville poniendo en primer plano el entorno de ese año 1860 que de alguna manera es el punto de partida para extender el relato hasta nuestros días. Brazza el explorador francés o italiano, según se mire, que da nombre a Brazzaville, la capital de uno de los dos Congos, es el centro de la historia. Brazza es una excepción. En la época del primer colonialismo es un colonizador humano. Deville habla de él y de su enorme empeño y habla también de sus contemporáneos en esa epopeya que fue la exploración de africana.

Livingstone y Stanlely son el contrapunto de Brazza, como lo será la política de las potencias coloniales -Inglaterra, Francia, Bélgica, Alemania...- que acaban por definir el mapa del continente trazando fronteras y marcando las reglas del juego que acabará por imponerse en África.
Personajes, países, lugares en ese entorno del siglo XIX conforman la primera parte del libro donde predomina la historia y donde se ve crecer esa  atmósfera opaca y de crueldad extrema que Conrad, en esta misma época, dibuja en El corazón de las tinieblas.

Deville, de pronto, da un giro y el lector se pregunta si el autor no está jugando con él y poco de lo que ha estado contando es verdad. El libro bascula sobre el presente y es Deville quien viaja recorriendo de occidente a oriente esa línea del ecuador que da nombre al libro y de cuya agitada historia nos ha estado hablando hasta el momento. Ahora estamos en el presente y aparecen los nombres de los que hemos tenido noticias a través de los periódicos y que hemos olvidado o que confundimos. Lumumba, Mobutu, el Che -por citar a los más sonados-, los cubanos, las guerrillas y los mercenarios en el Congo, el desastre del genocidio de los tutsis a manos de los hutus en Ruanda, los campos de refugiados, la epopeya de los desplazados a través de la selva, el desarraigo, los soldados a la fuga ocultos entre sus víctimas... Una imagen nada complaciente se construye dentro de lo que es ya una normalidad en África.

La Ecuatoria que da título al libro fue el nombre auténtico de una región indefinida donde los británicos pusieron el pie al sur del Sudán cuando las fronteras estaban aún por concretar y África era en buena medida virgen todavía. De esa Ecuatoria queda hoy un mosaico de países que evolucionaron hacia la independencia y que han vivido, en medio de tensiones, lo que ha sido una historia compleja, llena de calamidades y sobresaltos. Deville nos cuenta esta historia de un modo nada convencional. Nos la cuenta mirando hacia atrás y también mirando al presente en el curso de un viaje hecho de numerosas etapas y de encuentros con los más diversos personajes. Un viaje cuyo objeto es justamente fundamentar el libro que nos ofrece. Merece mucho la pena la lectura de esta Ecuatoria convertida en palabras. Y puestos a ella, merece la pena también procurarse un buen mapa para seguir las peripecias de un relato que penetra en esas tinieblas africanas cuyos nombres y lugares sonarán a muchos pero que a la mayoría les será difícil situar.

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jueves, 8 de mayo de 2014

Bloody Miami

Bloody Miami

Tom Wolfe
Anagrama, 2013
624 pp.

Con envidiable soltura verbal, sin la menor intención de morderse la lengua y con su habitual capacidad para la caricatura Tom Wolfe nos introduce en Miami y de rebote en los EEUU...


Tom Wolfe
Anagrama, 2013
624 pp.






Con envidiable soltura verbal, sin la menor intención de morderse la lengua y con su habitual capacidad para la caricatura Tom Wolfe nos introduce en Miami y de rebote en los EEUU. Wolfe maneja la sátira con maestría y con evidente mala intención para darle agudeza al relato y se atreve a jugar con lo políticamente incorrecto apostando por la exageración y el humor y creando situaciones tan absurdas como divertidas.

La caricatura es eso, una pizca de humor y otra de exageración. Pero contiene también su pizca de realidad. O mejor, es sobre todo realidad con la distorsión de una forma de mirar distinta que el lector acepta porque sabe que se trata de un juego.

El Miami de Wolfe es sin duda una ficción. Pero es que el Miami real resulta una ficción, dentro de los Estados Unidos, de la que parece que no nos hemos dado cuenta. Los americanos, los americanos de verdad, los de piel blanca, los que crearon el país, los protestantes aunque hoy sean casi todos unos descreídos, resulta que forman una minoría en extinción en la ciudad. La mayoría, los ricos, los que llevan la voz cantante y los que tienen el futuro en sus manos son los cubanos.

El absurdo del que se cuelga Wolfe para construir su novela es justamente esa evidencia de la que los americanos no se han dado aún cuenta y que les pilla por sorpresa. Resulta que los extranjeros son ellos. Resulta que el país ya no es lo que era y se ha convertido en una fuente de desagradables sorpresas porque parece que los que triunfan –y los que mandan- ahora son otros que se colaron sin avisar. Son otros que han nacido ya en el país pero no son los de antes. ¡Jodida Miami! que es lo que sin remilgos expresa el título de la novela.

Pero no son solamente los ‘americanos’ los que se equivocan. Se equivoca todo el mundo porque todos padecen en versiones distintas del mismo mal que es la estupidez. ¿Qué les pasa a todos y qué nos pasa a todos -porque al final la crítica tampoco deja fuera al lector? El mal de todos es la miopía. Una miopía que hace a cada cual coherente en su minúsculo mundo y por ello mismo insistente en sus errores y convencido de llevar la razón. Pero que lo convierte en ridículo tan pronto el zoom se aleja un poco de la escena y se contempla el disparate de unos y de otros encerrados en sus convicciones miserables y pequeñas.

No hay compasión para Wolfe que carga las tintas en el relato y, al hacerlo, le da al lector alas para su divertimento. Porque casi siempre, esa miopía convive con todas las pasiones mezquinas que el día a día da por descontadas. Pasiones que forman parte de la vida de cualquiera, pero que, modificada la escala sobre la que se mueve la realidad, resultan campo abonado para la mirada más mordaz. No hay compasión para los estúpidos en esta comedia humana que es capaz de construir Wolfe allá donde otros no verían más que pura normalidad. (Pueden ustedes cambiar la r de pura por lo que les apetezca y estarán en el ambiente de Wolfe todavía más inmersos).

Bloody Miami es sobre todo Miami, porque en sus enredos toca los temas más diversos que dan carácter a la ciudad y que retratan a sus habitantes. Aunque no cuesta mucho extender la ácida ironía que el autor maneja magistralmente a esa América que nosotros llamamos Norteamérica y al final a todo el mundo. Bloody Miami, incisiva y malévola, ayudará sin duda al lector a pasar un buen rato de lo más entretenido.

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viernes, 31 de enero de 2014

Capital

Capital

John Lanchester
Anagrama, 2013
608 pp.

Haciendo un guiño a El Capital de Marx, Lanchester, con toda la socarronería, juega con la capitalidad que enaltece a Londres y con la crítica feroz al sistema de valores que la sostiene ...



John Lanchester
Anagrama, 2013
608 pp.





Londres. ¿Cómo es hoy Londres, cómo es su gente, qué les mueve todas las mañanas al levantarse, cómo son sus vecinos, en qué piensan? Hay un montón de novelas que, cada una a su manera, podrían dar respuesta a estas preguntas. Novelas ambientadas en la ciudad y en una época para ofrecer un fresco de la vida de sus habitantes, de sus preocupaciones y de su particular manera de ser. Y Capital podría ser una más entre todas ellas. Una más, aunque hay que decir que muy  especial y singularmente amena.

Capital es una caricatura del Londres de hoy. De un Londres que podría ser cualquier otra capital, al menos en algunos aspectos, porque la globalización nos ha hecho a todos sino iguales muy parecidos. Las caricaturas, las buenas caricaturas, si son ácidas mucho mejor. Y Capital lo es. Y si el lector conoce las claves para sacarles el jugo a las distorsiones con las que el autor redibuja la realidad para exagerarla, mejor todavía. Y el lector dispone de ellas porque si de algo sirve la globalización es para que nos parezcamos cada vez más los unos a los otros.

Una calle en un barrio cualquiera de Londres sirve de escenario al arranque de la novela. Una calle que ha ido a más y que por ello reúne a vecinos de extracciones muy distintas: una viuda anciana que ha vivido allí toda la vida, un ‘broker’ envuelto en los tejemanejes del dinero en la city, una estrella en potencia del fútbol llegado de un país africano con un contrato millonario, el tendero de la esquina, musulmán y con una corte de parientes…

John Lanchester, el autor, es un virtuoso de sacarle punta a las situaciones y de ir extendiendo la trama como se extiende la mala hierba, lenta pero inexorablemente. Poco a poco, la pequeña colección de personajes con los que arranca la novela se va ampliando y da entrada a otros nuevos que van complicando el argumento, o mejor los argumentos porque hay muchos. Y sin que el lector se de cuenta crean lo que es el ‘suelo’ sobre el que se apoya la novela: el caos.

Pero no. No es un caos espectacular y explícito. Es un caos interno, subterráneo, esencial que conduce la realidad al absurdo y que crea en el lector la sensación de que va a ser inmanejable. Es decir, como la realidad misma. Caos en la entrega de los pedidos por Internet, caos en el metro, caos en el despertar del tendero, caos en la vida de nuestro futbolista arrancado de un pueblo de África por un club de primera división de Londres, caos en las cuentas del broker con un nivel de vida tan estratosférico como insostenible.

La visión de John Lanchester es cínica y coloca al lector ante acontecimientos que conoce por los periódicos o por su propia experiencia. Lo coloca ante estas situaciones que forman todas juntas los polvos de los que acaban por salir estos lodos que componen el paisaje de todos los días. Con habilidad y con un humor que está siempre presente en el libro, Lanchester extiende hasta el dominio de la moral el caos que parece gobernar el mundo físico y la sociedad. Otra vez un caos sutil, digamos incierto, confuso mas bien, pero suficiente para dibujar una realidad perversa donde no se sabe dónde están los ‘buenos’ y todos quedan marcados por el ridículo de llevar en su interior mucho de lo que hace malos a los ‘malos’.

La sociedad desaforadamente opulenta de la que venimos está en el origen de este Londres jocosamente desquiciado que encontramos hoy. ‘Había algo básicamente fallido –dice Lanchester- en una cultura que disponía de tanto trabajo y tanta riqueza sobrante, (…) casi como si el dinero cayera del cielo”.  Una cultura que ha creado a este monstruo a mitad divertido y a mitad despiadado que son estas sociedades que nos dan cobijo.

Marx escribió el más exhaustivo análisis crítico del capitalismo de su época y lo llamó El Capital. Lanchester, con toda la socarronería, ha jugado con la ambigüedad de la capitalidad que enaltece a Londres y de un análisis igualmente radical del sistema de valores y de la economía que tortura a la gran ciudad. Quien quiera asomarse a la catástrofe con una sonrisa y alguna que otra carcajada tiene ahora la mejor ocasión para hacerlo.

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jueves, 18 de julio de 2013

Limónov

Limónov

Emmanuel Carrère
Anagrama, 2013
398 pp.

Un libro extraño y de lectura casi imprescindible es este Limónov, para el que el autor elige como pieza central a un personaje poco recomendable y que le cae antipático....


Emmanuel Carrère
Anagrama, 2013
398 pp.





Un libro extraño, éste, que el autor desarrolla eligiendo, para darle cuerpo, a un personaje en muchos aspectos poco recomendable y que le cae antipático.

Extraño porque viene con la etiqueta de una novela y, sin embargo, no es un libro de ficción, pues todo aquello de lo que habla es real.

Extraño también porque el autor interviene en primera persona, es un personaje más y ejerce de contrapunto de ese turbio protagonista sobre el que gira la historia.

Y extraño, por fin, porque alrededor de todo es la Rusia de los últimos cuarenta años la que también se retrata, con sus contradicciones, con las líneas de fuerza perversas que la animan y con ese mosaico de zonas oscuras que dificulta el componer un juicio claro acerca de su trayectoria y su situación.

Empecemos diciendo que Limónov es un libro extraordinario y que su lectura es más que recomendable. Quien lo escribe es escritor importante, guionista de televisión y, a pesar de su nombre, de raíces rusas. Para más detalles, es hijo de una importante historiadora sobre la Unión Soviética, lo que quiere decir que Rusia es para él un tema familiar. Cuando escribe Limónov sabe de lo que habla.

¿Y quién es Limónov y por qué de este libro?. La respuesta a ambas preguntas es porque contar la vida de Limónov es contar una vida apasionante. Una vida absolutamente singular, de un personaje que la ha vivido desde los más diversos registros, bordeando o cruzando muchas veces los límites de la ley y muchas también los de la decencia y sin embargo un personaje a su manera íntegro y coherente hasta el final con sus convicciones. Un personaje tan contradictorio y difícil de juzgar como esta Rusia donde nació, envuelta tras la caída del comunismo, en una sacudida histórica sin precedentes.

Quienes leyeron Patologías (ver en este mismo blog) seguro que se sorprendieron de la trayectoria del autor. Zajar Prilepin, militante del Partido Nacional Bolchevique –para los occidentales poco menos que una banda de fascistas de cráneo rapado, traje de camuflaje y nostalgia comunista- parecía una combinación imposible con su compromiso a favor de los derechos humanos  y con su posición frente a la guerra en Chechenia. Y algo parecido le debió ocurrir a Emmanuel Lecarrère cuando tropieza con Limónov y su increíble historia. O mejor, las increíbles historias que marcan las sucesivas etapas de su vida y terminan haciendo de él un opositor al gobierno ruso, perseguido por sus denuncias a la corrupción y a los excesos del Estado, protegido por guardaespaldas y, envuelto en una aureola de personaje indescifrable e inquietante.

Fascinante Limónov y fascinante Rusia, sobre la cual pone el autor el foco en los últimos capítulos para describir con mirada incisiva y atenta al detalle la evolución del país desde Stalin a Gorvachov y el complejo período que va desde la disolución de la Unión Soviética a la actualidad.

Emmanuel Carrère escribe dirigiéndose al lector, que también tiene un lugar en el libro y que por ello mismo se siente, como acompañante, parte de la narración. El lector se convierte, así, en confidente de los demoledores comentarios que hace el autor y se hace consciente también de la dificultad que tiene hablar hoy de lo que ocurre en esta Rusia para la que la caída del comunismo representó además de una liberación y también una tragedia. Una tragedia de la que afloraron sinsentidos como este ‘neofascismo’ hermanado con la contracultura y con la defensa de las libertades. Una voz de resistencia y un grito de rebeldía de chavales pobres que “si trabajaban era cargando y descargando fardos…o vigilando aparcamientos en los que estacionaban 4x4 que valían medio siglo del sueldo de sus madres y de los que se apeaban, rebuznando en sus teléfonos móviles, hombres apenas mayores que ellos, pero más avispados”.

Limonov tiene la amplitud de una epopeya y el sabor amargo de la duda y de la derrota. Es una sorprendente radiografía de Rusia y la biografía de un hombre fascinante, opaco e imprevisible que seducirá al lector lo mismo que sedujo en su día a Emmanuel Carrère.

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lunes, 7 de mayo de 2012

No es un deporte de riesgo

No es un deporte de riesgo

Nigel Barley
Anagrama 2012
259 pp.

¿Recuerdan haber leído El antropólogo inocente o Una plaga de orugas y haberse reído generosamente con la lectura? Bueno, pues Nigel Barley conserva en No es un deporte de riesgo el mismo humor del que hacía gala en sus libros anteriores....



Nigel Barley
Anagrama 2012
259 pp.





¿Recuerdan haber leído El antropólogo inocente o Una plaga de orugas y les suena haberse reído o al menos sonreído generosamente con la lectura? Bueno, tanto si es así como si no, no deben preocuparse si cae entre sus manos No es un deporte de riesgo, porque Nigel Barley conserva el mismo humor, sino más todavía, del que hacía gala en sus libros anteriores.

Para quienes no conozcan al autor hay que avisarles de que es un antropólogo, o un etnógrafo, como él dice. Pero su personalidad lo coloca en las antípodas de un Levi Strauss, por ejemplo, o de cualquier colega bendecido por el éxito. Barley ve su propia vida con desparpajo y la de los demás con la misma frescura y con humor también. Si la antropología es su oficio, también la ve como un terreno donde aplicar la ironía y donde poner distancia, con socarronería y gracia, a eso que se llama la ciencia .

No es que Barley sea un crítico avispado. Es que seguramente le corre la cabeza a una velocidad mayor que a la mayor parte de mortales. Y los caminos de su razonamiento desbordan la lógica más previsible para sorprender la mayor parte de las veces con sus comentarios y apreciaciones. Barley tiene la capacidad de andar unos cuantos pasos por delante del lector y de contar las cosas tomando una tangente tan inesperada como certera.

Hemos dicho que es antropólogo. Pero su antropologia sobrepasa la profesión, se convierte -sin que lo haga público- en una condición vital. La realidad es que vive de antropólogo. Viaja para estudiar a pueblos exóticos y se va al otro lado del mundo en busca de ellos. Pero empieza ya su libro sorprendiéndose de que nadie en su sano juicio pueda tenerle afición a algo que requiere pasar calor, dormir precariamente y sufrir todas las incomodidades del mundo.

Con maldad se refiere a si mismo y a sus colegas como seducidos por algo tan poco serio como puede ser el misterio de lo salvaje. Nada de búsqueda del conocimiento. Como si de un canto de sirena se tratara, nos asegura que “todos los etnógrafos reconocen la llamada de lo salvaje con la certeza con que los musulmanes sienten la repentina y urgente necesidad de ir a la Meca.” Y en ese descrédito de cualquier base racional que guíe a los que se dedican a su oficio, acaba por compadecerse de quienes tienen que soportarlos, que ayudarlos o alojarlos en el curso de sus expediciones por los lugares más inhóspitos. “Probablemente, un antropólogo sea el peor huésped imaginable. Personalmente, no tendría uno en mi casa”, comenta, haciéndose cruces de lo poco recomendables que son los de su gremio.

Desprovisto del oropel de la ciencia, contado con humor y en lenguaje llano, el relato antropológico de Barley se convierte en una divertida crónica de viajes. Un relato en el que se ven examinados tanto el autor como los que le rodean y las circunstancias, disparatadas muchas veces, que se crean. La descripción de Singapur, no puede ser más real ni tampoco más jocosa. Al contar las exageraciones del país, su modernidad a destiempo, su progreso desorientado, el desconcierto que produce la mezcla de razas, culturas y aspiraciones, parece que está inventando el género de la ‘antiguía’. Es decir, de una guía, pero que pone patas arriba hechos y conceptos para componer una caricatura inteligente y aguda.

Y es que sin avisarlo, Barley aplica su ojo de antropólogo mucho antes de llegar a donde viven los indígenas que supuestamente justifican su trabajo. Lo aplica con la distancia y la mirada sorprendida de no entender nada desde el momento en que sale de su casa y empieza su viaje. No le hace falta llegar al País Toraja, que es a donde se dirige. Sólo llegar a Indonesia y ver la calle de las ciudades necesita mostrar su desconcierto y contarnos, por ejemplo, la epopeya que resulta cruzar entre los coches. No se trata sólo de jugarse la vida en el intento, se trata para él de una negociación entre conductores y peatones que los locales –como si de una característica cultural se tratara- practican con éxito cada vez que ponen el pie fuera de la acera evitando el atropello y sorprendiendo al extranjero que intuye la existencia de una esfera del saber para la que él no está preparado.

El antropólogo Barley hace una crónica de su viaje desplegando anécdotas de todas clases que ilumina con su particular capacidad de explicación. La forma de ‘untar’ a un policía y el modo como en sus manos desaparecen los billetes de banco que compara a cómo los peces se deslizan hacia aguas profundas con tanta gracia como rapidez muestra su mirada atenta y menos orientada a la moral que a la observación que haría el científico sobre las costumbres animales.

Pero en este viaje, no todo consiste en aplicar el humor a las sociedades digamos que avanzadas de países lejanos. El País Toraja, que era el objetivo del viaje científico de Barley aparece también y con él un montón de temas que tienen que ver con la vida de sus gentes, con sus tradiciones y con el encuentro de sus raíces remotas con las imposiciones del mundo actual. Siempre en tono informal, el autor penetra en esta sociedad distinta que es la de los toraja y muestra su carácter especial y sus costumbres. Entra en las casas, se hace aceptar por los lugareños, convive con ellos, participa en sus ceremonias, de las que da cuenta detalladamente… Y muestra también el engaño a que suelen estar sometidos lo viajeros occidentales que viajan en manos de guías que improvisan explicaciones tan inexactas como truculentas creadas para el consumo turístico más ramplón.

Barley escribe en buena parte para desmitificar la figura del viajero. Sugiere a éste, a través del humor, una cura de humildad. “Occidente ve como un deber de Oriente ser salvaje y al mismo tiempo misterioso”, dice. Busca confirmar la existencia de un mundo exótico que ha creado en su imaginación. Un mundo exótico plagado de rarezas. Y es ahí donde Barley desvela que las rarezas no están solamente allí donde están los indígenas. Están en forma de ideas preconcebidas, de manías y de condicionamientos culturales en todas partes. De ahí que rascar en ellas se convierta en un juego divertido y aleccionador al mismo tiempo. Un juego con el que la lectura de No es un deporte de riesgo permite pasar un rato excelente.

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miércoles, 10 de noviembre de 2010

El día del juicio


El día del juicio
Salvatore Satta
Anagrama, 2010
303 pp.

La isla de Cerdeña reclama su presencia con "El día del juicio" y es casi imposible no recordar a Lampedusa o a Villalonga cuando se entra en las páginas del libro ...

Salvatore Satta
Anagrama, 2010
303 pp.






Sicilia tiene sus libros, algunos soberbios. También Creta, Corfú, Mallorca… han sido propensas a la literatura. Y lo han sido porque han guardado unos mundos propios, profundos y llenos de carácter que han favorecido, al amparo de su fuerte personalidad, que florecieran magníficas novelas.

En este entorno mediterráneo, Cerdeña reclama su presencia con El día del juicio y es casi imposible no recordar a Lampedusa o a Villalonga cuando se entra en las páginas del libro. Gente adusta, aislada, tierra dura y un largo pasado, que cambia sin embargo con el tiempo y que muestra el lento discurrir de la vida, son los mimbres con los que se teje la historia que nos ocupa.

Salvatore Satta, el autor, es jurista y quizás por ello es tan meticuloso. No es que entre en materia, es que la recrea llevando los cimientos de la novela casi a los orígenes de la vida. Porque de ello se trata, de ahondar en el alma de las personas, de las familias, de los pueblos y de la esencia misma de la isla siguiendo cualquier hilo y aprovechándolo para que por él se desenvuelva la novela con parsimonia y hasta el final.

No hay prisa en el relato. Como si el tiempo no contara, como si viviéramos en esa Cerdeña rural, anclada en el pasado, donde el ritmo de la vida es el de las estaciones, los asuntos se desgranan con lentitud y cualquier cosa sirve para construir la escena. La mirada de Satta, actúa como la sombra que siguiendo el curso del sol, cubre los objetos y las personas despaciosamente sin que escape nada a su camino. Avanza y en su recorrido compone poco a poco un mundo que se va haciendo a la vez extenso y profundo donde los personajes acaban perfilados con la rotundidad de lo que arranca de la tierra.

Juan Luis de Juan, en Babelia, hace una excelente reseña del libro. Dice:

"Crónica de la disolución insular, novela de la vida meridional, El día del juicio es un libro que dejará huella en quien lo lea. (...) Salvatore Satta (Nuoro, 1902-1975) dejó en esa novela el testamento de un isleño. Las menciones al siciliano Lampedusa o, en el caso mallorquín, a Villalonga, dicen poco. Satta era sardo y su obra tiene una dimensión trágica y espiritual que no tienen las de los otros dos, y sin embargo se trata de primos carnales, gente del mismo charco. Como forma novelística e intención de recrear un mundo sin límites, nos recuerda al Macondo de García Márquez, de ahí que Steiner hable en el prólogo de esta edición de rescate, de mil años de soledad. Pero aquí todo es real, lo único mágico son las telarañas de los sueños. Y no hay concesiones ni apenas alegrías, el placer está excluido: ¿qué placer, por muy intenso que haya sido, puede tener cabida en el día del juicio? Satta era jurista y dedicó su vida profesional a escrutar el sebo de la ley, por eso nunca se desvía de su trayectoria, de lo esencial, de la poderosa nimiedad de los hechos. ¿Qué nos cuenta, en fin? Nos cuenta Nuoro con la autoridad y la transparencia de los registros, llámense civiles o de la propiedad. Nos cuenta el río sin fin de una familia, los Sanna, desde múltiples ángulos, el de las mujeres y el de los hombres, el de los hijos y las bestias y los campos. Nos cuenta la historia sarda de antes y después de la Primera Guerra Mundial y la infección del fascismo. Nos cuenta el café Tettamanzi, la rabia crepuscular de Vicenza y la sabiduría inútil del ziu Poddanzu frente a la laboriosidad fúnebre del notario don Sebastiano. Nos cuenta, en una palabra, el cementerio. ¿Puede caber una empresa más ambiciosa? Y todo eso con una prosa flexible, sacra, determinista. Con una compasión que se contiene en el umbral de la nostalgia, y una lucidez de asceta ("la humanidad es el demonio que Dios no consigue destruir"). Con un punto de vista integral, a la vez subjetivo y ecuménico, el de un juez sin origen, o el de "un dios ridículo". ¿Humor? El que la existencia desprende casi sin querer, como el rumor del viento en los matorrales de tomillo del altiplano sardo. "Si no se muere, se vive", escribe Satta, y entonces el día del juicio es cualquier día de estos en Nuoro."

(Leer en Babelia)

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lunes, 29 de junio de 2009

El rey de las Dos Sicilias


El rey de las Dos Sicilias
Andrezej Kusniewicz
Anagrama, 2009
307 pp.

¿Han visto alguna vez un capítulo de la serie televisiva Mujeres desesperadas?¿Recuerdan el formato personalísimo de la narración, hecha por una tercera persona...


Andrezej Kusniewicz
Anagrama, 2009
307 pp.





¿Han visto alguna vez un capítulo de la serie televisiva Mujeres desesperadas?¿Recuerdan el formato personalísimo de la narración, hecha por una tercera persona que anuncia y describe lo que pasa o está a punto de suceder dirigiéndose al espectador que, por este procedimiento, se hace cómplice y se ve formando parte del relato?

Pues algo muy parecido ocurre con El rey de las Dos Sicilias. Aunque en el caso de nuestro libro, con la singularidad -propia de la literatura- de que no hay un espacio visual como ocurre en la televisión y que la voz de esta persona en primerísimo plano de la que surge el relato debe componer la escena con todos sus elementos –objetos, personas, situaciones, ambientes…- y crear, así, el mundo que se le ofrece al lector.

Andrezej Kusniewicz juega con este atrevimiento y empieza desde la primera página relativizando su discurso y proponiendo, en seguida, otra situación distinta de aquella por la que había empezado, otro escenario u otros personajes que valen igual que los iniciales para hacer avanzar el libro, o tan poco como ellos cuando también sean sustituidos por otros nuevos para dibujar la siguiente escena.

Andrezej Kusniewicz es uno de los grandes novelistas polacos del siglo XX. Y muestra en El rey de las Dos Sicilias su erudición y su conocimiento de la historia. Su novela es capilar y con este proceder de abrir escenarios alternativos, todos ellos sustituibles, ninguno aparentemente esencial, construye una historia que retrata Centroeuropa a principios del siglo. Este imperio austro-húngaro todavía rutilante, barroco y clásico, ordenado y de paso lento es el lienzo sobre el que se desenvuelve la acción de la vida en un momento –el del atentado del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo- que el lector conoce en toda su trascendencia y sabe que llevará a la monarquía y a todo su mundo al ocaso.

Andrezej Kusniewicz arranca su relato en este punto y se entretiene en él. Como en los cuadros de las grandes batallas o los de El Bosco concibe en su mente un universo entero y acercando su lupa a la tela una tras otra desarrolla las distintas escenas que dibuja con detalle para dejar constancia de lo que ocurre en un lugar y en otro y para componer mediante la suma de todas un mosaico consistente en su conjunto.

Hay en la literatura de viajes narraciones sustantivas que siguen un guión y componen esa senda que hilvana el discurrir del viajero de un lugar a otro. Son las huellas de un tránsito, de un encuentro con lugares y con gentes. Transmiten la experiencia que es, en definitiva, la esencia del viaje.

Hay otros libros, y éste es uno de ellos, que están en la periferia. No forman parte de la acción sino del atrezzo sin el cual no habría luz ni atmósfera en la escena. El rey de las Dos Sicilias pone el decorado a una Europa Central que los españoles conocemos sólo por referencias. Austria, Hungría, Serbia, Bosnia… están presentes en la novela bajo el paraguas del imperio. En su conjunto forman una amalgama, cuyo cemento es la administración imperial, donde se mezclan naciones y pueblos de orígenes diversos, raíces distintas y viejas culturas. Pero forman también una sociedad que se asoma al nuevo siglo y que el lector sabe que está a punto de cambiar para siempre y de forma dramática.

Quienes deseen acercarse al corazón de Europa, tendrán en El rey de las Dos Sicilias un excelente balcón desde el que mirar y familiarizarse con la historia reciente de lo que ha sido el crisol del que surgieron muchos de los rasgos de carácter de nuestro continente.

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viernes, 27 de febrero de 2009

Ni de Eva ni de Adán

Amélie Nothomb
Anagrama, 2009
173 pp.
 






Nos tiene acostumbrados Amélie Nothomb a la osadía con que se expresa, que no es otra cosa que el reflejo de la osadía con que ella misma vive. En la estela de otros libros de la misma autora, Ni de Eva ni de Adán vuelve a ser una novela (¿?) autobiográfica. Ya sé que la definición es contradictoria. Pero quizás es más aceptable esta contradicción si se considera que la energía con que afirma su personalidad crea circunstancias, situaciones y hechos que rozan la ficción y generan una realidad tan particular que la sitúan continuamente al borde del territorio de lo inventado. Pura novela.

Amélie Nothomb lleva Japón en sus venas. Y Bélgica, el país que figura en su pasaporte, también. De sus cinco primeros años en Japón nos habló en Geografía del hambre. Hija de diplomático, allí aprendió hablar en japonés, creció rodeada de su aya y de las personas del lugar que atendían el servicio de su casa y fue al colegio como una niña más. ¿Cómo una niña más? Bueno, tampoco es eso, porque en medio de una atmósfera japonesa, por un lado, y belga, por otro, ya apuntaba las maneras de independiente radical que iban a ser las que encontramos ahora en Ni de Eva ni de Adán.

Amélie, después de haber recorrido medio mundo, siguiendo de un país a otro a su padre embajador o movida por las vicisitudes de sus estudios, regresa a Tokio. Quiere recuperar sus raíces y también el idioma que aprendió. Y quiere, sobre todo, satisfacer el placer y la admiración inmensos que siente por todo lo japonés.

Casi todo en Amélie Nothomb es impulso libérrimo y vital. De ahí que lo que cuenta resulte divertido, insólito y jugosamente exagerado a lo largo del relato. En muchos momentos de la lectura se pregunta uno cómo se puede escribir con la frescura con que lo hace Amélie Nothomb cuando está inspirada. El desparpajo con que maneja las ideas, la libertad –vitalmente ácrata- con que utiliza el lenguaje, las situaciones que cuenta y que crea construyen una narración brillante y divertida, próxima a la risa.

Todo ello para hablarnos de Japón: del Japón que ella encuentra que es el de Rinri, el alumno de francés que descubre a través de un anuncio y al que ella va a dar clases. Y con el que irá desarrollando una relación que enseguida pasa a mayores.

Pequeños episodios, descubren a Rinri y a Japón. Y descubren a esta japonesa de adopción que es Amélie Nothomb, girando en una órbita siempre excéntrica respecto a una realidad excéntrica para cualquier occidental como es la japonesa.
La comida, los abuelos de Rinri y sus padres, los paseos por el parque, la ascensión a un monte tan sagrado como es el Fuji entre muchos otros episodios van desgranando indicios sobre la vida en Japón, siempre matizados por la ironía y el humor inconformista que componen las esencias de la autora. Un aroma cómico envuelve el libro entero y empuja al lector a terminarlo. 

Pero el humor no oculta las reflexiones que hace la Amélie Nothomb, ni suaviza la mirada perspicaz con que se acerca a cuanto le rodea. Amélie Nothomb es especialmente afortunada cuando habla de sí misma. Será porque conoce bien su vida y probablemente también porque ella misma se sorprende de sus propias ocurrencias y las sabe explotar a favor del lector en forma de relato. Ni de Eva ni de Adán se lee deprisa y con gusto. Es un divertimento por el que merece la pena dejarse seducir.

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domingo, 15 de febrero de 2009

El Emperador

Ryszard Kapuscinski
Anagrama, 2008
205 pp.






La reedición casi constante de las obras de Kapuscinski las pone, a ellas y al autor, de actualidad permanente. Llega, pues, el turno de hablar de El Emperador.

El Negus, era una figura excepcional en el oriente africano. Rodeado de una aureola mítica, era también el gran desconocido, porque Etiopía lo era para el gran público europeo y norteamericano.  Excepcional, en cuanto se reclamaba de una ascendencia que venía del mismísimo Salomón y por cuanto gobernaba un imperio con profundas raíces en la historia -en un continente como el africano donde la historia parecía no existir-, saltó a la actualidad de los periódicos cuando su poder fue cuestionado a través de revueltas y de golpes de estado.

Un ejército con viejos carros de combate y con soldados que luchaban descalzos a falta de zapatos acabó por dar la puntilla al que teóricamente era el imperio más antiguo de este mundo, y a la continuidad de un linaje de reyes por el que podíamos seguir el rastro de la historia hasta la Jerusalén bíblica.

Y aquí es donde interviene Kapuscinski. Cuando la revuelta comunista se hace con el gobierno del país, el autor, polaco, entonces de detrás del telón de acero, se instala en Addis Abeba y se pone en contacto con el mundo en la clandestinidad de quienes sirvieron en el palacio a Haile Selassie, el Rey de Reyes. Con discreción, introducido por los contactos que pudo hacer en alguna visita previa y eludiendo la implacable vigilancia de la policía y los espías, consigue sentarse con multitud de personajes que estuvieron al cargo de las más diversas responsabilidades en palacio. Y con ellos toma nota del relato que hacen de Su Más Sublime Majestad, pero también del funcionamiento de la corte, del particular modo como discurría el gobierno del imperio y de la situación del imperio mismo y de sus gentes.

Cuentan las malas lenguas, desconozco si bien o mal documentadas, que Kapuscinski trabajaba entonces a favor de la política exterior de la Unión Soviética. Trataba de argumentar que el destronamiento de El Negus estaba más que justificado tanto por el deficiente gobierno del que era objeto el imperio como por los cambios ocurridos en el mundo y que dejaban a Etiopía poco menos que como una reliquia imposible en el museo de los residuos de la historia.

Sea lo que sea, Kapuscinski extrae de los funcionarios del imperio con los que habla relatos llenos de interés. Kapuscinski simplemente anota. ¿O hace más que eso?

Desconozco de nuevo la situación y el lector deberá recomponer por sí mismo la escena. Porque estamos frente a un documental cuyas tomas se disponen en las páginas del libro en un orden que sin duda no fue aquél en el que fueron tomadas y en un formato en el que el ´montador’ –lo mismo que en el cine- tiene un papel decisivo por cuanto elige, corta y pega las secuencias en número y en el orden que él decide y que dará continuidad y contenido al resultado final.

Las confidencias que recibe Kapuscisnki son cuanto menos llamativas. Las hacen gentes próximas al rey y que comulgan con este imperio que está a punto de derrumbarse. Pero son puntos de vista, muy a menudo, guiados por el sentido común. La forma de pensar de estos representantes de la Etiopía ancestral se expresa con transparencia, con apego al monarca, pero también con mirada crítica y a veces con indudable ironía.

La explicación por parte de un responsable de palacio de cómo evolucionaba la personalidad de quienes eran ‘bendecidos’ con un cargo por la gracia del emperador, de cómo cambiaba su comportamiento, sus gestos e incluso su físico es un ejercicio de irónico distanciamiento divertido y esclarecedor. La angustia de un funcionario de palacio ante la deriva de su hijo universitario que participaba en manifestaciones y el discurso que construye para defender la conveniencia de pensar lo menos posible y de evitar el estéril ejercicio de querer cambiar las cosas por medio de la razón es casi conmovedor.

Estuviera o no Kapuscinski interesado en justificar que el imperio de Haile Selassie tenía los días contados, lo cierto es que El Emperador muestra bien una época y el punto final de una monarquía. La imagen de El León de Judá, el Gran Señor, Su Magnánima Majestad, el Más Extraordinario Soberano… no se empequeñece en el libro porque se enmarca dentro de una historia donde los personajes tienen poco espacio para ser distintos de cómo son.

Etiopía ya es de por sí un mundo aparte. El emperador no lleva registros escritos de nada, todo alrededor suyo discurre por la palabra. El país vive en el pasado. La esclavitud no se abolirá hasta bien entrado el siglo XX. Los clanes aristocráticos buscan a codazos adelantarse unos a otros en el favor de Rey y éste debe maniobrar con astucia para mantener los equilibrios entre todos. La educación es mal recibida por la corte porque parece un capricho injustificado que sólo puede traer desgracias. Y el deseo del Emperador de apuntarse al camino de progreso que han emprendido otros países africanos recibe la mirada escéptica de todos cuando no su explícita reprobación.

El Emperador es un eslabón necesario para conocer la Etiopía de hoy. Otros serán la historia pasada o la más reciente, pero el final del imperio que inaugura la Etiopía moderna, cierra una era y dispone los peones para llevar el país a lo que es hoy tiene en el libro de Kapuscinski una versión, si no completa, útil y muy interesante para el lector. Una versión que es, además, el reflejo valioso de las voces de los protagonistas que asistieron a los momentos convulsos en que el legendario imperio dejó de existir.

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domingo, 18 de enero de 2009

El chino

Henning Mankell
Tusquets, 2008
471 pp.





Menos de una tercera parte del libro trata directamente de China. Suecia y los Estados Unidos son también los escenarios donde transcurre una intriga que arranca con un asesinato en masa.

Una larga historia con raíces en el pasado, la vida cotidiana de la jueza, que aquí sustituye al familiar policía Wallander de las obras anteriores de Mankell, las miserias de la salud y los afectos que tienen su lugar reconocido en el género de la novela negra componen un thriller que sigue los patrones que con tanta maestría maneja el autor.

A primera vista, estamos ante un libro para el viaje. Un libro que retiene la atención del lector y que resiste las interrupciones y las incomodidades de la lectura en los aeropuertos o en los momentos de espera en la habitación del hotel. Si sólo fuera por eso, El chino, sería ya un libro a tener en cuenta.

Pero mi sensación es que hay bastante más, debido a una inclinación que muestra el autor -y se hace visible en muchos otros de sus libros- a entrar en el ámbito de lo social y de lo político, a veces rozándolo y a veces como complemento necesario en el guión.

En La quinta mujer, un primer episodio situado en Argelia ponía ante el lector el panorama del terrorismo fundamentalista islámico simplemente como un apunte que aludía en la ficción al país –Argelia- que sufría el atentado y a Europa, que proporcionaba las víctimas. Y al hacerlo, despertaba con muy pocos trazos la conciencia de un problema con el que jugará el autor en el curso de su intriga para atar al final todos los cabos.

Ese recurso al tema político cobra protagonismo en El chino. Es un elemento fundamental entre todos los que aportan energía para que la historia se mueva y la acción cobre consistencia.

Con El chino tiene uno la sensación de estar ante la novela negra global. Queda muy lejos el ambiente opresivo de los despachos por los que se movía el comisario Maigret y la pequeñez de los tropiezos administrativos que imponía cualquier prefectura de provincias. Ahora es un mundo moderno y abierto el que sostiene la trama y, además, con la inserción de ese plano que discurre por la política, es también un mundo próximo. Porque el acierto de Mankell es tratar de temas que el lector conoce por el periódico y sobre los que tiene opinión –aunque quizás no del todo formada.

Espero no desvelar nada al adelantar que en El chino se habla de China. La imagen de la portada del libro insiste en lo que el título avanza y las manchas de rojo que contrastan con blancos y sepias hablan, sin duda, de sangre y de asesinatos.

Que China se está poniendo de moda no es una novedad. Que despierta todo el interés y que es y seguirá siendo objeto de un interminable rosario de libros en el futuro es algo sobre lo que no cabe dudar. Y ello, en muy buena parte, por el hecho de que lo chino pertenece a un mundo opaco cuyo conocimiento residía en el pequeño círculo de los que se llamaban sinólogos y cuya interpretación se basaba en el arte de saber leer entre líneas las declaraciones oficiales salidas de las instituciones y también las que se deslizaban a través de la prensa y los rumores.

Esta ‘negrura’ que preside el corazón del poder en China, se aporta al flujo de negruras propias de las novelas de asesinatos y detectives. Y surge en El chino no en la forma de una mafia más de las muchas que parecen haber brotado en la China de hoy, sino como un imperativo de esa complejísima y sorprendente transición que el país hace desde el comunismo original a esa otra fórmula, cargada de éxito, a la que no me atrevo yo a poner nombre. Una transición llena de posibles lecturas entre las cuales no es la menor en importancia el sorprendente paso de un país anclado en la tradición, en el mundo rural y en el cultivo de la tierra a una potencia industrial moderna, con ciudades de una energía arrolladora, cuya sombra se proyecta ya sobre todo el mundo.

Libro para el viaje, pero al final, resulta que también libro de viajes, porque El chino entra en las tripas del presente y del devenir del país. Mankell ejerce de buzo en el mundo de la política y nos lleva por las profundidades. Lo que se ve en las calles de Pekín, las avenidas o los precios de los restaurantes es lo de menos. Entender a la gente de la calle está fuera de la misión de su libro. La novela negra trata de desvelar el hilo que relaciona la vida y la muerte. Sigue el rastro que permite pasar del mundo cuerdo de la vida cotidiana a la loca perversión que agota el camino de la convivencia. Busca, en definitiva, sacar a la luz los elementos esenciales que mueven a los hombres y que los hombres mueven para favorecer sus intereses y alcanzar sus quimeras.

Y ahí es donde China aparece en la novela de Mankell, observada desde el interior, siguiendo los pasos de las autoridades del partido, descubriendo el secreto de los comportamientos superficiales a través del condicionante profundo de la lucha por el poder y sobre todo del desencuentro que nace de una visión distinta, según la facción de la que se trate, sobre el futuro del país, sobre el de la sociedad y sobre cómo manejar el presente.

El chino es una bien medida mezcla de temas, de planos, de lugares y de personajes. Pero quizás no he dicho lo más importante: es una novela magnífica. La acción no es desbocada, la intensidad la administra Mankell con mesura al tiempo que añade elementos que tapan huecos y aportan luces, pero también sombras, a la visión del conjunto, como corresponde a un buen relato de intriga.

Libro de viajes y para el viaje, la lectura de El chino no podrá dejarse hasta el final. Con esa mezcla de emoción, curiosidad y suspense propia del género negro, el lector encontrará en él una novela espléndida y la mejor ocasión para el disfrute.


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domingo, 12 de octubre de 2008

Mediterráneos


Rafael Chirbes
Anagrama, 2008
159 pp.





Chirbes lleva escribiendo del Mediterráneo desde hace mucho tiempo, porque el Mediterráneo es el lugar del que procede: es su país. Por eso, él mismo reconoce que el que escribe de lugares que descubre lo hace mirando hacia fuera porque necesita avanzar. Pero él, por lo que al Mediterráneo se refiere, tiene que mirar hacia adentro, volverse hacia sí mismo, porque el objeto de su atención está en su interior, en su propia raíz.

Será el resultado de esta exploración íntima o será su extraordinaria calidad como escritor, pero el lector se encuentra en Mediterráneos casi frente a una obra poética. Cuidado. Nadie debe tomar al pie de la letra lo que acabo de decir. Es un exceso y debo aclararlo ante el poder disuasorio que tiene el género poético para la mayoría de lectores, y sospecho que aún más para los lectores inclinados a los quehaceres viajeros. Pero no puede hablarse de Chirbes in destacar su deleitosa y cuidadísima prosa que tanto comunica y tanto habla al alma del lector.



Creta. “Olía a mar, a salitre, a sentina de barco, a mazmorra, a piedra mojada, yodo y humedad, y a él –al viajero al que se refiere Chirbes- aquel olor le parecía importado del otro extremo y pensó que el Mediterráneo es un mar redondo como una circunferencia. Se acordó el viajero de las lejanas noches en Tánger, en Alejandría, en Djerba, en Porto Fino, en Estambul. Y supo que es casi imposible elegir entre cualquiera de los infinitos puntos que componen una circunferencia.”

Mediterráneos es el libro de un viajero. Un viajero en primera persona que habla de Creta –ya se ha dicho- y también de Valencia, de Estambul y de Génova, de Venecia, como no podía ser de otra manera, y de Alejandría y otra vez del Mediterráneo más próximo: de Denia …

Tantas ciudades, tantos puertos en un solo libro no pueden pretender una presencia que permita aparecer a cada una en detalle. No pueden aspirar a verse reflejadas del modo como lo haría una guía dedicada a ellas en exclusiva. Pero no es esa la intención del libro ni algo que el lector eche de menos, porque Chirbes apunta a las sensaciones que se despiertan en el viajero y con ello consigue un destello de intensidad seductora que se apodera del lector. 

¿Por qué será que Chirbes parece llegar a la esencia de estas ciudades y condensar su alma para mostrarla en forma de palabras a quien lee?

El de Chirbes es un relato hecho desde la sensibilidad. Una sensibilidad íntima y profunda que enlaza con esa raíz mediterránea del autor a la que me refería al principio. Esa mirada sobre Creta, los paisajes, la tierra, las plantas, su mar, el ocaso… es la que se hunde el lo profundo de una historia que nos hace a todos herederos de un Mediterráneo original. Ese deambular por el mercado en Valencia, por las calles de Venecia, por la cubierta de un ferry en Estambul despierta resonancias que llevan al lector a un mundo que no le es ajeno y que recupera como un tesoro perdido en alguna parte de la memoria la magia de las palabras.

Mediterráneos no es una guía de lo concreto, pero un vez leído lo calificaría yo de libro imprescindible para viajar a cualquier lugar relacionado con este mar tan ligado a nuestra propia existencia. Un libro imprescindible para abrir el espíritu del viajero y ponerlo en disposición de disfrutar de todo cuanto contiene el más bello y profundo de los mares.

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