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jueves, 3 de octubre de 2013

Entre amigos

Entre amigos

Amos Oz
Siruela, 2013
154 pp.

¿Pero cuándo se jodió Israel? La culpa de este principio tan abrupto es de Vargas Llosa y de ese personaje de su Conversación en la Catedral que se hizo famoso preguntando ¿Cuándo se jodió el Perú?...


Amos Oz
Siruela, 2013
154 pp.






¿Pero cuándo se jodió Israel? Me disculparán un principio tan abrupto para hablar de un libro de Amos Oz que es todo contención y delicadeza. La culpa es de Vargas Llosa y de ese personaje de su Conversación en la Catedral que se hizo famoso preguntando ¿Cuándo se jodió el Perú?

La pregunta, la que se refiere a Israel, no es retórica porque en sus inicios ese nuevo estado, nacido en 1948, en el que tantas ilusiones se depositaron y en el que tan poco lastre del pasado se oponía a construir en él lo mejor, alumbró la esperanza de una sociedad nueva, justa, solidaria y fraternal que podía haber dado lecciones al mundo para mostrar que otra forma de vida, más humana, era posible.

De eso va Entre amigos, un libro delicioso, aunque no alegre, lleno de humanidad que habla de la vida en un kibutz. De la vida normal, sin conflicto con el entorno, sin que la guerra pese sobre las conciencias de los personajes, con el trabajo y con la vida basada en la ética como gran objetivo y la convivencia entre los miembros de la pequeña comunidad y las manías y particularidades de cada uno como argumento.

Entre amigos es un libro de relatos cortos. Conectados unos a otros por el mismo escenario, por ese kibutz ficticio en el que se desarrolla la vida y en el que los personajes, que se van haciendo conocidos del lector, dan pie a pequeñas historias donde priman los sentimientos, casi siempre la soledad y la melancolía que resulta de alguna pérdida, y un punto de sacrificio por parte de uno y de incomprensión por parte de los demás.

La vida en el kibutz pretende ser humana. Ese es el fundamento que justifica su existencia. Pero aparece siempre matizada por las limitaciones y por la carga de los pequeños sufrimientos de cada uno de los miembros de la comunidad a los que Amos Oz presta atención. Una carga que parece inevitable en cada escena y que se arrastra como una confusa condena, como formando una parte necesaria de la condición humana. Una carga en la que resuena esa historia difícil del pueblo judío hecha de pequeñas alegrías, de sacrificios y de esfuerzo constante por superar las adversidades.

Pero todo es sutil en el libro de Amos Oz. Sus pequeñas historias no son ni mucho menos  tragedias. Son casi enredos, enredos en los que los personajes se ven envueltos y que atraen al lector curioso, que espera ver cómo se desarrollan y cuál va a ser su desenlace.

Pero personajes aparte, para el lector la vida del kibutz o mejor el kibutz mismo es también motivo de interés. Tanto como las discretas pasiones, los deseos o las pequeñas penalidades cotidianas de quienes pueblan las historias, el propio kibutz resulta un fenómeno insólito repleto de matices y que suscita toda clase de reflexiones. Un fenómeno que el autor ve condenado al fracaso y muy probablemente el lector lo verá también.

Con el tiempo, las virtudes del experimento del socialismo israelí sufren el desgaste del roce diario con la realidad. El proyecto se convierte en utopía y quienes más se implicaron en él acaban por perder la frescura revolucionaria de los orígenes y sucumben bajo el peso demoledor del dogmatismo. “Los miembros veteranos –señala Amos Oz a través de uno de sus personajes- son creyentes que abandonaron la religión y en su lugar adoptaron una nueva religión llena de culpas y pecados, llena de prohibiciones y de férreas normas.” En eso acaba el kibutz que construye Amos Oz para la ficción y que es un reflejo del resto de aventuras que nacieron con la misma ilusión. Y en su misma deriva es una imagen de la cuesta abajo por la que se desliza el Israel real, el gran experimento que sucumbe también a la degradación que nace de olvidar los principios.

¿Cuándo Israel extravió su camino?¿Cuándo dejó de ser un ejemplo? ¿Cuándo se convirtió en una tierra yerma y abandonó su condición de país fértil en ideas y en realizaciones? De nada de ello habla Amos Oz aunque sobre todo ello pensará inevitablemente el lector de este magnífico Entre amigos, un libro tan corto como agradecido que nos habla de personas y de una ocasión perdida para construir un mundo, en Israel, que no pudo ser.

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lunes, 10 de septiembre de 2012

Chico zigzag

Chico zigzag

David Grossman
Debolsillo, 2012
381 pp.

En Chico zigzag Grossman presenta a Israel como sería cualquier país del mundo, como si fuera otro país. Y eso es justamente la noticia ...



David Grossman
Debolsillo, 2012
381 pp.





Es tal el peso de la política, del conflicto en que vive, de la violencia sobre la que se ha instalado, que es difícil pensar sosegadamente sobre Israel. Pensar sin que asome y sin que domine el horizonte la particular situación que a los ojos del de fuera hace del país una especie de infierno.

Por ello es relevante lo que en cualquier otro lugar no lo sería. Es importante mostrar el lado humano, un Israel humano donde nada habla de la tensión que enfrenta al país con sus vecinos, ni de la crueldad que acompaña al estado judio.

En Chico zigzag Grossman presenta a Israel como sería cualquier país del mundo, como si fuera otro país. Y eso es justamente la noticia y el punto principal para quien quiere acercarse a Israel tanto como seguir la trama de una narración imaginativa, entrañable y con puntos de gran carga emotiva.

El centro del relato es un niño. Él es quien cuenta la historia, tan poco real que el lector se pregunta si no será un sueño. No lo es. Empieza el libro como una aventura. Nono, el personaje principal, debe ir de Jerusalén a Haifa en vísperas de su Bar-Mitsvá, la gran celebración judía que a los trece años da la bienvenida a los chicos al mundo de los adultos y convierte a los chicos en hombres responsables. El viaje es en tren y todo aparece en contra de los deseos de Nono.

Decir que Nono es hiperactivo es decir poco. Es insoportable para sí mismo, lo siente y lo explicita al lector a través de sus ocurrencias y reflexiones de manera magistral. Pero el viaje se tuerce y despega hacia una aventura alocada en la que nada parece encajar con la realidad. Un personaje sorprendente, un anciano, se entromete en el curso del viaje y con él arrancan una sucesión de sorpresas que empiezan pareciendo juegos atrevidos para la diversión de un chaval predispuesto a cualquier travesura y siguen por vericuetos mucho más profundos que ni el niño ni el lector imaginan.

La vida de Nono, cambia con el encuentro con tan singular personaje. No es la celebración judía la que hace de él un adulto. Es todo lo que va conociendo de su propia vida en una enfebrecida huída hacia delante lo que abre el espíritu de Nono y le hace reconocerse distinto y mucho más rico humanamente de cómo se veía antes.

Chico zigzag no es un libro ‘edificante’ ni dulzonamente moral. Es un libro duro como la vida, además de divertido y sorprendente. Es un homenaje a Nono, insoportable y con una vida que no ha sido fácil, pero agudo, reflexivo, sensible y consciente desde su curiosa marginalidad. Y es un ejercicio literario –uno más- de Grossman que consigue con unos insólitos elementos de ficción armar un relato intrigante y emotivo.

Israel no aparece en el libro. O sí. Aparece tan calladamente, con tanta normalidad, envuelta en aventuras tan humanas y tan ficticias que parece un país distinto del que conocemos por las noticias. Esa es la novedad de Chico zigzag y esa puede ser la excusa para dejarnos llevar a un mundo de aventuras que sin duda nos entretendrá a lo largo de todas las páginas del libro.

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miércoles, 15 de junio de 2011

Las tribus de Israel. La batalla interna por el Estado judío


Las tribus de Israel
Ana Carbajosa
RBA, 2011
279 pp.

¿Son ustedes de los que piensan que el conflicto que enfrenta en Israel a judíos y palestinos puede tener solución si no a corto, al menos a medio plazo? Pues lamento decirles que no va a ser así...


Ana Carbajosa
RBA, 2011
279 pp.





“Me di cuenta de que tenía un país y de que este país era Israel (…) y que tenía volver a la tierra de la que nos echaron los romanos”

¿Son ustedes de los que piensan que el conflicto que enfrenta en Israel a judíos y palestinos puede tener solución si no a corto, al menos a medio plazo?¿O incluso a un largo plazo que llegarán ustedes a ver con sus ojos o van a ver sus hijos? Pues lamento decirles que no va a ser así, a menos que ocurra un auténtico milagro. Y me temo que van a ser ustedes de la misma opinión después de leer el libro de Ana Carbajosa.

Las tribus de Israel es, sin duda, un libro imprescindible. Y no porque la mayoría de cosas que cuenta no se sepan y constituyan una revelación. Los periódicos están llenos de noticias sobre Israel que hablan del país y de sus conflictos desde los más diversos ángulos. Lo que hace Ana Carbajosa es poner en orden las ideas y acudir a personas de la calle, dándoles voz, evitando el discurso de los grandes políticos para que sea la población la que se exprese y la que muestre el complejísimo entramado, lleno de contradicciones y de los intereses más distintos que componen la sociedad israelí.

Lo mismo o parecido podría afirmarse de cualquier otro país, dirán ustedes. Pues seguramente no. Porque Israel es una experiencia inédita. Es el resultado de crear un Estado ‘artificial’ y un país poblado por gentes de las ideologías y las procedencias más diversas. Judíos todas ellas. Pero ni todas creyentes o practicantes con igual devoción, ni todas motivadas por ideales parecidos, ni todas llegadas al país en el mismo momento, ni todas con el mismo mérito en la construcción del país, ni todas recibidas con la misma hospitalidad y con el mismo afecto.

Bajo el paraguas difuso de la religión, de la certeza ampliamente compartida de haber regresado al suelo que dios prometió a su pueblo se extiende una población de alubión, asentada en muy poco tiempo, con experiencias vitales y expectativas de lo más diverso, envuelta en el formidable conflicto que la enfrenta a los palestinos cuyas tierras ocupan y traumatizada por la sombra del Holocausto cuyo recuerdo constituye una práctica que se repite a modo de mantra y está presente en todos los órdenes de la vida.

Ana Carbajosa, periodista ha vivido durante años en Jerusalén. Y su libro nace de entrevistar a un abanico muy amplio de personas singulares todas ellas por representar posiciones y puntos de vista que definen aspectos críticos de la sociedad israelí.

He dicho entrevistar y lo más apropiado hubiera sido decir que Ana Carbajosa conversa, pregunta, escucha y ejerce de espectadora ante situaciones de las que ella misma es testigo y que ilustran los temas que le cuentan aquellos con los que habla.

¿Y qué le cuentan? Le cuentan sobre los asuntos críticos de la vida de Israel –un país donde casi todo está contaminado por el conflicto- pero desde puntos de vista opuestos e irreconciliables dependiendo de quien tenga la palabra.

Empieza Ana Carbajosa hablando de los judíos de religiosidad radical, de los ultraortodoxos, enemigos del Estado de Israel, pero embarcados en el juego parlamentario a través de organizaciones y partidos que condicionan fuertemente la política nacional. Y nos hace ver su vida cotidiana y la miseria material en la que viven. Habla también de la ocupación y de cómo piensan quienes sostienen ese juego perverso de los asentamientos en espacios que la comunidad internacional no reconoce como israelíes y que ponen, por la vía de los hechos irreversibles, cada vez más difícil una solución al conflicto palestino.

Los activistas que se oponen a la política agresiva de los sucesivos gobiernos hacia los palestinos ocupan también una parte importante del libro, porque en su exigua minoría representan una importante corriente ética con peso internacional y con la trascendencia de mantener viva la conciencia y los principios humanos de una sociedad endurecida por la costumbre de no utilizar más solución que la fuerza para resolver cualquier amenaza que vislumbre en su entorno.

Y, por fin, los palestinos también tienen su espacio. Palestinos israelíes, nacidos en Israel, de nacionalidad israelí y pasaporte israelí, teóricamente provistos de los derechos de ciudadanía propios de los nacionales y, sin embargo, vistos como enemigos del Estado judío, discriminados y sometidos a un acoso constante por quienes consideran que en este Estado judío los derechos deben asistir a los judíos y no a quienes proceden de un pueblo inferior, sospechoso de ser poco fiel y que reclama derechos en una tierra que dios prometió, casi desde el origen de los tiempos, a los judíos.

Descorazonadora y al mismo tiempo llena de interés es la lectura de Las tribus de Israel. No es un libro político, aunque la política está presente en casi cada párrafo. No es un libro que se proponga tomar partido, aunque del discurso de unos y de otros el lector tomará seguramente partido y pensará que la autora tomó partido también. Y sí es un libro que agradecerán quienes sientan interés por el conflicto de Oriente Próximo y quienes quieran conocer Israel y a los israelíes bastante más de cerca de cómo se conocen a través de las noticias que llegan de los periódicos o la televisión.

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domingo, 21 de noviembre de 2010

Viaje a la Palestina ocupada


Viaje a la Palestina ocupada
Eric Hazan
Errata naturae, 2010
127 pp.

Hoy, muy pocos son los que hacen turismo en Palestina. Pero quienes viajan a la región regresan, cuando menos, impresionados....



Eric Hazan
Errata naturae, 2010
127 pp.






La literatura de viajes toma nota de lo que el viajero observa, de sus reflexiones y del resultado de sus encuentros con lugares y personas a lo largo de su recorrido. Es una forma de dar a conocer el mundo.

Esta simple definición se ajusta bastante bien a la realidad cuando hablamos de la literatura del siglo XVIII o XIX. Es decir, cuando nos referimos a los clásicos, a esos ingleses que volvían con noticias de los lugares más remotos después de sus expediciones y leemos ahora con la mirada llena de curiosidad.

¿Pero qué ocurre con el presente cuando no es la curiosidad o lo exótico lo que emerge del texto porque aquello de lo que se habla sitúa al lector en la esfera de la política? Seguramente deja de ser literatura de viajes y plantea el hecho de que este género no encaja en determinados lugares donde el conflicto suspende cualquier reflexión que no sea en torno al conflicto mismo.

Este es el caso de Viaje a la Palestina ocupada. Sin duda, el título anuncia ya la condición que pesa sobre el país. Una ocupación que tiñe con su dramatismo cualquier otro aspecto de la realidad.

Hazan, el autor, editor en Francia, de raíces palestinas, regresa de un viaje al país y cuenta … Lo hace en tono mesurado. Sin aspavientos. Y se da voz a sí mismo y a los habitantes de las ciudades y pueblos que visita.

Lo que aparece en el libro es, en primer término, la vida cotidiana. Una vida normal y excepcional al mismo tiempo, porque el transcurrir del día es parecido aquí al transcurrir en cualquier otro lugar del mundo: se compra, se vende, se trabaja, se va a la escuela, se mantiene relación con la familia… Pero la manera como todo esto ocurre es absolutamente distinta. Cada acto, cada paso por trivial que sea está supeditado a las condiciones que marca la ocupación. Una ocupación singularísima porque con el tiempo ha ido a peor y ha llevado las condiciones de vida a una situación extrema.

“Es casi imposible vivir en Cisjordania sin móvil –dice Hazan-: la gente no queda, sino que se dice: Cuando pases el control me llamas”. Las barreras impuestas por la política o los ejércitos han modificado la geografía con las líneas de separación que ya no son montañas o ríos y, sobre todo, con el complicado muro de hormigón que con vueltas y revueltas sella el territorio y separa la casa del huerto, la ciudad de la escuela y un pueblo del otro.

Un mundo artificial, llevado al límite, se asienta en Palestina y se transforma en normal porque la vida acaba por convertir lo excepcional en cotidiano. Y una visión radical acaba también por convertirse en la forma natural de adaptarse a la realidad y de hacer compatible la vida con la agresión que día a día sufre.

Sin duda el viajero, menos adaptado, observa, sin acabarla de creer, la realidad. “Soy consciente –reconoce Hazan- de mi lamentable descripción de una geografía compleja: de hecho, circulando por la región, poco a poco dejé de intentar entender la razón de ser de tal muro, de tal carretera, de tal barrera (…) Esto no significa que el conjunto sea irracional: los bucles en el muro, las carreteras reservadas a los colonos y a las tropas de ocupación (…) dividen en zonas la región y transforman el paisaje en un videojuego…”.

Hoy, muy pocos son los que hacen turismo en Palestina. Pero quienes viajan a la región regresan, cuando menos, impresionados. Viaje a la Palestina ocupada da testimonio de la situación y ofrece noticias del país. Unas noticias frescas, humanas también y estremecedoras en cualquier caso.

Ver en El Boomeran información sobre el libro.

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lunes, 11 de mayo de 2009

De Estambul a El Cairo. Diario de viaje por un Oriente roto


Eduardo del Campo
(Fotografías de Ricardo Venturi)
Almuzara, 2009
528 pp.






No es propio en la reseña de un libro de más de quinientas páginas llenas de contenido empezar elogiando la portada. De Estambul a El Cairo contiene, además del texto, una pequeña sección con fotografías de extraordinaria calidad, entre las cuales la de la portada destaca y es la mejor introducción a lo que es el libro. La imagen de una mujer kurda, sentada en una silla sobre un suelo de baldosas, en actitud severa, concentrada y digna es el preludio del contenido de un libro rico, singular y apasionante.

“Al pie de la muralla, junto a un puesto ambulante donde venden platillos de habas con caldo que hay que pelar con la boca e impregnar de sal y especias, se levanta la estatua ecuestre del rey Saladino… La capa vuela hacia atrás, su caballo salta por encima de un cruzado y el rey sujeta con la mano izquierda las riendas mientras con la derecha blande la espada con la que atiza a un enemigo. Un fotógrafo sexagenario se pasea a la sombra de la efigie metálica con su vieja cámara Polaroid colgada sobre la corbata de su traje….

[En el bazar] Me fijo en los estantes de las tiendas especializadas en pañuelos y embozos para tapar la cabeza femenina. Decenas de cabezas de maniquíes cortadas por el cuello muestran en línea cómo sientan los últimos modelos, con una variedad tan exhaustiva que una mujer podría cubrirse con un pañuelo distinto durante unas cuanta vidas. Los hay naranjas, rosas, negros, blancos, con bordados, con incrustaciones de cristales, estampados, con flecos.”

No he podido resistirme a reproducir unas líneas de lo que Eduardo del Campo cuenta sobre Damasco. Porque es importante destacar que estamos ante un libro que también es un ‘libro de viajes’. Me explico: se han hecho reseñas y se han escrito comentarios sobre este libro excelente y creo que debieran escribirse muchas más porque lo justifica. Pero el tema del que trata, la región del mundo de la que habla, tiene tanto calado que la problemática y el dramatismo de la situación escala por encima de todo lo demás y sin querer silencia lo que también es este libro: la mirada atenta y sensible sobre ciudades, pueblos y gentes de un viajero que se detiene y que sabe ver las pequeñas cosas de la cotidianidad para llevar de la mano al lector a través de sus descripciones a todos los lugares por los que él pasó.

No debiera sorprender que ello sea así tratándose –como indica el subtítulo del libro- de un ‘diario deviaje’. Se espera que el autor nos cuente lo que ve, nos hable de la gente que encuentra y de lo que siente. E insisto que Eduardo del Campo lo hace con brillantez y de manera exquisita. Lo que ocurre es que hablar de Oriente Próximo y hacerlo con ojos de periodista y con conciencia de la durísima condición en la que viven quienes les ha tocado en suerte esta región del mundo podía haber inclinado el discurso hacia la crónica política o hacia el análisis social y haber apagado esa mirada hacia lo cotidiano que da vida a los relatos de viajes.

Eduardo del Campo escribe un libro que sólo un periodista puede escribir, lleno de referencias a las situaciones que ocupan las páginas de noticias de los periódicos. El lugar se presta a ello y la inmensidad de los acontecimientos que ocurrieron y que saltan en el libro a primer plano son materia que da todo el juego para volver sobre ella en un tono más reposado y más humano que el que permite las limitaciones y la urgencia de un noticiario.

Eduardo del Campo hace en su libro un homenaje a las personas y las cubre de un manto de afecto. No es fácil hacerlo, porque todos tenemos opinión sobre los dramas de los que habla y es difícil evitar la condena frente al cúmulo de barbaridades que ensombrece la historia reciente en tantos lugares de esta región. Turquía y el conflicto de los kurdos –la guerra, más bien- está en el arranque del libro, para seguir por Irak, nada menos, martirizado por una invasión extranjera pero también por la furia de unas comunidades contra otras arrastradas en una corriente que no ofrece soluciones. Siria, con este Damasco magnífico o con la extraordinaria Palmira, pero también sumido en la maraña de despropósitos que ancla el país en la miseria de la falta de libertades y de las formas perversas de la política. Por supuesto el viaje de Eduardo del Campo lo conduce al Líbano y a Palestina y a Jordania … hasta terminar en Egipto.

No ahorra el autor miradas a los problemas. Habla con la gente y pone en contexto, con una información que a los lectores –olvidadizos y confundidos ya por la acumulación de noticias- nos devuelve las coordenadas desde las que recordar los acontecimientos que han ido empedrando el camino de esta complicada e interminable historia.

La guerra del Líbano –las guerras, habría que decir-, Sabra y Chatila, los colonos en Israel, los cohetes de los palestinos sobre Sderot … todo ello encuentra la voz de alguna persona que lo ha vivido y que al contarlo le da al lector una dimensión mucho más real que la que pudo deducir de los periódicos. Y se descubre que no todo es tragedia. Porque en la boca de quienes la viven, la realidad se convierte en vida cotidiana que es, en definitiva, vida.

En medio del desastre también hay humor, en cualquiera de los bandos. Y hay confianza en el presente y cordialidad. El desparpajo con el que un partidario –cristiano- de Hezbollah cuenta su currículum de combatiente, iniciado a los doce años, eso sí con una vida suficientemente ordenada como para darle tiempo a ir a la escuela por la mañana, jugar luego un rato y pegar tiros por la noche con un fusil ruso para defender su casa en la misma línea del frente lleva también a concluir que la vida está llena de ángulos insólitos desde los que mirarla. Y vuelve a poner de relieve el papel ponderado y abierto de Eduardo del Campo para mostrarnos, con prudencia ejemplar, el lado humano de esa serie numerosa de ‘invitados’ que pasan por las páginas de su libro para ilustrarnos de lo que puede ser hoy un viaje entre Estambul y El Cairo.

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domingo, 17 de agosto de 2008

Asesinato en el kibbutz

Batya Gur
Siruela, 2006
372 pp.




Publicado por María Antonia

La novela policíaca siempre me ha parecido –como a muchos otros lectores y a críticos- una forma fácil de acercarme a una sociedad. Las tramas suelen revelar todas las contradicciones y debilidades del sistema en el que se desarrollan y, pese a ser un género de ficción, las descripciones de los lugares y los personajes transmiten veracidad.

Esta es una de esas novelas fáciles de leer, con una trama policíaca que no hace concesiones y se mantiene fiel a los esquemas más clásicos del género. Y además nos introduce en un kibbutz israelí de los años 90.

Probablemente no hay ninguna institución tan profundamente israelí como un kibbutz, la utopía creada por el sionismo laico y socialista que durante tantos años fue sinónimo de vida en común, de sociedad igualitaria y de desarrollo económico. Ya hace mucho tiempo que todas las informaciones relativas a Israel están monopolizadas por el sangrante conflicto con Palestina, y en mi caso los kibbutz se habían quedado en el recuerdo. Sin embargo, es obvio que siguen existiendo, aunque hayan cambiado y deban adaptarse a nuevos contextos.

Y precisamente de este cambio trata el libro; del enfrentamiento entre la visión de los pioneros y la de sus hijos, del coste personal que la vida comunitaria ha supuesto para las generaciones que se criaron en ella, de la dificultad de cambiar algo que es la esencia misma del desarrollo israelí, y de enfrentarse a los padres fundadores, siempre rodeados de un halo mítico porque encarnan en sí mismos la supervivencia al holocausto y el nacimiento del país. Y sin embargo, deben cambiar, porque el mundo lo hace y trae nuevos vientos. La libertad individual es un derecho que los jóvenes sienten como irrenunciable y cada vez resulta más difícil admitir que el futuro profesional de cada uno, o sus estudios, esté determinado por la votación de una asamblea.

Como todas las historias que suceden en sociedades cerradas – sean conventos o cuarteles – la narración va desenredando la trama de los odios y amores, los apoyos y las rencillas de cada personaje y, finalmente, el lector consigue recrear un cuadro extenso y complejo de los distintos aspectos de la vida en un kibbutz: el funcionamiento de sus asambleas, las medidas de seguridad, la relación con el exterior, el trabajo organizado en turnos, y muchas otras cosas.

En mi opinión es una estupenda lectura para acercarse al Israel cotidiano a través de las vidas de personajes que no son políticos, rabinos ni soldados sino administradores, granjeros y jardineros.

Su autora, Batya Gur, fue durante muchos años profesora de literatura en la universidad de Jerusalén y antes de dedicarse a la novela policíaca con enorme éxito había publicado eruditos ensayos sobre los asentamientos judíos y la ciudad de Jerusalén. Su conocimiento profundo de su país se nota en cada uno de sus libros, ambientados muy conscientemente en entornos diferentes: una comunidad de psicoanalistas ortodoxos, un barrio central de Jerusalén atravesado por los conflictos étnicos, el kibbutz de esta novela, etc.

Sus novelas son muy populares en su país, han sido traducidas a multitud de idiomas y cuentan con miles de lectores en todo el mundo. Si es un lector aficionado a P.D James, Mankell, Camilleri o Márkaris, seguro que Gur pasará a ser uno más de sus autores.

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