jueves, 3 de octubre de 2013

Entre amigos

Entre amigos

Amos Oz
Siruela, 2013
154 pp.

¿Pero cuándo se jodió Israel? La culpa de este principio tan abrupto es de Vargas Llosa y de ese personaje de su Conversación en la Catedral que se hizo famoso preguntando ¿Cuándo se jodió el Perú?...


Amos Oz
Siruela, 2013
154 pp.






¿Pero cuándo se jodió Israel? Me disculparán un principio tan abrupto para hablar de un libro de Amos Oz que es todo contención y delicadeza. La culpa es de Vargas Llosa y de ese personaje de su Conversación en la Catedral que se hizo famoso preguntando ¿Cuándo se jodió el Perú?

La pregunta, la que se refiere a Israel, no es retórica porque en sus inicios ese nuevo estado, nacido en 1948, en el que tantas ilusiones se depositaron y en el que tan poco lastre del pasado se oponía a construir en él lo mejor, alumbró la esperanza de una sociedad nueva, justa, solidaria y fraternal que podía haber dado lecciones al mundo para mostrar que otra forma de vida, más humana, era posible.

De eso va Entre amigos, un libro delicioso, aunque no alegre, lleno de humanidad que habla de la vida en un kibutz. De la vida normal, sin conflicto con el entorno, sin que la guerra pese sobre las conciencias de los personajes, con el trabajo y con la vida basada en la ética como gran objetivo y la convivencia entre los miembros de la pequeña comunidad y las manías y particularidades de cada uno como argumento.

Entre amigos es un libro de relatos cortos. Conectados unos a otros por el mismo escenario, por ese kibutz ficticio en el que se desarrolla la vida y en el que los personajes, que se van haciendo conocidos del lector, dan pie a pequeñas historias donde priman los sentimientos, casi siempre la soledad y la melancolía que resulta de alguna pérdida, y un punto de sacrificio por parte de uno y de incomprensión por parte de los demás.

La vida en el kibutz pretende ser humana. Ese es el fundamento que justifica su existencia. Pero aparece siempre matizada por las limitaciones y por la carga de los pequeños sufrimientos de cada uno de los miembros de la comunidad a los que Amos Oz presta atención. Una carga que parece inevitable en cada escena y que se arrastra como una confusa condena, como formando una parte necesaria de la condición humana. Una carga en la que resuena esa historia difícil del pueblo judío hecha de pequeñas alegrías, de sacrificios y de esfuerzo constante por superar las adversidades.

Pero todo es sutil en el libro de Amos Oz. Sus pequeñas historias no son ni mucho menos  tragedias. Son casi enredos, enredos en los que los personajes se ven envueltos y que atraen al lector curioso, que espera ver cómo se desarrollan y cuál va a ser su desenlace.

Pero personajes aparte, para el lector la vida del kibutz o mejor el kibutz mismo es también motivo de interés. Tanto como las discretas pasiones, los deseos o las pequeñas penalidades cotidianas de quienes pueblan las historias, el propio kibutz resulta un fenómeno insólito repleto de matices y que suscita toda clase de reflexiones. Un fenómeno que el autor ve condenado al fracaso y muy probablemente el lector lo verá también.

Con el tiempo, las virtudes del experimento del socialismo israelí sufren el desgaste del roce diario con la realidad. El proyecto se convierte en utopía y quienes más se implicaron en él acaban por perder la frescura revolucionaria de los orígenes y sucumben bajo el peso demoledor del dogmatismo. “Los miembros veteranos –señala Amos Oz a través de uno de sus personajes- son creyentes que abandonaron la religión y en su lugar adoptaron una nueva religión llena de culpas y pecados, llena de prohibiciones y de férreas normas.” En eso acaba el kibutz que construye Amos Oz para la ficción y que es un reflejo del resto de aventuras que nacieron con la misma ilusión. Y en su misma deriva es una imagen de la cuesta abajo por la que se desliza el Israel real, el gran experimento que sucumbe también a la degradación que nace de olvidar los principios.

¿Cuándo Israel extravió su camino?¿Cuándo dejó de ser un ejemplo? ¿Cuándo se convirtió en una tierra yerma y abandonó su condición de país fértil en ideas y en realizaciones? De nada de ello habla Amos Oz aunque sobre todo ello pensará inevitablemente el lector de este magnífico Entre amigos, un libro tan corto como agradecido que nos habla de personas y de una ocasión perdida para construir un mundo, en Israel, que no pudo ser.

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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Silencios en mi Camino. Un peregrino en el Camino Francés

Silencios en mi Camino. Un peregrino en el Camino Francés

Graciano Granja
Bubok, 2013
426 pp.

...un relato distinto, que se agradece por su sencillo discurrir y por la humanidad que desprende. La misma que acaba por apoderarse de Graciano Granja y que resulta el secreto a voces que envuelve el Camino y a tantos peregrinos...



Graciano Granja
Bubok, 2013
426 pp.




Un libro modesto, de intenciones modestas, escrito como para los amigos y para la familia y sin pretensiones literarias, esto es Silencios en mi Camino, un relato sobre el Camino de Santiago que el lector aborda con la pregunta de si será un relato más de los muchos que hay.

Y el hecho es que es un relato más pero no un relato cualquiera. Es un relato más porque el Camino parece que tiene unas propiedades que predisponen a escribir y a contar la experiencia vivida. Pero como les ocurre a gran parte de los relatos sobre el tema es de alguna manera un relato único, como son únicas las experiencias y cada cual las vive de una forma particular, de un modo especial que llama la atención del lector y lo mantiene pegado a esa andadura tan propicia a la reflexión.

Historia, espiritualidad, hondura… parecen mover a gran parte de los peregrinos que cuentan el profundo impacto y la emoción que les acompaña a lo largo del Camino. Pero no es ese el caso de nuestro autor cuando emprende su aventura. Espiritualidad la justa y, en cambio, interés por la historia y por un reto que por fin tiene ocasión de afrontar lo tiene en cantidad más que suficiente para despertar el impulso de tirarse a la piscina y ponerse a caminar.

Graciano Granja está jubilado. Es un jubilado joven, pero ni mucho menos un chaval. Nuestro hombre dispone por primera vez de tiempo suficiente para preparar el camino –el camino y el Camino-, para leer, informarse en Internet, ordenar la información… con el método con que lo haría un profesional más que un peregrino. Graciano Granja quiere pisar el escenario para disfrutar de él y si ha de encarnar el papel de peregrino no tiene inconveniente para participar en una función que forma parte de los pilares de la civilización europea y que lleva representándose durante más de mil años.

Pero, como peregrino más de conveniencia que impulsado por la mística, aborda el Camino con ideas claras porque tampoco hay que hacer excesos a cierta edad: dormirá en hotelitos confortables, se recluirá al cabo de la jornada para preservar la intimidad que pierden los peregrinos en los albergues, comerá a final del día en algún lugar donde pueda disfrutar de la cena cómodamente y dará la conversación justa a sus compañeros de camino para enterarse un poco de quiénes son y de cómo viven la experiencia los demás. Tampoco hay que pasarse.

Sin embargo, no hace falta leer mucho para ver que el impecable planteamiento de nuestro autor se viene abajo por sí solo, sin que ocurran nada más que los pequeños incidentes del camino y empiece a surtir efecto esta combinación casi mágica que consiste por un lado en disponer de mucho tiempo para pensar, mirar y aprender a disfrutar de la vida cuando se desarrolla a un ritmo distinto y por otro descubrir en la cordialidad de los demás y de uno mismo una dimensión humana que empuja a compartir experiencias, a propiciar alegrías en común y a disfrutar de una calidez en el trato con los desconocidos que resulta casi un milagro.

No hay que decir que nuestro Graciano abjura pronto de su fe en la bondad de los hoteles y de las comidas en solitario para unirse feliz a la corriente de peregrinos de las procedencias y las trayectorias vitales más diversas, con los que congenia y con los que descubre el secreto espiritual, aunque no religioso, del Camino.

Por supuesto, el relato de Graciano Granja, con esa humildad que apuntaba al principio, es cualquier cosa menos plano. Emerge en él toda la información que el todavía peregrino de boquilla prepara en su casa para no desaprovechar nada del recorrido. Cuando inicia su caminata, el autor se ha convertido en un experto. Pero no en un experto convencional. No es un historiador ni un académico. Es un curioso interesado en muchas cosas y por eso le suena tan próximo al lector. Además no le hace remilgos a entrar en algunos asuntos esotéricos del Camino, donde se mezclan templarios, viejos canteros medievales celosos por no desvelar los secretos del oficio de la construcción, astrónomos y astrólogos, ritos paganos…

Queda claro que no es esta incursión en lo 'oculto' una deriva importante del libro, pero sí un extremo del extenso arco de intereses que Graciano Granja despliega en su relato que nos habla también de paisajes, de tropezones en el suelo pedregoso, de muchas cuestas, de bodegas y de vinos, de personas y de afectos y de todo cuanto en una larga caminata ocurre y más cuando tiene lugar en un camino tan trascendental como ha sido y sigue siento el Camino de Santiago.

Vuelvo a preguntar ¿se trata de un relato más? Pienso que la respuesta es clara. Se trata sobre todo de un relato distinto y que se agradece por su sencillo discurrir y por la humanidad que desprende. La misma que acaba por apoderarse de Graciano Granja y que resulta el secreto a voces que envuelve el Camino y a tantos peregrinos.

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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Algún día escribiré sobre África

Algún día escribiré sobre África

Binyavanga Wainaina
Sexto piso, 2013
324 pp.

¿Es o no es verdad lo que cuenta Binyavanga Wainaina cuando escribe sobre África? Y si es verdad, ¿por qué no hay más voces como la suya?...



Binyavanga Wainaina
Sexto piso, 2013
324 pp.






¿Es o no es verdad lo que cuenta Binyavanga Wainaina cuando escribe sobre África? Y si es verdad, ¿por qué no hay más voces como la suya? Esta es la pregunta a la que responde el autor con los hechos: con el hecho de escribir un libro que quiere ser distinto y que se propone mostrar el otro lado de la realidad, tan real como aquel del que se habla más a menudo.

África aparece la mayor parte de las veces envuelta en tragedia y la verdad es que motivos hay para ello. Pero que haya motivos para mostrar un África sufriente no significa que no los haya también para volver la mirada hacia otros registros y mostrar la vida en clave ‘normal’, la vida cotidiana de tantos africanos hecha de experiencias familiares, de proyectos e ilusiones, de sentimientos y de las reflexiones a las que mueven el paso de los días.

Esa y no otra es la intención que mueve a Binyavanga Wainaina para reivindicar África y mostrar que es un continente donde es posible una vida ilusionada, que se mueve, y que está poblado por una juventud con proyectos y con una vida parecida a la de la juventud de cualquier otra parte del mundo.

Algún día escribiré sobre África es el enunciado de este proyecto que Binyavanga Wainaina se plantea para contar al resto del mundo que existe un África alejada del horror y que lleva a cabo a modo de autobiografía, haciendo el relato de su propia vida, desde que es niño hasta que se convierte en escritor de éxito. Hablamos del tiempo que transcurre desde finales de los años setenta hasta 2010, un tiempo largo para África porque empieza con la época de desmantelamiento del sistema colonial y el acceso a la independencia de buena parte de los países africanos, y largo sobre todo considerando la vida del autor que pasa de niño a adulto a través de una experiencia vital llena de transformaciones.

La familia de Binyavanga Wainaina muestra al lector que existe también en África –en Kenia, para ser concretos, y más exactamente en una pequeña ciudad de Kenia- una clase media africana, modesta, si se quiere, con un padre profesional en un puesto importante de una compañía, una madre con un pequeño negocio, coche y recursos para mandar a los hijos a una buena escuela. Un África difícil, es verdad. El autor habla de Sudáfrica inmersa, cuando él es joven, en el régimen del apartheid y Uganda, donde vive parte de la familia de la madre, sometida al yugo del esperpéntico dictador Idi Amín. Pero un África, al fin y al cabo, que tiene recorrido y que por fin entra en la era moderna.

La infancia de Binyavanga Wainaina es reveladora y el modo que el autor tiene de contarla es extraordinario. Frases cortas, un fluir de ideas ingenuas y complejas al mismo tiempo, y un torrente de sensaciones dibujan el universo de un niño. Un niño tan espontáneo, tan vital y tan consciente que resulta inevitable que el lector se plantee si sería posible un niño así en Europa o en Norteamérica. Se pregunte si no estaremos ante un niño necesariamente africano, nacido en un mundo diferente, resultado de una mezcla de razas, de lenguas y de países como no la hay en otra parte y resultado también de un contacto primario con la naturaleza y de mantener en su entorno formas de vida y tradiciones que se perdieron hace mucho en los que llamamos países desarrollados.

Binyavanga Wainaina niño, un niño de cinco años que va creciendo a medida que avanza el relato, habla de su ciudad –Nakuru-, del paisaje que la rodea, de sus lecturas, del presidente Keniatta, de la guerra en Uganda, de los bandidos de Somalia, de los reyes y de los generales, de sus propios hermanos y de sus padres, de sus juegos y de las sensaciones. De esas sensaciones que son el resultado de tocar la vida con las manos y de jugar con ella, de dejarle un hueco a la imaginación y de crear un mundo propio, acogedor y amigo. Binyavanga Wainaina es feliz y el lector no tiene más remedio que dejarse llevar de la mano a través de esa frescura pegada a la tierra, o lo que es lo mismo, pegada a un África sin atributos hostiles ni dramáticos que es tan real como la otra y que aflora para desmentir que todo sea tragedia.

Pero lo dicho hasta ahora es sólo el principio del libro. La adolescencia en Sudáfrica es también aleccionadora. Muestra a nuestro protagonista en su papel de universitario, pero como cualquier joven en cualquier parte del mundo, deseoso de sentirse libre, de olvidarse de la tutela familiar, de llevar una vida perezosa de mal estudiante y también de tantear sufridamente para salir en busca de un camino propio. La Sudáfrica de los años de universidad es la que acaba de despertar con un Mandela fuera de la cárcel, en plena ebullición y llena de oportunidades. Y es también el país donde florece una Ciudad del Cabo que, lo mismo que París en otros momentos, es el faro que atrae a jóvenes de todo el continente en busca de experiencias nuevas que solo pueden darse en esta ciudad que parece cualquier cosa menos africana.

La vida sigue y Binyavanga Wainaina regresa a su Kenia natal, mientras poco a poco se abre camino en el mundo de las letras, viaja por el continente africano, recibe sus primeros premios como escritor y acaba como profesor en una universidad norteamericana.

Me he preguntado a lo largo de la lectura por qué Un día escribiré sobre África resulta un libro tan absorbente, por qué retiene con tanta fuerza el interés del lector, por qué una vez terminado queda en el recuerdo como un libro extraordinario. No hay una sola respuesta a todo ello. Sin ninguna duda está magníficamente escrito y la vida que transcurre a lo largo de sus páginas resulta una aventura llena de interés. Pero sobre todo es la sensibilidad que despliega la que abre la mirada a un mundo por el que asoma un África que para el lector se convierte en un descubrimiento. Un África cuyas claves están en los matices de las distintas lenguas, en la convivencia de las diversas etnias, en el modo de estar con los amigos o simplemente de estar. Los africanos, dice Binyavanga Wainaina ‘… nos mantenemos juntos por la elegancia, por los detalles de cortesía, por las relaciones interpersonales, por la confianza en el lenguaje personal’. De cada una de estas ‘claves’ y de muchas más está hecha el África sobre la que escribe Binyavanga Wainaina haciendo honor al propósito que un día se fijó de hacer justicia a su propia tierra y de todas ellas también la mirada con la que el lector divisa ese continente distinto y mucho más amable que Binyavanga Wainaina le ayuda a descubrir.

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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Viaje a la Antártida

Viaje a la Antártida

León Lasa
Almuzara, 2013
253 pp.

La Antártica son palabras mayores para cualquier viajero. Y lo son para León Lasa, avezado en las lides de recorrer el mundo y de dejarse llevar por los países donde el frío y las brumas son el pan nuestro de cada día...



León Lasa
Almuzara, 2013
253 pp.






La Antártica son palabras mayores para cualquier viajero. Y lo son para León Lasa, avezado en las lides de recorrer el mundo y de dejarse llevar por los países donde el frío y las brumas son el pan nuestro de cada día.

La Antárdida no es cualquier cosa. Es un territorio hostil al que el hombre no se ha acercado de verdad hasta épocas muy recientes, hasta que no ha tenido bien conocido el resto del planeta y no quedaba más espacio que los polos para hacer todavía posible la aventura de descubrir. Y es justamente este halo de tierra virgen e inexpugnable lo que alimenta el mito y en León Lasa el deseo de verla con sus propios ojos y de disfrutar tanto de sus paisajes como de la emoción de alcanzar lo que durante mucho tiempo fue una quimera.

A León Lasa le va el viajar solo, el degustar el viaje sin entrometimientos, a un ritmo pausado que le permita acomodarse al entorno, hacer un hueco en la propia mente para irse ajustando al discurrir del camino. La suya es una manera de contar casi en voz baja, con silencios, con cambios de tema, con regresos a cosas que quedaron pendientes… Es una conversación convertida en monólogo donde el lector escucha el fluir de su aventura y de sus reflexiones.

Esta vez viaje es un viaje por todo lo alto y sin embargo discreto. No hay ofertas low cost para visitar la Antártida. Y además no hay continente menos apropiado para un viaje masivo que éste, cuyo encanto es sutil y requiere de serenidad y de silencio para disfrutarlo. Por ello, nuestro viajero se embarca en un buque noruego, pertrechado para navegar entre hielos, lujoso y sobrio al mismo tiempo, donde tiene cabida únicamente un pequeño número de pasajeros. Pasajeros normalmente silenciosos, científicos algunos, viajeros experimentados otros, amantes de la naturaleza casi todos y todos equipados con enormes cámaras de fotos para guardar recuerdo de este viaje extraordinario.

El lector encuentra en Viaje a la Antárdida un tono muy parecido al de otros libros del mismo autor. León Lasa está atento a los detalles más concretos, a las rutinas del día a día, a los acontecimientos que se van sucediendo en el transcurso de la navegación de modo que quien lee se va viendo a sí mismo casi en ese barco que rumbo al sur se va acercando al continente helado.

Pero lo concreto alcanza también a las reflexiones. Y León Lasa, si en algo disfruta, es en poner a trabajar su cabeza para digerir todo lo que el viaje le va sugiriendo, todo lo que le hace sentir ese continuo cambio que supone desplazarse un día tras otro y encontrar nuevos lugares, gentes, climas y paisajes.

La soledad del barco, su lentitud y el clima que aconseja resguardarse en el camarote propician que el libro se anime con cantidad de temas, unos más ‘polares’ que otros, pero todos suscitados por esta singladura cuya meta está en la tierra más austral. La conquista de América y sus mitos tiene un lugar en las páginas del libro, como lo tiene también el grave deterioro del planeta como consecuencia del desaforado consumo de recursos al que nos hemos acostumbrado los humanos –una parte de los humanos, al menos- y que se convierte en una llamada a la conciencia del lector. Las grandes aventuras de exploración de los polos son también protagonistas de la narración de este Viaje a la Antártida, con todo el dramatismo que llevaron aparejadas y con toda la admiración por el esfuerzo sobrehumano que exigieron, para terminar, en muchos casos en tragedia. Scot, Nansen, Amundsen desfilan a lo largo del relato con unas epopeyas que al lector cómodamente sentado en su casa le pondrán los pelos de punta.

Pero la imaginación de León Lasa es de recorrido largo y en esa conversación que entabla con sus lectores aborda sin reparos temas más o menos espinosos como el sistema de pensiones de la seguridad social o las relaciones sexuales entre personas y animales que hacen pensar que la caída del imperio romano fue poca cosa al lado de lo que le espera al descerebrado mundo occidental. Envuelto en esa serenidad contagiosa en mitad del océano, y en el mejor de los tonos, nuestro autor no se muerde la lengua cuando sus pensamientos se convierten en sentencias.

Viaje a la Antártida es un libro de viajes tanto como el libro de un viajero. Aúna ambas cosas y con ellas el libro adquiere calor y cobra vida. La desolación de la Antártida y de los mares que la rodean hubiera podido hacer del libro un auténtico témpano. Y no ha sido así porque Lasa sabe mezclar los componentes del viaje y llenarlo de reflejos de los más diversos colores para contento del lector. Tras la lectura solo quedará pendiente el empezar a ahorrar con la intención de comprar un pasaje en el Fram que es como se llama el barco en el que el autor vivió su aventura.

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miércoles, 28 de agosto de 2013

Cómo leer Nueva York. Una guía de la arquitectura de la Gran Manzana

Cómo leer Nueva York. Una guía de la arquitectura de la Gran Manzana

Will Jones
Akal, 2013
256 pp.

Quienes deseen visitar Nueva York y añadir una dosis de arquitectura al disfrute de tan extraordinaria ciudad encontrarán en "Cómo leer Nueva York" la mejor de las ayudas...


Will Jones
Akal, 2013
256 pp.






Nueva York posee un especial atractivo. Es una ciudad singular y la riqueza de todo cuanto se cuece en ella genera una llamada que despierta la atención de visitantes de todo el mundo.

Pero Nueva York resulta también sorprendente por esa especie de falta de armonía que se aprecia en la coexistencia de edificios altos y bajos, solares dedicados a aparcamiento de coches, azoteas de las que sobresalen desangelados depósitos, viejos almacenes…, todo un desorden al que el europeo está poco acostumbrado si no fuera porque el cine le ha adelantado muchas imágenes y lo que ve no le pilla de sorpresa.

Nueva York es el resultado de una rápida acumulación, el resultado de una historia muy corta para algo tan sobresaliente. Y ello significa que es también el resultado de una historia muy rica donde en muy poco tiempo muchos han querido dejar su huella.

Quien visita Nueva York suele ir de tiendas y de museos. Y no quiere perderse esos mitos que representan el Empire State, el Chrysler Building o la estatua de la Libertad, por poner tres ejemplos. Pero al decir que en Nueva York se acumula una historia muy rica lo que se está diciendo también es que, más allá de estas estrellas que brillan en el firmamento del turista, en la construcción de la ciudad se ha volcado un enorme talento, que está a la vista de todos, que pasa a menudo desapercibido y que hay que saber interpretar.

En Nueva York la arquitectura es el libro donde ha dejado su marca cada momento de la historia porque la capitalidad indiscutible de la ciudad ha llevado a quienes han intervenido en ella a expresar lo mejor, lo más arriesgado, muchas veces, y a dar un paso más en la búsqueda de lo singular.

Y sin embargo esta singularidad, el valor de uno u otro edificio no resulta siempre evidente para quien se encuentra con ellos. El visitante necesita de quien le ayude a interpretarlos, de quien le haga reparar en detalles, de quien saque a la luz esa maravilla que encierran tantas y tantas construcciones que dan su carácter único a la Gran Manzana.

Cómo leer Nueva York busca justamente esto. "Esta guía, tan pequeña pero tan exhaustiva –dice en la solapa que le sirve de introducción- (…) permite la comprensión paso a paso de la arquitectura y el diseño urbano de la ciudad de Nueva York y resulta imprescindible para quien desee visitarla". Es un libro de pequeño formato, ordenado edificio a edificio y de acuerdo con sus diversos estilos, con una sucinta historia de cada uno de ellos y sus particularidades y con ilustraciones en fotografía y en dibujo que ponen de relieve aquello que los hace más destacables.

Quienes deseen visitar Nueva York y añadir una dimensión más al disfrute de tan extraordinaria ciudad tendrán en esta guía –de pequeño formato para hacerla más cómoda de llevar- la mejor de las ayudas.

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sábado, 17 de agosto de 2013

Viaje a mi país ya inexistente

Viaje a mi país ya inexistente

Tamara Djermanovic
Altair, 2013
254 pp.

Tamara Djermanovic regresa a lo que fue Yugoslavia, después de una ausencia de casi veinte años. Regresa a sus recuerdos y también al mundo traumatizado que dejó y donde tiene guardadas sus impresiones de niña y de adolescente...



Tamara Djermanovic
Altair, 2013
254 pp.





Lo más parecido al relato de un viaje contado de viva voz es este Viaje a mi país ya inexistente que escribe Tamara Djermanovic. Un relato que suena, además, con acento conocido porque la autora, yugoslava de nacimiento, vive en Barcelona y muestra que entre sus raíces, algunas están en nuestro país.

Tamara regresa a lo que fue Yugoslavia después de una ausencia de casi veinte años. Regresa a sus recuerdos, al mundo que dejó y donde tiene guardadas sus impresiones de niña y de adolescente, donde crecieron sus lazos familiares y los lazos con los viejos amigos, el mundo de las vacaciones y de la escuela, de los descubrimientos que se hacen cuando se es joven, del aroma de la tierra y el sonido del mar.

Pero una vez más, Yugoslavia evoca un cataclismo que incluso visto con serenidad resulta estremecedor y cuando menos extraño. El título del libro describe bien ese quebranto que todos los que vivieron en el país llevan en su conciencia de manera indeleble. Yugoslavia desapareció.

Y desapareció dando a luz un mundo distinto que sin embargo no corta con las raíces y que el lector –o en su caso el viajero- no puede interpretar sin la compañía de una voz que le muestre los cambios. ¿Quién se daría cuenta de que el idioma ha cambiado? Dejó de existir el país y con él su lengua. El serbocroata era la fusión de maneras de hablar vecinas –giros, palabras y acentos- que pretendió unificar un país hecho de retazos. Un país con voluntad de juntarse cuando, tras la caída del imperio otomano y la desintegración del imperio austrohúngaro, todas las partes se vieron demasiado pequeñas para sobrevivir en una Europa insegura y quisieron tener más músculo creando lo que iba a ser Yugoslavia.

Tamara Djermanovic nos habla ahora de ese mosaico en que se ha convertido lo que fue su país y en el que se reconoce. y se siente como en casa. Y lo hace mediante una sucesión de capítulos cortísimos que dan agilidad a todo su relato y que permiten acompañarla en su viaje escena a escena, lugar a lugar.

La autora en ese regreso a su tierra, acompañada de un hijo adolescente, que es sobre todo español, no se siente extraña. A diferencia de lo que ocurría tiempo atrás, ahora debe llevar pasaporte. Debe cruzar fronteras al hacer un camino que antes recorría para irse de vacaciones sin salir de su país. Pero observa también que su acento serbio no despierta hostilidad en los distintos países vecinos que quisieron romper con un pasado común. Y sin embargo, a pesar de la comodidad que ella siente al reencontrarse con su tierra, los testimonios de la guerra siguen siendo terribles y hablan de atrocidades vividas por todos. Atrocidades que vienen de lejos y que Tamara Djermanovic pone de relieve al repasar la historia. Atrocidades presentes que sufre esa población invisible para el viajero de los que fueron desplazados, literalmente echados de sus casas y no tienen nada fácil el regreso a los lugares de los que debieron huir.

Recuerdos de infancia, reencuentros y una lúcida descripción de lo que son hoy los países que formaron la antigua Yugoslavia, sus gentes, sus ciudades, los paisajes, los parques naturales, ese mar espléndido que es el de la Costa Dálmata componen para el lector un viaje lleno de calidez y animado por una narradora singular. Un viaje descriptivo y sentimental al mismo tiempo y matizado con mayor o menor intensidad según el momento por la lúcida frase de Ivo Andric cuando asegura que “después de una guerra no hay un lado vencido y otro vencedor, lo único que queda es una humanidad derrotada”.

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martes, 6 de agosto de 2013

Cineasta blanco, Corazón negro

Cineasta blanco, Corazón negro

Jesús Lens
Almed, 2013
576 pp.

África en el cine. Ese es el propósito que anima a Jesús Lens a escribir Cineasta blanco, Corazón negro, un libro que interesará a un abanico de lectores mucho más amplio que el de los amantes del cine...


Jesús Lens
Almed, 2013
576 pp.






África en el cine. Ese es el propósito que anima a Jesús Lens a escribir Cineasta blanco, Corazón negro, un título que parafrasea la película de Clint Eastwood Cazador blanco, Corazón negro en un guiño a los amantes del cine y como homenaje a las grandes películas que se rodaron en el continente.

¿Sólo para amantes del cine? También para amantes del cine –Jesús Lens es un auténtico forofo-, pero destinado a un abanico de lectores mucho más amplio, porque aquello de lo que trata el libro acaba abarcando asuntos cuyo interés se proyecta en muchas direcciones.

Cineasta blanco, Corazón negro hace referencia a más de cien películas entre las que están todas las que han marcado época y que seguro ha visto el lector, aunque no sea especialmente aficionado a sentarse en un cine o a dedicarle tiempo a la televisión. Pero ojo, la mirada del autor no es la del crítico de cine, es la de un espectador. Y es esto lo que hace que el lector se sienta acompañado y atienda a lo que cuenta el libro como atendería a la conversación de un amigo. Un amigo que conoce bien el tema, que tiene buena memoria y que es capaz de sacarle jugo al guión, a las imágenes y también al entorno que envuelve el desarrollo de la trama. Un amigo que además cuenta el argumento de cada cinta de la que habla y que, a través de su resumen, introduce al lector en una micro-sesión cinematográfica por la que se cuelan los recuerdos de cuando vio la película en un cine o despierta su curiosidad para ver la película a la primera ocasión que se le ofrezca.

Hablamos de un libro de más de quinientas páginas que sin embargo se lee a buen ritmo justamente por ese acierto de ir contando escenas y aventuras, unas con más fantasía, otras en el ámbito del documental, pegadas a la realidad, pero a las que el lector atiende de modo parecido a como haría ante un contador de cuentos.

Cine para viajar por África. Porque ese centenar largo de películas en las que se entretiene Jesús acaba sacando a la luz a todo el continente, a sus distintos paisajes, a las diversas culturas, a sus numerosos pueblos y a las distintas épocas por las que ha discurrido su historia. Un África narrada desde los más diversos puntos de vista.

¿Estamos al fin fuera de la política, que tiñe tantos de los libros sobre los que hemos hablado recientemente?¿Regresamos con este libro a esa literatura de viajes dedicada a hablar de lo exótico, de leones, de arenas movedizas, de selvas y de tribus? La respuesta es no, de ninguna manera. Jesús Lens tiene claro que el cine va mucho más allá del entretenimiento y que a través de él emerge una realidad que descubre problemas y situaciones y que hace consciente al lector –o al menos le da pie a hacerse consciente- de lo bueno y de lo malo de ese mundo que hay detrás de las imágenes.

El autor no ahorra temas. No se anda con disimulos con la excusa de que hablamos de cine. En realidad estamos hablando de África, un África que exige que alguien alce la voz y airee sus problemas: la malaria, el conflicto del Sahara, la dura emigración de quienes quieren alcanzar Europa y de quienes en forma de esclavos fueron llevados a cualquier parte del mundo, las guerras, los niños soldados, las mujeres, el radicalismo islamista… y la lista podría seguir.

Dicho lo anterior, Cineasta blanco, Corazón negro además de un libro sobre cine es también un libro de viajes que muestra que el autor se ha movido a diestro y siniestro por el continente y lo conoce bien. Lo conoce y lo aprecia. Y se implica para no eludir la responsabilidad que a los países ‘ricos’ les toca con relación a la situación de África.

Cineasta blanco, corazón negro es un libro esclarecedor sobre África: sobre lo que hay cuando se mira la superficie y sobre el fondo del continente, sobre su diversidad inagotable y también –y eso es importante- sobre nosotros mismos, lectores, turistas o viajeros para los que África es también un espejo en el que nos vemos a nosotros mismos, que según haya sido nuestra mirada nos devuelve una imagen que nos debe hacer pensar.

‘El cine puede ser mucho más que mero entretenimiento’, dice Jesús Lens. Y sin duda lo es, como lo es también este libro, sumamente entretenido y al mismo tiempo muy clarificador.

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