
Abasse Ndione
Miscelánea, 2010
376 pp.

Abasse Ndione es seguramente el escritor de Senegal más conocido en el extranjero. Saltó a las páginas de los periódicos hace un par de años con la publicación de Ramata, una novela inquietante y dolorosa.
Se publica ahora en español La vida en espiral, que es su primera novela, un libro de éxito que permitió al autor dedicarse de lleno a la literatura y que a pesar de ser anterior a Ramata no ha perdido frescura, interés, ni actualidad. Sigue siendo de lectura obligada para quien desee sumergirse en una cierta mirada acerca del país y muy probablemente acerca de África entera.
Al hablar sobre el libro, el propio autor hace una alusión muy ligera a la novela negra. El tema no es baladí y conviene prestarle atención al comentario. ¿Se imaginan ustedes una novela negra africana? En las raíces del género negro es imposible evitar el recuerdo de los clásicos americanos, con detectives torturados, delincuentes perversos, personajes secundarios de moralidad confusa, con una atmósfera pesada donde la sospecha se añade a las miserias –personales y económicas- del día a día y con una trama tortuosa que transita entre las brumas que envuelven a la delincuencia.
La vida en espiral se despliega alrededor de registros completamente diferentes. Delincuentes los hay, no cabe ninguna duda. La novela gira en torno a una historia de tráfico de marihuana. Pero aunque ésta sea la actividad que acompaña al personaje principal, y de la que no consigue apartarse, seguramente tampoco es el eje alrededor del que gira la atención del lector.
No hay negrura en la novela de Ndione. No hay pesadumbre asociada a la delincuencia. Nuestro protagonista es un tipo alegre, franco, despreocupado, optimista. Mira por él, pero es generoso y casi diría el lector que es un tipo 'legal'.
Aquí la voz del narrador no es la que corresponde a la novela negra. No es la del policía o el detective. Es la del delincuente. Y el relato no parte de un entorno urbano opresivo y oscuro. Transcurre al aire libre, en compañía de los amigos, con una transparencia que descarga al propio lector de la pesadumbre de los ambientes cerrados.
¿Será que estamos hablando de África? ¿Será una vez más que, por encima de la trama de tinte criminal, prima esa condición de la novela negra que consiste en reflejar el país, la ciudad, el barrio, el ambiente y, en definitiva, la vida en la que se mueven los protagonistas?
Nuestro traficante habla en primera persona. Cuenta sus aventuras, lo que piensa y lo que siente. Nos da noticias de la población donde vive, de su familia, de los vecinos. Y, claro está, nos habla de sí mismo. También está apesadumbrado, como ocurre en la novela negra tradicional, teme a la policía que le pisa los talones, teme la cárcel. Pero su tiempo, me refiero al espacio temporal en el que vive, es el presente. No hay memoria en forma de experiencia o de escarmiento que condicione sus actos en cada momento. No hay nada de lo que ocurre que lo convierta en un hombre calculador o simplemente prudente. Ni tampoco hay previsión con la que mida el riesgo de sus aventuras. Es el ahora lo que rige el comportamiento y lo que alimenta la decisión tomada al vuelo sin más consideración que el impulso del momento.
Llama la atención en el libro esta confiada despreocupación ante el riesgo, ese merodear alrededor de la fiera protegido por la ingenua entrega a la suerte. ¿Pero se trata de un rasgo de carácter personal o de algo extensivo a buena parte de la juventud de Senegal? Es muy probable que se trate de las dos cosas. No puede extraer el lector la idea de que Senegal entero se dedica al consumo y al tráfico de marihuana, ni que la juventud entera vive en el estado de infantil despreocupación que muestra nuestro protagonista. Aparecen en la novela otros personajes que no son así. Vemos también conductas que se rigen por otros parámetros. Pero sin duda en nuestro traficante y en sus amigos Ndione refleja una realidad profunda y fuertemente reveladora acerca de la sociedad senegalesa.
Frescura y con frecuencia humor encajan mal en el modelo de novela negra a la que estamos acostumbrados. Y por ello habrá que convenir que o bien dejamos a La vida en espiral fuera de este género literario o bien, en un escenario africano, debe ampliarse el modelo y dejar así espacio a una realidad distinta, mucho menos contenida y más vital.
lunes, 12 de julio de 2010
La vida en espiral
martes, 20 de abril de 2010
El faro de los libros
El faro de los libros
Aravind Adiga
Miscelánea, 2010
350 pp.
El faro de los libros vuelve a ser, en algunos aspectos, un libro divertido, ocurrente y transgresor. De nuevo Arabind Adiga se muestra aquí tan atrevido como en Tigre blanco y tan ingenioso a la hora de idear situaciones y personajes....

Aravind Adiga
Miscelánea, 2010
350 pp.

La India resulta una mezcla en la que todo es posible. Seguramente contribuye a ello esta insólita religión milenaria que no fue fundada por un enviado de Dios o por profeta alguno, que a falta de una autoridad que dicte la ortodoxia ha estallado en tantos matices, prácticas y devociones como practicantes tiene y que acaba por ver a Dios en todas partes y a todo –lo mejor y lo peor- como expresión de la divinidad suprema y como una pieza insustituible y respetable entre todas las que conforman el universo.
Anticipo esto para introducir El faro de los libros, la segunda entrega de Aravind Adiga que nos regaló con un buen número de sonrisas y a veces carcajadas con la lectura de Tigre blanco.
El faro de los libros refleja el microcosmos de una pequeña ciudad del sur de la India, a orillas del mar Arábigo, donde arraigaron los cristianos, algunos dicen que convertidos por el mismísimo Santo Tomás primero y por los portugueses después, convivieron con los hindúes y con los musulmanes y dieron lugar a una mezcla que explica muchas de las particularidades de esta región de la India y, por extensión, del país entero.
El faro de los libros vuelve a ser, en algunos aspectos, un libro divertido, ocurrente y transgresor. De nuevo Aravind Adiga se muestra aquí tan atrevido como en Tigre blanco y tan ingenioso a la hora de idear situaciones y personajes. Pero a medida que avanza la lectura, se hace patente el desánimo y la desesperanza de una inmensa población a cuyas espaldas recae el peso de la miseria, de la falta de futuro y de la desesperanza.
Los disparates se mezclan ahora con las diversas expresiones de la desgracia y las barbaridades se matizan por la necesidad de sobrevivir a la contrariedad y de sacar fuerzas de flaqueza un día tras otro.
Ahora no hay sólo chanza en el tono de Aravind Adiga, hay también compasión. Hay un tono benevolente que tiene que ver con el sentimiento de hermandad y con la tolerancia que está en las raíces místicas de la India y que el autor manifiesta en la comprensión con que son tratados los personajes, buenos –algunos- y menos buenos –muchos más- , la justicia –poca- y la injusticia –generalizada-, las virtudes y los defectos. Todos son parte del mismo universo, opresivo y sin salidas para los desheredados, y todos, de la casta, de la religión o de la condición que sea, componen el entramado complejo de esta pequeña ciudad donde nadie es del todo inocente.
Tolerancia, compasión y humor, sobre todo, en la primera parte del libro. Humor que entona la visión de esa pequeña ciudad, que bien podría representar toda la India, que relativiza las cosas y que coloca al descreído autor del libro en situación de hacer incursiones por cuantos disparates se le ocurren: los funcionarios corruptos, el ridículo de la escuela de los jesuitas, los borrachos musulmanes, los hijos de familias pudientes, los bandidos hindúes, los charlatanes …
Todos transitan por un libro de apariencia inocente, que incluso en la forma se desmarca de la narración habitual. Aparentando a instalarse en la máxima objetividad, recurre al juego teatral del construir con detalle el escenario donde se desarrolla la historia, describiendo con minuciosidad los barrios de la ciudad –por supuesto, ficticia-, las calles, los monumentos y las situaciones que envuelven a los distintos episodios, del mismo modo que lo haría un guionista o un dramaturgo antes de sacar a escena los personajes de su obra. Y sobre este despliegue de decorados propone, a modo de cuentos, una sucesión de historias en cuyo final predomina el sabor amargo y resuena en los oídos del lector ese mensaje, propio también de mucha de la novela picaresca, que afirma que la bondad se ve siempre y sistemáticamente defraudada.
La India del sur, con sus particularidades, nos llega a modo de caricatura de la mano Aravind Adiga con El faro de los libros. Quien quiera conocerla –aunque no sea una India del todo real- y pasar sin duda un buen rato de sabores agridulces no debiera perderse su lectura.