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jueves, 8 de octubre de 2015

Asán

Asán

Vladimir Makanin
Acantilado, 2015
509 pp.

Asán es una excelente novela, llena de humor, sobre una historia terrible: la guerra de Chechenia


Vladimir Makanin
Acantilado, 2015
509 pp.






El desarrollo de Rusia no se entiende sin sus fronteras, convertidas siempre en zonas de fricción, e incluso, en tiempos de paz, en áreas de potencial enfrentamiento. Ucrania ahora, Crimea ayer, Osetia un poco antes, Abjacia como aperitivo de Osetia y Chechenia. Una Chechenia que dio para dos guerras y que sigue latente como conflicto sofocado aunque no enfriado del todo.

¿Serán los países Bálticos los próximos, como ha sugerido Putin con la boca pequeña?

El asesinato del líder opositor Boris Nemtsov  ha vuelto a levantar la liebre sobre el viejo conflicto en el Cáucaso cuando las primeras sospechas han abierto el melón de la pista chechena y, de nuevo, el díscolo país caucásico ha vuelto a la primera página de los periódicos y ha recuperado su puesto destacado en la lista de las peores amenazas de Rusia.

¿Pero cómo fue el conflicto checheno, esa guerra relegada al olvido y cuyos rescoldos siguen amontonando interrogantes acerca de cómo va a terminar? Vladimir Makanin regresa al tema con una novela totalmente alejada del análisis político. Aunque con horizontes suficientemente amplios para que el lector pueda dar rienda suelta a sus propias interpretaciones y llegar por sus medios a conclusiones entre interesantes y sabrosas.

Makanin no vuela en la elevada atmósfera de la geoestrategia ni en la interpretación del laberíntico proceder del Kremlin. Va directamente a tierra, a un microcosmos dentro del ejército federal (es decir el ruso) a través del relato de un oficial de graduación media. Habla de la guerra. Y, como todas las cosas que se alargan en el tiempo, habla de ella como algo cotidiano donde, lo mismo que en el mundo en tiempos de paz, los hay que prosperan y se buscan la vida y los hay que la sufren dentro de ese pelotón de los torpes compuesto por quienes no se han sabido espabilar.

Makanin evita el horror. Y apuesta por la caricatura, por ese juego donde, siguiendo las mismas convenciones de las películas de dibujos animados, los muertos bien muertos no causan dolor sino más bien risa y se añaden, como la leña al fuego, al cúmulo de despropósitos que componen la historia que se cuenta.

Nada hay en el relato de Makanin de la angustia de los soldados amenazados de muerte por continuas emboscadas ni de los partisanos chechenos enfrentados al ejército de una potencia a la que no podrán vencer. Su mirada se centra en los tejemanejes de unos cuantos oficiales que se dedican al trapicheo con gasolina o con armas en una especie de suplantación de la guerra por un reflejo de la vida civil donde lo importante es el negocio y el sacar provecho de cualquier cosa que se mueva.

La verdad es que Asán resulta una novela divertida y totalmente amoral. Pero el enfoque de Makanin no parece un azar. Seguramente, su versión despiadada de las trapacerías que cuenta resulta la única manera de hacer digerible el horror de la guerra y de volver a hablar de ella y de su absurdo. La verdadera protagonista de la novela es la corrupción, una corrupción que según se mire es casi una bendición porque engrasa los engranajes del sistema. Permite que la guerra fluya.

En la ficción de Makanin la realidad es que nada funciona. Toda la maquinaria de guerra, la aviación, los helicópteros, los vehículos blindados, las comunicaciones componen una madeja de incompetencia absoluta donde la corrupción ayuda a poner orden. Desde fuera del sistema -o desde dentro, según se mire- la corrupción echa una mano para resolver lo que el ejército no consigue. Aporta combustible, hace favores y actúa casi de ong con la población chechena que necesita para sobrevivir lo mismo que el ejército ruso: gasolina y armas.

En el tejido de ese disparate que es la guerra en lugar del horror Makanin tira de los hilos del humor. Y confunde los papeles de los personajes que se convierten o en ridículos o en unos delincuentes contumaces que dominan el oficio de nadar en las aguas más revueltas. Los 'chechis' son los enemigos, o los amigos según se tercie, el compadreo es la relación entre los oficiales demasiado resabiados para ceñirse al torpe sistema de la jerarquía, la picaresca contribuye al juego de farol al que obliga la guerra para hacer tratos, tanto con los amigos como con los enemigos.

Asán es una excelente novela, apta para no sufridores, sobre una historia terrible. Y es una novela que a pesar de los años transcurridos desde la guerra de Chechenia sigue siendo actual. Cuenta de Chechenia y también de Rusia y, por ello, atraerá el interés del lector que se verá arrastrado por la curiosidad de hasta dónde llegará todo ese absurdo.

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lunes, 27 de febrero de 2012

El prisionero del Cáucaso y otros relatos

El prisionero del Cáucaso y otros relatos

Vladimir Makanin
El Acantidado, 2011
261 pp.

Rusia, desde su frontera con Europa hasta su orilla oriental bañada por el Pacífico, es más que un país. Es un universo hecho de realidades tan distintas que no consigue, ninguna de ellas, abarcar una parte suficiente de la totalidad como para pensar que refleja al conjunto....



Vladimir Makanin
El Acantidado, 2011
261 pp.






Rusia, desde su frontera con Europa hasta su orilla oriental bañada por el Pacífico, es más que un país. Es un universo hecho de realidades tan distintas que no consigue, ninguna de ellas, abarcar una parte suficiente de la totalidad como para pensar que refleja al conjunto.

Y una muestra del abanico de realidades cubierto por este inmenso paraguas que es Rusia es lo que recoge El prisionero del Cáucaso.

Estamos ante cuatro relatos de vida cotidiana, pero no de vida ‘normal’. Se trata de situaciones marginales. Aunque hay que matizar la afirmación de que no corresponden a la vida normal. Vladimir Makanin, el autor, dispara en direcciones bien distintas para traernos imágenes que de alguna manera nos hablan de los restos de un naufragio.

En los relatos de Makanin, late la sombra de un fracaso que envuelve a Rusia y que seguramente recoge esa melancolía que ha sido un ingrediente histórico del alma rusa. Expresamente ha elegido Makanin temas oscuros, alejados de esa aurora que podía significar la salida del yugo comunista.

La Rusia que vemos en El prisionero del Cáucaso no es una recién nacida. No es el país libre que vio la luz tras la glasnost y tras la perestroika, sino la heredera del largo penar comunista y, más lejos aún, del oscuro tiempo de los zares. Pero no hay realidad que no sea contradictoria y por ello mismo, ese material de derribo que por todas partes aparece en el paisaje que dibuja Makanin deja espacio a la vida permite escapatorias a la desesperanza. Deja que el futuro abra ventanas y que el presente encuentre escapatorias que no son más que los infinitos recursos de la vida cotidiana para economizar el sufrimiento y encontrar en la vida satisfacción y calor.

La guerra en el Cáucaso abre la serie de cuatro relatos que componen el libro. Más que la guerra, habría que hablar de la costumbre de la guerra, de esa vida diaria que diluye el terror en la rutina y lo proyecta en forma de hechos corrientes en una cotidianidad donde todo pierde trascendencia. ¿Hechos corrientes? La muerte, la corrupción, el miedo, la dura supervivencia... Lo normal, cuando se está en una guerra.

Después, es la locura, callada pero tenaz, de la gente normal, sumisa durante demasiado tiempo pero harta e incapaz de contener su rebelión la que traza el camino del siguiente relato. Luego, Siberia es la que toma el relevo. La Siberia olvidada de un campo de trabajo de la época soviética. De un campo marginal cuya vida roza el surrealismo, poblada de personajes absurdos cuyos papeles -condenados, jefecillos, vigilantes, soldados, comisarios...- siempre desencajados, reflejan el disparate de la sociedad entera. Y finalmente una historia, teóricamente de amor, cierra el recorrido por esta especie de comedia humana apoyada en personajes que tuvieron que adaptarse a las convenciones de la sociedad comunista, primero, para abrirse camino y que han tenido, con diversa fortuna, que rehacer su itinerario a una edad en la que es difícil volver a empezar para hallar un hueco en la Rusia nueva donde -como también ocurría en la antigua- casi todo vale.

Excelente literatura, fuerza en el relato, cinismo y compasión también y una constante referencia a los viejos demonios que sobreviven en la Rusia de hoy es lo que encontramos en esta colección de cuatro relatos que encabeza El prisionero del Cáucaso y que nos lleva a una Rusia inquietante, llena de pequeñas tragedias y de heridas por las que se cuela la vida y un futuro denso, condicionado por el pasado, todavía por definir.

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