viernes, 31 de diciembre de 2010

Mani. Viajes por el sur del Peloponeso


Mani. Viajes por el sur del Peloponeso
Patrick Leigh Fermor
Acantilado, 2010
404 pp.

Al sur del Peloponeso tres penínsulas se descuelgan y señalan el camino hacia África. La del centro, la más meridional es Mani...


Patrick Leigh Fermor
Acantilado, 2010
404 pp.






Al sur del Peloponeso tres penínsulas se descuelgan y señalan el camino hacia África. La del centro, la más meridional es Mani. Se trata del extremo sur de Europa, de la lengua de tierra en cuya punta se encuentra el cabo Matapán que los geógrafos identifican como el punto de latitud más baja del continente.

Patrick Leigh Fermor enamorado de Grecia decide escribir sobre el país. Forma parte de la generación de viajeros cultos de raíz inglesa que viajan al Mediterráneo para quedarse, si no para siempre, al menos el tiempo suficiente para empaparse de su cultura y de sus formas de vida que ven a punto de cambiar definitivamente. Nuestro autor, al final de los años 50, ve a Grecia como a una especie en extinción.

Patrick Leigh Fermor ha recorrido el país entero y se dispone a escribir un libro que saque a la luz su profundo atractivo.

“Todo en Grecia es cautivador y gratificante –cuenta-. Apenas hay un peñasco o un riachuelo sin una batalla o un mito, sin un milagro, una anécdota lugareña o una superstición; y conversaciones o incidentes, en su mayoría curiosos o memorables adquieren densidad en torno al camino del viajero, a cada uno de sus pasos.”

Pero el tema se le va de las manos, porque conoce demasiado y disfruta de cada momento con tanto detalle que la escritura se le alarga. Y de la minúscula península de Mani que hubiera debido ocupar una pequeña parte, sale un libro entero, cargado de asuntos diversos en los que el autor se entretiene sin prisa, como se entretiene la conversación de las gentes que encuentra sentadas al sol alrededor de unas tazas de café o de unos vasos de ouzo.

El objetivo de Patrick Leigh Fermor es “descubrir lo que queda de vivo de la Grecia tradicional, que pudo mantenerse por su relativo aislamiento y está a punto de desaparecer.” Por eso, dice, su libro es lo opuesto a una guía. Ninguno de los grandes monumentos de la civilización griega está en peligro. Lo que reclama su atención es lo intangible.

Nos habla el autor, de los nombres de familias y personas que derivan todavía de los bizantinos. Nos habla, de las supersticiones que arraigan en los pueblos y que mantienen la creencia en el mal de ojo y en los demonios. Emergen en el texto recuerdos de la guerra civil que enfrentó al país a finales de los 40, y referencias a la monarquía y a la cuestión de Chipre, tan viva en esa época.

Asoma la relativa juventud del estado griego moderno con menciones a la guerra de la independencia y al sentimiento de resurgir griego que floreció a finales del XIX. Resuenan en alguna parte los ‘años oscuros’ bajo dominación turca en que Grecia pareció eclipsarse y quedó en el recuerdo como tierra dominada por eslavos.

Patrick Leigh Fermor recorre Mani a pie buena parte de las veces, se encarama en sus duras montañas y bordea la costa también moviéndose entre pueblos que miran al mar y entre pastores que resisten tierra adentro. Siempre saboreando el aislamiento de este rincón del mundo y la hospitalidad de las gentes, atentas y curiosas ante la llegada del viajero.

Mani no es un libro para prisas. Todo es lento en él, como el paso del tiempo en la tierra de la que habla. Los cambios son de matiz. El autor es despacioso en su viaje y su relato lo es también. Lo que debía ser un panorama sobre una Grecia extensa y variada se convierte en una mirada pausada sobre un territorio minúsculo en cuya aridez destaca la riqueza que se descubre cuando lo que cuenta es la profundidad del tiempo.

Nada ha cambiado de la geografía dura del Peloponeso del que nos habla Patrick Leigh Fermor. Más visitada por los turistas, mejor comunicada, sigue siendo hoy una península aislada y sigue conservando trazos del carácter del que quiso dejar constancia el autor. Para un lector sin prisas, dispuesto a dejarse llevar por ese Mediterráneo profundo y azul con el que se identifica Grecia, Mani le abrirá los ojos y le ayudará a conocer el país. Le llevará de la mano en un viaje que hoy podría hacerse todavía si se cuenta con las claves que nos da un autor tan extraordinario como Patrick Leigh Fermor.

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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Unos días en el Brasil (Diario de viaje)


Unos días en el Brasil (Diario de viaje)
Adolfo Bioy Casares
La Compañía, 2010
82 pp.

No sé si puede llamarse libro a un texto que no ocupa más que 82 páginas. Digamos que se trata de un librito, pero de un librito excelente, amenísimo y suelto en el que el autor se despacha con una libertad que hace de la lectura un gozo...



Adolfo Bioy Casares
La Compañía, 2010
82 pp.





No sé si puede llamarse libro a un texto que no ocupa más que 82 páginas, que incluyen un prefacio y un posfacio -que no son del autor-, unas páginas de breve presentación y unas cuantas de fotografías -éstas sí del autor.

Digamos que se trata de un librito, pero de un librito excelente, amenísimo y suelto en el que el autor se despacha con una libertad que hace de la lectura un gozo.

No hay duda de que en el texto lo principal es Bioy Casares, pero Brasil y la forma de diario de viaje, tal como reza el título, lleva a darle cabida aquí. Está claro que en la literatura de viajes hay dos registros: el de los viajeros que viajan por viajar y el de los que van a otra cosa. El caso de Bioy Casares es el segundo. Va -se cuela en realidad- en la delegación del PEN Club de Argentina que asiste al Congreso que en 1960 tiene lugar en Río de Janeiro. Y de esta corta experiencia tan enmarcada en el mundo de la literatura y en un acontecimiento tan formal nace este libro.

Bioy es un rebelde y casi un aristócrata. Exquisito, elegante, apuesto, va por libre en la vida y esa libertad que se toma es la que le hace opinar con malicia y lucidez. Brasil le sirve para comparar con Argentina y como argentino, en lugar de cargar las tintas sobre el vecino del norte mira a su propio país y no le ahorra críticas. Ve a Brasil orientado hacia el futuro, positivo, integrador de cuanto tiene a mano para sacarle provecho. Y a su lado denuncia que Argentina se estanque en la crítica, sea prisionera del pasado y del presente y, satisfecha de sí misma, rechace perspectivas distintas que puedan ponerla en el camino del progreso.

¿Profético en su diagnóstico? Simplemente observador y despegado de lealtades inútiles. La mirada de Bioy es rica para jugar con esta mezcla de tradiciones y de trayectorias que forman Brasil y Argentina. Y al lector el relato se le antoja en numerosos puntos malicioso porque Bioy va de sobrado, como se diría ahora. Ejerce de señorito que critica sin pudor pero que no se excede, que queda en el entorno de la ironía cómplice, de una mala educación cuidadosamente administrada y que no hiere.

Al hablar de Brasilia, que visita cuando está aún en construcción, se despacha diciendo que fotografió las “casas del peor (…) Le Corbusier”. Y al hablar de los norteamericanos con los que se cruza en el hotel no se corta poniéndolos a caldo sin matices: “Los norteamericanos (…) –por la fealdad de los trajes nadie duda de que se trata de norteamericanos o de rusos- pasan sin mirarme, sin dar las gracias, como reyes de pantalones bolsudos, seguros de sus derechos. Esta seguridad no proviene de la fuerza del país, sino de la estupidez del individuo.”

Fino e irónico, amigo de Borges, seguramente intratable, Bioy está en la cumbre y juega para sí con la displicencia. Porque en realidad, este diario de viaje no estuvo hecho para publicarse. Lo guardó entre sus papeles y lo editó a su costa para obsequiarlo a los amigos años más tarde. La edición que ahora sale a la luz es casi la de un escrito personal y por consiguiente sin la contención de un texto destinado a ir a la imprenta. La portada del libro señala que se trata de una exquisitez. Lo es en efecto. Una exquisitez extraordinariamente amena, vivaz y con los reflejos de un Brasil y una Argentina que destacan bajo la luminosa mirada de un maestro de la literatura.

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jueves, 16 de diciembre de 2010

Tren fantasma a la Estrella de Oriente


Tren fantasma a la Estrella de Oriente
Paul Theroux
Alfaguara, 2010
671 pp.

Theroux es uno de los grandes de la literatura de viajes y en Tren fantasma a la Estrella de Oriente lo confirma. A cualquier aficionado a este género, la lectura del libro le resultará en extremo gratificante....


Paul Theroux
Alfaguara, 2010
671 pp.







Theroux es uno de los grandes de la literatura de viajes y en Tren fantasma a la Estrella de Oriente lo confirma. A cualquier aficionado a este género, la lectura del libro le resultará en extremo gratificante. Y a un lector menos inclinado al asunto de los viajes, seguro que también. En una reseña acostumbra a recomendarse la lectura de un libro al final, en el capítulo de las conclusiones. Saltándome la norma, voy a hacerlo al principio, para que quien prefiera no seguir leyendo sepa a qué atenerse.

¿Y cuál es el secreto de Theroux? Pues, probablemente que es un excelente escritor. Y ser un excelente escritor es una condición que combina el talento para manejar bien tanto el lenguaje como las ideas. Theroux juega con uno y otras con soltura y construye un libro que cuesta dejar de leer. Un libro grueso, de los que requieren tiempo desde que se empieza hasta que se llega al final. Pero importa poco, porque la lectura, como el viaje mismo, hay que hacerla paso a paso y admite el permitirse paradas para descansar o para reflexionar a lo largo del recorrido.

Theroux hace en Tren fantasma a la Estrella de Oriente un ‘remake’. Regresa al camino que recorrió treinta años atrás cuando escribió En el Gallo de Hierro. Pero lo que podría ser una repetición ampliada resulta un libro totalmente nuevo porque ha cambiado el autor y también el mundo. En El Gallo de Hierro había un Theroux joven, tenso y poco predispuesto a disfrutar, según el mismo reconoce. Ahora el autor emprende el viaje con sosiego, con mirada más tranquila y con más experiencia también. Se reconoce más de acuerdo consigo mismo, más próximo y seguramente más en paz con cuanto le rodea.

Su itinerario arranca de Londres y no terminará hasta regresar a casa después de alcanzar Japón y de tomar de vuelta el Transiberiano. Viaja sobre todo en tren, pero también en autobús y en coche y en avión cuando no hay más remedio y a medida que avanza en su camino nos va contando, un poco de todo. Nos ofrece un relato que tiene que ser necesariamente variado porque los lugares por los que transita lo son y de un extremo de Europa al otro extremo de Asia el abanico de escenarios es enorme.

Pero además porque ese Theroux que se viste de simple viajero no es un personaje cualquiera. Primero, además de escritor de viajes, es un novelista singular y su escritura posee una extraordinaria habilidad para componer situaciones y escenas que ponen al lector en contacto directo con aquello de lo que habla y le transmiten sensaciones tanto como informaciones. Segundo, porque siendo un personaje famoso tiene acceso a personas o a lugares que no estarían al alcance de cualquier escritor. El encuentro con Pamuk, por ejemplo, en Turquía, es del mayor interés. Tercero, porque posee una mirada amplia y buen conocimiento de la historia y de los asuntos de actualidad y goza de esta habilidad del viajero curioso que le lleva a preguntar a la gente y a introducirse en lugares recónditos para extraer de ellos información y también opinión que da color a su relato.

París con manifestaciones en la calle, primero, Budapest y luego una Rumanía decrépita, Turquía sorprendentemente viva y contradictoria, Georgia atenazada por el pasado a pesar del espejismo modernizante de la capital, Azerbayán encajado entre países poco amigos en ese espacio difícil que es el Cáucaso, Turkmenistán con un régimen tan censurable como disparatado, Uzbekistán… Países y más países desfilan en el libro y todos ellos con aproximaciones distintas que dan a la lectura variedad y al lector la oportunidad de asomarse a mundos siempre diferentes.

Diría que Tren fantasma a la Estrella de Oriente ha pasado entre nosotros de manera algo desapercibida. No hubiera debido ser así porque es un libro excelente, una buena ocasión para conocer el mundo a través de un magnífico escritor y una magnífica oportunidad para disfrutar leyendo. ¿Hacen falta más argumentos para recomendar un libro? Seguro que no.

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martes, 7 de diciembre de 2010

La tragedia del Congo


La tragedia del Congo
G.W. Williams, Roger Casement, A. Conan Doyle y Mark Twain
Ediciones del Viento, 2010
419 pp

La última novela de Vargas Llosa, El sueño del celta, ha puesto de actualidad el asunto del Congo y ha desvelado a los lectores de hoy una catástrofe olvidada y de enorme magnitud...


G.W. Williams, Roger Casement, A. Conan Doyle y Mark Twain
Ediciones del Viento, 2010
419 pp.






La última novela de Vargas Llosa, El sueño del celta, ha puesto de actualidad el asunto del Congo y ha desvelado a los lectores de hoy una catástrofe olvidada y de enorme magnitud. Y por ello mismo ha dado fuelle a este libro, La tragedia del Congo, que documenta de manera precisa una parte sustancial de lo que el reciente Nobel cuenta desde la óptica mucho más libre del novelista.

Los aficionados a la literatura de viajes sabíamos de ese Congo del s.XIX por la impronta que dejó en nuestra imaginación El corazón de las tinieblas, un alegato extremadamente duro. Tan duro e incomprensible que se instalaba en el terreno de la irrealidad, de los mundos de ficción ante tanta crueldad y opresión como destilaba el texto.

El libro del que ahora hablamos es todo lo contrario en cuanto a sensaciones, aunque no en lo que se refiere a la realidad de la que habla. Es todo "luz y taquígrafos", porque los autores, salvo Mark Twain, actúan de notarios y elevan informes en los que buscan claridad. Quieren detener el horror, juntar pruebas y denunciar del modo más eficaz posible un atentado contra la humanidad que exige testigos solventes y claridad en las explicaciones. Las evidencias del desafuero son abrumadoras y el sufrimiento de la población negra inmenso.

En diez años, de 1893 a 1903 la población de Botumu paso de 500 a 80 habitantes, la de Ngombe de 500 a 40, la de Irebu de 3.000 a 60, la de Boboko de 300 a 35, la de Nwebe de 700 a 75... y así hasta agotar el nombre de pueblos y ciudades. ¿Y donde están las personas que faltan? Murieron o desaparecieron como consecuencia de la colonización.

¿Estamos ante un libro curioso sobre la rebelión de algunos intelectuales frente a un hecho que pasó a la historia? No, La tragedia del Congo es mucho más que eso. Habla de una catástrofe cuyos efectos se prolongaron a lo largo del tiempo. Se refiere a un viejo acontecimiento que presenta una viva actualidad para el lector. Cuenta cómo fue la colonización. Cómo era la vida en los países africanos cuando llegó el hombre blanco. Habla de países y de gentes de los que nos separan solo cien años. Habla, tanto como de historia, de la más pura actualidad. Escarba en las raíces que dan sentido a ese lamento o a ese reproche que afirma que "de aquellos polvos estos lodos".

Cuatro autores se reúnen en este libro para componer un sólido abanico de denuncias. Cada cual con su estilo y todos ellos de interés. El primero es G.W. Williams, militar norteamericano, negro y universitario -toda una excepción en la época- que escribe al rey Leopoldo de Bélgica después de haber visitado la colonia. Escribe a la máxima autoridad, que es al mismo tiempo el máximo instigador del atropello, su primer responsable. Lo hace sin pasión, ciñéndose a los hechos, con el respeto debido a un superior, y sin concesión alguna al apaciguamiento. Es la objetividad en estado puro y la denuncia fría y literal.

Casement, el segundo de los autores, es el protagonista de la novela de Vargas Llosa. Pero en el libro que nos ocupa es un personaje bien real. Cónsul de la Gran Bretaña escribe un extenso informe oficial sobre los desafueros de la colonización belga. Pretende acopiar datos para una intervención de su gobierno y para una movilización internacional. Destaca los horrores, habla con la gente, cita nombres, transcribe conversaciones, detalla atropellos terribles -torturas, mutilaciones, secuestros y encarcelamientos, quemas de pueblos enteros, robos- y toda clase de calamidades…

Conan Doyle vuelve sobre el tema. Pero no es una repetición de lo anterior lo que cuenta. No es una denuncia al rey causante de los estragos, ni un informe al gobierno para que intervenga. Elabora los hechos, y saca a la luz lo que ahora definiríamos como causas estructurales de este episodio de la colonización tan exageradamente perverso. Como nota curiosa, habla con respeto de quien fue la mano derecha del nefasto rey Leopoldo, el famoso explorador Stanley que entró en la nómina de colonizador para negociar con los indígenas contratos que eran en realidad expolios, dejándose sorprender, según Conan Doyle, en su buena fe.

Y por último, el libro recoge un texto de Mark Twain, que en tono de ficción recrea un soliloquio de Leopoldo, enloquecido y consternado por lo que ocurre y por la magnitud de lo que le reprochan como dueño de esa colonia -en realidad, posesión personal - que era el Congo.

Casi todo el mundo conoce la época dorada de la colonización europea de África. Pero han sido muy pocas las noticias concretas sobre cómo se desarrolló y aun menos las que documentan la magnitud de la tragedia que supuso. El caso del Congo ha pasado a la historia por ser de una crueldad extrema. Pero es el espejo que con matices refleja también la historia de una buena parte de África. A pesar de su dureza, La tragedia del Congo es un libro ameno y con el atractivo de descubrir una realidad que no nos es nada ajena. Su lectura está llena de interés y es más que recomendable.

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lunes, 29 de noviembre de 2010

Cuentos de Galitzia


Cuentos de Galitzia
Andrej Stasiuk
Acantilado, 2010
125 pp.

Andrej Stasiuk escribe de la gente del campo. De un campo oscuro, cubierto a menudo de nieve y poblado por gente tosca, encerrada en su mundo, hundida por la pesadez de cuanto les rodea....

Andrej Stasiuk
Acantilado, 2010
125 pp.







"… la abundancia tendrá siempre forma de miseria, más grande o más pequeña."

Andrej Stasiuk escribe de la gente del campo. De un campo oscuro, cubierto a menudo de nieve, recorrido por precarios caminos, salpicado de bosques en los que no entra el sol, y poblado por gente tosca, encerrada en su mundo, hundida por la pesadez de cuanto les rodea.

Estamos en Galitzia, esta región agrícola del interior de Polonia, que se extiende por Ucrania y Eslovaquia y se sitúa al margen de la Europa central, más agraciada y rica. Hablamos de una tierra de frontera, demasiado próxima a Rusia para haber podido escapar a su deriva y para que no graviten en ella los pesares del alma eslava.

Cuentos de Galitzia va desgranando sus pequeñas historias en forma de sucesivos relatos dedicados a personajes diversos, todos del mismo lugar. Personajes fosilizados, vencidos por el alcohol y por el abatimiento que parece que atenaza a la región. Todavía está presente la realidad comunista cuya grisura tiñe paisajes, recuerdos y conciencias sin que haya entrado todavía la luz de ese país nuevo que nace de la caída del imperio soviético.

Leñadores, jubilados, acarreadores… pobres diablos todos, nos hablan de una Galitzia encerrada en sí misma. Sin más futuro que el presente, repetido una y otra vez, donde discurre una vida casi onírica y donde todo son oscuridades.

"…los ancianos, como de costumbre, irán muriendo, y la nieve, al retirarse desvelará la lenta gangrena de los campos, las edificaciones y los objetos laboriosamente acumulados en montones que se pudren y se inclinan hasta caer y volver a convertirse en tierra soñolienta y apática".

Pero un panorama tan desangelado como el que se deduce de lo dicho hasta ahora no debe hacernos pensar que Cuentos de Galitzia nos lleva a un territorio de muerte. Al contrario. Nos muestra la sordidez, pero es que la vida es así. La prosa de Andrej Stasiuk es viva, inteligente y aguda. Es pura creación. Su expresión tiene el filo de la hoja de un cuchillo a la hora de elegir palabras, describir momentos, diseccionar sensaciones. Y a la hora de referirse con un sutil humor a todo cuanto compone los escenarios que elige. Hay en su relato esa sabiduría de campesino viejo, poco expresivo pero socarrón por lo distante que está de la vida y de sus miserias. No es ni mucho menos un relato muerto el que nos trae Andrej Stasiuk.

La saga de personajes que compone el libro da forma a una verdadera comedia humana que va más allá de las personas. Da entrada a un viejo templo de madera que desapareció. Una pieza de museo que se llevaron a alguna parte por obra y gracia de una institución de la ciudad, la única noticia que se tiene de la existencia de un espacio exterior. Como un personaje más, el relato habla también de la taberna a la que acuden los hombres a beber y que uno intuye que, a pesar de su ruina, es el único lugar cálido en medio de tanto frío. E incluye también a la noche, helada, que cubre casas y caminos y que no es más que la continuación del día cuando no tiene por objeto procurar satisfacción alguna a los humanos que han vivido demasiados años en un mundo sin luz.

Andrej Stasiuk elige para su libro situarse en el lado oscuro de la realidad, dejarse llevar por el agujero negro de una historia de cuyo fracaso no se tiene ni siquiera noticia, de puro antigua, de puro asimilada que se halla en el alma de las personas.

La contraportada del libro, cuidadosa como todo lo que edita Acantilado, nos pone sobre la pista de aquello de lo que va el libro:

"Ha terminado –dice- un régimen político y ha empezado otro. En este libro, Andrej Stasiuk nos propone, con melancolía enamorada, una visita a los habitantes de un pueblo galitziano a través de una sucesión de pequeños cuadros, en un reencuentro con la memoria que va tejiendo un microcosmos luminoso en el que danzan, cogidos de la mano, lo invisible y lo presente."

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domingo, 21 de noviembre de 2010

Viaje a la Palestina ocupada


Viaje a la Palestina ocupada
Eric Hazan
Errata naturae, 2010
127 pp.

Hoy, muy pocos son los que hacen turismo en Palestina. Pero quienes viajan a la región regresan, cuando menos, impresionados....



Eric Hazan
Errata naturae, 2010
127 pp.






La literatura de viajes toma nota de lo que el viajero observa, de sus reflexiones y del resultado de sus encuentros con lugares y personas a lo largo de su recorrido. Es una forma de dar a conocer el mundo.

Esta simple definición se ajusta bastante bien a la realidad cuando hablamos de la literatura del siglo XVIII o XIX. Es decir, cuando nos referimos a los clásicos, a esos ingleses que volvían con noticias de los lugares más remotos después de sus expediciones y leemos ahora con la mirada llena de curiosidad.

¿Pero qué ocurre con el presente cuando no es la curiosidad o lo exótico lo que emerge del texto porque aquello de lo que se habla sitúa al lector en la esfera de la política? Seguramente deja de ser literatura de viajes y plantea el hecho de que este género no encaja en determinados lugares donde el conflicto suspende cualquier reflexión que no sea en torno al conflicto mismo.

Este es el caso de Viaje a la Palestina ocupada. Sin duda, el título anuncia ya la condición que pesa sobre el país. Una ocupación que tiñe con su dramatismo cualquier otro aspecto de la realidad.

Hazan, el autor, editor en Francia, de raíces palestinas, regresa de un viaje al país y cuenta … Lo hace en tono mesurado. Sin aspavientos. Y se da voz a sí mismo y a los habitantes de las ciudades y pueblos que visita.

Lo que aparece en el libro es, en primer término, la vida cotidiana. Una vida normal y excepcional al mismo tiempo, porque el transcurrir del día es parecido aquí al transcurrir en cualquier otro lugar del mundo: se compra, se vende, se trabaja, se va a la escuela, se mantiene relación con la familia… Pero la manera como todo esto ocurre es absolutamente distinta. Cada acto, cada paso por trivial que sea está supeditado a las condiciones que marca la ocupación. Una ocupación singularísima porque con el tiempo ha ido a peor y ha llevado las condiciones de vida a una situación extrema.

“Es casi imposible vivir en Cisjordania sin móvil –dice Hazan-: la gente no queda, sino que se dice: Cuando pases el control me llamas”. Las barreras impuestas por la política o los ejércitos han modificado la geografía con las líneas de separación que ya no son montañas o ríos y, sobre todo, con el complicado muro de hormigón que con vueltas y revueltas sella el territorio y separa la casa del huerto, la ciudad de la escuela y un pueblo del otro.

Un mundo artificial, llevado al límite, se asienta en Palestina y se transforma en normal porque la vida acaba por convertir lo excepcional en cotidiano. Y una visión radical acaba también por convertirse en la forma natural de adaptarse a la realidad y de hacer compatible la vida con la agresión que día a día sufre.

Sin duda el viajero, menos adaptado, observa, sin acabarla de creer, la realidad. “Soy consciente –reconoce Hazan- de mi lamentable descripción de una geografía compleja: de hecho, circulando por la región, poco a poco dejé de intentar entender la razón de ser de tal muro, de tal carretera, de tal barrera (…) Esto no significa que el conjunto sea irracional: los bucles en el muro, las carreteras reservadas a los colonos y a las tropas de ocupación (…) dividen en zonas la región y transforman el paisaje en un videojuego…”.

Hoy, muy pocos son los que hacen turismo en Palestina. Pero quienes viajan a la región regresan, cuando menos, impresionados. Viaje a la Palestina ocupada da testimonio de la situación y ofrece noticias del país. Unas noticias frescas, humanas también y estremecedoras en cualquier caso.

Ver en El Boomeran información sobre el libro.

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martes, 16 de noviembre de 2010

Un bárbaro en el jardín


Un bárbaro en el jardín
Zbigniew Herbert
Acantilado, 2010
281 pp.

Viajar suele ser un ejercicio principalmente en dos dimensiones y si hay montañas en tres. Mas dimensiones -las que corresponden a las costumbres, la gente, el paisaje...- están supeditadas...


Zbigniew Herbert
Acantilado, 2010
281 pp.






Viajar suele ser un ejercicio principalmente en dos dimensiones y si hay montañas en tres. Mas dimensiones –las que corresponden a las costumbres, la gente, el paisaje…- están supeditadas a las primeras porque los lugares son lo que importa y lo que fija las referencias.

Viajar por Europa, sin embargo, tienta a quien escribe a dar prioridad a dimensiones distintas. O al menos eso es lo que ocurre a Zbigniew Herbert cuando nos habla de su deambular por Francia y por Italia. Las ciudades, los pueblos son casi lo de menos. Son en realidad la excusa para profundizar en la historia y en la cultura. Porque es tal su peso, cuando se viaja por el viejo continente, que pararse en cualquier lugar es asomarse a un pasado rico en extremo.

Pero hay que saber mirar, hay que conocer este pasado para saborearlo y para dejarse envolver por sus sonidos y por su aroma.

Nadie contaría mejor que el propio autor lo que contiene Un bárbaro en el jardín.

“¿Qué es para mi este libro? –pregunta- Una colección de apuntes. El relato de mis viajes.
En primer lugar, un viaje real por ciudades, museos y ruinas. En segundo lugar un viaje a través de los libros que tratan de los lugares visitados. Dos visiones, o dos métodos, que se entrelazan.
No he elegido una forma más fácil, como un diario de impresiones, porque podría desembocar en una letanía de adjetivos y de exaltación estética. He creído necesario aportar ciertos conocimientos sobre civilizaciones lejanas, y como no soy un especialista, sino tan sólo un diletante, he renunciado a los encantos de la erudición: la bibliografía, las notas a pie de página o índices. En realidad, mi intención era escribir un libro destinado a los lectores en lugar de a los estudios académicos.”

¿Y qué nos cuenta a los lectores Zbigniew Herbert? La realidad es que aprovecha el lugar donde se encuentra para hablarnos de su pasado, casi como hablaría un sabio. Y digo sabio para evitar la palabra erudito, porque Zbigniew Herbert –aunque rechace el término- es un erudito campechano, próximo al lector y didáctico porque más que profundizar en el conocimiento, profundiza en la vida, que es lo que le une a quien lo lee.

Una parte del libro habla de la arquitectura griega y lo hace mostrando lo que querían los griegos transmitir, lo que les preocupaba cuando apostaban por unas proporciones y no por otras, cuando le daban a la planta de un templo la forma y la distribución que conocemos. Los griegos ocupan una parte del libro.

Los constructores de las catedrales otra. Y aquí también huye el autor del comentario habitual para preguntarse sobre la realidad más física de la construcción: cuántos oficios intervenían, cuanto cobraban unos y otros, dónde trabajaban, cómo movían las piedras, con qué herramientas, de dónde venía la piedra, cuánto costaba…

Tratando de acercarse a la realidad, la vida pasa por estos pequeños ensayos –así los llama el autor- que son los diferentes temas que van componiendo su libro.

Y son pequeños ensayos, todos ellos que despiertan la curiosidad del lector. La vida de los albigenses y la terrible cruzada desatada contra ellos ocupa un buen número de páginas. Las creencias, seguramente venidas de oriente, se mezclan con la tragedia que asola la Provenza y permite todo ello poner en contexto opiniones reveladoras para quien no conoce bien el tema, porque la historia de los vencedores es la que prevalece y está inevitablemente sesgada. Nos plantea Zbigniew Herbert que el Renacimiento germina en la Provenza, en el país de la Lengua de Oc, que se expandió por Europa y en la que Dante pensó escribir la Divina Comedia. Y nos avisa también de que la famosa cruzada contra los albigenses fue en realidad una guerra del norte contra el sur que consolidó a los Capetos en el trono de Francia y permitió crear el reino que conocemos y que hizo historia en Europa. Una tragedia colosal porque era colosal lo que estaba en juego.

También aparecen en las páginas de Un bárbaro en el jardín los hombres prehistóricos que pintaron las cuevas de Lascaux con una inspiración sorprendente y aparecen los templarios y Piero de la Francesca y…. unos cuantos lugares, temas y personajes más.

La edición, cuidada como en todos los libros de Acantilado, añade más gratitud al texto. Viajar por Europa es esto: moverse por su pasado cuando se roza el presente y aflorar el relato en el que cobra vida todo lo que estuvo en el origen de lo que hoy existe. Un bárbaro en el jardín realiza este ejercicio de memoria y de explicación y deja en el lector el gusto entrar, de la mano de un erudito –sin duda- de palabra y de gesto campechano, en las raíces de su propio pasado.

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miércoles, 10 de noviembre de 2010

El día del juicio


El día del juicio
Salvatore Satta
Anagrama, 2010
303 pp.

La isla de Cerdeña reclama su presencia con "El día del juicio" y es casi imposible no recordar a Lampedusa o a Villalonga cuando se entra en las páginas del libro ...

Salvatore Satta
Anagrama, 2010
303 pp.






Sicilia tiene sus libros, algunos soberbios. También Creta, Corfú, Mallorca… han sido propensas a la literatura. Y lo han sido porque han guardado unos mundos propios, profundos y llenos de carácter que han favorecido, al amparo de su fuerte personalidad, que florecieran magníficas novelas.

En este entorno mediterráneo, Cerdeña reclama su presencia con El día del juicio y es casi imposible no recordar a Lampedusa o a Villalonga cuando se entra en las páginas del libro. Gente adusta, aislada, tierra dura y un largo pasado, que cambia sin embargo con el tiempo y que muestra el lento discurrir de la vida, son los mimbres con los que se teje la historia que nos ocupa.

Salvatore Satta, el autor, es jurista y quizás por ello es tan meticuloso. No es que entre en materia, es que la recrea llevando los cimientos de la novela casi a los orígenes de la vida. Porque de ello se trata, de ahondar en el alma de las personas, de las familias, de los pueblos y de la esencia misma de la isla siguiendo cualquier hilo y aprovechándolo para que por él se desenvuelva la novela con parsimonia y hasta el final.

No hay prisa en el relato. Como si el tiempo no contara, como si viviéramos en esa Cerdeña rural, anclada en el pasado, donde el ritmo de la vida es el de las estaciones, los asuntos se desgranan con lentitud y cualquier cosa sirve para construir la escena. La mirada de Satta, actúa como la sombra que siguiendo el curso del sol, cubre los objetos y las personas despaciosamente sin que escape nada a su camino. Avanza y en su recorrido compone poco a poco un mundo que se va haciendo a la vez extenso y profundo donde los personajes acaban perfilados con la rotundidad de lo que arranca de la tierra.

Juan Luis de Juan, en Babelia, hace una excelente reseña del libro. Dice:

"Crónica de la disolución insular, novela de la vida meridional, El día del juicio es un libro que dejará huella en quien lo lea. (...) Salvatore Satta (Nuoro, 1902-1975) dejó en esa novela el testamento de un isleño. Las menciones al siciliano Lampedusa o, en el caso mallorquín, a Villalonga, dicen poco. Satta era sardo y su obra tiene una dimensión trágica y espiritual que no tienen las de los otros dos, y sin embargo se trata de primos carnales, gente del mismo charco. Como forma novelística e intención de recrear un mundo sin límites, nos recuerda al Macondo de García Márquez, de ahí que Steiner hable en el prólogo de esta edición de rescate, de mil años de soledad. Pero aquí todo es real, lo único mágico son las telarañas de los sueños. Y no hay concesiones ni apenas alegrías, el placer está excluido: ¿qué placer, por muy intenso que haya sido, puede tener cabida en el día del juicio? Satta era jurista y dedicó su vida profesional a escrutar el sebo de la ley, por eso nunca se desvía de su trayectoria, de lo esencial, de la poderosa nimiedad de los hechos. ¿Qué nos cuenta, en fin? Nos cuenta Nuoro con la autoridad y la transparencia de los registros, llámense civiles o de la propiedad. Nos cuenta el río sin fin de una familia, los Sanna, desde múltiples ángulos, el de las mujeres y el de los hombres, el de los hijos y las bestias y los campos. Nos cuenta la historia sarda de antes y después de la Primera Guerra Mundial y la infección del fascismo. Nos cuenta el café Tettamanzi, la rabia crepuscular de Vicenza y la sabiduría inútil del ziu Poddanzu frente a la laboriosidad fúnebre del notario don Sebastiano. Nos cuenta, en una palabra, el cementerio. ¿Puede caber una empresa más ambiciosa? Y todo eso con una prosa flexible, sacra, determinista. Con una compasión que se contiene en el umbral de la nostalgia, y una lucidez de asceta ("la humanidad es el demonio que Dios no consigue destruir"). Con un punto de vista integral, a la vez subjetivo y ecuménico, el de un juez sin origen, o el de "un dios ridículo". ¿Humor? El que la existencia desprende casi sin querer, como el rumor del viento en los matorrales de tomillo del altiplano sardo. "Si no se muere, se vive", escribe Satta, y entonces el día del juicio es cualquier día de estos en Nuoro."

(Leer en Babelia)

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viernes, 5 de noviembre de 2010

La odisea de Marco Polo. Tras los pasos de un mercader que cambió el mundo


La odisea de Marco Polo
Harry Rutstein
Nowtilus, 2010
480 pp.

No hay escritor de viajes que se precie y que no haya escrito sobre la Ruta de la Seda. Sobre el largo camino que llevaba desde China a las puertas de Europa ...


Harry Rutstein
Nowtilus, 2010
480 pp.






No hay escritor de viajes que se precie y que no haya escrito sobre la Ruta de la Seda. Sobre el largo camino que llevaba desde China a las puertas de Europa o sobre alguna de sus partes. Y tampoco hay ciudad o lugar importante en el camino de Europa a Asia que no pretenda haber jugado un papel en la célebre ruta. Se diría que tanto como un camino, la Ruta de la Seda fue un corredor por el que circularon mercancías preciosas hacia Europa. Un corredor que discurrió por caminos diversos y alternativos que aseguraron en distintos momentos de la historia la continuidad de un flujo comercial que todavía maravilla y sorprende.

Harry Rutstein nos habla de ella. Pero el viaje que sirve de base a su libro está cargado de rigor. No es de una Ruta de la Seda en general de la que habla. Es de la que recorrió Marco Polo cuando en el siglo XIII marchó hacia tierras del Gran Kan. Y es también de esa, borrada en algunas partes y alejada en otras de los caminos que hoy siguen los viajeros, de la que no había noticias de que nadie, en época moderna, hubiera vuelto a recorrer.

Rutstein desea seguir paso a paso y detenerse en los lugares por donde pasó y se detuvo Marco Polo. Y desea recuperar para su relato aquellas ciudades y sendas que con el paso del tiempo se perdieron, fueron destruidas o abandonadas y no dejaron para el viajero de hoy más que insignificantes restos.

Sorprende al lector la dificultad de la empresa de Rutstein. Sorprende, sobre todo, cuando la geografía del planeta parece por entero dominada y cuando existen poderosos medios de transporte, que no sea casi un paseo reeditar el camino que llevó al mercader veneciano hasta el corazón de China. Pero lo cierto es que el autor necesitó tres expediciones entre 1975 y 1985 para cubrir el mismo recorrido que siguió Marco Polo tantos siglos atrás.

¿Por qué tanta dificultad? Hablemos antes del para qué. Aunque no hayan sido voluntarios, los obstáculos al viaje son sin duda la base de su atractivo. Seguramente, el día en que una autopista recorra lo que hoy es una sucesión de maltrechas carreteras escribir sobre el viaje dejará de tener sentido. Y además, cuando llegue ese día la región entera será tan homogénea que dejará de ofrecer el aliciente de la sorpresa que está detrás de cada viaje. Sin duda, la dificultad es una componente esencial en el atractivo del libro

Y centrémonos, además, en el por qué. En buena parte, los obstáculos que se oponen al camino son hoy, como en tiempos de Marco Polo, las fronteras que separan unos países de otros. Marco Polo viajaba con un salvoconducto del Gran Kan. Rutstein lo hace con los buenos oficios de sus contactos en occidente. Pero ni los fax enviados desde las embajadas en Nueva York, ni las buenas palabras de diligentes colaboradores consiguen allanar los obstáculos que los conflictos levantan o que las burocracias construyen con la solidez de un muro.

Luego, está también la geografía, esa realidad que es la corteza de la tierra que impone, en forma de relieve o de climas extremos, unas exigencias que los viajeros actuales ha resuelto recurriendo al avión pero que Rutstein debe superar como los viajeros antiguos kilómetro a kilómetro.

Tres expediciones sucesivas sirven al autor para alcanzar su objetivo. La primera es la más modesta porque el grupo de quienes la componen se reduce a sólo tres personas equipadas con una mochila cada una y poco mas. Esta primera expedición es seguramente más parecida a la que Marco Polo realizó, la dotada de medios más precarios. Empieza, después de haber llegado por mar, en San Juan de Acre, en lo que hoy es Israel, atraviesa Turquía de un extremo a otro, recorre Irán y sigue luego por un Afganistán llamativamente atrasado donde todavía siguen en pie los famosos budas de Bamyan que caerían bajo el fuego a cañonazos de los talibanes. Rutstein nos habla de cada lugar, de las dificultades que encuentra, de lo que ve y de lo que Marco Polo cuenta que encontró según el relato que ha llegado a nuestras manos de su viaje.

Las dos expediciones que el autor emprende en los años siguientes y con las que cierra su recorrido tras los pasos de Marco Polo cuentan con más apoyo porque se inscriben en el proyecto de realización de sendos documentales. Una tras otra llevan a Rutstein por los Himalayas entrando por Pakistán, cruzando las nuevas repúblicas ex-soviéticas y atravesando en China por tierras uigures para alcanzar finalmente Pekín. Podría parecer que los mejores medios de que disponen estas expediciones perjudican el propósito de aproximarse a la ruta que siguió Marco Polo, que le restan autenticidad. Pero la realidad es la contraria. Permiten al autor moverse con soltura por regiones de China prácticamente cerradas en la época, aproximarse a lugares recónditos, ver y hablar –sobre todo hablar- con quienes tienen cosas que contar. La faceta cinematográfica de Rutstein actúa de salvoconducto en territorio chino como actuó en el caso de Marco Polo la protección del Gran Kan.

Cuatrocientas ochenta páginas se hacen cortas para dar noticia de un viaje tan largo. No puede Rutstein extenderse demasiado sobre ningún lugar ni sobre ningún tema. Pasa muchas veces rozando solamente todo aquello que encuentra durante el viaje, pero todo y con ello cuenta infinidad de cosas porque son casi infinitas las facetas que reflejan todo cuanto todavía encierra este camino prodigioso que une oriente y occidente.

Tal vez peque de superficialidad el conjunto del relato. Seguramente la traducción del inglés debiera haber sido más cuidadosa. Quizás pueda echarse de menos una explicación más profunda del autor acerca del Asia Central por la que discurre su viaje. Pero es cierto también que afinar más en muchas de las cosas de las que trata el libro hubiera dado lugar a una verdadera enciclopedia. Y éste es un libro que quiere ser ameno. Es el reflejo de una aventura que permite al lector viajar por uno de los más viejos caminos de los que hay memoria y disfrutar de todo cuanto todavía ofrece de exotismo y de poder de seducción.

Los enamorados de Asia y de la historia, quienes quieran asistir a las escenas de un camino que está destinado a entrar en el mundo moderno en muy poco tiempo y a perder parte de su antiguo sabor encontrarán en La odisea de Marco Polo motivos sobrados para deleitarse con un buen rato de lectura. Rutstein nos acerca a un Asia cargada de encanto y de seducción donde resuenan voces muy antiguas. No debiéramos perder la ocasión de asomarnos a ella.

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domingo, 31 de octubre de 2010

Presentación de: La odisea de Marco Polo


Jueves 4 de noviembre a las 20:15
De Viaje - Serrano, 41 - Madrid
Metro Serrano







En el siglo XIII, Marco Polo partió de Venecia y emprendió el camino hacia la China para corresponder a la invitación del Gran Khan. A finales del XX, Harry Rutstein se propuso repetir la aventura siguiendo los pasos de Marco Polo, parando en los mismos lugares y pasando por los mismos lugares por los que joven mercader pasó. El Libro de las Maravillas iba a ser su libro de referencia, el testigo que iba a permitir comparar el pasado y el presente y rastrear en el hoy las huellas de los siglos transcurridos.

Tres expediciones hicieron falta, a lo largo de diez años para dar cumplimiento al objetivo. Y un libro ha sido el resultado de todas ellas donde se cuenta lo que el autor encontró a lo largo de tan extenso camino: anécdotas y toda clase de experiencias donde se conjugan tanto el pasado como el presente.

Nowtilus ha editado el libro, que acaba de salir y que se presenta en De Viaje. Participarán en el acto Georgina Higueras, corresponsal de El País durante mucho tiempo en Asia y Juan Antonio Sanz, periodista, redactor de EFE Internacional. Además los editores hablarán también de la aventura –que no es poca- de sacar a la luz un nuevo libro.

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martes, 26 de octubre de 2010

Hotel nómada


Hotel nómada
Cees Nooteboom
Siruela, 2010
221 pp.

Cees Nooteboom es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo. Y tiene en su historial una larga relación con los viajes....


Cees Nooteboom
Siruela, 2010
221 pp.





Cees Nooteboom es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo. Y tiene en su historial una larga relación con los viajes. Ir de un lugar a otro, moverse, le da la ocasión de sentirse a sí mismo y de reflexionar. Seguramente ahí está su secreto como escritor: atiende tanto a lo que le rodea como a él mismo y a todos los pensamientos que cuanto ve le suscitan.

En Hotel nómada, empieza casi como un teórico del viaje. Filosofa sobre el hecho de viajar, y lo hace, como en el resto del libro, jugando con las ideas con un punto de humor siempre a la vista y coqueteando con el absurdo. El lector debe dejarse llevar por el ritmo y por el tono que Cees Nooteboom imprime al libro y por el curso libre de su relato.

El Cees Nooteboom teórico del viaje se entretiene con el lector:
"quien viaja constantemente nunca para en el mismo sitio –visto desde su perspectiva- y, por tanto, siempre está ausente –visto desde el perspectiva de los demás. Y es que, para ti mismo, estás en efecto "en otro sitio", es decir, no estás, aunque en realidad si estás, es decir, estás en ti mimo. Este razonamiento puede parecer una simpleza, pero es que se tarda tiempo en comprender que es así."

Pero no todo son juegos de palabras y generalidades. Hotel nómada recoge la experiencia viajera del autor a lo largo del tiempo. Gambia, Malí, Marruecos, Bolivia, México aparecen en las páginas del libro. ¿Y por qué estos países? Pues porque el autor siente predilección por lo que no es evidente, por aquellos lugares a los que de manera natural uno no iría, por aquello que suele inspirar rechazo a primera vista y que por ello suscita en él curiosidad y ánimo de conocer.

Cees Nooteboom siente el gusto de los lugares imposibles porque hacen al viajero más consciente de la realidad y le permiten el ejercicio de sorprenderse a sí mismo. Por eso es propenso a la caricatura, porque le da ocasión de acentuar los rasgos de las cosas y hacerlas más chocantes, más artificiales, si se quiere. Cuando se pone a hablar de Gambia lo presenta como un país "del que nadie ha oído hablar (que) yace como un extraño enclave inglés al sur de Senegal de habla francesa y está formado por un río muy ancho con dos márgenes, como es habitual."

Y cuando se refiere a Malí vuelve a hacer un guiño hacia la falta de lógica que muestra la realidad. De modo que hay que pensar que hasta la historia o la geografía se equivocan: "Malí –dice- se compone de una excesiva cantidad de países." Tanto como señalar lo que ve, Cees Nooteboom desvela la extrañeza que siente frente a cómo son las cosas.

A muchos viajes de los que habla en su libro, Cees Nooteboom va en calidad de periodista. Pero en realidad se trata de un periodista fracasado porque es el escritor el que domina la escena. Reconoce que cuanto más sabe de un país o de sus gentes, menos entiende. En África o en América sabe que todos los intentos de los países por mejorar son casi inútiles porque la realidad acaba por devorar a sus dirigentes y a los proyectos que emprenden. Sufre con los desvaríos del presente y descubre con emoción en mercados, en la vida de viejas comunidades a punto de extinguirse o en sus relatos mundos tan humanos como el nuestro por los que siente admiración.

Ve en los pueblos tradicionales una infinita riqueza al borde de la desaparición. Descubre que el mundo civilizado ha sido incapaz de escuchar el profundo valor de las culturas indígenas, tan elaboradas, complejas y sabias como las del mundo desarrollado. Y hace suyas las palabras de Levi Strauss que rinden homenaje a esos "pueblos primitivos" y reconocen un espacio a otras maneras y formas de vivir al comprender que "nuestro modo de vida no es el único posible y que hay otros que han permitido a los seres humanos llevar una vida feliz."

La anécdota envuelve la reflexión profunda de Cees Nooteboom. Y el viaje puramente material, con sus penalidades, malos hoteles, retrasos de aviones, peleas por las maletas… da paso a una mirada más honda que pone de relieve la existencia de lugares y gentes distintos. Hotel nómada es así un libro de viajes que fluye mucho más allá del relato del itinerario de un lugar a otro y que lo hace con la sencillez de quien habla para sí mismo. Traspasa la piel de cuanto se percibe a primera vista y saca a la luz lo que de verdad supone el contacto con la realidad de otros países y gentes. Países y gentes, nos hace ver, cuyo presente se ha construido sobre una herencia que procede de raíces distintas a las nuestras. Un puro viaje.

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miércoles, 20 de octubre de 2010

Una vida en China. 1. El tiempo del padre


Una vida en China. 1. El tiempo del padre
P. Ôtié y Li Kunwu
Astiberri, 2010
254 pp.

La mayor parte de lo escrito últimamente sobre China responde a la fascinación por el cambio que ha experimentado el país en los últimos años. Y a la necesidad de comprender ...


P. Ôtié y Li Kunwu
Astiberri, 2010
254 pp.






La mayor parte de lo escrito últimamente sobre China responde a la fascinación por el cambio que ha experimentado el país en los últimos años. Y a la necesidad de comprender su alcance y los derroteros por los que discurre.

Imprevisible y sorprendente, este cambio reclama la atención de todos. Pero igualmente sorprendente, imprevisible y fascinante fue el cambio que la llegada del comunismo supuso para China y las transformaciones de todo orden que generó su particularísima evolución. La mirada al presente y al futuro ha desdibujado un pasado muy reciente, que sigue vivo en muchos aspectos y que condiciona todavía el hoy y el mañana.

Una vida en China echa la mirada atrás. Justamente arranca con la victoria de Mao y lo hace en tono autobiográfico. Quien habla es un hombre maduro en la actualidad que desgrana sus recuerdos, pero la voz es la del niño que vivió aquellos años y que participó, arrastrado por el torbellino del momento, en los acontecimientos que sucedieron.

Ojo, no estamos hablando de un libro en el formato habitual. Una vida en China es un cómic. Y en esta lectura sólo hacemos referencia al primero de los tres volúmenes de que constará la obra entera: El tiempo del padre.

El libro es el resultado de la combinación de trabajos del guionista, P. Ôtié, y del ilustrador Li Kunwu. Y para hacer justicia contribuye a él de manera significativa Pierre Haski, en un prólogo de gran interés que anticipa el tono de la obra: crítico, pero al mismo tiempo ponderado sobre un período histórico dramático que se prestaría, visto con distancia, a un discurso grueso llevado por la pasión.

Li Kunwu, es el alma del libro. Es su vida la que se cuenta en él, una vida pobre hasta la miseria que rodea a su infancia y que en un entorno de viejas tradiciones se transforma bajo el ímpetu de una revolución que pretende rescatar a millones de individuos del atraso y del hambre. Tropiezo tras tropiezo, fracaso tras fracaso se van sucediendo las consignas y los programas que el Partido pone en marcha para desarrollar su política y movilizar a millones de individuos. El cambio radical de la economía que llega hasta la más pequeña de las aldeas, la sustitución en masa de las viejas costumbres por otras revolucionarias, el culto a los héroes ejemplares que sirven de modelo a imitar por pequeños y mayores, el delirio de la revolución cultural, las denuncias obsesivas a los elementos contrarrevolucionarios, el amor colectivo al presidente Mao… todo ello aparece como parte de la vida cotidiana de un niño que ha nacido en este mundo y lo entiende como natural.

Li Kunwu ilustra el relato con trazos duros. Recoge la tradición del dibujo chino y da continuidad en formato de cómic a su oficio, durante mucho tiempo, de ilustrador de las campañas de propaganda política. Entonces eran jóvenes iluminados por el brillo de la Revolución y por la gloria de los objetivos a alcanzar. Hoy, en Una vida en China, los dibujos muestran a masas y a personas desorientadas, casi siempre arrastradas por los grandes acontecimientos que marcaban la vida de todos los días.

Con tantos ajustes de cuentas a hacer con el pasado, con la perspectiva que da el paso del tiempo, con la mirada puesta en las oportunidades de un futuro tan distinto, sorprende el equilibrio y la serenidad entre los que discurre el relato. Y sorprende saber que Li Kunwu ocupa hoy un puesto relevante en el Partido Comunista Chino. Un ingrediente más en esta historia que parece de ficción y que ayuda a acercarnos a una China que tanto nos admira y tanto nos desconcierta.

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jueves, 14 de octubre de 2010

Breve historia de Alemania


Breve historia de Alemania
Hagen Schulze
Alianza Editorial, 2009
289 pp.

Schulze traza la historia de la formación de Alemania, que de alguna manera es la historia de la formación de Europa misma. Y lo hace con agilidad y al mismo tiempo con detalle...



Hagen Schulze
Alianza Editorial, 2009
289 pp.





Viajar por Alemania es hacerlo por un país esencialmente europeo. El continente posee en Alemania un pilar fundamental. Visitando sus ciudades o recorriendo sus regiones, tiene uno la sensación de hallarse en un estado como Francia o el Reino Unido, con una larga historia de prosperidad que explica su riqueza actual y su peso singular entre el conjunto de países vecinos. Y sin embargo, Alemania es una excepción. Es, como estado, uno de los últimos en aparecer en Europa y sus fronteras y su configuración como país son tan recientes que hay que esperar hasta el siglo XX para poder encontrar la Alemania que conocemos hoy. Alemania es una recién llegada. ¿O no?

Schulze, en su pequeño libro, traza la historia de la formación de Alemania, que de alguna manera es la historia de la formación de Europa misma. Y lo hace con agilidad y al mismo tiempo con detalle. La lectura es fácil, la exposición atractiva y el conjunto no es que sea una novela pero retiene la atención del lector atrapada en el interés por el desarrollo de los acontecimientos.

Los aficionados a la historia disfrutarán del libro y los menos aficionados seguramente también porque hablar de ese largo parto que ha sido la formación de Alemania es hablar de presente también. Por supuesto, referirse al país, cuando no existía, obliga a hablar de Europa. Y bucear en las raíces que dieron lugar a evoluciones tan distintas como la de las sólidas monarquías nacionales al estilo de España o de Francia, por un lado, y ese rebaño de pequeños principados alemanes que siguió pastoreando en las praderas de Centroeuropa hasta casi la entrada del siglo XX, por otro, lleva a mirar atrás y a dedicarle unas páginas a esa construcción monumental que fue el Imperio Romano.

Pero que nadie tema por el hecho de haber rebobinado hasta una fecha tan temprana. El relato de Schulze no es en ningún modo abrumador en la búsqueda de los hilos que han movido la historia. Se ocupa de destacar las corrientes más importantes que justifican esa rara situación que no acaba de fraguar en el centro de Europa durante siglos y que se opone a la creación de un estado alemán. Porque lo que nos muestra Schulze no es un territorio de lenta maduración que necesita alcanzar el final del siglo XIX para llegar a donde llegaron las otras grandes naciones europeas, sino un juego de intereses de estas naciones (de Francia, Austria, Suecia, Rusia, Dinamarca…) que necesitan en su espacio central un conglomerado de pequeños estados que sirva de colchón para amortiguar sus roces y deje una especie de tierra todavía moldeable para suavizar fricciones.

¿Y los alemanes, a todo esto, tienen algo que decir? ¿Actúan en contra de los intereses de sus vecinos que insisten en separarlos? Pues es que los alemanes no han tenido ocasión de serlo. Nunca han formado una nación y al ser herederos del viejo imperio romano –nuestro Carlos V fue emperador y después de él vinieron muchos otros- eran conscientes de pertenecer a un mundo de fronteras casi míticas que les daba cobertura y unidad a pesar hallarse divididos por principados, ducados, obispados, etc. con los que se entendían en el mismo idioma. Y que servían para resolver un conflicto casi irresoluble: el de la aparición del protestantismo en un ambiente de intolerancia religiosa que sólo podía digerirse mediante un mosaico de estados con obediencias distintas con los que atenuar la obligación radical de ponerse a favor de una u otra de las opciones religiosas.

Y aún había incertidumbres añadidas en esos alemanes que no tenían estado para actuar decididamente contra las fuerzas que preferían verlos separados. Por múltiples razones (y Napoleón no fue la menor de ellas) los pequeños estados se modernizaron y prosperaron tanto económicamente como culturalmente. Sin unidad política, actuaron para establecer entre ellos lazos de colaboración, ligas de intereses, asociaciones económicas, uniones industriales, científicas y culturales que ayudaron a su desarrollo y les permitieron crear sólidos espacios de encuentro. Y les llevaron también a reflexionar si como en la antigua Grecia no habría un espacio político más justo y eficaz que el modelo seguido por las grandes naciones a base de pequeñas entidades independientes políticamente pero unidas por la proximidad, la lengua, la cultura y por el desarrollo industrial y científico.

Schulze llega en su exposición hasta nuestros días. Su relato es una historia de la que el lector conoce de sobras el final. Aunque este conocimiento es parecido al de la foto-finish que documenta el instante de la llegada pero dice poco de la carrera que se ha venido desarrollando antes de terminar en la meta.

Nuestra imagen de una Alemania sólida y perfectamente encajada en el centro de Europa se ve tan acreditada por su poder económico actual y por su solvencia sea cual sea el ángulo por el que se la mire que casi no deja espacio a reflexionar sobre la trama que ha dado forma a su tejido. El libro se Schulze nos ayuda a ello, a conocer el largo proceso de formación del país y el frenético suceder de acontecimientos que desde mitades del siglo XIX nos han llevado hasta hoy. Y lo hace de una manera fácil y muy estimulante en esta Breve historia de Alemania que merece la pena leer.

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martes, 5 de octubre de 2010

Condiciones nerviosas


Condiciones nerviosas
Tsitsi Dangarembga
Intermón/Oxfam - Icaria, 2010
327 pp.

En unos pocos años África ha pasado de una sociedad tribal al mundo moderno. Mucho cambio para que haya sido un proceso fácil y además justo....


Tsitsi Dangarembga
Intermón/Oxfam - Icaria, 2010
327 pp.





Es demasiada la distancia que nos separa de África para que nos sea fácil comprenderla. El África que vemos hoy es el resultado de una revolución. En unos pocos años ha transitado desde un mundo basado en sociedadades tribales, en culturas, modos de vida y tradiciones que se habían conservado desde tiempo inmemorial al mundo moderno. Un mundo creado a imagen y semejanza de los blancos. Mucho cambio para que haya sido un proceso fácil y mucha distancia entre uno y otro mundo para que además ese tránsito haya sido justo.

Muchos libros, desde ángulos distintos, reflejan el drama de la creación de la nueva identidad africana, una identidad construida, en muchas ocasiones, en el plazo de una generación. Y todos ellos han contribuido a establecer el sólido fundamento de una literatura floreciente, rica y llena de matices que la editorial de Intemón/Oxfam ayuda a sacar a la luz a través de su magnífica colección Nadhari.

Una nota introductoria de Emili Olcina, el traductor del libro, presenta el texto de manera directa y clara. Dice lo siguiente:

"Condiciones nerviosas (es) una de las obras maestras de la literatura negroafricana contemporánea (…). La formación de Tambu, una campesina pobre de Zimbabwe, se contempla entre mediados de los años 1960 y comienzos de los 1970. Tambu pertenece, como la autora misma, a una generación que, entre la infancia y la primera juventud, asistió al tramo final de las luchas contra el régimen de la minoría blanca que culminan, en 1980, con la formación del primer gobierno negro. La lucha de Tambu por acceder a una buena educación escolar traduce, en términos de biografía individual, la trayectoria de una colectividad nacional que conoce cambios profundos en la transición entre las incertidumbres de la lucha contra el colonialismo y a las incertidumbres de la independencia, en el marco de unas formidables tensiones entre tradición y modernización, entre africanismo y europeísmo (…)
(…) Tambu debe no sólo descubrir su propia identidad, sino forjar una identidad propia, femenina y africana. Se enfrenta a la opresión a la mujer, en la tradición africana, y, al mismo tiempo, se aferra a la africanidad frente a la opresión europea contra la mujer negra. Tiene frente a ella no un orden patriarcal sino dos: el tradicional africano, representado por el padre, y el fomentado desde la minoría blanca, representado por el cabeza del grupo familiar de Tambu, un negro instruido que goza de privilegios serviles dentro del régimen blanco".

Pero Condiciones nerviosas, que tras esta presentación aparece como una novela de tinte político, no tiene vocación de novela militante. La apuesta por conseguir una educación es, en la historia que nos cuenta Tsitsi Dangarembga, la voluntad de una niña demasiado joven, humilde y pegada a la tierra para caer en la cuenta de la realidad colonial. Para ella se trata de salir de la miseria en la que está instalada su familia, de dejar atrás ese mundo que gira alrededor de una modestísima casa y de la rutina de cultivar un campo precario, acudir al río a recoger agua o a lavar o cuidar de los hijos y hermanos en una cotidianidad sin ningún porvenir.

Condiciones nerviosas dibuja la vieja Rodesia, de la que emerge la actual Zimbabue, en el entorno de la aldea, en el marco de las relaciones familiares, en el del trabajo, en el alejado mundo de la ciudad y de los blancos y en el retrato de conjunto de esa sociedad tradicional que fluye en la novela a través de los recuerdos de una niña primero y de una adolescente después. Un universo de costumbres, de trabajos, de ilusiones y de reflexiones se despliegan a través de la voz juvenil de Tambu ante el lector. Y todas ellas acaban por componer una novela excelente que ensanchará su visión sobre África y que atrapará su interés a lo largo de todas las páginas.
La distancia a la que se referían las primeras líneas de esta reseña se estrechará, sin duda, tras la lectura de Condiciones nerviosas.

Más información y comentarios en la página de Intermón/Oxfam

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lunes, 27 de septiembre de 2010

En las antípodas


En las antípodas
Bill Bryson
RBA, 2010
317 pp.

En clave de humor, que convierte la lectura en un fresco pasatiempo, está escrito "En las antípodas". Se trata de un libro de viajes –de un viaje por Australia- y se trata de un autor experto en el género...


Bill Bryson
RBA, 2010
317 pp.






En clave de humor, que convierte la lectura en un fresco pasatiempo, está escrito En las antípodas. Se trata de un libro de viajes –de un viaje por Australia- y se trata de un autor experto en el género.

Pero, a pesar de esta condición de experto, no hay aquí nada del estilo serio que se supone debe acompañar a quien escribe para contar a los demás lo qe ve. Ajustarse a la realidad no supone, al menos para Bryson, ahorrar la sonrisa y de vez en cuando la carcajada.

Bryson viaja a Australia con el propósito de recorrerla de cabo a rabo y también con la intención de dejarse sorprender por este país que enseguida descubre que es completamente insólito. Seguramente la sorpresa sería menor si Australia fuera un lugar, además de exótico, de cultura completamente ajena a la que conocemos como ‘occidental’. Pero justamente lo que no encaja en la lógica de nuestro autor es que estemos en un país de identidad claramente anglosajona y sin embargo tan poco previsible en tantas cosas, tan poco adaptado a sus habitantes y tan distinto a lo que los visitantes pueden esperar… si comparten el espíritu del autor.

A Bryson el primer choque que lo descoloca es que después de viajar a las antípodas -que es donde se encuentra Australia- se dé uno de bruces con gente educada y amable, de aspecto saludable y culto. “Nuestros instintos culturales nos dicen que cuando se viaja tan lejos, se debería encontrar, por lo menos, gente a camello…”. Y no. Se encuentra uno con Sidney o con Canberra, que son ciudades espléndidas con jardines y edificios modernos, limpias y ricas.

Y se encuentra –y esto es lo que le gusta a Bryson- con que a partir de este momento todo puede leerse desde una divertida óptica dominada por el absurdo. Porque Australia, próspera y juvenil, encierra peligros sin cuento, inconvenientes e infortunios que convierten el viaje en una parodia.

El mar está poblado por las especies más venenosas –animales y vegetales- que pueda imaginarse y que supuestamente ponen en riesgo la vida del autor cada vez que pone un pie más allá de la orilla. Los desiertos son un hervidero de serpientes grandes y pequeñas pero mortales todas ellas o peor. Los caminos trazados sobre una tierra de hostilidad insuperable son trampas en las que han dejado la piel quienes en el pasado se aventuraron por ellos y que amenazan aún la vida de quienes los recorren, especialmente si es la del autor.

Pero no es sólo la geografía, el clima, la flora y la fauna. En esta presentación del país francamente inconveniente, incluso la historia , al menos a los ojos de Bryson, es un auténtico disparate y el presente también.

Quienes colonizaron el continente no acertaron ni una. Se equivocaron de costa cuando quisieron descubrirlo, informaron del clima con desacierto absoluto, instalaron los primeros asentamientos en lugares tan poco propicios que no podían ni siquiera mantener a los cuatro gatos que habían desembarcado con la intención de quedarse. Y el presente no parece haber superado la torpeza que acompañó al desarrollo del país entero desde el principio. Incluso los grandes hitos como la Opera House de Sidney o el inmenso puente que cruza su bahía descubren, a poco que se rasque, imprevisiones, errores y contratiempos que harían sonrojar –o mejor, que hicieron sonrojar- a cualquier persona sensata en cualquier país ‘normal’.

¿Es todo negativo en el relato de Bryson? Por supuesto que no. La realidad es que todo es positivo. El relato desprende afecto y admiración por el país y por sus gentes. Y entre bromas y piruetas jocosas cuenta de la forma más amena la experiencia de un viaje muy particular a lo largo y a lo ancho del continente.

Quien quiera conocer Australia a través de una mirada alegre y heterodoxa podrá hacerlo subido a las páginas de En las antípodas en un recorrido por los más diversos rincones, lleno de anécdotas y de ocurrencias inesperadas. Cualquier lector con curiosidad por esa enorme isla-continente debiera apuntarse desde el sillón de su casa a este insólito viaje.

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lunes, 20 de septiembre de 2010

Magallanes. El hombre y su gesta


Magallanes. El hombre y su gesta
Stefan Zweig
Editorial Juventud, 2010
272 pp.

Una biografía en buena medida psicológica para rastrear cómo fue posible una aventura que cambió el mundo, en el momento en que el conocimiento de la tierra estaba lleno de lagunas...


Stefan Zweig
Editorial Juventud, 2010
272 pp.





Zweig no es un historiador. De haberlo sido, hubiera investigado en archivos y en documentos del momento en busca de datos e informaciones concretas que dieran noticia exhaustiva de la época y del personaje del que habla. Hubiera ido a los hechos y a su expresión más objetiva.

Pero Zweig resulta que es un novelista. Se debe a la literatura y su afición a Magallanes no nace de una vocación por la historia sino de las horas sin ocupación vividas durante una travesía en barco hacia América. Fue a lo largo de ellas que nació la curiosidad por lo que su personaje debió sentir en el transcurso de otra travesía, de dimensión histórica en su caso, como fue la primera vuelta al mundo en barco efectuada en el siglo XVI.

Un historiador se remite a los hechos. ¿Y Zweig? También, aunque los hechos a los que presta atención son de otra índole y no por ello menos reales. A Zweig le interesa la persona y cuanto la rodea a la hora de explicar la extraordinaria hazaña que fue capaz de emprender. Se trata de una biografía en buena medida psicológica para rastrear cómo fue posible una aventura que cambió el mundo en un momento en que el conocimiento del planeta estaba lleno de lagunas y en que la pretensión de circunvalar la tierra era una tarea poco menos que de gigantes.

Zweig se entretiene en su relato porque lo que quiere es generar sensaciones en el lector. En lugar de información –que por supuesto utiliza y conoce bien- traslada a las páginas de su biografía sentimientos y experiencias, momentos y consideraciones íntimas para recrear el mundo de Magallanes, los retos a los que se debió enfrentar y la tensión que acompaña a las incertidumbres y certezas que envuelven sus decisiones.

Y esa morosidad en el relato que Zweig administra para destacar las dificultades de la tarea de Magallanes va calando y termina por dar tono a un retrato que dibuja un personaje curiosamente poco atractivo. El Magallanes de Zweig no admite la imagen brillante de quien está bendecido por el don de una personalidad arrolladora o de unas gestas que despiertan de inmediato admiración.

Nada de eso es el Magallanes que nos muestra Zweig. El genial marino es un hombre oscuro, poco amigo de sobresalir y poco favorecido por la suerte. Su juventud transcurre en una sombra inexplicable en alguien dotado de la capacidad y arrojo que mostraría en su expedición alrededor de la tierra. Y por ahí, por el resquicio de esa llamativa contradicción, es por donde rastrea nuestro autor en torno a la vida de su personaje. Destaca la discreción de un Magallanes, siempre prudente, poco comunicativo, inhábil en las relaciones con los poderosos y con sus iguales, pero dotado de una paciencia sin límites y de una enorme energía siempre sujeta por la virtud de saber esperar.

En esa labor de recreación del personaje basada tanto en los documentos históricos como en la interpretación de su comportamiento, Zweig desvela a un hombre calculador y firme, constante, experto navegangte, con voluntad de hierro y tan recto y honrado como mal dotado para entenderse con los otros.

Dos son los tiempos en que divide Zweig el libro que escribe sobre Magallanes. El primero de presentación del personaje y de sus andanzas durante la época que dedica a la acumulación de experiencia al servicio de Portugal como navegante y como soldado en la ruta hacia Oriente. Se trata del prólogo de su gran epopeya y por consiguiente de la construcción del escenario en que va a desenvolverse. El segundo tiempo está dedicado a la expedición que duraría meses y meses, llena de penalidades y contratiempos, al servicio del emperador Carlos V y que pasaría a la historia como un paso decisivo para la humanidad entera.

Zweig nos acerca al personaje. Y pone todo su talento en descubrirnos la grandeza de su hazaña, su singularidad y la fuerza del hombre que supo impulsarla. Con Magallanes se marca un antes y un después en el dominio del hombre sobre la tierra. Por primera vez en la historia de la humanidad un grupo de hombres viajan rumbo al oeste y consiguen regresar al punto de partida descubriendo el camino para rodear el planeta. El círculo se cierra y el mar desvela posibilidades inéditas para la navegación.

Magallanes de Zweig nos hace espectadores de esta aventura. Sin duda, los aficionados a la literatura de viajes sentirán a través de ella la emoción de una gesta que culminó el objetivo que anima a cualquier viajero y que no es otra cosa más que conocer de primera mano el mundo en que vivimos.

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lunes, 13 de septiembre de 2010

Irán por dentro. La otra historia


Irán por dentro. La otra historia
Alfred G. Kavanagh
Olañeta/Indica Books, 2010
805 pp.

No se lo pierdan si están interesados en Irán, a pesar de las más de 800 páginas que componen el libro y que pueden disuadir a un lector dubitativo. La cubierta pone ya de relieve que no es texto cualquiera...



Alfred G. Kavanagh
Olañeta/Indica Books, 2010
805 pp.





No se lo pierdan si están interesados en Irán, a pesar de las más de 800 páginas que componen el libro y que pueden disuadir a un lector dubitativo. La cubierta pone ya de relieve que no es texto cualquiera. Está cuidada como acostumbra a cuidar sus libros Olañeta, con un gusto y un toque de exquisitez que avisan sobre la calidad, también del contenido.

Irán por dentro es una pequeña enciclopedia. Pretende hacer un repaso en profundidad del país para comprenderlo desde sus raíces. Pero a pesar de un objetivo tan ambicioso y de la coletilla que acompaña al título ‘Guía cultural de la Persia antigua al Irán moderno’ no es ni mucho menos una pesadez sino todo lo contrario.

La erudición del autor, su expresión precisa y su buena escritura allanan el camino y mantienen el interés del lector a lo largo de tantas páginas. Y posiblemente lo mantiene también una constante no declarada que consiste en ir descubriendo rasgos del Irán de hoy en indicios del pasado que no quedan en simples acontecimientos, incidentes o particularidades sino que aparecen como semillas que germinarán a lo largo del tiempo y que forman parte de la realidad actual.

El prólogo del libro es una declaración de intenciones que busca también la complicidad del lector. Alfred G. Kavanagh, el autor, que a pesar de este nombre escribe en español con una fluidez prodigiosa, insiste en que hay una continuidad entre las distintas culturas y por ello un interés natural recíproco. El suyo, dice, es "un libro escrito desde la fascinación y el convencimiento de que no hay culturas ajenas a nosotros sino lejanas hasta que se produce la seducción, el acercamiento, la búsqueda y un redescubrimiento del otro".

Y para esta búsqueda nos habla de un repertorio de temas casi abrumador. Pero variado y flexible. Lo mismo que hizo Cortázar con su célebre La Rayuela, Kavanagh propone "permitir que el lector pueda elegir entre múltiples recorridos, diseñando los capítulos como las calles de un bazar que, en algún punto, se cruzan con otras, lo que nos permite descubrir itinerarios insospechados."

Y es cierto que el libro se articula como la suma de varios libros y cada libro como un compedio de temas que tienen unidad en si mismos y que pueden leerse –o evitarse- según el interés de cada cual. Irán por dentro empieza por la historia. Más de cien páginas se dedican a ella, pero la historia de Irán es tan extensa y resulta tan jugosa que difícilmente podía haberse resumido más sin perder de vista aspectos fundamentales. Las distintas civilizaciones, imperios y dinastías desfilan a lo largo del relato y nos acercan a realidades que forman parte también de nuestras propias raíces.

Las religiones –zoroastro, los maniqueos, el Islam- siguen a la historia y también el sufismo y la jusrisprudencia y la literatura y siempre poniendo de relieve esos rasgos tan distintivos que han hecho de Irán una especie de isla dotada de estas singularidades que conforman su fuerte personalidad.

El aspecto espiritual es abordado con atención. Lo es a través de la poesía, como expresión de lo más profundo del pensamiento, que tan intensamente ha marcado a la cultura iraní y que tan viva sigue en el presente. Lo es también a través de la corriente sufi en la que se ha expresado la devoción de tantos místicos iraníes y a través de la fuerza de las derivas heterodoxas que han dado músculo a la posición de Irán frente a su entorno.

Y se abordan también los pilares más sólidos de la cultura: la música, la arquitectura, la literatura, el arte con meticulosidad, para llegar por extensión a los elementos básicos de esa otra cultura que es la popular, que rige la vida cotidiana y que da a la sociedad iraní tantas particularidades.

Con una mirada al Irán de hoy, a sus instituciones y a las grandes polémicas que suscita termina este libro intenso y extenso, inteligente y profundo. Trata de dar una visión global y por ello toca tantos y tantos temas que se añaden como capas de pintura unas a otras para hacer un retrato complejo y rico en matices y texturas.

Quien quiera profundizar en uno de los países más apasionantes, como es Irán, tiene ahora, con la lectura de Irán por dentro, la mejor oportunidad para hacerlo.

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martes, 7 de septiembre de 2010

Diario de Oaxaca


Diario de Oaxaca
Oliver Sacks
RBA, 2010
159 pp.

Sacks nos sorprende con su "Diario de Oaxaca" que no es otra cosa que un divertimento donde vuelve a poner de relieve su soltura a la hora de narrar y su buen hacer de escritor...


Oliver Sacks
RBA, 2010
159 pp.





No es precisamente una combinación habitual la de la novela y la neurología. Y sin embargo Oliver Sacks es célebre por ello. Con El hombre que confundió a su mujer con un sobrero llegó al gran público y se acreditó no sólo como un escritor de éxito sino como un gran escritor.

Su perfil es el de un hombre con curiosidad por todo, con pasión y con capacidad para entrar en territorios de lo más diversos llevado por el gusto intelectual de conocerlos y de disfrutar de ellos.

Ahora nos sorprende con su Diario de Oaxaca que no es otra cosa que un divertimento donde vuelve a poner de relieve su soltura a la hora de narrar y su buen hacer de escritor.

El Diario de Oaxaca cuenta la excursión del autor a la histórica ciudad mexicana en compañía de otros miembros de una sociedad de aficionados a los helechos. El objetivo es recolectar –con el debido respeto a la naturaleza-, conocer y ver sobre el terreno las casi infinitas variedades de este tipo de plantas que se desarrollan en el lugar.

El asunto es, cuando menos, particular. Por un lado, pone de relieve ese gusto por lo insólito que suele acompañar a los genios y, por otro, ofrece al lector la oportunidad de entrar en uno de esos mundos -el de los helechos- reservados a los especialistas y centrados en algo tan especial que llama por sí mismo la atención y sorprende por la cantidad de registros y por la fascinación y el entusiasmo que son capaces de suscitar.

El diario no es un texto penosamente trabajado y pulido. Es el resultado de una escritura casi improvisada. Cuaderno en mano y sobre la marcha, Sacks escribe sobre lo que ve y sobre todo lo que piensa. Y es esa expresión acerca de lo que piensa donde el lector conoce al autor y se familiariza con su llamativa personalidad.

¿Pero no se trataba de un viaje a Oaxaca? Si, pero es más bien un viaje de Sacks, rodeado de lo que llamaríamos ‘freaks’ de los helechos para trotar y encaramarse por sendas y a árboles, piedras y riscos en busca de una felicidad en forma de planta en algún lugar más o menos próximo a Oaxaca.

Estamos –y es prueba del ramalazo de sabio despistado que nos ofrece Sacks de sí mismo- ante la peor trangresión que puede hacerse a las normas más elementales que rigen la literatura de viajes. Estamos ante el relato de un viaje en grupo. Y para más deshonra de un grupo de la tercera edad. Pues bien, Oliver Sacks está encantado con él. Y lo está porque los compañeros de viaje son todos apasionados, cultos, expertos y desinteresados. No es un viaje entre competidores. Al contrario es un viaje en el que prima el placer de compartir y de transmitir generosamente conocimiento como sólo los aficionados –cualquiera de ellos más dotado que un profesional- son capaces de hacer.

Pasan por el libro, a rebufo de los helechos, comentarios sobre botánica sesudos y también sabrosos. La historia del cacao y la del chocolate con sus raíces en el imperio azteca tiene ocasión de asomar la cabeza. Las frutas en el mercado, con su enorme variedad, lo mismo que la inacabable lista de chiles de color, tamaño, forma y nombres distintos que acaban en el guiso de las casas oxaqueñas llaman la atención de Sacks, que se detiene igualmente en las legumbres y sobre los que echa alguna reflexión científica propia de un erutito en casi cualquier cosa que se ponga delante de sus ojos.

La mirada de Sacks no puede reprimir la admiración por casi todo. Se trata de una mirada penetrante que se sitúa enseguida en el corazón de la complejidad de las cosas y que por ello mismo le parecen sorprendentes sea cual sea el ángulo por donde se las mire. Hay en Sacks una constante fascinación por la sabiduría de la naturaleza, por la filigrana que es la vida incluso en manifestaciones todavía tan primarias como son los helechos y sin embargo tan inesperadas.

Haciendo una concesión al viaje, Sacks encuentra también el momento, para hablarnos de Oaxaca. Bien es verdad que para ello tiene que desengancharse del grupo que lo acompaña, aprovechar para sentarse en un café en el Zócalo y dejar pasar el tiempo mirando la catedral, la gente que pasa y reflexionando sobre un país cuya historia se inició con quienes lo poblaron procedentes de Asia, después de atravesar el estrecho de Bering, y volvió a empezar -me refiero a la historia- después de que Cortés llegara desde Europa y con la derrota del singular imperio azteca diera entrada a unos nuevos tiempos.

La personalidad tan excéntrica de Sacks de vida a su diario de viaje. Es capaz, a base de innumerables comentarios de hablarnos de cuanto lo rodea y de todo cuanto burbujea en su cerebro. La naturaleza, en un tono que sugiere lo que debió ser para Humboldt o para Darwin, y su erudición están siempre presentes. El lector que quiera acompañarlo en esta corta travesía por valles y montes que rodean a Oaxaca está más que invitado a través de este singular relato.

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