jueves, 20 de agosto de 2015

Australia. Biografía de una nación

Australia. Biografía de una Nación

Phillip Knightley
Almed, 2014
544 pp.

Con la lectura de Australia-libro, el suflé idílico de Australia-país se deshincha y una realidad hecha de penalidades, de tremendas injusticias y de feroz violencia toma cuerpo para componer un mosaico más equilibrado y objetivo de cómo han sido las cosas


Phillip Knightley
Almed, 2014
544 pp.






No hay países sin historia, por corta que ésta nos parezca. Y no hay historia que no sea interesante y mucho más compleja de lo que pueda aparentar a primera vista. Tampoco hay país que no sorprenda cuando se bucea en él y se busca lo que hay debajo de su superficie. Por ello es oportuno recomendar la lectura de este libro, Australia, que profundiza en un país del que, por lo general, sabemos poco y del que nos llegan sobre todo imágenes de una población próspera y feliz, alegre, juvenil y saludable.

A pesar de las apariencias en Australia no ha sido todo fácil, ni su historia ha transcurrido sin contradicciones y fuertes desgarros. Aislado, enorme en extensión y escasamente poblado, el país no ha sido un lugar libre de incertidumbres y amenazas: libre de las mismas 'maldades' que han afectado a los demás. Al menos así lo expresa quien asegura "Me gusta la forma en la que hemos sido capaces de joder aquí las cosas, tan bien como en cualquier otro sitio y en la mitad de tiempo".

Con la lectura de Australia-libro, el suflé idílico de Australia-país se deshincha y una realidad hecha de penalidades, de tremendas injusticias y de feroz violencia toma cuerpo para componer un mosaico más equilibrado y objetivo de cómo han sido las cosas.

Phillip Knightley, el autor, es periodista, un oficio que para un país tan joven como es Australia es quizás más conveniente que el de un historiador para hacer las radiografías sobre las que componer un relato. Desde luego, Australia no es un país 'normal'. El autor recoge al principio del libro una serie de escenas de vida cotidiana que sitúan al lector ante un lugar donde la vida es distinta a la del resto del planeta. Un lugar hecho de enormes distancias, con una población muchas veces aislada, con inventiva, solidaria y positiva.

Australia es un país sin complejos, de gente satisfecha, de individuos y familias que corrieron el riesgo de apostar por lo desconocido. Gentes para quienes disfrutar de la vida no es sinónimo de holgazanería sino un signo de identidad y de reconocimiento de las virtudes de su país. Incluso se diría que la evolución ha buscado aquí un camino distinto del que nos contó Darwin y en lugar de embarcarse en la lucha por la supervivencia del más fuerte eligió el camino de la cooperación como manera de sobrevivir a un entorno generalmente hostil. El compañerismo y la confianza mutua están en las raíces de la relación de unos con otros en Australia.

Pero esta visión tan positiva se vuelve enseguida confusa porque por debajo discurren contradicciones que empujan al mismo tiempo en direcciones contrarias. Muchos de los australianos son descendientes de antiguos presos, deportados de Inglaterra o expulsados por el hambre de Europa. Seguramente esta extracción les alejó, por un lado, de las ideologías radicales y fomentó un entendimiento en torno a un ideal de justicia y de búsqueda de lo razonable. Mucho de ello hay, sin duda, en el hecho de que, al cabo del tiempo, al llegar el año 2000, más de la mitad de cada dólar recaudado por el gobierno se gaste en salud y en asistencia social. Pero por otro lado, la ambición, la búsqueda del poder, los mismos vicios e intereses insanos que los siguientes inmigrantes trajeron desde Europa o que impuso la administración del Imperio Británico afloraron también en Australia y lo hicieron con la misma intensidad con que lo habían hecho en cualquier otro lugar.

La discriminación de la mujer estuvo a la orden del día y se defendió con ahínco. Y sobre todo el racismo se desarrolló de forma violenta y cobró carta de identidad entre los australianos más cultivados y los menos. La idea de la supremacía del hombre blanco, la de la limpieza de la sangre, el horror a la mezcla se introdujo en la mentalidad de las gentes y se convirtió en una de las bases de la conciencia nacional. Y de ahí a la caza del nativo no había más que un pequeño trecho. He dicho caza, porque ese es el término que mejor describe el exterminio que se produjo de la población maorí.

Y no sólo eso, porque no hay campaña de grandes vuelos que no se apoye en alguna teoría. Los australianos argumentaron bien a las claras la necesidad de alinearse con el racismo. "(Las) personas de sangre aborigen casi invariablemente se emparejan con blancos de la peor calaña y, en muchos casos, las hembras se convierten en prostitutas" decía un informe oficial, de modo que el peligro de propagación de esa tara afectaba al país entero. Una operación de control de los mestizos se desarrolló al mismo tiempo en forma de secuestro de los hijos de sangre mezclada que el Estado apartaba de sus familias y llevaba a centros de reeducación para borrar cualquier traza de sus orígenes.

Y ¿de qué época estamos hablando? Pues de los años 30 hasta mediados de los años 60 del siglo XX. ¿Y de cuántos casos? Pues de cien mil, que no es poca cosa. Un apunte más: hasta 1973 no se legisla que para ser australiano no hace falta ser blanco.

Pero vayamos un solo paso más allá para llevarnos otra sorpresa. "Entre 1931 y 1932 Australia estuvo más cerca de la guerra civil que en ningún otro período de su historia" nos dice Phillip Knightley refiriéndose a los conflictos sociales que se agudizaron con el descalabro económico que siguió a la crisis del 29. Movilizaciones del ejército federal, los de los estados, de los ejércitos clandestinos de las 'derechas' y de las 'izquierdas' sembraron el país de violencia y lo dividieron de forma que parecía irreconciliable.

Nada de todo eso imagina quien en Sidney pasea hoy por The Rocks o junto al extraordinario edificio de su Ópera. Nada de este pasado traumático aparece ante quienes viajan hasta el gran arrecife de coral y toman el sol en las playas plácidas y alegres de la costa este. Por ello, esta 'biografía de una nación', como indica el subtitulo del libro, resulta tan interesante y se hace tan aconsejable. Para quienes no conozcan de cerca lo que fue Australia, su lectura será la mejor ayuda para poner en su sitio a esa nación-continente que contemplamos como un país de éxito pero que tampoco lo tuvo fácil para llegar al punto donde la encontramos hoy.

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jueves, 6 de agosto de 2015

La casa de hielo. Veinte pequeñas historias rusas

La casa de hielo. Veinte pequeñas historias rusas

Serena Vitale
Marbot, 2014
197 pp.

'La casa de hielo' es un pequeño divertimento hecho a base de veinte relatos cortos ambientados en la Rusia que va desde principios del siglo XVIII a finales del XIX.


Serena Vitale
Marbot, 2014
197 pp.







Hay libros de historia y los hay de historias. La casa de hielo es más bien de los segundos. Serena Vitale, la autora, es especialista en literatura rusa y, de pasada, lo es también en cultura rusa. Y con estos mimbres ha emprendido lo que parece un pequeño divertimento que consiste en crear una serie de veinte relatos cortos ambientados en la Rusia que va desde principios del siglo XVIII a finales del XIX.

Todos los relatos -las pequeñas historias rusas, como las anuncia el subtítulo del libro- tienen un trasfondo histórico explícito. No hay en ellas campesinos pobres ni más miseria que la imprescindible para construir la periferia del argumento. Los personajes son miembros de la familia real, nobles, hombres ricos, funcionarios... aunque no a todos la vida les haya ido bien.

Justamente, eso es la Rusia indómita y en tantas ocasiones cruel que trata de desvelar la autora. Detrás de la literatura compuesta por dramas enormes a lo largo de una historia poblada de personajes terribles, de gobernantes opulentos y de tragedias y maldades extraordinarias, Serena Vitale busca construir, en forma de historias cortas, una suerte de vida cotidiana que acompañe a la gran historia. Se inventa, a partir de un exhaustivo conocimiento del mundo ruso, una especie de historia menor, a escala más doméstica, para servir de contrapunto a los grandes acontecimientos.

Quienes no estén muy versados en la historia de Rusia harán bien en asomarse a wikipedia para situar a zares y a emperatrices y otros acontecimientos que marcan los tiempos del relato. El hacerlo no es ningún estorbo porque con ello cada una de las pequeñas historias que componen el libro cobra la dimensión histórica que le corresponde.

Si a la autora le interesa descender del zócalo donde se sitúa la gran historia para enmarcarla en la cotidianidad sobre la que transcurre, al lector le será útil recorrer el camino contrario y poner la cotidianidad en relación con la historia de la que forman parte y son partícipes los personajes principales.

Veinte pequeñas historias inventadas, distintas unas de otras, llenas de guiños a la realidad, cargadas de detalles, mundanas o trágicas, inverosímiles o razonables se ofrecen al lector para jugar con la gran literatura y sacarla de la ficción, desde la que fue escrita, a través de esta otra ficción que pretende hacerla aterrizar para acercarnos a una Rusia mucho más real.

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lunes, 6 de julio de 2015

El camino cruel

El camino cruel

Ella Maillart
La línea del horizonte, 2015
226 pp.

Apasionante el viaje de Ella Mallart por Turquía, Persia y Afganistán y su relato lleno de sensibilidad y de inteligencia.


Ella Maillart
La línea del horizonte, 2015
226 pp.






No hay dos viajes iguales, del mismo modo que tampoco ha y dos libros de viajes iguales, aunque el recorrido sea el mismo y sean escritores de talento y experimentados quienes hablen de él.

El autor, o en este caso la autora, es especialmente relevante porque su relato mezcla a la persona con el viaje y es esta combinación 'esencial' la que añade profundidad al libro, le da sentido y le da también su carácter extraordinario. Es decir la que lo convierte en un relato único.

Hablemos un momento de la autora, porque 'El camino cruel' se enmarca en esta literatura escrita por viajeros ingleses y centroeuropeos que se asoman al mundo cuando todavía eran pocos los que viajaban, cuando podíamos hablar de una aristocracia viajera compuesta por escritores cultos, pero sobre todo, personalidades singulares que miran casi siempre a Oriente tratando de alcanzar el mito o el misterio de algo que Europa perdió en su carrera hacia el progreso o que nunca tuvo, porque su cultura resulta menos sabía de lo que imaginábamos.

Ella Maillart forma parte del selecto grupo de estas personalidades únicas. Nace en Suiza a principios del siglo XX y muy pronto se va a vivir a Francia, a Inglaterra y a Alemania. Se dedica al deporte, en una época en que pocos hombres y menos mujeres aún lo hacían, y participa en los Juegos Olímpicos de 1924. Viaja, todavía joven, por este mundo cerrado que era la Unión Soviética y abre con ello la puerta a una serie de viajes extraordinarios que efectuará por Asia.

¿Por qué un camino cruel? Porque el viaje por Asia del que nos habla la autora no va a ser un camino fácil a pesar de la ilusión con que lo emprende. El objetivo, llegar a Hindu Kush desde Suiza en un flamante Ford para investigar una tribu perdida entre montañas, resulta embriagador. Una aventura apasionante, llena de retos, de incertidumbres y de promesas, se abre ante una viajera que ya no es tan joven a pesar de su espíritu atrevido.

Pero la intensa emoción del viaje encierra el profundo desasosiego de una huída, de dejar atrás una Europa amenazada por el inicio inminente de la Segunda Guerra Mundial. Una guerra que se siente tan próxima que empieza a vivirse ya y enturbia la ilusión de cualquier proyecto. Y aún hay más: la autora viaja con su amiga y amante, depresiva e inestable para quien el viaje es también una huida y una promesa de recuperación como si de un bálsamo se tratara.

El viaje de Ella Maillart es un viaje profundo y en su relato aflora toda su inteligencia y su desbordante sensibilidad. No es sólo la historia personal que lleva a cuestas lo que condiciona y da vida a su relato. Es además la larga y extraordinaria historia que encierra el camino que recorre -Turquía, Persia y Afganistán- lo que añade nuevas dimensiones a todo lo que cuenta.

No es la primera vez que Maillart hace este viaje. Lo ha hecho antes a la sombra de su dedicación a la etnología y de misiones arqueológicas que le han permitido conocer a fondo la historia, la cultura y las gentes de este viejo crisol de civilizaciones que es la ruta entre Europa y Asia, en el que dejaron huella los más diversos pueblos.

Ahora Maillart vuelve cuenta su experiencia con la intensidad de quien vive cada momento y con la admiración de quien se sabe en la cresta de una aventura como es la de dos mujeres solas en coche por caminos donde todo es azaroso y donde la suerte y la picardía intervienen en el día a día para seguir camino adelante.

Ella Maillart se mueve por países y por ambientes que en buena medida son hoy diferentes aunque hayan heredado muchos de los rasgos que ella descubrió. Impresiona el modo como cuenta la atmósfera turbadora que la desborda en el mausoleo del Imán Reza en la ciudad santa de Mashad. Una abrumadora expresión de religiosidad que la envuelve, cargada de misterio y de amenazas, sofocante pero al mismo tiempo que desvela la profundidad de un islam que el extranjero nunca alcanza a comprender porque parte de raíces distintas a las suyas y no tiene los medios para introducirse en él.

Impresiona también su arrebato ante el aparentemente sencillo dibujo de los azulejos persas en los que ve un destello de perfección que refleja, lo mismo que la armonía en la música o el rigor de la lógica, la fascinante complejidad de la arquitectura de la inteligencia humana.

E impresiona su embelesamiento ante el carácter de los afganos, salvaje e íntegro como en ningún otro lugar puede hallarse, y que hace de Afganistán un país tan excepcional en el entorno de Asia como lo es Suiza en el de Europa.

Reflexiones profundas, consistentes y siempre oportunas discurren y al lado de las incidencias prácticas -que son muchas- a lo largo del viaje. El paso de las fronteras, el hacer de los funcionarios, el alojamiento tantas veces precario, la gente... y el encuentro con paisajes poderosos y con monumentos -los malogrados budas de Bamián- que ya eran míticos entonces, componen, junto a tantas reflexiones, el relato de esta experiencia apasionante. Una experiencia, como resalta la autora, también cruel porque las dificultades de la vida y todas sus contradicciones asoman a lo largo de todo el relato y muestran la torturada complejidad de la inteligencia humana.

Apasionante el viaje de Ella Maillart y su relato. Oportunísima la reedición del libro ahora, cuando dábamos por leídos a los clásicos y habíamos casi olvidado su gran atractivo. Y especialmente interesante el regreso a los años cuarenta en países como Afganistán, Irán y Turquía que hoy son el centro de atención por tantos motivos.

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martes, 23 de junio de 2015

Océano África

Océano África

Xavier Aldekoa
Península, 2014
296 pp.

No hay lloriqueo en Océano África, hay reflexión, hay información, hay la experiencia de un viajero acostumbrado a contar y a extraer de cuanto ve mucho más que un puro suceder de acontecimientos.



Xavier Aldekoa
Península, 2014
296 pp.





Xavier Aldekoa tiene la habilidad de contar sus viajes como si fueran cuentos. Lo suyo es jugar con la realidad y con la ilusión de haber encontrado lo desconocido, es aproximarse a lo terrenal y al mito que el viajero tiene en mente. Un mito del que saca ánimo para ir más allá y alcanzar horizontes nuevos. Aldekoa cuenta que pertenece a dos familias, la de los reporteros y la de los viajeros. Dos familias que podrían confundirse aunque son distintas porque a una la mueve la realidad y a la otra la curiosidad.

Hay algo de recuerdo infantil en Xavier Aldekoa. Algo que no desmerece sino todo lo contrario. Es el aroma de la seducción que el lector sentía al escuchar los cuentos de pequeño y que ahora ve aflorar al recorrer las calles de una ciudad que no es la suya, al escuchar los murmullos y las voces de gentes desconocidas al hablar, al sentirse envuelto en un mundo de colores, de olores y de luces que no son los suyos porque pertenecen a otro lugar, porque le son desconocidos.

Pero el relato de Xavier Aldekoa, con todo el encanto que pueda tener el hecho de poner un pie en lo desconocido, no es un relato necesariamente amable. Es África y el continente africano no es algo que se pueda mirar bajo foco de una sola luz. Los lados oscuros son muchos y nuestro autor los conoce bien.

Xavier Aldekoa ha vivido en África y ha ejercido allí de corresponsal en guerras, en países que las sufrieron no hace mucho y en países que las han tenido menos cerca y no por ello se puede decir que estén en paz consigo mismos. África es un continente duro y amable a la vez, extremadamente cruel y humano, un continente donde el miedo profundo y la alegría se dan la mano y conviven a veces a lo largo de generaciones.

Océano África es eso. Es, en primer lugar, el reconocimiento de la inmensidad y de la hondura que posee todo cuanto encierra en su territorio. Y es, a través del título, el homenaje y el reconocimiento a un continente ignorado y a menudo maltratado.

Un recorrido por buen número de países a lo ancho y lo largo de las tierras africanas articula el libro de Aldekoa. Un recorrido que al lector le da la sensación, a cada poco, de estar empezando un libro distinto y de estar aprendiendo cosas nuevas contemplando este inacabable abanico de realidades a las que se asoma en su lectura.

"Yo viajo a África -dice el autor- para explicar que una niña congolesa se ata bolsas de plastico en los pies porque no tiene zapatos (...). Para intentar entender que en el Congo la gente no mata por salvajismo, mata por interés (...) y para contar también que hay gente que no mata, que decide proteger a los suyos, arriesgándose a ayudar al vecino y aceptar que puede morir en el intento".

Mali, primero, el Congo después, luego Sudáfrica, a continuación Angola, después Camerún y la República Centroafricana... y así hasta cubrir veinte países distintos. Ninguno de ellos con una vida fácil, aunque tampoco vistos desde la óptica del pesimismo.

Allí donde el encuentro con el mundo moderno ha sido lento, se mantuvo el aire de esa África tradicional con sus tradiciones y su sabiduría. Cuando el encuentro fue más brusco, el resultado fue más traumático también y más desestabilizador porque el deseo de progreso de grandes masas de población se ha visto defraudado y ha creado el caldo de cultivo de toda clase de excesos y de aventuras por donde se abre paso la violencia.

Con todos los matices, África es un continente traumatizado. Si en Europa el optimismo es el resultado de la razón, porque la experiencia muestra que la sociedad entera ha seguido una senda de progreso, en África el optimismo nace del deseo, del deseo de alcanzar una vida mejor a pesar de la dura realidad sobre la que se asienta la vida de todos los días.

No hay lloriqueo en Océano África, hay reflexión, hay información, hay la experiencia de un viajero acostumbrado a contar y a extraer de cuanto ve mucho más que un puro suceder de acontecimientos. Y hay un lugar para el optimismo allí donde se abren espacios para que aflore una vida más humana. Leer Océano África es para el lector un encuentro con el África de hoy, con sus problemas, con sus herencias, sus amenazas... Es una pequeña lección acerca de lo que ocurre al continente que tenemos más próximo, dosificada con acierto y contada por una voz a la vez experta y cálida.

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miércoles, 17 de junio de 2015

La India

La India

Vicente Blasco Ibáñez
Gadir, 2014
263 pp.

En esta mirada sobre la India, Blasco Ibáñez ofrece un relato lleno de interés, un relato que se lee de corrido y en el que se reconoce a un país que ha cambiado con los años pero sigue fiel a sus raíces.


Vicente Blasco Ibáñez
Gadir, 2014
263 pp.





“Existen tantas Indias como religiones y las religiones son los grupos humanos que más difícilmente llegan a entenderse para marchar juntos”

Muchos son los libros que hablan de la India, hasta el punto de que uno más acaba pareciendo innecesario. Y más todavía si se escribió hace casi cien años, cuando el país del que se nos habla poco parece que tenga que ver con el que hoy nos interesa.

Pero hablemos del autor, porque seguramente el secreto de esta India que tenemos entre manos está ahí, en la personalidad y el talento de quien la ha escrito. Los que estudiaron a Blasco Ibáñez a través de la asignatura de literatura en el bachillerato es muy probable que tengan una opinión poco estimulante de él. Pero la realidad es que fue uno de los grandes de la literatura de su tiempo, no en España sino en el mundo entero. Fue, por poner un ejemplo, el lider de ventas en los EE.UU. en el año 1919 con su novela Los Cuatro jinetes de la Apocalipsis. Cuentan que fue el propio presidente de la República Francesa quien le pidió que escribiera sobre la Primera Guerra Mundial. Nuestro autor triunfó en Hollywood con su novela en una película que protagonizó Rodolfo Valetino y de la que se hizo una remake protagonizada por John Ford. Fue nombrado doctor honoris causa por la universidad de Washington y, con una fortuna considerable, se compró un Rolls Royce, capricho que se han podido permitir muy pocos de los que se han dedicado a la literatura.

Blasco Ibáñez fue un hombre de mundo, viajero y trabajador incansable. Y fue un hombre de una curiosidad infinita. De aquí que en los años 20 decidiera decidiera embarcarse en el Franconia para dar la vuelta al mundo y conocer de primera mano lo que luego contaría en La vuelta al mundo de un novelista del que La India, el libro del que tratamos ahora, es una de las partes.

Blasco Ibáñez es un hombre de 'izquierdas'. Republicano, liberal, anticlerical, partidario de los aliados durante la guerra del 14 y comprometido con la educación de las clases populares. Y ello haría esperar que de su visita a la India y a Ceilán el relato resultante fuera un panfleto contra el colonialismo. Pero el hecho es que ha visto demasiadas cosas como para comprometerse de manera excesiva y cargar contra una Inglaterra que ha hecho en la India una obra colosal. El autor se centra en un libro de viajes a la manera moderna. Su texto es casi el de un periodista atento a la realidad, a asimilar información y a transmitirla, a describir lo que ve y a centrarse en lo que le sorprende que es aquello que lo diferencia de nuestro mundo.

El humor, discreto, pero humor al fin y al cabo, acompaña a sus descripciones. Sin duda forma parte de la personalidad de Blasco Ibáñez, pero es también un recurso para tratar las diferencias entre el mundo occidental del que procede y el oriental, amalgamado con elementos de la civilización inglesa, contradictorio y difícil de asimilar para un europeo.
Si Blasco Ibáñez destaca escenas o hechos que hoy pueden parecer triviales es porque sabe que está escribiendo para un público para quien las noticias de la India son tan extrañas como lo serían si se estuviera hablando de marte.

Cuenta Blasco Ibáñez a sus lectores su sorpresa ante la violencia que pueden ejercer los indios sobre sus congéneres y en contraposición el extendido rechazo a matar a un insecto debido a su convicción de que la vida es un bien intocable. Habla de la curiosa tolerancia que existe ante cualquier vaca sagrada que se cruza en el camino en ciudades donde el automóvil debiera ser un signo de modernidad que rompiera con los tabús heredados de otros tiempos. Contempla con una sonrisa el discutible éxito de los ingleses empeñados en llevar la civilización a un pueblo con una civilización propia a la que regresa tan pronto se aleja del entorno colonial y vuelve a su barrio o entra en su casa.

El curso del viaje por la India da pie al autor a hablar de numerosos temas. Temas de los que se ha informado y en los que, sin entrar en profundidades, tampoco es tan ligero como para resultar superficial. Se refiere a asuntos tan dispares como el de los matrimonios entre niños, el vestido de mujeres y de hombres, los encantadores de serpientes,  los dioses y las sorprendentes formas de devoción de la población, la cremación de los difuntos, las grandes ciudades y la vida en ellas, los cristianos de Goa y los musulmanes de Delhi...

En esta mirada sobre la India, Blasco Ibáñez consigue ofrecernos un relato lleno de interés, un relato que se lee de corrido y en el que se reconoce a un país que ha cambiado con los años pero sigue fiel a sus raíces. Asomándose a esa India colonial el lector se acercará a una cultura que perdura y sigue, todavía hoy, tan viva como en el pasado y se dará cuenta de que mucho de lo que encontramos en la India de nuestros días es el fruto de unas semillas que estaban plantadas ya en los tiempos de los que el autor nos trae noticias en este singular libro.

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viernes, 29 de mayo de 2015

El huérfano

El huérfano

Adam Johnson
Seix Barral, 2014
616 pp

Para divertirse un rato, El huérfano cumplirá su papel en la categoría de literatura relajante, de lectura rápida y como una manera de aproximarse a Corea del Norte tan entretenida como fantasiosa.



Adam Johnson
Seix Barral, 2014
616 pp





Arropada por un premio Pulitzer nos llega esta novela que promete emoción y la posibilidad de descubrir algo nuevo porque su trama transcurre nada menos que en Corea del Norte. Relatos sobre la Corea al norte del paralelo 38 habían llegado con un sabor de documental o con un sabor de denuncia. Pero novela, pura novela de ficción, resulta una novedad y por ello, también, una explicación del gozo con el que ha sido recibida El huérfano.

Lo de Corea -del Norte, se entiende- tiene el aliciente de lo incomprensible. Millones de personas dominadas como si fueran miembros de una secta, con la voluntad secuestrada y los sentimientos polarizados por una extraña energía hacia un Olimpo donde reinan, por este orden, el Presidente Eterno, el Querido Líder y el Líder Supremo resulta cuando menos una rareza que despierta a partes iguales incredulidad y temor. De ahí que cualquier perspectiva que ayude a penetrar en el misterio del país más cerrado del mundo es bien venida y vista con especial interés.

El huérfano, en su condición de novela, se beneficia de no estar limitada por los cánones de los discursos del análisis social o de la literatura de denuncia. Es libre de fabular dentro de ese oscuro caldo que es Corea y de crear una historia cuyo desarrollo pone de relieve,  mirando en mil y una direcciones, cómo es el país.

La propuesta es, pues, interesante y el argumento es perfecto para mantener entretenido al lector. Todas las negruras del régimen dictatorial se ponen en juego para crear el retrato de un mundo de pesadilla donde no hay más objetivo que la obediencia a unas órdenes perversas cuyos fines son tan oscuros como los medios empleados para conseguirlos.  Un joven, crecido en un orfanato y entrenado para la guerra en la más completa oscuridad es reclutado para realizar misiones secretas, a cada cual más dura y sacrificada y más inconfesable también.

¿Y cuál es el problema? Pues, depende. Si lo que se espera del libro es encontrar una novela de aventuras con sus dosis de suspense y de emoción en un entorno desconocido donde además todo es posible de puro absurdo, El huérfano cumple a la perfección su cometido. Pero si lo que se espera es un poco de luz sobre Corea y un poco de sensación de realidad, es probable que pensemos que nos hemos equivocado de libro, que el autor se ha pasado de la raya.

Por absurdo que sea el régimen de Corea del Norte, nadie puede pensar que es el resultado de una improvisación  o de una secuencia de chapuzas encadenadas una a la otra. Ni se construye una bomba atómica a base de alambres y cordeles ni se levanta un régimen que parece no tener fisuras a base de cuatro aficionados sin recursos y sin horizontes claros. Y ahí es donde el lector se encontrará y deberá decidir si le importa o no le importa esa licencia que se toma el autor de presentar una Corea rematadamente malvada, hecha con decorados de cartón piedra.

El huérfano no trata de bombas nucleares, ni de la ideología del régimen porque no es ese su objetivo. Pero en su deseo de buscar la aventura y un poco de adrenalina, ese contexto que hace de Corea algo realmente singular y convierte en misterioso todo lo que ocurre en el país, se difumina. En el libro del que estamos hablando, no se percibe la huella de una maquinaria ciega que mueve, bien o mal, los hilos de un país entero. Todo está contado en clave individual, todo parece obra de unos marginados dedicados a sus maquinaciones. Las complicadas acciones secretas encargadas a nuestro hombre resultan, fuera de cualquier contexto, simple fantasía, todo improvisación y chapuzas mayúsculas. Los enfrentamientos con el enemigo son, de puro disparatados, inverosímiles y maldad del régimen aparece tan ingenua como la de las películas mudas donde la caricatura ocupaba el espacio de la realidad.

Para divertirse un rato, tomando prestado el espantajo de Corea del Norte, lo mismo que a los niños se les asusta con el hombre del saco, El huérfano cumplirá su papel como literatura relajante, de lectura rápida y con el aliciente de averiguar qué va a pasar en la siguiente página. Como una manera de aproximarse a Corea del Norte y comprender mejor que es lo que se cuece en el país, el lector encontrará en otros libros noticias más ajustadas e informaciones con un contenido menos delirante para satisfacer su interés.

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jueves, 21 de mayo de 2015

Déjame en paz

Déjame en paz

Murong Xuecun
Kailas, 2014
272 pp.

Los que quieran asomarse al patio de vecinos y no les importe escuchar más de una ordinariez, tendrán ocasión de contemplar una China que quizás intuían pero que muy probablemente les quedaba aún por descubrir.


Murong Xuecun
Kailas, 2014
272 pp.






No es como Torrente porque en China la cultura es antigua y a todas luces más refinada que la nuestra y aseguran además que Confucio vela todavía por mantener los valores básicos de la vida. Sea eso o que el extraño régimen de Pekín no está todavía para creaciones literarias demasiado inconvenientes, el caso es que Déjame en paz tiene algo que se parece a nuestra película más taquillera aunque su vuelo sea un poco más bajo -quiero decir un poco menos estridente.

Queda advertido el lector, con todos los matices, del tono del libro y también de su interés. Entendámonos, superado el primer sofoco, el espectador debe reconocer que Torrente es un reflejo de España. Un reflejo casposo y exagerado, pero un reflejo al fin y al cabo cuyos excesos acentúan una realidad con la que nos habíamos acostumbrado y de cuya brutalidad habíamos dejado de darnos cuenta.

Déjame en paz sigue el mismo camino porque refleja una realidad de China que después de tanto análisis y de tanta noticia en el periódico hemos empezado a interiorizar y a considerar que es lo que es. China es así. Pues bien, es así pero aquí nos la cuentan al detalle y sin sonrojo, con un desparpajo y una falta de contención que no puede más que asombrar y que despertar en el lector alguna risa.

Nada como prescindir desde la primera línea de toda referencia moral, para colocar el relato en un nivel de ficción que permite a la trama discurrir por los senderos más caprichosos y desmelenados. Nada como decretar que hay barra libre, para que todo sea posible y para que la realidad se convierta en un disparate. Murong Xuecun, el autor de la novela, no es un comediante. Es un disidente, condición que en China tampoco debe ser tan difícil de conseguir si se propone uno hablar sin pelos en la lengua. Y las chanzas y bromas que se suceden en Déjame en paz son el recurso para mostrar un país en pleno desafuero donde nadie, o mejor, donde unos cuantos que seguramente son muchos medran y hacen su vida en la mayor impunidad y sin la menor vergüenza.

El sexo acompaña la acción de la novela sin que nadie se corte lo más mínimo como una parodia del éxito y de la necesidad de exprimir el momento para sacarle todo el jugo como sea. En el todo vale, nada es grave porque todo se mezcla en ese nivel aceptable de los comportamientos pícaros donde quien más quien menos debe colocarse si quiere prosperar.

Por supuesto, el sexo y sus devaneos son el lado divertido del relato. Pero lo demás, el funcionamiento de la sociedad, de la policía y la corrupción que lo envuelve todo resultan igualmente divertidos, porque sin contención moral de ninguna clase, todo se convierte en el juego de quién es el más listo y acaba por llevarse el gato al agua.

Entre disparate y disparate, da la impresión de que la corrupción es el auténtico cáncer que corroe el país. El que ha anidado en las generaciones jóvenes que han vivido en un mundo muy distinto del que vivieron sus padres. Padres que no entienden y que sufren y que son, entre otros,  la sombra que permite a Murong Xuecun sazonar con sabor amargo el pretendido éxito de tanto desenfreno. La loca juventud se carga de lados oscuros que acaban por hacerse presentes en el relato. El jolgorio se acompaña también de las facturas que en plena marcha nadie pensó que habría un día que pagar. Y asoma, en algún lugar de la conciencia un anticipo de ese mensaje Game Over que da fin a la loca aventura de los videojuegos.

Déjame en paz es una caricatura sobre la sociedad China lanzada al enriquecimiento y es una novela indudablemente divertida. Si es uno partidario de relacionarse solo con cosas políticamente correctas debería ahorrarse la lectura. Pero si quiere asomarse al patio de vecinos y no le importa escuchar más de una ordinariez, tendrá ocasión de contemplar una China que quizás intuía pero que muy probablemente le quedaba aún por descubrir.

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