martes, 21 de marzo de 2017

Palmeras de la brisa rápida. Un viaje a Yucatán

Palmeras de la brisa rápida. Un viaje a Yucatán

Juan Villoro
Altaïr, 2016
186 pp.

Con un tono vivo y creativo, Villoro nos muestra en "Palmeras de la brisa rápida" un Yucatán envuelto en una atmósfera de nostalgia y cariño que sólo quien ha echado raíces en el lugar puede expresar.


Juan Villoro
Altaïr, 2016
186 pp.





Con un arranque vivo y animoso, casi sin dar tiempo al lector a entrar en el libro, en tono locuaz y con la mente inquieta es como Juan Villoro abre este singular Palmeras de la brisa rápida, cuyo título es una suerte de peripecia que invita a quien lee a dejarse llevar por caminos apartados de la rutina, abiertos a la sorpresa. Un vocabulario amplio, inesperado, del que el autor exprime el significado como si jugara con él sirve para llevar el relato por un terreno donde la ironía y el humor se encuentran. Un relato sobre un viaje a Yucatán tranquilo, de quien no tiene prisa, siguiendo la estela del recuerdo de una abuela que vivió en aquellas tierras y que dejó una huella aún presente en la memoria del autor.

Un lenguaje de sentido inesperado, hecho de términos elegidos para sugerir imágenes y producir sorpresa reclama la atención del lector, entretenido en ese continuo jugar con las palabras que evita la rutina de los significados previstos y muestra que hay vida más allá del diccionario.

"La bolsa femenina es uno de los lugares más dramáticos de las postrimerías del siglo. Lo que ahí cae se hunde como en un mar de los sargazos, entre espejitos, pinceles de tres tamaños, cepillos, papeles, media galleta, cajitas misteriosas y pesos profundamente ahogados."

Está claro que este no es el relato de un viaje al uso. Ni el autor del relato es un viajero convencional y lo sabe. Por ello, se deja llevar por una cierta indolencia, se entretiene en las cosas pequeñas y observa alrededor como haría un escritor algo perezoso a quien la cuartilla en blanco le inquieta más que lo atrae y que no tiene prisa por ponerse a escribir.

Villorio se alía con el lector cuando confiesa lo difícil que es darle vuelo a un relato si quien escribe no es García Márquez. Cualquier cosa que cuente un 'famoso' parte con un plus de interés por trivial que sea, y destaca por encima de lo que pueda contar un desconocido. Seguramente por ello, nuestro autor juega con el tono y con el rico matiz que tienen las pequeñas cosas. Y con ello abre su propio camino en el que entra el lector con la mirada atenta, atraída por la curiosidad.

El Yucatán al que nos lleva Villorio no es el de las grandes ruinas maya. Es el de una comunidad seducida por nombres femeninos al estilo de Leidy o de Deisy o de Norah Eli Chen que marcan una forma de vivir y las aspiraciones de toda una generación. Y es que el Yucatán ha vivido hasta hace nada aislado, sin contacto con quienes pudieron seguir el curso de la modernidad. Incluso el idioma, el español, no es el mismo que se habla en México D.F. El español de Yucatán mezcla sonidos mayas con resabios cubanos como corresponde a un lugar al que le ha sido más fácil mirar al Caribe que a tierra adentro.

Villorio nos habla de la música, la de hoy y la que se está perdiendo, dulzona y provinciana , del bambuco y de la trova, recordando a grupos musicales y a compositores antiguos. Y busca para el lector señas de identidad como ese deje poético que sale del cancionero y que no pue
de reflejar mejor el alma del país cuando se deshace en sensualidad y susurra algo así como 'mi boca besará la caoba de tu melena bruna...'

Parte de la poesía del Yucatán que transmite Villorio contiene los aromas del bolero. Habla, como si nada, del fracaso del país y de su gente. Un fracaso dulce. Unos personajes con el brillo de una gloria que no se asienta porque acaba por escapar, por quedar en nada, relegados como el Yucatán entero a la oscuridad.  Pero la aceptación de un destino tan pobre, cuando se combina con un toque de ironía, se convierte en lucidez. Más que resignación resulta el reconocimiento sin complejos de un cierto fracaso que no es otra cosa que el hecho de haber conservado la condición provinciana en un mundo que sólo atiende a la modernidad.

Villorio nos muestra un Yucatán que sigue sin salir del segundo o del tercer mundo pero no como un defecto sino como un signo de identidad. Y nos lo muestra envuelto en una atmósfera de nostalgia y cariño que sólo quien ha echado raíces en el lugar puede expresar. Quien desee hacer un recorrido más vital que geográfico por Yucatán y pasar un buen rato de lectura tiene ahora la ocasión de hacerlo con este Palmeras de la brisa rápida de título tan desconcertante.

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viernes, 24 de febrero de 2017

Al sur del Mar Rojo. Viajes y azares por Yibuti, Somalilandia y Eritrea

Al sur del Mar Rojo

Luis Pancorbo
Almuzara, 2016
186 pp.

'Al sur del Mar Rojo' cuenta un singular viaje por una región de la que nadie habla, trae noticias y reflexiones que al lector le van a interesar y nos acerca tanto al pasado como a la vida actual de una región de la que no sabemos casi nada.




Luis Pancorbo
Almuzara, 2016
186 pp.





Tiene Pancorbo una forma de escribir compleja y que lo define. Desordenada, verbal, como si en lugar de escribir estuviera hablando, improvisando su discurso, saltando de un tema a otro, en un continuo ejercicio de asociación de ideas. Pasa de un tiempo a otro, de un tema al siguiente para regresar en un rato al primero. Se entretiene en una película, lo mismo que en especulaciones históricas, que en el fundamento del capitalismo según Pikertty, o en la diosa Kali.

Y este discurso de guerrilla se ajusta al de su viaje que, para empezar, es cualquier cosa menos convencional. ¿A quién se le ocurre ir a Somalilandia, le preguntan, siendo un país que existe de manera poco convencional y que ni siquiera está reconocido por la ONU?  En definitiva a quién se le ocurre ir al Cuerno de África, el lugar menos recomendable de la tierra.

La pregunta, más que pertinente, es, por supuesto, el atractivo que con más fuerza moverá al lector a hacerse con el libro y a empezar a leer. Lo curioso es que a estas alturas exista en el planeta esa especie de agujero negro que no tiene paralelo en ninguna otra región de ningún continente. Un agujero negro a orillas de una vía marítima de importancia extrema que como si se tratara de un lugar maldito a nadie le interesa pisar. Pancorbo lo hace y lo hace por pura afición. Por quitarse la espina de no haber ido. Por no dejar un lugar en el mapa de África en blanco. Y lo hace solo, con una mochila y una cámara de fotos con la que no siempre se sentirá cómodo.

Porque la realidad es que el viaje no va a ser cómodo ni agradecido en muchas de sus etapas. Somalia, o lo que fue la antigua Somalia, no es bocado fácil ni para un viajero avezado. Eritrea, Yibuti y Somalilandia empiezan por tener climas y paisajes de dureza extrema. Y acaban por ser lugares devastados por guerras más o menos recientes y por conflictos que amenazan su supervivencia. Calor, sequedad, frío incluso en regiones altas, donde no quedan más que algunas cabras en un paisaje absolutamente inhóspito, son las constantes que definen a un amplio territorio que ha quedado al margen de lo demás. Y justamente por eso, por tratarse de un lugar al margen, es por lo que el lector le agradece al autor la ocurrencia de haber elegido estos países y el detalle de contarnos su experiencia.

La primera pregunta que se hace el lector es si emprender el viaje no será meterse en la boca del lobo. Y la respuesta es que puede ser que un poco sí lo sea. No es este un viaje confortable. Ni confortable para el cuerpo ni tampoco para el espíritu, a pesar de que Luis Pancorbo exprima su aventura y alcance a extraer de ella algunos momentos que se acercan a la felicidad. Algunas sensaciones en el desierto, paisajes que parecen de fuera de este mundo, las aguas transparentes del Mar Rojo resultan experiencias extraordinarias. Pero la dureza del lugar pesa a veces como una losa que lo envuelve todo. Se diría que es una región de la tierra con poco espacio para el goce. El inmenso calor y la aridez extrema se unen a una vida que ha quedado amortiguada por esa marginalidad que la mantiene del otro lado de las fronteras del mundo, por unas guerras latentes en muchos casos, como contenidas en una especie de tregua, y por una indolencia a la que contribuye tanto el entorno como esa cultura del kat que suspende la actividad a partir del mediodía cuando llega la hora de mascarlo para que discurra la tarde de manera más plácida de lo que sería vivirla a pelo, con todo el calor y sin mucho a lo que dedicarse.

Pancorbo evita Somalia, aunque hable de ella. Su recorrido empieza por Yibuti, sigue por Somalilandia y acaba en Eritrea. ¿Pero no son un poco lo mismo?, se preguntará el lector. Un poco sí porque componen lo que se dio en llamar la Gran Somalia, pero su composición a base de tribus, lenguas, intereses y fidelidades diversas ha acabado por dispersarlas en lugar de unirlas y por hacer de ellas países distintos. La herencia colonial, la presencia de Italia, de Francia, de Inglaterra... contribuyeron también a ello, lo mismo que la de Etiopía, el vecino gigante -en cuanto a extensión y a población se refiere- sin salida al mar y que no llegó a entenderse con tribus de las tierras ribereñas a pesar de compartir con ellas lenguas, parentesco e historia.

De todo ello nos habla Luis Pancorbo en su libro. En su relato se detiene en cada uno de los países y en sus particularidades y sobre todo en Eritrea, quizás el menos conocido por los lectores y sin embargo el más estable y el que más rasgos en común tiene con Europa. Algo quedó de la intensa presencia de Italia que quiso construir en el país una colonia ejemplar y una cabeza de puente para expandirse por África.

Al sur del Mar Rojo es sin duda un libro novedoso. Habla de un singular viaje por una región de la que nadie habla, trae noticias y reflexiones que al lector le van a interesar y se refiere tanto al pasado como a la vida actual de la que sabemos tan poco. Merece pues la pena la lectura de lo que resulta 'una rareza' con la que el lector podrá empezar a llenar un hueco que hasta ahora había en la literatura para su conocimiento del mundo.

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martes, 31 de enero de 2017

Constantinopla, eterno viaje a Ítaca

Constantinopla, eterno viaje a Ítaca

Théophile Gautier y Konstantinos Kavafis
Círculo de Tiza, 2016
475 pp.

Théophile Gautier, Kavafis y una magnífica colección de ilustraciones se alían para hablarle al lector de Constantinopla, en un libro tan apetecible de leer como cuidado y agradable de tener entre las manos


Théophile Gautier y Konstantinos Kavafis
Círculo de Tiza, 2016
475 pp.






Un nuevo dueto sale de las manos de Círculo de Tiza y llega a las librerías. Si antes se reunieron Kipling y Nitobe para hablar de Japón, o Darwin y Melville para hacerlo de las Galápagos, ahora son las voces de Théophile Gautier y Kavafis las que suenan y acompañan al lector a Estambul. O mejor a Constantinopla como reza el título del libro, cediendo a la idea romántica de la poderosa capital de Oriente, siempre misteriosa y desconocida.

Aunque esta vez el libro es menos simétrico en cuanto al contenido que aporta cada autor, sin que ello importe. Es más, enriqueciéndolo, porque al texto masivo de Théophile Gautier le acompaña Kavafis cuya participación en forma de leves pinceladas de poesía se convierte en un sutil aroma y en poderoso ejercicio de solidez en la expresión.

Kavafis es la concisión. Sus poemas son parcos en palabras y precisos. Nada sobra en ellos ni es excesivo. Y poco es el espacio que ocupa en las páginas del libro. Théophile Gautier, a su lado, ejerce de mago de los sentidos. Es el viajero que todos hubiéramos querido ser: culto, atento al detalle, abierto a la belleza, encantado en el encuentro con lo diverso y locuaz.

Lo suyo, lo que recoge esta Constantinopla de la que estamos hablando, fueron crónicas publicadas en periódicos para llevar a los lectores de una sociedad que aún no viajaba a mundos cargados de exotismo ahorrándoles penalidades y ofreciéndoles todos los elementos de disfrute que un espíritu curioso y ansioso por descubrir otros mundos era capaz de desvelar.

Descripciones exhaustivas de los cafés o de las calles y las casas o de los vestidos y del aspecto de las personas se abren paso en los relatos Théophile Gautier. Surgían de su gran capacidad para describir ambientes reparando en los toques sutiles de cada atmósfera o de la particularidad de los sonidos o de la coloración del humo que desprende una pipa. Detalles que permiten descubrir los matices de la cultura y de la vida las gentes de cada lugar y compararlos luego, para destacar el contraste, con los propios del occidente de la época. Un occidente que al lector hoy le parecerá casi tan exótico como le debió parecer oriente a Théophile Gautier cuando escribía sus crónicas.

La ausencia de cualquier señal que signifique prisa está presente en todo lo que Théophile Gautier cuenta y tiñe su relato. De ahí la importancia del detalle, la demora en cualquier tema para detenerse en él y descubrir sus esencias. Las boquillas que se ofrecen a los fumadores en las tiendas del bazar o las tiendas mismas y los comerciantes que las atienden son objeto de una mirada meticulosa que sabe poco de urgencias. La mirada de quien se convierte en un conversador exquisito o en un autor capaz de cautivar a sus lectores con sus finas y bien traídas observaciones.

Pero hay más, porque en este caso, en lugar de dueto, sería más propio hablar de trío para referirnos a las voces que se dirigen al lector. Voces cuya expresión comprende también las ilustraciones, abundantes y afortunadas todas ellas, que han sido cuidadosamente elegidas para dar vida al libro.

Como en otros títulos de la misma colección, en esta ocasión la edición ha sido igualmente meticulosa con los detalles. Ha consistido en un trabajo exquisito y atento a destacar lo mejor de cada una de las páginas del libro. Y ha resultado una labor de la que disfrutará el lector no sólo leyendo sino también teniendo entre las manos un objeto bello con el que entretenerse hojeando las páginas sin prisas y gozando con la mirada tal como hubieran querido, sin duda, sus autores.

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lunes, 16 de enero de 2017

El Mar Negro. Del siglo de Pericles a la actualidad

El Mar Negro. Del siglo de Pericles a la actualidad

Neal Ascherson
Tusquets, 2016
356 pp.

Muchos han sido los protagonistas de la compleja historia vivida a orillas del Mar Negro. Neal Ascherson habla de ellos con detalle en este libro que retiene la atención del lector desde la primera página hasta el final.


Neal Ascherson
Tusquets, 2016
356 pp.





El mar negro es y ha sido a lo largo del tiempo un espacio en permanente agitación. Una agitación atemperada en algunos momentos, viva en muchos otros, en la han tenido parte pueblos, comunidades, razas diversas que  convivieron o que chocaron, que se establecieron y desplazaron en el curso de la historia. Su situación como puente entre Asia y Europa convirtió a este mar y a su contorno no sólo en un espacio de paso sino también en tierra de frontera que disputaron y defendieron imperios y reinos diversos. Y que aprovecharon, con los vientos volubles de la fortuna, los pueblos que se asentaron en sus orillas y en los lugares próximos.

El subtitulo: 'Del siglo de Pericles a la actualidad', da la medida de la ambición del libro y también de su gran interés. Casi tres mil años de historia es mucho aunque se hable de lo que parece un extremo de Europa y que sin embargo ha sido fundamental en el devenir del continente entero. Lo ha sido tanto en el pasado como lo está siendo en el presente. Desde los griegos, los pueblos que del centro de Asia se movieron hacia occidente y penetraron hasta su extremo en la península Ibérica, los romanos, en esa prolongación histórica que fue el imperio bizantino, los otomanos, los rusos, incluso los polacos... todos tuvieron fuerte presencia en el lugar y todos siguen pesando hoy, en un presente que no solamente continúa siendo inestable sino que es un peligroso foco de conflictos. Crimea, el Cáucaso, Ucrania, la misma Turquía, Armenia, Georgia parecen asomadas a un volcán de comportamiento imprevisible.

Este Mar Negro que acaba de publicarse es la afortunada reedición del mismo libro, agotado hace unos pocos años y que reaparece con alguna actualización porque la región no ha dejado de moverse y  acontecimientos como la anexión de Crimea por parte de Rusia han modificado la configuración de los poderes y creado momentos de fortísima tensión hace bien poco.

Neal Ascherson, el autor, es un profundo conocedor de la región, de su historia y también de su realidad presente. Pero no es solo una abrumadora cantidad de información la que aporta al lector sino, y sobre todo, una muestra de fina sensibilidad para la interpretar la historia. Una historia tan compleja como diversos fueron los orígenes de los pueblos que tuvieron presencia en el lugar. Baste pensar en los griegos, de un lado, y en los escitas y los sármatas, de otro, nómadas procedentes de las estepas asiáticas, con los que los primeros comerciaron, convivieron y se mezclaron. "Durante tres mil años, interrumpidos por conflagraciones y oscuridad, los habitantes de estos lugares han llevado cuentas, leído y escrito libros, aplicado medidas urbanísticas aplicando la geometría, discutido asuntos literarios y políticos de alguna lejana metrópoli, se han encarcelado unos a otros, se han repartido terrenos para construir templos de religiones incompatibles, han adelantado el pago de la remesa de esclavos de la temporada siguiente..." nos cuenta el autor.

Esta ha sido la historia del Mar Negro hasta hoy. ¿Los griegos? Lo de los griegos fue hace mucho tiempo aunque Neal Ascherson se detiene en ellos y nos los acerca. Pero también profundiza en los turcos y por supuesto en los rusos que desde Catalina la Grande empujaron las fronteras de Rusia hasta las orillas del mar y dieron comienzo a una era de fricciones con Turquía que terminarían una y otra vez en guerras. Y hasta Putin, pasando por el malhadado Beria y por Stalin, georgianos ambos y responsables del desplazamiento de tártaros y de cosacos que vuelven a asomar ahora la cabeza con el conflicto de Crimea.

La realidad es que el Mar Negro ha sido un crisol donde se han fundido innumerables historias y la labor de Neal Ascherson ha consistido en investigar en su interior, extrayendo los elementos que lo conforman, para desvelar la identidad y el devenir de los numerosos pueblos que vivieron en su entorno. Pero también para llamar la atención sobre lo incierto que resulta hablar de identidades y sobre la fragilidad de los hilos que definen a etnias y a naciones.

"Los que reivindican la 'pureza' del linaje en sentido genético -dice- son mestizos en mayor o menor medida. Incluso los pueblos montañeses aislados, encontrarían en su árbol genealógico (...) una criada griega, un mercachifle judío, un tratante de ganado mingreliano, una viuda de oficial ruso, un leñador armenio, una esclava circasiana, un bandido alano oriental, un refugiado persa, un magistrado árabe."

Todos ellos forman el entramado que sostiene la historia del Mar Negro, todos son sus protagonistas y todos están unidos por lazos más o menos fuertes de familia. Todos han dejado de una u otra manera su huella y juntos nos ayudan a entender algo mejor lo que se mueve en este enclave apasionante donde se encuentran Europa y Asia. Neal Ascherson lo cuenta con detalle en este libro que retiene la atención del lector desde la primera página hasta el final.

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jueves, 5 de enero de 2017

La aventura, justo una idea

La aventura, justo una idea

Edición a cargo de Pilar Rubio
La Línea del Horizonte, 2016
295 pp.

'La aventura, justo una idea' es un libro para la reflexión. Con él, los aficionados a los viajes tendrán la ocasión de moverse entre las bambalinas de este espectáculo emocionante que resulta viajar.



Edición a cargo de Pilar Rubio
La Línea del Horizonte, 2016
295 pp.





La aventura es…  La aventura es muchas cosas y todas ellas relacionadas con la inclinación a avanzar hacia lo desconocido, hacia los espacios donde reina la incertidumbre y por caminos en cuyo extremo se adivina una recompensa que justifica el riesgo.

La aventura es casi como la vida y ha formado parte del espíritu de los viajeros, de aquí que La Línea del Horizonte haya dedicado la atención a entrar más a fondo en el tema y a tratar de desvelar lo que se halla en las raíces de esa inclinación que ha empujado al hombre a atreverse más allá de lo conocido, más allá de la rutina o de lo convencional a lo largo de la historia.

Tantos son los espacios -intelectuales, geográficos, económicos…- por los que puede transcurrir la aventura y tantas las razones y los matices que están tras el motor que empuja a los hombres a emprenderla que no es fácil llegar a una conclusión que resulte de un solo punto de vista. De ahí que el libro que comentamos haya preferido presentarse como un compendio de escritos por parte de autores muy distintos que aportan tantas visiones como ángulos pueden encontrarse para abordar el tema.

Y de ahí también este sugerente ‘justo una idea’ que acompaña al título y que predispone al lector a ampliar sus horizontes para entender que el desafío que acompaña a la aventura tiene componentes diversas que modulan su naturaleza y la hacen distinta en cada caso. El aventurero, el profesional que saca un provecho económico de su empresa, no es lo mismo que quien se aventura con el ánimo de explorar lo desconocido o de descubrir sus propios límites. Lo que espera cada uno es distinto y lo que le empuja también.

Los filósofos se ocuparon de la aventura, lo mismo que los novelistas, antropólogos y sociólogos y que los viajeros que escribieron sobre sus propias experiencias. Por ello, el libro que nos ocupa ha reunido a unos cuantos de los autores más significativos interesados en el tema, eligiendo también una variedad de puntos de vista y de sensibilidades que ayudan al lector a contemplar un universo lo más amplio posible.

Los textos de Simmel y Vladimir Jankélévitch, entre los filósofos, comparten espacio con un escrito breve de Conrad, con las reflexiones de Carlos Muñoz, Fernando Savater o Rafael Argullol, por hablar de autores más próximos, y con las aportaciones de escritores más cercanos a la literatura de viajes actual como Javier Reverte, Patricia Almarcegui, Javier Cacho, Juan Pimentel….

La aventura, justo una idea es un mosaico de textos para la reflexión. Para entrar en el meollo de esa disposición que ha acompañado al género humano desde sus orígenes y que ha sido fundamental para alimentar el interés por viajar y por vivir, a través de la literatura, los complejos sentimientos de quienes cedieron al impulso de lanzarse a lo desconocido. Los aficionados a los viajes tienen en La aventura, justo una idea la ocasión de moverse entre las bambalinas de ese espectáculo que resulta viajar (o si se quiere vivir) para comprender un poco mejor aquello que lo mueve. Y tendrán la ocasión de ponerse en la piel de sus autores favoritos cuando, con un libro en las manos, viajen con ellos a través de sus relatos.

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martes, 29 de noviembre de 2016

Crónicas de Islandia, el mejor país del mundo

Crónicas de Islandia, el mejor país del mundo

John Carlin
La Línea del Horizonte, 2016
134 pp.

En 'Crónicas de Islandia' John Carlin ofrece al lector una visión sobre el país tan imprescindible como entretenida y amena.



John Carlin
La Línea del Horizonte, 2016
134 pp.





Islandia es un país excepcional. Se encuentra en el límite de los territorios habitables porque su clima extremo hace difícil la supervivencia en un ambiente frío y oscuro la mayor parte del año. Y por si ello fuera poco, su geología de carácter volcánico ha dado origen a un suelo cubierto de lava, allí donde el hielo y la nieve no se han instalado, que impide prácticamente todo cultivo además de hacer sumamente difícil la cría de ganado.

Los volcanes exterminaron con sus gases en varias ocasiones a buena parte de la población animal y humana. Estimularon la imaginación de Julio Verne, que situó en la isla el punto de entrada a su Viaje al centro de la tierra. Y crearon unos paisajes absolutamente extraordinarios que no paran de producir sorpresa en todos aquellos que viajan al país.

En Islandia los paisajes son tan llamativos que ocupan la atención entera de quienes la visitan. Pero conocer un país va mucho más allá de quedarse extasiado por lo que hay en su superficie, por una naturaleza que muchas veces se diría extraterrestre. Es también conocer a su gente y su modo de vida. Su pasado y sobre todo su presente.

Ocurre en Islandia que con sólo trescientos mil habitantes, concentrados casi todos ellos alrededor de su capital Rejkiavik, da muchas veces la impresión de ser un país deshabitado. Y el paso por Rejkiavik resulta el encuentro con una ciudad tranquila, de personas amables, con un dominio del inglés perfecto, que solo deja una huella pasajera en el visitante y una cierta sensación de envidia por la placidez que reina en todos sus rincones.

John Carlin ha ido más allá en estas Crónicas de Islandia y en lugar de hablarnos de paisajes decide hacerlo de personas, para bucear en lo que descubre que es una sociedad única, extrañamente feliz y próspera, segura de sí misma, culta, vital y creativa.

Carlin acude a Islandia lleno de curiosidad y con la mirada del periodista que quiere desentrañar el secreto de un pequeño grupo humano miserable hasta el extremo hasta bien entrado el s. XX y que ha conseguido unos niveles de desarrollo que la sitúan en los primeros lugares del mundo sea cual sea el índice desde la que se observe.

Encuentra en el país gente de espíritu extraordinariamente joven, con independencia de su edad. Gente sumamente comunicativa y abierta con quienes hablar. Y gente, sobre todo, satisfecha de ella misma y de su país. Quizás su primera sorpresa sea la disposición de todo el mundo a hablar con él, sea el político de mayor rango que lo recibe de manera cordial y sin afectación alguna, sea un escritor o cualquier otro personaje. Uno a uno, sus entrevistados desvelan unos rasgos de carácter que parecen compartir y que ayudan a dibujar una sociedad llamativamente viva.

"Vivimos -dice una de las personas con quienes se encuentra- desde hace mil cien años en una naturaleza extrema y exigente, aunque asombrosamente bella. Para sobrevivir tuvimos que luchar contra el frío y la oscuridad en una tierra en la que la agricultura se reduce a criar ovejas y alguna que otra vaca. Y sobrevivimos la mayor parte de estos mil cien años, aunque fuimos espantosamente pobres hasta hace cuarenta. Cuando yo era niño no veíamos la fruta. Siempre me quedaba con hambre salvo en Navidad. Siempre nos hemos considerado duros y curtidos, pero pese a ello hemos creado una cultura peculiar basada en el amor a la literatura. Eso es un islandés"

Muchos rasgos del carácter y las costumbres que apuntalan la sociedad islandesa parecen proceder de los vikingos. Con seguridad, lo más importante, según cuenta Carlin, ha sido la extraordinaria importancia que han tenido en todos los aspectos de la vida, doméstica y pública, las mujeres. Una sociedad mucho más equilibrada, más femenina, más rica en matices y en sensibilidad ha permitido llegar a lugares a donde una cultura masculina no hubiera alcanzado jamás. Y ha sido fundamental para sacar al país de la crisis.

El 'nuevo' libro de Carlin es en realidad un compendio de artículos que escribió para el diario El País y que se publicaron a partir de 2006. Los primeros hablan de una Islandia exultante y exitosa cualquiera que fuera el ángulo por el que se la viera. Una Islandia segura de sí misma e inconsciente de sus debilidades. Los últimos hablan de una crisis que rompió el espejo de la prosperidad sin límites y enfrentó al país y a sus pocos habitantes a una inesperada derrota. Quizás aquí es donde el papel de las mujeres resultó más decisivo y el carácter islandés probó de nuevo su capacidad para afrontar la adversidad.

En medio del inmenso trauma de una bancarrota, las mujeres ocuparon algunos de los lugares clave que hasta el momento habían ocupado los hombres, orientaron el país en una dirección más sensata, más sostenible, alejada de una ambición desmedida y absurda y mantuvieron el mismo espíritu coherente, confiado en los resultados del trabajo y emprendedor que había sostenido el país desde hacía siglos.

Carlin desvela con la frescura habitual que encontramos en todos sus escritos las interioridades de una sociedad tan particular como ejemplar. Una sociedad moderna, abierta y cordial que ha velado por la cultura y ha logrado la felicidad de sus miembros como ninguna otra. Conocer Islandia más allá de su asombrosa naturaleza es entrar en los hogares, en los lugares de trabajo y los despachos y conversar con su gente. El libro de John Carlin da ocasión de hacerlo y ofrece al lector una visión tan imprescindible sobre el país como entretenida y amena.

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lunes, 14 de noviembre de 2016

Viaje al Ártico y cuatro relatos del norte

Viaje al Ártico y cuatro relatos del norte

Arthur Conan Doyle
Confluencias, 2016
260 pp.

Un jovencísimo Conan Doyle embarca como cirujano en un ballenero. Está lejos de terminar la carrera de medicina y lo que más lo atrae es la aventura. En 'Viaje al 'Ártico' nos la cuenta



Arthur Conan Doyle
Confluencias, 2016
260 pp.





Si hubiera un club de personajes polifacéticos Conan Doyle pertenecería a él por méritos más que sobrados.
El creador de Sherlock Holmes y del doctor Watson fue muchas cosas más que eso, aunque ambos personajes fueron quienes le dieron la fama que ha mantenido hasta hoy. Es más, para el célebre escritor sus novelas de detectives fueron casi un accidente del que obtuvo más reconocimiento que satisfacción.

Al mismo tiempo que se iniciaba en la literatura como aprendiz, Conan Doyle cursaba estudios de medicina y tenía la mente menos puesta en los estudios que en la posibilidad de emprender una aventura que diera más emoción a su vida. Y la oportunidad apareció cuando, sin haberse licenciado aún, con sólo veinte años, le ofrecieron embarcarse como cirujano en un barco ballenero que faenaba en el Ártico. Estamos a finales del siglo xix y al comienzo de una carrera llena de éxitos y reconocimiento.

Pero aquí, en el libro al que nos referimos, el que cuenta su aventura es todavía un chaval, consciente de su bisoñez y encantado de haberse 'colado' en un entorno duro, en medio de un clima extremo y envuelto en una labor tan áspera como peligrosa.

Porque nuestro hombre, además de médico, se presta a actuar de arponero como el resto de la tripulación y a mezclarse en una actividad salvaje de persecución y de muerte sin tregua de focas, morsas y ballenas.

El joven Conan Doyle escribe un diario. Escribe para él y para su recuerdo. Un diario que da cuerpo este volumen que ahora publica Confluencias, en una edición que recupera el gusto por el libro objeto, de diseño esmerado y animado por los dibujos con que el propio autor ilustró su escrito.

Hablamos de dibujos que dan frescura al texto pero que reflejan también su tono. Un tono informal y con un punto ingenuo de quien sabe que a pesar de su puesto de cirujano y de su  relación cordial con el capitán, es más un grumete en una expedición compuesta por rudos marineros, que un igual en lo que a méritos y experiencia se refiere. Más tarde un Conan Doyle más maduro se alegraría de no haber tenido que atender ningún accidente grave, de los muchos que amenazaban la caza de las ballenas, con unos conocimientos médicos tan precarios como los que tenía cuando embarcó.

La exploración del Ártico la hicieron unas pocas expediciones de unos contados países europeos. Pero quienes se adentraron en el mar y mejor lo conocieron fueron los balleneros que persiguiendo a sus presas se adentraron hacia el norte entre témpanos de hielo, por los resquicios que dejaba abiertos la banquisa y tratando de avanzar más y más para llenar sus bodegas de aceite, carne y pieles de los animales que cazaban. La caza, sanguinaria y peligrosa era al mismo tiempo excitante y agotadora. La persecución de una enorme ballena echando botes al agua para acercarse a ella y arponearla, en un clima helador, administrando el riesgo y con la adrenalina a flor de piel era la cruz de una moneda cuya cara consistía en largos días de inactividad en un mar poco amigo, catalejo en mano a la espera de alguna señal que anunciara la presencia de un cetáceo.

Conan Doyle describe este ambiente, con poco que contar muchos días y con muchas observaciones y detalles sobre la pesca cuando había zafarrancho de combate y la tripulación entera salía en persecución de la pieza a la que se había puesto el ojo. Pero siempre con indicaciones sobre cómo era la vida en los balleneros, en los puertos donde la industria de la pesca de las ballenas era o había sido una actividad relevante y sobre la industria ballenera que estaba decayendo y en la que quedaban solamente escoceses y noruegos  cuando en los buenos tiempos, pocos años atrás, navegaban también por las aguas del Ártico holandeses, daneses, franceses y vascos.

Cierran el libro cuatro relatos más de Conan Doyle que recogen sus experiencias de ese viaje juvenil al Ártico que dio lugar a artículos en periódicos y conferencias de gran éxito y reconocimiento para el autor. Tres de estos artículos forman parte de estos relatos donde la narración deja de tener la forma de un diario y se vuelve màs explicativa. Y un corto episodio de la serie de Sherlok Holmes compone el cuarto, basado en un misterioso asesinato en el que se ve envuelto el capitán de un barco ballenero.

Mucho ha cambiado el asunto de las ballenas desde el momento en que Conan Doyle hizo su iniciático viaje y mucho también se ha avanzado en el conocimiento de un Ártico que se derrite y ha abierto vías navegables en un hielo que había permanecido intacto durante siglos y siglos. Pero por eso mismo se lee con interés lo que cuenta un testigo tan singular como nuestro autor al descubrirnos lo que fue un modo de vida y cómo era un territorio en los límites de lo conocido, a través de un viaje envuelto en penalidades, en una opaca incertidumbre y en un espeso misterio.

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