viernes, 25 de julio de 2014

La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia

La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia

Eric D. Weitz
Turner, 2009
472 pp.

'La Alemania de Weimar' nos habla del pasado y también del presente. Nos recuerda una Alemania llena de vitalidad pero arruinada, con una sociedad hambrienta y sin esperanza, preparando el camino a la segunda guerra mundial.



Eric D. Weitz
Turner, 2009
472 pp.





Alemania es para el mundo el templo de la razón. País ordenado, riguroso, ponderado, es el espejo de lo que debe ser. La cosa viene de lejos y se extiende hasta hoy. Alemania viene trabajando a favor del esfuerzo, del trabajo bien hecho y de lo que manda la cabeza desde que tiene memoria como país e incluso antes. Bach, Kant, Einstein son las puntas de un iceberg que ha colocado hoy a Alemania en primera línea de Europa. Que la ha convertido en un ejemplo a seguir.

Y guiados por esta estela Angela Merkel gobierna con talento y firmeza como gobiernan los hombres de negro que interpretan los dictados de Alemania y los cuentan una y otra vez a países como Grecia que al calor del Mediterráneo no aprendieron todavía las exigencias del pensamiento ordenado, pegado a la realidad y riguroso.

A los ojos de esta Alemania, que aparece como el cimiento de Europa, Aristóteles ni existió o nunca fue griego. Los fundamentos enteros de nuestra cultura, basados en la razón y arraigados en Grecia, se borraron de la memoria. Como se borraron los camiones cargados de soldados que Alemania mandó para invadir Grecia y el resto de Europa en nombre de una raza superior y de la cultura.

Por eso y porque, en su centenario, recordamos el inicio de la primera guerra mundial en el que también intervino como primer actor Alemania, hay motivos para que nos preguntemos cómo es en realidad este país, poderoso, ejemplar y peligroso al mismo tiempo. Y para que le dediquemos un tiempo a esta Alemania de Weimar que nos describe uno de los mejores historiadores norteamericanos sobre la Europa de entreguerras.

¿De dónde viene Alemania, sin necesidad de remontarnos a los orígenes? ¿Cuál ha sido su caldo de cultivo desde muy a finales del siglo XIX y sobre todo a principios del XX? ¿Cómo se explica el viraje que conduce al predominio de la derecha más violenta y termina en la segunda guerra mundial?

La Alemania de Weimar lleva la mirada, sobre todo, al final de la primera guerra, cuando Alemania se libera del viejo estado prusiano y con la nueva república abre un período apasionante de efervescencia cultural y de pasión vital que coloca a Berlín en lo más avanzado de Europa.

Justamente, uno de los atractivos del libro es que no sólo presta atención a la historia, tal como normalmente se entiende, sino también a la vida cotidiana, a ese Berlín, por ejemplo, lanzado al desenfreno, donde florece el cabaret y asoman las demandas de los homosexuales, donde los anuncios luminosos incitan sin tregua al consumo, donde la electricidad y el agua han llegado a las viviendas e incluso los obreros ilustrados y muchos de los funcionarios ven al alcance de su mano algo parecido a la felicidad.

La Alemania de la República de Weimar es la Alemania del progreso y la locura pero es también una Alemania lastrada por problemas que se mostraron irresolubles. Con la desaparición del imperio prusiano y la llegada de la república las mujeres alcanzan el voto y se desarrollan medidas que anticipan lo que será la seguridad social, pero no es verdad que haya muerto el estado prusiano. Con el enorme peso a cuestas del Tratado de Versalles que hace pagar a la Alemania derrotada los costes de haber iniciado la guerra invadiendo a los países vecinos, el gobierno socialista debe recurrir a los antiguos funcionarios y debe ponerse en manos de los mismos oficiales del ejército que provocaron la gran catástrofe. Debe contener a la izquierda revolucionaria que se mira en el espejo de Moscú y debe contener también a una derecha para quien la democracia es la imposición de los países vencedores y la derrota de la dignidad nacional.

Una Alemania llena de contradicciones se abre a los ojos del lector. Una Alemania que ha descubierto la libertad de opinión, el consumo en masa y ha cambiado sus costumbres pero que al mismo tiempo está arruinada, con la industria en crisis, una inflación estratosférica y con una sociedad hambrienta y sin esperanza. La Alemania de Weimar plantea un escenario que hoy no parece tan ajeno a la realidad como podía haber parecido hace unos años. Plantea una situación endiablada que termina por despertar todos los demonios que condujeron a la segunda guerra mundial. Pero muestra, sobre todo, la evolución de un país que viene de una situación de progreso extraordinario a finales del siglo XIX, junto a una Europa en plena efervescencia, regida todavía por imperios decadentes, y con una sociedad cada vez más fragmentada por las consecuencias de la primera guerra mundial. Una Europa que debe afrontar un futuro que se le escapa de las manos.

La Alemania de Weimar fue el preludio de la Alemania opulenta que conocemos hoy. Con sus claros y sus oscuros, con la mirada puesta en la vida de la calle y en las familias, además de ponerla en la política y la economía, el relato que nos ofrece Eric D. Weitz muestra cómo la historia se abre camino y ayuda a comprender también el presente. Quien tenga curiosidad por entender la Alemania de hoy encontrará en La Alemania de Weimar un excelente aliado.

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jueves, 17 de julio de 2014

El valle del asombro

El valle del asombro

Amy Tan
Planeta, 2014
688 pp.

En 'El valle del Asombro' aventura, sorpresa, misterio, sufrimientos del alma, desencantos y afectos se entrelazan frente al telón de fondo de una China que se revuelve y que nunca volverá a ser la de antes.



Amy Tan
Planeta, 2014
688 pp.






Amy Tan regresa a las mesas de novedades de las librerías con una novela que nos devuelve a China y al mundo de relaciones familiares donde tan cómoda se siente.

El escenario es ahora, y para empezar, Shanghai y dentro de Shanghai una casa de cortesanas. Y la época es principios del pasado siglo, cuando la ciudad estaba dividida entre la ciudad china y la de la Concesión Internacional administrada por las potencias extranjeras. Buen comienzo, provisto de todo el potencial para desarrollar una buena trama y mantener al lector atento a lo que ocurre y a lo que va a ocurrir.

Porque Amy Tan no se corta y, aunque en tono mucho más suave, se atreve con esos golpes de efecto que han puesto de moda las series de televisión para dar un giro a la narración y aumentar los grados de tensión cuanto hace falta crear sorpresa en el lector.

La novela discurre desde la mirada de una niña cuya madre, norteamericana, es la propietaria de la casa de amoríos más lujosa de Shanghai. Un Shanghai que en poco tiempo asiste a la caída del emperador y al aumento de la tensión entre los extranjeros, poco amigos de los chinos, y los chinos, resentidos frente a los extranjeros. Pero cualquier cosa puede ocurrir en tiempos revueltos y la más inesperada es la ruptura entre madre e hija.

Para animar la novela, la hija, que deja de ser niña, se convierte a su vez en cortesana, vive el secuestro de su hija, acaba por suplantar la personalidad de una mujer norteamericana a la que no conoce… Y me detengo ahí. No desvelo nada que no se cuente en las reseñas sobre el libro y pudiera restarle emoción o misterio al relato. Sólo añado que la trama sigue todavía a través de un largo recorrido.

¿Qué aprendemos de China? Nada o muy poco de lo que tenga que ver con la China de hoy. Pero la novela permite conocer, a partir de la particular experiencia de los personajes, un mundo insólito del que nos distancia solamente cien años. Y de ese mundo el más sorprendente es el de las cortesanas.

Si Japón tiene a la gheisas, China encuentra un equivalente en las cortesanas. Nadie se refiere a ellas asociándolas a la prostitución. Al contrario, las más refinadas son un prodigio de sensibilidad, se han preparado para agradar con el canto y con la poesía, con gestos y entonaciones repetidas una y mil veces hasta alcanzar la perfección. Conocen el arte de la conversación. Aprendieron a moverse y a comportarse con exquisitez. Y pueden aspirar a convertirse en mujeres de hombres ricos, en un país donde varias mujeres y alguna concubina son moneda corriente entre los hombres más acaudalados.

Un pequeño ‘tratado’ sobre esta institución que forma el mundo de las cortesanas compone un apartado que aparece como un libro dentro de otro libro. Amy Tan ha buceado en el tema y en su novela saca a luz las normas, las interioridades y la imagen exterior que envuelve a este oficio que se pierde con la llegada del progreso y que se basa en el sutil ejercicio de las artes de la seducción.

Aventura, sorpresa, misterio, sufrimientos del alma, desencantos y afectos se entrelazan frente al telón de fondo de una China que se revuelve y que nunca volverá a ser la de antes. Una China llena de miserias y crueldades que conviven con una refinada cultura, al borde todas ellas del precipicio de una revolución. Amy Tan es una maestra en el manejo de emociones y de intrigas. Y vuelve a serlo aquí, con El valle del asombro, para deleite de sus lectores.

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viernes, 4 de julio de 2014

En Lower River

Lower River

Paul Theroux
Alfaguara, 2014
372 pp.

Paul Theroux construye sobre África una novela que se va haciendo más y más absorbente a medida que avanza, y que engancha al lector que espera conocer el desenlace final en medio de una atmósfera que se ha hecho desesperanzadamente opresiva.



Paul Theroux
Alfaguara, 2014
372 pp.





“Las mujeres tenían prohibido silbar, beber cerveza, comer huevos o poseer canoa…”

Dentro de este género, bastante amplio por cierto, de la literatura de viajes podríamos hablar del subgénero de viajes de ida y vuelta. Un subgénero que se alimentaría de las narraciones reales o de ficción de aquellos que regresan al lugar donde un día echaron raíces ellos o sus familias. Lugares que dejaron su huella y que impulsan al cabo del tiempo a regresar. Lugares convertidos en mitos y que reservan a quienes vuelven a ellos sorpresas imprevistas porque en muchas ocasiones ya no son lo que se guardaba en la memoria.

En esta línea, Paul Theroux construye una novela que se va haciendo más y más absorbente a medida que avanza, y que engancha al lector que espera conocer el desenlace final en medio de una atmósfera que se ha hecho desesperanzadamente opresiva.

De nuevo es África la que centra el relato, aunque Malaui sea el país concreto donde se desenvuelve la trama. Porque, más que Malaui, Theroux elige un rincón del país, aislado, casi inaccesible donde lo que ocurre está fuera de los espacios a los que llega la civilización y por ello mismo es una especie de agujero negro en el corazón del continente.

Aunque la novela de Theroux se podría calificar de aventuras, la realidad es que es mucho más que eso. Es una visión sobre África entera. Una visión, de nuevo pesimista, como si quisiera contradecir a aquellos que apuestan por una mirada esperanzada. Theroux, aquí, regresa al tono agobiante de El corazón de las tinieblas, a ese mundo oscuro del que habla también Salman Rushdie cuando se refiere a las más profundas creeencias africanas y que muestra que, por debajo de una sociedad que también puede ser moderna, sigue viva un África ancestral llena de inspiraciones mágicas, de fuerzas ocultas, de traiciones y de maldad en la que viven envueltos quienes siguen presos de las viejas culturas, de los miedos y de la obediencia a quienes se han hecho con el poder.

Theroux conduce su narración a este mundo sórdido del África oscura, de un continente que, reconoce, podía no haber acabado así pero que sigue preso de sus viejos demonios. El protagonista de la historia en realidad regresa a Lower River porque ese mismo lugar, aislado y fuera del mundo, en vez de resultar un infierno lo tenía todo para haber sido un paraíso. Y en realidad lo fue. Lo fue, como fue África un lugar de esperanza y de infinitas oportunidades cuando se abrió la puerta a la independencia de tantos países que vieron el camino abierto para prosperar.

La novela de Paul Theroux tiene en este punto su verdadero origen. Su protagonista, un norteamericano jubilado, un antiguo voluntario de los Cuerpos de Paz en Malaui, quiere volver a la misma aldea donde de joven fue feliz y donde contribuyó al progreso de sus gentes. Una aldea perdida, tranquila, acogedora donde sintió haber hecho una labor eficaz en medio de una población agradecida.

Nuestro hombre vuelve cargado de ilusión, pero lo que encuentra ya no tiene nada que ver con aquello que dejó años atrás. ¿Qué ha ocurrido? Seguramente no han ocurrido más que cincuenta años de desencanto y de deterioro de la región entera y de sus habitantes. Y, en el modo de desgranar este deterioro, Theroux entra en el meollo de la mentalidad africana y muestra la distinta percepción que quienes viven en la miseria, por un lado, y los ricos occidentales, por otro, tienen de los mismos hechos. Pone de relieve la manera radicalmente opuesta de juzgar y la distinta moral que sostiene el comportamiento y las justificaciones de europeos o americanos y de los africanos en sus relaciones.

Por supuesto, Theroux no pretende pontificar sobre la moralidad de todo un continente. Ni lo pretende, ni induce al lector a la generalización. Pero lo que sí muestra es cómo el abandono de comunidades enteras, alejadas de cualquier posibilidad de progreso, la muerte de muchos de sus habitantes como consecuencia de horribles enfermedades y las hambrunas que han nacido de los campos agostados por las malas cosechas han acabado por arruinar también la convivencia y han creado un mundo perverso al que no se ven salidas.

Como en el África de la que hablaba Conrad, la opresión y la oscuridad se apodera del presente y llama la atención del lector sobre estos puntos negros donde se mezcla lo peor de lo antiguo y de lo nuevo, donde no hay más ley que la opresión. Puntos que se esconden en una geografía donde todavía hay sitio para la magia, los poderes ocultos y la manipulación de los más fuertes. En Lower River es una excelente novela. Representa una visión más a añadir a tantas otras como se proyectan sobre la realidad africana. Y a pesar de situarse en el territorio de la ficción es una valiosa pieza para componer uno de esos puzzles llenos de matices que el lector construye para entender mundos que no son el suyo.

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martes, 24 de junio de 2014

La sombra de la Ruta de la Seda

La sombra de la Ruta de la Seda

Colin Thubron
Península, 2014
429 pp.

En 'La Sombra de la Ruta de la Seda' Thubron habla de China, Pakistán, Irán, Turquía... Creo que el libro no va a defraudar a nadie y que quien lo empiece terminará sus más de cuatrocientas páginas sin darse cuenta...


Colin Thubron
Península, 2014
429 pp.





Voy a empezar diciendo una obviedad y es que Thubron es uno de los grandes de la literatura de viajes y afirmando también que en esta Sombra de la Ruta de la Seda lo confirma con creces al ofrecer al lector un interesantísimo relato sobre el presente y el pasado de una parte del mundo que cobró y que cobra todavía un protagonismo singular.

Hablamos de China, Pakistán, Irán, Turquía... Creo que el libro no va a defraudar a nadie y que quien lo empiece terminará sus más de cuatrocientas páginas sin darse cuenta, llevado de la mano de un viajero con una cultura extensa, con una curiosidad enorme y una sensibilidad llamativamente fina a la hora de atravesar desiertos, de enfrentarse a dificultades o de relacionarse con personas extraordinariamente diferentes y todas ellas interesantes porque el autor sabe extraer de ellas conocimientos y sentimientos profundos que se hubieran perdido sin esa, al mismo tiempo, aguda y sosegada mirada que hace de Thubron un viajero excepcional.

Nada como el título del libro ‘La sombra de la Ruta de la Seda’ podía describir mejor el propósito de Thubron de proponer el diálogo entre el presente y el pasado a lo largo de este corredor histórico que sigue siendo, lo mismo que hace siglos, un importante foco de atención, un área en ebullición donde convergen pueblos y culturas muy diversas y por donde transitan una corriente de relaciones y de intereses que le dan hoy una renovada vitalidad.

Insisto en que, a pesar de las evocaciones míticas del título, el libro es actual, o casi actual. Se publicó en inglés en 2006, de modo que habla de un escenario que desde esta fecha hasta hoy ha variado poco, que se ha mantenido intacto hasta el presente.

Seguramente, por el hecho de ser occidentales, los autores que se han referido a la Ruta de la Seda han contado su periplo, del mismo modo que lo recorrió Marco Polo, viajando de occidente a oriente. Pero la Ruta de la Seda que nos cuenta Thubron discurre en sentido contrario. Y ese discurrir es significativo en sí mismo, porque pone el énfasis en una dirección que hoy quiere recuperar a la que fue históricamente y que reconoce la primacía de oriente en un flujo de intercambios, sorprendente para todos, basado en la fabulosa contribución de China difundiendo hacia occidente su sofisticada riqueza y su exquisita cultura.

Thubron empieza su relato en Xian, en esa capital que para tantos es el final de la famosa ruta y que le sirve para introducirnos en la China de hoy. Bloques de cemento, modernidades sin cuento, energía a raudales, cambio y más cambio. “El futuro apenas puede esperar. La ciudad entera está en obras. De cada dos solares, uno exhibe una gigantesca imagen informática de lo que allí se construirá...” nos dice.

Esa China volcada en si misma, rodeada de una muralla que Thubron se pregunta si fue hecha para prevenir el asalto de los extranjeros o para poner puertas al deseo de los propios chinos de salir al exterior, se ha dislocado. En lugar de una población acomodada a sus tradiciones y a su forma de vida, los jóvenes de las ciudades como Xian ahora sienten la angustiosa necesidad de prosperar. Una angustia inimaginable hace solamente una generación porque la ambición de subir cada vez más alto les obliga a buscarse la vida como sea. Pone en suspenso la vieja moral, el respeto a los consejos de los padres y justifica cualquier cosa con tal de que conduzca al éxito.

Pero este viaje pegado a la tierra que emprende Thubron le lleva –y lleva al lector- primero a reencontrarse con las huellas del pasado y segundo a descubrir otros ‘presentes’ que sin desmentir nada de lo que representa Xian muestran también que el mundo es mucho más complejo y tiene fracturas que disuelven su uniformidad.

El pasado aparece por todas partes como no podía ser de otro modo en un área del mundo tan cargada de historia. Y aparece desde una óptica que en lugar de presentarlo como distante nos lo acerca ofreciéndonoslo como lo que es: un pasado nuestro y no ajeno, como pudiera parecer dada la distancia geográfica que nos separa de él. La descripción casi poética de los famosos guerreros de terracota hace sentir humana la tarea inhumana y cruel de construir un imperio y tiende hasta nosotros, los europeos, un hilo que nos hace también herederos de la sabiduría china y de los grandes inventos que sin darnos cuenta cambiaron nuestra historia.

Y el presente se hace, a medida que avanza la lectura, cada vez más rico porque salir de la ciudad y avanzar hacia occidente cambia poco a poco los decorados y los personajes y abre al lector mundos diferentes y tan reales como el de Xian. Seguramente, parte del atractivo de cuanto escribe Thubron se debe a que habla mandarín y puede relacionarse con personas que hubieran resultado opacas de no haber habido modo de comunicarse con ellas. Cada encuentro es un nuevo matiz, es una capa añadida a esa cebolla que recubre con el tiempo a lugares y a gentes y se convierte en eso tan complejo que para entendernos llamamos cultura.

He hablado de lenguaje poético para esa capacidad de conmover que tiene Thubron. Dejémoslo en un lenguaje evocador que es el que requiere la historia profunda para hacerse inteligible, que es lo mismo que decir para hacerse humana y para hacer sentir al lector que se está hablando de algo que le concierne, que no ha perdido continuidad desde el pasado hasta hoy, que es la raíz cuya sabia alimenta sin que nos demos cuenta el presente.

La Ruta de la Seda no representa toda la historia  de la humanidad, pero sí, constituye una parte importante de ella. “Desde  China se difundieron hacia el oeste la naranja y el albaricoque, la mora, el melocotón y el ruibarbo junto con las primeras rosas, camelias, peonías, azaleas y crisantemos. Desde Persia y Asia Central, viajando en sentido contrario, la vid, y la higuera echaron sus raíces en China, junto con el lino, las granadas, los dátiles....”

De esta larga ruta, que termina en el Mediterráneo nos habla Thubron en un constante diálogo que se refiere al pasado y al presente. Se trata de un viaje apasionante que La sombra de la Ruta de la Seda pone en nuestras manos. Lo mejor será emprender el camino y participar en él. Seguro que la experiencia resultará apasionante.

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miércoles, 11 de junio de 2014

Viaje al Tíbet

Viaje al Tíbet

Robert Byron
Abada editores, 2013
287 pp.

"Viaje al Tíbet", además de un viaje al corazón de Asia, es también el viaje a una época de viajeros heroicos y románticos que terminó hace tiempo. Es sin duda un libro para pasar un buen rato.




Robert Byron
Abada editores, 2013
287 pp.





Apetece de vez en cuando regresar a la literatura de viajes clásica, que viene a ser lo mismo que decir inglesa, con ese aroma de un poco antigua y con un escribir irónico de quien desde lo alto relativiza las cosas y sabe echar gotas de humor incluso a las penurias.

Nos ocupamos de Byron de nuevo, de quien se siguen reeditando textos a cargo de editores cuidadosos, amantes de su oficio y de los libros. Éste del que hablamos ahora vuelve a ser un libro cuidado, de formato pequeño y letra, para quienes nos gustan ya los tipos grandes, también pequeña. Como pensada para lectores jóvenes.

Aclaro que no me refería a lord Byron, que se fue a Grecia con la curiosidad de fisgonear en el mundo otomano y de echar una mano en la lucha por la independencia de los griegos. El Robert Byron, del que hablamos ahora, procede de una familia modesta, aunque su paso por Eaton y por Oxford le ha enseñado qué es eso de vivir como un aristócrata y nos cuenta que entre viajar a lo rico, que no puede, o a lo pobre, que no quiere, lo suyo es buscarse la vida para que las cosas se pongan a favor de viajar a lo rico.

Y es con ese argumento tan impecable como organiza el viaje que lo llevará a la India, a Sikkim y al Tíbet, en una época en que los europeos que habían pisado estos lugares no eran más que cuatro gatos. Byron es todavía jovencísimo pero no ha parado de moverse a la sombra de sus amigos potentados, aunque también por méritos propios porque se ha convertido en un narrador perspicaz y ha sabido sacar de sus viajes conocimientos y relatos con los que ha sabido mantenerse. Mantenerse bien, porque como creo que ha quedado claro, lo suyo no es la bohemia.

El viaje al Tíbet que ahora se edita, no es en realidad un libro. Es el compendio de algunos artículos que Byron escribió en ese viaje para el Daily Express en cumplimiento del acuerdo con el editor por el que éste se comprometía a patrocinarlo generosamente a cambio de que nuestro hombre escribiera sobre su singular periplo. El editor, por supuesto era un lord, encantado de seguirle la corriente a un joven atrevido y educado en las mejores escuelas.

El viaje hasta la India interesará ya al lector, porque los preparativos y la forma de viajar son de otra época y contienen dosis importantes de exotismo. No hace falta llegar al Tíbet para gozar de lo extraordinario, porque Byron se apunta a los primerísimos vuelos que desde Inglaterra van a la India. Tan primerísimos que, cuando nuestro hombre hace el viaje, la Imperial Airways lleva solamente una semana operando la línea y el recorrido obliga a aterrizar y a amerizar cada dos por tres. Se trata del primer servicio de correo aéreo, que emplea una semana en hacer su recorrido, y que debe detenerse en bases tan precarias como perdidas en la geografía para repostar e ir cubriendo las numerosas etapas que necesitan los aviones de la época.

Por supuesto, la descripción del vuelo -de los muchos vuelos, en realidad- está llena de interés, porque la altura y la velocidad de su aeroplano son tan escasas que se distinguen desde el aire las huellas de los camellos que andan por la arena del desierto. Tanto como un viaje en avión parece que lo que Byron cuenta es un viaje en globo a baja altura.

El plato fuerte del viaje es, sin embargo, Oriente, ese mundo casi de fantasía que se pierde en las faldas del Himalaya y en los valles de clima inhóspito que se adentran en la cordillera para dar cabida a estos reinos, prohibidos del todo o medio prohibidos, que son Sikkim y Tíbet. El viaje de Byron y los amigos que lo acompañan es una auténtica expedición y si las cartas de recomendación que le permiten acceder a gobernadores, altos oficiales del ejército y funcionarios importantes allanan la obtención de permisos y de contactos, de  poco sirven para enfrentarse al frío y a la extrema dureza del camino.

Distancias enormes, llanuras de piedra entre montañas coronadas por glaciares, decenas de kilómetros a caballo por caminos remotos, colores sorprendentes envolviendo el paisaje, pequeños pueblos en el camino, otros viajeros y un sentimiento indefinido de haber hecho realidad lo que para el resto de los humanos es sólo una mancha de color en el mapa van dibujando una experiencia extraordinaria para la época, pero sobre todo para un amante de los viajes que puede al fin conocer una parte de mundo que está fuera del alcance de cualquiera que no sea un privilegiado.

Viaje al Tíbet es todo eso. En un alarde de atrevimiento, el responsable de esta edición, se hace eco de quienes advierten que Robert Byron no es un escritor dotado para la mejor literatura. Es cierto y nadie le pidió ni en su época ni ahora que lo fuera. Porque su capacidad para el relato, su forma de contar, su humor cuidadosamente administrado, su perspicacia, su extensa cultura sobran para retener el interés del lector y mantenerlo pendiente de todos los episodios hasta el final.

Viaje al Tíbet es, además de un viaje al corazón de Asia, también el viaje a una época de viajeros heroicos y románticos que terminó hace tiempo. El lector pasará un buen rato escuchando su voz y entretenido en este libro divertido y lleno de noticias que nos ayudarán también a entender el presente.

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martes, 20 de mayo de 2014

Cevdet Bey e hijos

Cevdet Bey e hijos

Orhan Pamuk
Mondadori, 2013
654 pp.

Estambul ha alimentado la imaginación de los mejores escritores. Con 'Cevdet Bey e hijos' Pamuk nos habla de la mítica ciudad cuando el Imperio Otomano está a punto de caer...

Orhan Pamuk
Mondadori, 2013
654 pp.




Muy pocas son las ciudades que pueden aspirar al selecto club de las que reciben el nombre de ‘eternas’. Estambul es una de ellas. Las culturas griega, romana y musulmana, la capitalidad del imperio de Oriente y del Otomano, su condición de puente entre Europa y Asia, su asentamiento a las puertas del Bósforo hacen de ella una ciudad única, cargada de historia y de secretos también. Estambul es inagotable.

Pamuk escribió su primera novela situando la escena en la ciudad, en un Estambul todavía otomano al principio del siglo XX. Luego seguirían otras novelas, pero esta quedó sin publicar en español. Ahora se publica y esta es la razón de que se hable de ella.

¿Es la mejor novela del celebrado Nobel turco? Sin duda no. Pero no por ello es menos interesante. Estambul, poco antes de la primera Guerra Mundial que certificaría la muerte del 'enfermo de Europa', es una ciudad viva y atravesada por toda clase de contradicciones. Pamuk habla con toda seguridad de un mundo del que ha oído noticias a través de sus abuelos y de los más mayores de su familia. Habla de un mundo que en el momento de escribir ha cambiado ya pero cuyos ecos no se han extinguido todavía.

La historia -la de la ciudad y la del imperio- se abren camino a través de la trama que muestra cómo es la sociedad y cómo era el mundo en aquel momento. Cevet, joven, salido de una familia de lo más modesto, va a casarse con la hija de un bajá. Es un comerciante ambicioso y de éxito. Ha levantado su tienda de la nada. Y es una excepción, porque los comerciantes -no los tenderos de tres al cuarto, sino los comerciantes, los que pueden mirar a Europa y sobre los que se va a construir una ciudad moderna- son judíos, armenios y rumíes pero no musulmanes. Esa sola noticia introduce ya al lector en el ambiente de un mundo distinto.

El hermano es militar. Es un funcionario que vive dentro de los entresijos de ese estado atrasado e ineficaz a cuya cabeza, inabordable y sordo, está el Sultán. Es militar pero desafecto, crítico con el atraso del país e imbuido de las ideas renovadoras de sus colegas revolucionarios a las que se ha aficionado cuando ha vivido en París.

Cada personaje aporta su propio bagaje, ilustrativo de una época y de una sociedad con una identidad tan fuerte como la de Estambul. Pamuk va colocando paso a paso las piezas de un mosaico que cobran relieve y ganan en complejidad y en significado a medida que el relato avanza. Desde el ambiente de los comerciantes, la novela escala hasta la alta política y, desde el bazar, a las relaciones internacionales cuando se perciben las primeras sombras que anuncian la Gran Guerra.

Estambul resulta inagotable y siempre interesante. En ella se refleja un universo entero compuesto de innumerables luces. Y son estas luces las que aprovecha Pamuk para narrar una historia que no conocíamos y que nos ofrece ahora un buen rato de grata lectura.

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jueves, 8 de mayo de 2014

Bloody Miami

Bloody Miami

Tom Wolfe
Anagrama, 2013
624 pp.

Con envidiable soltura verbal, sin la menor intención de morderse la lengua y con su habitual capacidad para la caricatura Tom Wolfe nos introduce en Miami y de rebote en los EEUU...


Tom Wolfe
Anagrama, 2013
624 pp.






Con envidiable soltura verbal, sin la menor intención de morderse la lengua y con su habitual capacidad para la caricatura Tom Wolfe nos introduce en Miami y de rebote en los EEUU. Wolfe maneja la sátira con maestría y con evidente mala intención para darle agudeza al relato y se atreve a jugar con lo políticamente incorrecto apostando por la exageración y el humor y creando situaciones tan absurdas como divertidas.

La caricatura es eso, una pizca de humor y otra de exageración. Pero contiene también su pizca de realidad. O mejor, es sobre todo realidad con la distorsión de una forma de mirar distinta que el lector acepta porque sabe que se trata de un juego.

El Miami de Wolfe es sin duda una ficción. Pero es que el Miami real resulta una ficción, dentro de los Estados Unidos, de la que parece que no nos hemos dado cuenta. Los americanos, los americanos de verdad, los de piel blanca, los que crearon el país, los protestantes aunque hoy sean casi todos unos descreídos, resulta que forman una minoría en extinción en la ciudad. La mayoría, los ricos, los que llevan la voz cantante y los que tienen el futuro en sus manos son los cubanos.

El absurdo del que se cuelga Wolfe para construir su novela es justamente esa evidencia de la que los americanos no se han dado aún cuenta y que les pilla por sorpresa. Resulta que los extranjeros son ellos. Resulta que el país ya no es lo que era y se ha convertido en una fuente de desagradables sorpresas porque parece que los que triunfan –y los que mandan- ahora son otros que se colaron sin avisar. Son otros que han nacido ya en el país pero no son los de antes. ¡Jodida Miami! que es lo que sin remilgos expresa el título de la novela.

Pero no son solamente los ‘americanos’ los que se equivocan. Se equivoca todo el mundo porque todos padecen en versiones distintas del mismo mal que es la estupidez. ¿Qué les pasa a todos y qué nos pasa a todos -porque al final la crítica tampoco deja fuera al lector? El mal de todos es la miopía. Una miopía que hace a cada cual coherente en su minúsculo mundo y por ello mismo insistente en sus errores y convencido de llevar la razón. Pero que lo convierte en ridículo tan pronto el zoom se aleja un poco de la escena y se contempla el disparate de unos y de otros encerrados en sus convicciones miserables y pequeñas.

No hay compasión para Wolfe que carga las tintas en el relato y, al hacerlo, le da al lector alas para su divertimento. Porque casi siempre, esa miopía convive con todas las pasiones mezquinas que el día a día da por descontadas. Pasiones que forman parte de la vida de cualquiera, pero que, modificada la escala sobre la que se mueve la realidad, resultan campo abonado para la mirada más mordaz. No hay compasión para los estúpidos en esta comedia humana que es capaz de construir Wolfe allá donde otros no verían más que pura normalidad. (Pueden ustedes cambiar la r de pura por lo que les apetezca y estarán en el ambiente de Wolfe todavía más inmersos).

Bloody Miami es sobre todo Miami, porque en sus enredos toca los temas más diversos que dan carácter a la ciudad y que retratan a sus habitantes. Aunque no cuesta mucho extender la ácida ironía que el autor maneja magistralmente a esa América que nosotros llamamos Norteamérica y al final a todo el mundo. Bloody Miami, incisiva y malévola, ayudará sin duda al lector a pasar un buen rato de lo más entretenido.

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