sábado, 14 de febrero de 2015

Las cuatro estaciones de Atenas. Crónicas desde un país ahogado por su rescate

Las cuatro estaciones de Atenas.

Mariangela Paone
Libros del K.O., 2014
159 pp.

Entender hoy Grecia pasa menos por conocer la mitología clásica o las mejores islas que por conectar con la calle. Las cuatro estaciones de Atenas buscan esto último. Y lo consiguen en un libro corto, claro y de lectura tan ilustrativa como entretenida.


Mariangela Paone
Libros del K.O., 2014
159 pp.






Tras las primeras páginas, el lector no puede evitar la sensación de haberse equivocado de libro. Al menos de libro para un blog de literatura de viajes. Un prólogo sobre la crisis en la que entró Grecia y un análisis no exhaustivo, pero riguroso del tema, llevan a pensar que ese será el tono y el enfoque que ocupará las páginas del libro y que su contenido va a ser más propio de un análisis económico y político que de un relato que nos hable de Grecia y nos aproxime a cómo es hoy el país y cómo vive su gente.

El prólogo, es de Joaquín Estefanía y, dado el cambio que se ha producido en el país heleno, lo que busca es poner en contexto lo ocurrido y anotar no sólo las causas y los resultados inevitables que se derivaron de ellas, sino también las consecuencias para la población inevitables en muchos aspectos y evitables en otros.

Viajar a Grecia es de algún modo viajar a un país enfermo. El comisario Jaritos, el entrañable policía de las novelas de Markaris, ha mostrado a los lectores desde la ficción, la profundidad de estos cambios. Lo de Grecia no estaba previsto en Europa. La Unión Europea era un proyecto de futuro. Era, al fin, tomar asiento en un tren que iba a llevar a todos por igual por el camino del progreso. Era hacer causa común con Europa y ser aceptado en un proyecto compartido.

Pero los colegas de Jaritos ya no son de esta opinión. Saben que no podrán pagar el máster a sus hijos cuando terminen la universidad. Saben que les bajarán el sueldo de manera drástica. Y saben que incluso su trabajo se verá afectado por los recortes, por lo difícil que se ha vuelto el día a día y por el nacimiento de una nueva delincuencia que es el signo de los tiempos.

Las cuatro estaciones de Atenas sin acudir a la ficción pero fijándose también en la vida de las personas viene a contar lo mismo. Por supuesto, la lente por la que mira la autora es otra. Lo que cuenta es pura realidad, como si se tratara de un reportaje, pero el país es el mismo y el relato que nos hace Mariangela Paone  sigue siendo un modo de conectar con esa Grecia real que es la de la calle. Una Grecia que parece no tener nada que ver con el relato de la Grecia clásica con la que sueña el turista o con el paraíso mediterráneo de atmósfera luminosa y de mar azul y transparente que la propaganda -y la realidad también- atribuyen a las virtudes esenciales del país heleno.

La calle de Atenas es el mejor escaparate de un cambio de tendencia que ha quebrado la euforia de los griegos que vieron en sus juegos olímpicos la prueba de que estaban en el camino del progreso. Ahora los jóvenes viven de contratos basura y sin perspectivas de salir del bache. Los mayores que perdieron su empleo gastan en el día a día sus ahorros porque las pensiones de miseria que les quedan no son suficiente ni para llevar la vida más humilde. Y todos explican y se explican cuál es la situación y los porqués que la alimentan cuando Maiangela Paone los aborda y les pregunta.

Gente normal, gente que ha trabajado toda la vida o jóvenes que esperaban hacerlo cuentan cómo es el universo que hoy los envuelve. Como lo cuentan también profesionales que se enfrentan a su trabajo en condiciones penosas para ellos y para quienes dependen de ellos. Los médicos con jornadas laborales cada vez más largas y con medios cada vez más escasos son víctimas de la crisis tanto como los enfermos que acuden a ellos en busca de alivio.

Y en ese universo maltrecho prosperan interpretaciones de todos los colores y recetas que aspiran a poner orden y a recuperar lo perdido, incluida la dignidad. ¿La violencia? Por qué no, cuando no queda otra salida. El reproche a la Europa rica se hace inevitable y se extiende por la sociedad con fuerza cuando resulta que entre todos, Alemania a la cabeza, contemplaron la catástrofe y participaron en su 'construcción' mientras dio beneficios y luego cargaron sin piedad los costes en el pueblo llano. Y la búsqueda de una causa inmediata y visible, como son los inmigrantes que han dejado a los griegos sin trabajo y acaparan los servicios sociales, cobra carta de naturaleza y genera un discurso xenófobo al que se apunta cada vez más gente convencida de que sin extranjeros Grecia recuperaría la salud perdida.

Cuatro estaciones, primavera, verano, otoño e invierno, reflejan cuatro viajes efectuados a lo largo de un año para pulsar el ambiente de Atenas en cuatro momentos distintos. En cada uno de ellos, Mariangela Paone va al encuentro de sus informantes, gente distinta, con puntos de vista variados y en situación diversa frente a lo que ella denomina la Gran Depresión. Y como si dispusiera también el decorado necesario para cada escena, se refiere además al entorno político europeo, a las exigencias de la famosa troika y a los partidos nacionales que trapichean en la situación buscando sus propios intereses o tratando de salir del embrollo.

Seguramente hoy entender Grecia pasa menos por conocer la mitología clásica o las mejores islas que por conectar con la calle. Las cuatro estaciones de Atenas buscan esto último. Y lo consiguen en un libro corto, claro y de lectura tan ilustrativa como entretenida.

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jueves, 22 de enero de 2015

Las vacas de Stalin

Las vacas de Stalin

Sofi Oksanen
451 Editores
474 pp.

'Las vacas de Stalin' no es un ajuste de cuentas con paraíso comunista que nada tuvo de paraíso, es más bien una reconciliación entre la nueva Estonia y la Estonia que fue años atrás.


Sofi Oksanen
451 Editores
474 pp.





Una atmósfera confusa y un relato que va desgranando indicios para que el lector componga, a lo largo de las páginas iniciales del libro, la escena donde transcurre la acción, acompañan el comienzo de Las Vacas de Stalin, una novela que va proyectando su luz sobre Estonia, la vieja Estonia comunista y la Estonia más reciente después de recuperar su independencia. Y también sobre Finlandia, una especie de hermana afortunada que se emancipó para vivir las mieles del mundo capitalista en lugar de sufrir la penuria del imperio soviético.

Sofi Oksanen, la autora, se hizo popular con Purga, su primer libro publicado en español, articulado en torno a una fugitiva enfrentada al pasado y al duro presente de los países afectados por el naufragio del mundo comunista. Ahora, con Las Vacas de Stalin, asistimos desde un ángulo bien distinto al mismo naufragio. Asistimos, a medida que se va haciendo luz, a través de la vida de la protagonista, a la vida en Estonia y al ambiente perverso pero soportable de una cotidianidad impuesta por Rusia y su modelo soviético.

Ni Estonia ni Finlandia aparecen de primeras en el relato de Sofi Oksanen, o al menos con suficiente claridad para que el lector las perciba. La protagonista es una joven bulímica más afectada por sus problemas de alimentación que por otra cosa. Ella, tal y como también era el personaje principal de Purga, vuelve a ser una fugitiva. Como paso a paso el lector intuirá, todos en Estonia son de alguna manera fugitivos. Todos soportan el peso de un entorno oscuro, que obliga al disimulo, que fuerza en las personas una alerta permanente, que obliga a protegerse para no caer en mayor desgracia de la que trae de por sí el día a día. A su manera todos viven en la desconfianza y todos asumen cierto grado de clandestinidad.

Los desarreglos de Anna, nuestro personaje, son una premonición para el lector, son el síntoma de los males que aquejan a un país y que poco a poco se lirán haciendo más claros. Y también un síntoma de los males que soportan las gentes que buscan sobrevivir y caen en las miserias que la situación les impone.

La bulimia que afecta al personaje que da vida al libro está presente todo el tiempo como la punta de un iceberg que reclama la atención y oculta cuanto hay debajo de ella. Pero el desasosiego del comer y del no comer se alimenta de los desasosiegos de una vida degradada donde no hay puerto seguro, ni identidad a la que agarrarse. Hablamos de la Estonia socialista donde crecieron las últimas generaciones y que sigue pesando todavía en ellas, a pesar de la nueva independencia. Como en todos los países que han vivido una historia traumática, cada momento se observa teñido por la luz de unas circunstancias que dejaron mella en las conciencias de las personas.

‘En todas partes hay que hacer cola -recuerda nuestra protagonista-  en las paradas de taxis, en la tienda de telas, en las cafeterías...’, incluso para llegar al mostrador vacío de la carnicería. Como recuerda también las angustias de cruzar la frontera ocultando siempre algo comprado en el extranjero que en la aduana se pudiera descubrir. Algo que ponía fuera de la ley a cualquiera porque la supervivencia obligaba a los trapicheos que aquí o allá pudieran hacer más fácil la vida, la vida propia o la de algún familiar o la de un amigo al que devolver un favor.

La desventura de la bulimia que se apodera obsesivamente de Anna es un secreto celosamente guardado, algo que ocultar, que no puede hacerse visible a los demás, lo mismo que tampoco es fácil de confesar la condiciòn de estonio, ciudadano de un país miserable, un país que sólo cuenta para que los finlandeses se emborrachen a cuenta de un alcohol a precio de saldo, y se diviertan con las mujeres dispuestas a cualquier cosa a cambio de unos pantys traídos de occidente. En definitiva un país del que sentir vergüenza.

Sin embargo Las vacas de Stalin no es lo que pudiera parecer. No es un ajuste de cuentas con paraíso comunista que nada tuvo de paraíso. Discurriendo por un camino hecho de síntomas -el hambre, los vómitos, los silencios, la medicaciòn, los alimentos seguros y los no seguros…- es en realidad un relato íntimo y por ello mismo complejo. Un relato de amor y de odio hacia Estonia. Hacia una Estonia que ha evolucionado ella también para acercarse a Europa y para ganar y, al mismo tiempo, perder en el camino. Para ganar en modernidad y en libertades y para perder sus aromas añejos, para cambiar en nombre de la modernidad una parte de esa alma enraizada en el pasado y que forma parte también de las esencias de un pueblo entero.

Confirmando los cambios ocurridos tras la independencia de Rusia, nuestra protagonista señala que ahora ‘el Pradva ya no sirve de papel higiénico’. Pero esta liberación no supone transmitirle al lector una visión idílica de una Estonia capaz al fin de ser ella misma. El pasado, como no podía ser de otra manera, pesa y forma también parte del presente. Y por ello la Estonia que nos trae Sofi Oksanen es tanto el resultado de una ruptura como de un encuentro. Un encuentro donde, a pesar de las diferencias entre unos y otros y de las tensiones entre lo nuevo y lo viejo, hay, sobre todo, una reconciliación.

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viernes, 9 de enero de 2015

Cixí, la emperatriz. La concubina que creó la China moderna

Cixí, la emperatriz

Jung Chang
Taurus, 2014
594 pp.

Jung Chang ha destapado el tarro donde se guardaba una parte de la historia de China que había quedado oculta y olvidada. Leer 'Cixi, la emperatriz' será un paso más para comprender ese apasionante fenómeno que es la China de hoy.


Jung Chang
Taurus, 2014
594 pp.







Dicen que la historia la escriben los vencedores y será por eso, o porque es demasiado compleja para alcanzar todos los ángulos, que siempre es parcial y siempre también deja espacio a que alguien la reescriba con una mirada nueva.

En el caso de China, de la China moderna -la de principios del XX y la inmediatamente anterior-, nos ha llegado la imagen de un país encerrado en sí mismo, preso en sus tradiciones e incapaz de evolucionar.  Los ingleses, los que indujeron la guerra del opio, los franceses que tuvieron también su guerra particular con China, y media Europa, además de Japón y los Estados Unidos que intervinieron contra la rebelión de los Boxers, todos mostraron la imagen de un país incapaz de afrontar a los retos del futuro y de adaptarse a las oportunidades y a las exigencias de los nuevos tiempos.

Los propios chinos, los republicanos que se revolvieron contra el emperador, y los revolucionarios que tomaron la antorcha de la modernidad, no fueron más amables que los extranjeros a la hora de hablar del pasado reciente de China donde no vieron más que estancamiento y una pobreza secular que contrastaba con los oros y los complejos rituales que rodeaban a la corte de un imperio fundado hacía miles de años.

Una investigación reciente y posible después de que se abrieran archivos enormes de la época imperial a los que no había habido posibilidad de acceso hasta ahora ha dado lugar a un relato distinto de la realidad China y de la última etapa del imperio de la dinastía Quin. Tras la muerte del emperador Xianfeng, Cixí, la madre del heredero al trono, concubina del emperador, consigue alzarse con el poder y con él maniobrar en el complicado sistema marcado por el respeto a las tradiciones y creencias en las que se sustentaba el gobierno. Su objetivo es salir del atraso y para ello abrirse a occidente y establecer unas relaciones con otros países que habían estado proscritas, como si de un sacrilegio se tratara, hasta el momento.

La China encerrada en sí misma, convencida de su suprema superioridad frente al resto del mundo, autista en un entorno donde las potencias buscaban extenderse colonizando cualquier territorio débil o que no se pliegue a sus intereses, empieza a despertar bajo la mano hábil y firme de Cixí, la emperatriz viuda que debe hacer frente a las amenazas exteriores e interiores y que comprende que su imperio no alcanzará el poder de las potencias occidentales ni su riqueza si no sale de un invierno que ha dejado al país paralizado durante siglos y no aprende de los países que han tomado la delantera.

Cixí, la emperatriz se lee casi como una novela histórica, aunque es mucho más que eso. La portada del libro induce a pensar más en un relato novelado que en un libro de historia. Y la realidad es que como libro de historia resulta particular. Seguramente es demasiado didáctico y, junto a los hechos y aconteceres, busca alimentar las sensaciones del lector construyendo las situaciones y desvelando intenciones y sentimientos de los personajes. Hay en el relato de Jung Chang el empeño por dar vida a una narración compleja y profusa donde elige huir del dato y desvelar los intereses y las intrigas de cortesanos y diplomáticos, el sabor de la ansiedad frente al riesgo de avanzar demasiado aprisa, el temor de encontrar barreras infranqueables, el cálculo y la astucia para aprovechar el momento y buscar los mejores apoyos.

Como en tantas otras ocasiones, también en China la revolución cuya mecha encendió la emperatriz Cixí terminó quemando a quien la había iniciado. Acabó por desbordar los cauces demasiado estrechos que debían contener la marea de unos cambios de dimensión histórica y barrió los restos de la dinastía Quing que había reinado durante más de 250 años. Pero ¿quién recuerda que fue la emperatriz quien se puso al frente de la aventura de abrir el camino de China hacia la modernidad? ¿Quién es capaz de ver ahora que la China actual es hija también de un imperio que supo ver que era preciso mirar hacia adelante y para ello romper con el pasado? Jung Chang ha destapado el tarro donde se guardaba una parte de la historia que había quedado oculta y olvidada. Conocerla, a través de una lectura interesante y entretenida al mismo tiempo, será un paso más para comprender ese apasionante fenómeno que es la China de hoy.

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domingo, 21 de diciembre de 2014

Una vida sin fronteras

Una vida sin fronteras

Pascal Grellety Bosviel y Sophie Bocquillon
Confluencias, 2014
241 pp.

Libro llamativo por el rotundo diseño que lo anima, lo mismo que por sus imágenes y por el texto, encierra importantes lecciones sobre nuestro tiempo y sobre las crisis más graves que aquejan al mundo en que vivimos.


Pascal Grellety Bosviel y Sophie Bocquillon
Confluencias, 2014
241 pp.






El viaje se dividía tiempo atrás entre el duro quehacer de los exploradores en tierras salvajes y el acaramelado paisaje de los folletos turísticos con promesas de un mundo feliz en este mundo.

Pero el mundo ha cambiado y la conciencia de quienes viajan también. La televisión y toda clase de noticias hablan de un mundo revuelto donde la felicidad transcurre en paralelo con las grandes tragedias y donde cualquier camino conduce a paisajes que mueven a la reflexión acerca de una sociedad solidaria que no se aviene a mirar siempre a otro lado.

El viaje no es, en todo caso, sinónimo de felicidad y en el camino el viajero se ha dado cuenta de que es preciso abrir un espacio para el compromiso. Conocer el mundo es conocer sus problemas y vivir en él es saberlos afrontar con determinación.

Por eso es oportuno el libro de Pascal Grellety Bosviel y Sophie Bocquillon. ¿Y quién es Pascal Grellety? Pues es uno de los fundadores de Médicos sin Fronteras, un hombre que ha pasado toda su vida viajando de conflicto en conflicto y llevando alivio, en cada uno de ellos, a quienes lo necesitaban. Un hombre además polifacético, enfrascado en escribir diarios donde ha conservado la memoria de sus peripecias tomando notas y dibujando a lo largo de cincuenta años.

Una vida sin fronteras es el resultado de estos diarios y de un larga experiencia. Y es un libro convertido en una abigarrada mezcla donde convive el lenguaje del cómic, con las noticias del periódico, con apuntes de la historia reciente y con elementos de una biografía singular y siempre interesante.

Frédéric Joly, portavoz del Comité Internacional de Cruz Roja en Francia, abre el libro señalando: "(El doctor Pascal Grellety Bosviel) es un hombre puro, no duro, un hombre comprometido, no entrometido. Encarna el gesto humanitario, (...) el médico a la antigua. Ha recorrido el mundo entero en misiones humanitarias (...) con Médicos sin Fronteras, con Médicos del Mundo y también con la Cruz Roja francesa, Acción contra el Hambre  o Acción Médica Internacional ....

"Más allá de su larga carrera profesional,  Pascal Grellety Bosviel se distingue también por ser un artista, un dibujante de talento. A través de setenta cuadernos, una colección única de acuarelas y dibujos, de fotografías y de textos originales, documenta la memoria al hilo de sus misiones en Yemen, Biafra, Camboya, Vietnam, Timor, Ruanda, los Balcanes, etc.

"Con la complicidad de la periodista Sophie Bocquillon, simplemente nos invita a un increíble viaje: un vida dedicada al humanitarismo."

Escenas de todo el mundo, paisajes, gentes, pedazos de vida y de vidas de los últimos cincuenta años desfilan por la páginas del libro y nos muestran, a través de quien ha sido testigo directo de todo ello, una realidad que se vuelve próxima y cobra para el lector una vida que antes no tenía.

Libro llamativo por el rotundo diseño que lo anima, lo mismo que por sus imágenes y por el texto, despierta el interés del lector desde el principio. Vale la pena prestarle atención porque es un libro singular y porque encierra importantes lecciones sobre nuestro tiempo y sobre las crisis más graves que aquejan al mundo en que vivimos.

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jueves, 11 de diciembre de 2014

Paraísos cercanos. Cantábrico

Paraísos cercanos. Cantábrico

David Ponce
La Fábrica de Libros, 2014
174 pp.

Cada foto, una sorpresa. Cada página del libro, una nueva sensación de irrealidad. Cada paisaje, un espacio para el asombro. ¿Así es el Cantábrico?¿Así de bello?¿Así de desconocido?


David Ponce
La Fábrica de Libros, 2014
174 pp.






Cada foto, una sorpresa. Cada página del libro, una nueva sensación de irrealidad. Cada paisaje, un espacio para el asombro. ¿Así es el Cantábrico?¿Así de bello?¿Así de desconocido?

Quien nos abre los ojos a una realidad, a la vez tan próxima y tan lejana, es David Ponce. Fotógrafo de profesión, es sobre todo un hombre con el don de ver. De ver -en lo que parece una naturaleza primigenia, desnuda de todo signo de vida y huérfana- la belleza sublime de lo elemental, de lo estricto y sin embargo rico, porque en la composición de sus imágenes hay un mundo complejo de armonías donde nada sobra, donde no hay retórica alguna.

Blanco y negro e infinitos tonos de gris en las sombras, en las veladuras que producen las nieblas, en los cielos matizados por el leve degradado de las nubes o en el agua del mar tamizada por el continuo movimiento de las olas del que extrae un aspecto fantasmal, forman la paleta rigurosa y sin embargo rica con la que se expresa David Ponce.

El blanco y el negro, con contrastes que parecen naturales, dan protagonismo sobre todo a un universo rocoso. El Cántabrico, al que se dedica el libro, aparece como un litoral hecho de acantilados y peñascos en contacto todo el tiempo con un mar indefinido, convertido en bruma que contrasta con las precisas aristas de la piedra y con la sucesión de grises que delata cambios de color y de matices en las tierras que las forman.

No es fácil, para quien haya recorrido la costa cantábrica hacerse la idea de la belleza extraordinaria de esa tierra sin orilla que se desploma súbitamente en el mar ofreciendo fachadas verticales que se dirían de otros países o de otras tierras. Ni tampoco es fácil encontrar todas esas filigranas rocosas de formas insólitas que pelean con las mismas olas que les ha dado forma y que las han convertido es arcos esbeltos, o que las han taladrado, o que las han dispuesto componiendo geometrías imposibles.

David Ponce llega a ello porque al contrario del viajero, tiene un espíritu sedentario y paciente. Las fotografías que nos acercan a esos paraísos norteños son el producto de la espera. De vivir el presente como si fuera a ser el final del camino y hubiera que agotarlo hasta captar todo lo que nos ofrece. El abanico de fotografías que nos regala David es el de un fotógrafo que viaja a pie y que se maravilla ante cada nueva perspectiva sobre el paisaje que va descubriendo en su andadura.

Galicia, Asturias, Santander, Cantabria y el País Vasco son los escenarios naturales que nutren y ordenan esta extraordinaria colección de fotografías y este afortunado libro, simplísimo en apariencia, mínimo en diseño y en los textos que lo acompañan, al que merece la pena prestar toda la atención.

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martes, 2 de diciembre de 2014

50 ensayos de secesión. Un repertorio de ciudades

50 ensayos de secesión. Un repertorio de ciudades

Ignacio Jáuregui Real
Lampreave, 2014
263 pp.

Reflexivo, curioso, atento a lo sutil, que es donde se refleja el alma de las cosas, Ignacio Jáuregui nos acompaña por cincuenta ciudades, elegidas por las cosas del azar y también por el corazón.



Ignacio Jáuregui Real
Lampreave, 2014
263 pp.





Midiendo cada palabra, buscando el matiz, sin perder nunca el fluir despacioso de quien quiere no perder detalle y desea huir del atropello de otras palabras que vinieran de una voz demasiado apresurada, Ignacio Jáuregui nos va acostumbrando a su forma de mirar y de vivir aquellos territorios, deliberadamente ajenos, por los que pisa. A Ignacio le gusta escindir el mundo, separarse de él, sentirse lejano y, así, dejarse sorprender por todo lo que aparece ante sus ojos, por un panorama que quiere que le resulte nuevo para liberarlo de la grisura que genera la rutina.

Esta vez son cincuenta ciudades las que ocupan la atención de Ignacio y las que componen este libro cuidadísimo en la edición, lo mismo que lo fue su primer libro: India, primera mirada. Para situar al lector, Ignacio avisa de su condición de arquitecto y por consiguiente de una inclinación hacia el rigor y el orden, a la hora de escribir, que le lleva a expresarse desde la racionalidad y siempre con prudencia. Pero el lector descubrirá enseguida que si la arquitectura tiene un papel importante es porque ha afilado la sensibilidad del autor y ha refinado los matices de su mirada, que es el gran secreto de este libro extraordinario.

Ciudades, una tras otra, aparecen a base de pinceladas que reflejan el humor del autor y sus querencias. No se trata de ir en busca de objetividad alguna. Eso se encuentra en las guías que se atienen, como los notarios, a la realidad. El mundo de Ignacio Jáuregui es el de las sensaciones y por ello mismo es caprichoso y sorprendente para el lector. Las ciudades no se conocen prestando sólo atención a su materialidad, lo que las distingue es la simpatía o la antipatía, la sorpresa o la desgana que generan en quien las vive.

"Ciudades opulentas, ciudades decrépitas, ciudades que viven colgadas de su pasado o que inventan el futuro cada mañana; ciudades guapas, resultonas, feotas; ciudades plácidas, ciudades frenéticas, ciudades donde las mujeres caminan como reinas, ciudades que se duplican en espejos de agua, que se activan al caer la noche, que se dejan morir lentamente; ciudades donde perderse, donde encontrar tesoros, donde empezar de nuevo.

Ignacio Jáuregui ama las ciudades con una voracidad minuciosa y universal: en su recorrido por estas cincuenta se sube a los miradores más altos y se agacha a palpar los adoquines, se cuela por donde le dejan, recuerda todas las novelas, se para a escuchar todas la voces y pregunta por todas las rarezas en un empeño imposible por aislar y condensar en palabras aquello que hace única a cada ciudad."

Así describe la contraportada del libro el contenido y el atento deambular del autor por las ciudades que visita. A Ignacio Jáuregui le gusta sentirse un paseante antes que un viajero o que un escritor. Desea dominar el tiempo que es el secreto que hace del paseo una actividad plácida y reflexiva a diferencia del andar que no es otra cosa que desplazarse de un lugar a otro.

Reflexivo, curioso, atento a lo sutil, que es donde se refleja el alma de las cosas, Ignacio Jáuregui nos acompaña por cincuenta ciudades, que son muchas pero que no son todas. La selección es arbitraria, dictada por cosas del azar y también por el corazón. Y el trato que cada  una recibe es distinto porque nuestro autor quiere tomarse la libertad de administrar sus afectos y su relación con ellas. Una lectura reposada, para hacerla casi con los ojos cerrados y para dejarse llevar por los encantos, el aroma o simplemente el aire que se respira en las ciudades elegidas es lo que nos ofrecen estos 50 Ensayos con los que el lector disfrutará llevado de la mano de Ignacio Jáuregui.

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viernes, 21 de noviembre de 2014

El Arca de Noé

El Arca de Noé

Khaled al Khamissi
Almuzara, 2014
357 pp

Crítico, comprensivo y agudo Khaled al Khamissi, con El Arca de Noé, vuelve a llevarnos a un Egipto lleno de vida y matizado por el distinto color que le da cada uno de los personajes que crea.



Khaled al Khamissi
Almuzara, 2014
357 pp





Khaled al Khamissi practica lo que podríamos llamar la narración especular, es decir la que elige distintos reflejos para componer, a través de todos ellos, la imagen que desea mostrar. Se estrenó, al menos en España, con Taxi, ese recorrido por El Cairo en compañía y en diálogo con el taxista que día tras otro le iba tocando en suerte a nuestro autor camino al trabajo.
Ahora, con un horizonte màs amplio porque se sale de El Cairo e incluso de Egipto, vuelve a tratar con diversos personajes, egipcios todos y además jóvenes, para trazar una imagen del país a base de las experiencias de cada uno, de sus aspiraciones y de sus afanes y también de sus ilusiones.

Pero no es de un reportaje, aunque fuera ficticio, de lo que estamos hablando. Estamos ante una novela y ante unos personajes de creación propia, que no por inventados dejan de representar la realidad del Egipto de hoy. ¿Nos enfrentamos a una historia de frustración y de sufrimiento? ¿A la historia de una generación joven que desborda las fronteras de lo que el país ofrece y desea romper por donde sea el espacio estrecho en el que vive después de ver por la televisión que existen otros mundos? Pues sí. Es una historia de sufrimiento pero de una juventud que no se deja vencer por él y sobre todo contada con humor y desparpajo admirables.

El Arca de Noé de la que hablamos, que no es más que la comunidad de ese grupo de jóvenes, salidos cada cual de su padre y de su madre, cogidos a lazo para armar el relato, y braceando para mantenerse a flote y terminar indemnes a pesar del diluvio.

Khaled al Khamissi es directo y familiar en el lenguaje, porque es directo también expresando sus ideas sin tapujos. Tiene la frescura de quien conoce la calle y la sabiduría práctica de quien se ha pateado el bazar. Seguramente por ello, lo que cuenta –sobre todo en la primera de las historias- tiene resonancias de Las mil y una noches. Su historia es una fantasía tan pegada a tierra que se convierte en la realidad. La realidad de su país y de su gente. De un país absurdo que tropieza consigo mismo en cuantos pasos da, y de una gente amarrada a ese país y a esa cultura convertidos, país y cultura, en pasión y cárcel al mismo tiempo.

Ahmad, el personaje con el que arranca la novela de Khaled al Khamissi es como Aladino, inocente por un lado, pero lo suficientemente sabio para desentenderse de la escuela porque, quien ve mucho más allá, no está para perder el tiempo acudiendo a clase. Bajo el lema de sobrevivir y de prosperar hay que hacer piruetas para mantener los principios. Fidelidades, si, pero las justas, porque empezando por el propio país todo es un disparate.

“Si tuviera hijos en el extranjero ¿volvería a Egipto para que se educaran aquí? –se pregunta Ahmed-. Ni de coña. Como mucho vendría de visita pero no más” –se responde él mismo y responde también Khaled al Khamissi para orientar al lector de por donde van los tiros.
Ahmed primero y luego en mayor o menor medida el resto de los personajes sufren el síndrome de Cándido. Son de natural almas bondadosas en un mundo de lobos, incapaces muchas veces de conjugar sus principios con la realidad del mundo que les ha tocado vivir. Y por ello no hay más remedio que tomarse las cosas con un cierto humor y con todo el cinismo. “La economía sumergida es la base de este país. Si nos ajustáramos a la legalidad habríamos muerto todos de hambre”

Crítico, comprensivo y agudo Khaled al Khamissi vuelve a traernos un Egipto lleno de vida con el distinto color que le da cada uno de los personajes que crea. Un Egipto que habla de la calle y de los jóvenes, de las esperanzas y de los obstáculos que se interponen en el camino. En definitiva, habla del presente que dibuja con trazos magistrales para que el lector llegue más allá de lo que le cuentan los periódicos y además tenga la ocasión de pasar un buen rato con la lectura.

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