martes, 17 de mayo de 2016

Autostop. El manual para viajar a dedo por el mundo

Autostop. El manual para viajar a dedo por el mundo

Laura Lazzarino y Juan Pablo Villarino
La Editorial Viajera, 2016
125 pp.

"Autostop, el manual para viajar a dedo por el mundo" no es sólo un manual. Es una invitación a un modo de viajar habitual hace años entre los jóvenes y que sigue estando vivo.


Laura Lazzarino y Juan Pablo Villarino
La Editorial Viajera, 2016
125 pp.





Autostop, el manual para viajar a dedo por el mundo no es sólo un manual. Empieza por ser una invitación a un modo de viajar habitual hace años entre los jóvenes y caído en desuso en alguna medida por la inseguridad y sobre todo por la comodidad de viajar sin ninguna incertidumbre, con todo o casi todo planificado de antemano.

"El autostop -nos dicen los autores- entrega al viajero un mundo sin maquillajes donde la vida cotidiana se presenta desnuda de todo truco o preparación". No es un inconveniente, es la esencia misma del viaje. Es el modo de facilitar el contacto con otras personas, de hacer amistades, de gozar de la hospitalidad de los demás y de entrar en la vida de quienes viven en otros países de una manera distendida en un encuentro dictado por el azar.

Para el viajero hecho al avión, con los vuelos reservados y con un programa definido día a día, el pequeño libro que ahora aparece resulta el aviso -o mejor el recuerdo- de que hay otras maneras de viajar, gratas, enriquecedoras y llenas de experiencias inolvidables. Aunque lo hayamos olvidado, se sigue viajando en autostop y quienes eligen esta fórmula para el viaje siguen disfrutando como disfrutaban los jóvenes hace  cincuenta años.

Los autores del libro son, por supuesto, expertos en el tema. Expertos por reconocerles con este término una dilatada experiencia en recorrer el mundo a base de colocarse en un arcén y invitar a los conductores a llevarles. Pero no son profesionales del dejarse llevar. Lo suyo es conocer a la gente de cada lugar, es la conversación que fluye y aporta un sin fin de noticias, de confidencias y anécdotas, de informaciones sobre cómo se vive, como se siente y cómo se percibe el mundo allí donde se está.

Visto así, no es poco lo que ofrece el autostop, que exige, de quien lo practica, disponer de tiempo y perderle el miedo a tener que improvisar. Y porque no es poco, también es cierto que siguen con una vida saludable los colectivos en todo el mundo que apuestan por el método de levantar el dedo y que ofrecen apoyo a los aficionados.

Apoyo es seguramente lo más importante para quienes deciden lanzarse a esa piscina y todavía no lo han hecho. Porque tal y como avisan los autores de este manual, en el autostop más que la suerte influye la preparación. Cuenta un montón de pequeñas indicaciones que facilitan el viaje y rebajan o suprimen los inconvenientes que nacen del desconocimiento. "Esta guía -nos dicen- resumen quince años de experiencia en el viaje en autostop y desmenuza punto por punto todos los consejos imaginables, desde cómo situarse, cómo elegir la mejor ruta entre dos ciudades, cómo pedir pasaje en una estación de servicio o qué hacer una vez se está dentro del vehículo".

Son muchos los asuntos de los que trata el libro que tenemos entre manos. Siempre de manera concisa, sensata y orientada a la práctica. Y algunas veces, insertando el relato de algún viajero, a modo de anécdota, que ilustra el tema con una experiencia real ocurrida en cualquier parte del mundo. Los manuales son a veces un compendio de trivialidades. No es este el caso, aunque todo lo que se dice está lleno de sentido común. Lo que ocurre es que el sentido común cuando ampara a un contenido bien elegido, contado de manera económica y clara, y que apunta a ofrecer un servicio al lector se convierte en una virtud que facilita la lectura y ayuda a retener cada punto en el que se detienen los autores para reflexionar sobre él y ofrecer sus consejos.

Si por el tamaño fuera, el Autostop que escriben Laura Lazzarino y Juan Pablo Villarino pasaría seguramente desapercibido en el escaparate de cualquier librería. Es un libro de formato pequeño y de no muchas páginas. Pero no hablamos aquí de tamaño sino de interés y en ese aspecto es seguro que resultará más que atractivo para cualquiera que tenga en mente iniciarse en el viaje en autostop o para iniciados que dejaron la práctica hace tiempo y la recuerdan ahora con nostalgia.

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viernes, 6 de mayo de 2016

Viaje sin mapas: una aventura por el corazón de Liberia

Viaje sin mapas

Graham Green
Península, 2015
340 pp.

En 'Viaje sin mapas' Graham Green habla de un viaje casi a ciegas en pleno siglo XX. Sin noticias ciertas, preguntando a cada paso, por senderos poco o nada transitados el autor se adentra en un África que hubiera podido ser, en muchas etapas, la del siglo XVI.



Graham Green
Península, 2015
340 pp.





Por la misma razón que cuesta hacerse a la idea de un viaje sin un mapa que lo sitúe, cuesta entrar en este libro de Graham Green que desconcierta al lector y que lo deja, al principio desorientado.

Habría que preguntarle al autor si ha buscado a propósito o no la sensación de desconcierto que crea en este relato, cuyo arranque me atrevo a calificar de confuso, en torno a un viaje por la costa occidental de África, que acaba por llevarlo hasta Liberia. Adelanto que el término confuso no es necesariamente negativo. Hablo de un relato confuso con toda la prudencia sabiendo que Graham Green es uno de los escritores importantes en lengua inglesa del siglo XX. Confuso es El corazón de las tinieblas y acaba uno por concluir que la confusión es un atributo inseparable de África, de un continente donde las sombras desdibujan la aparente claridad del contorno y donde siempre hay algo oscuro y amenazante -la violencia, la enfermedad, la opacidad que rodea a lo desconocido- que condiciona el ambiente.

Graham Green con esas raíces católicas a las que no renuncia y con la sensibilidad moral que subyace a su escritura, contempla un continente enfermo donde es difícil descubrir rayos de esperanza. Enfermo como consecuencia de la destrucción de su forma de vida: como resultado de la imposición de una cultura europea que arrasó sus raíces. Los ingleses, dice al referirse a Freetown "habían plantado su sórdida civilización y luego habían escapado de ella todo lo lejos que habían podido. Todo lo feo era europeo (...) si había algo bello en el lugar era indígena". Y no es sólo la apariencia lo que delata la miseria que en África han sembrado los blancos. Es en lo más profundo del hombre donde su veneno ha hecho mella y ha destruido las virtudes naturales de los africanos. Green se indigna cuando denuncia que la administración colonial disfruta viendo como sus súbditos se convierten en bufones. De los negros "se esperaba que representasen el papel como hombres blancos y cuanto más copiaban a los hombres blancos, más cómicos les resultaban a los prefectos".  El resultado de la aventura colonial -dice- es que la figura del criollo ha acabado pareciéndose a la de un "chimpancé tomando el té".

Si algo desea no parecer Graham es pretencioso. No presume de las penalidades del viaje ni quiere construirse un papel de héroe explorando la desconocida África. Como viajero se reconoce un don nadie. "Era la primera vez que salía de Europa; era un completo aficionado (...) no tenía ni idea de la ruta que iba a seguir ni de las condiciones con que me encontraría". Por eso, sin un mapa preciso, sin más objetivo que el de terminar en Monrovia, el viaje que hace Green, y que nos cuenta, es el compuesto por una sucesión de lugares, imprevistos muchas veces, donde se detiene camino a su objetivo final.

De manera diletante, cambiando el foco de atención de un tema a otro, Graham Green va siguiendo un hilo que se hace evidente a medida que avanza el relato. Las escalas de su viaje a Liberia, sus paradas distintas van marcando el discurrir de su libro y dibujando esta perversa destrucción que descubre paso a paso y que acompaña el fondo del relato.

Pero hay mucho más y muy interesante en el relato de Green más allá de la visión general de la decadencia africana, porque su viaje, el viaje por tierra con un equipo de criados y porteadores por caminos de los que no hay noticias están llenos de situaciones y de experiencias que hablan -a pesar de estar en los años 30- de un África remota donde la civilización europea ha rozado la piel pero lo africano conserva una presencia abrumadora.

Las dificultades del viaje -dificultades físicas que imponen el clima y la geografía-, las dificultades de la organización, con el descontento de los porteadores inquietos a medida que avanza la expedición, la incertidumbre de los encuentros en las distintas poblaciones que atraviesa a lo largo del camino, el contacto con culturas extrañas con un fondo de espiritualidad casi clandestino, la duda constante sobre cómo continuar el camino hasta el destino final en Monrovia transforman la narración en un libro de aventuras. Un libro de aventuras cuyo protagonista ya no es un lejano Livingstone o un Stanley sino un viajero contemporáneo que habla desde un ayer muy cercano e igualmente sorprendente.

El de Graham Green es efectivamente un viaje sin mapas. Un viaje casi a ciegas en pleno siglo XX. Sin noticias ciertas, preguntando a cada paso, por senderos poco o nada transitados se adentra en un África que hubiera podido ser, en muchas etapas, la del siglo XVI, con sus comerciantes musulmanes venidos algunos de tierras lejanas, con sus jefes y sus hechiceros, con las penalidades de las tierras de naturaleza poderosa y en buena medida vírgenes. Viaje sin mapas resulta un libro apasionante. Nada mejor que empezar sus primeras páginas para introducir al lector en una aventura por este continente, misterioso y no domado todavía, que ha sido África hasta prácticamente hoy día.

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miércoles, 20 de abril de 2016

Tirana blues

Tirana blues

Fatos Kongoli
Siruela, 2015
206 pp.

Con 'Tirana Blues', Fatos Kongoli rompe el silencio que mantiene a Albania en la sombra y nos acerca a algunas escenas actuales ambientadas en su capital.


Fatos Kongoli
Siruela, 2015
206 pp.





Hay países de los que parece que no se puede hablar. Países que existen y están en el mapa, pero ocultos tras un persistente muro de silencio. Albania es uno de ellos. A orillas del Mediterráneo, parece no estar. Parece no emitir ninguna señal que se reciba fuera de sus fronteras. Parece no formar parte de esos países balcánicos, de carácter abrupto, encajados entre montañas, pero que se han abierto al exterior y han afirmado en Europa su existencia.

¿Será que a Albania le falta una guerra que la ponga en el mapa, tal como ahora se dice?¿Será que su socialismo radical que la mantuvo aislada, bajo el férreo gobierno del viejo presidente Hoscka, no era un capricho de la historia sino el reflejo de un ADN que el país llevaba en los genes?

Fatos Kongali rompe el silencio. Tirana Blues, su última novela publicada en español, se ambienta en la capital de Albania y habla del presente. Nada de regresar al pasado con los viejos fantasmas de un socialismo que quedó superado y del que nadie quiere saber ya nada. Tirana blues dibuja una imagen de hoy. Pero Albania sigue estando ausente. Hay que leer entre líneas para componer una imagen del país. Lo que Fatos Kongali nos muestra es un microcosmos compuesto por personajes marginales o directamente estrambóticos que al lector le sirven de metáfora para deducir, por su cuenta, una realidad más amplia. Para imaginar, a partir del relato que nos hace, una parte de la Albania real.

El paisaje que sirve de escenario a Tirana blues es contradictorio porque en su relato se mezclan, al menos, dos historias que componen una especie de curioso esperpento. Gente 'guapa', desamores, funcionarios en el papel de policías, un cadáver, delincuentes…

El panorama que nos muestra resulta en buena parte estremecedor. Estremecedor, más que por dramático, por lóbrego y desesperanzado. Parte del relato se sitúa en un espacio marginal de la capital albana. Un espacio donde el desorden urbano predomina, donde las casas han ido arañando una periferia aún no habitada y donde la fealdad es la ley que rige el entorno. Chechenia es como conocen los vecinos a este barrio desquerido donde, sin embargo, se desarrolla la vida como en cualquier otro y donde las reglas del juego se alimentan de la miseria y de la brutalidad que exige el echar adelante.

El otro entorno que sostiene la novela es más 'burgués', más profesional y exitoso, pero igualmente fracasado, envuelto en el reproche y en una cotidianidad perversa, construida a base de desamores y de cuentas pendientes.

¿Es la vida con horizontes tan poco estimulantes el mejor retrato que se puede hacer de Albania?¿Lo es la precariedad que se debate entre vivir fuera de la ley -y por consiguiente fuera de la senda del progreso- o miserablemente dentro de ella lo que pone en riesgo el presente y el futuro del país? No cabe duda de que Albania es mucho más que estos guetos que Kongoli dibuja: uno el del país moderno y otro el de una esquina de la capital, donde transcurre la acción de la novela. Pero tampoco cabe duda de que esta Chechenia urbana es un reflejo del país y que con ella el autor ha querido lanzar un mensaje de largo alcance.

Con estos mimbres, el lector podría esperar un relato de corte dramático. Tirana blues, sin embargo, evita la dureza de la situación. La evita como la evita la vida misma cuando los personajes tienen que enfrentarla todos los días. La evita con el cinismo del que debe echar mano quien tiene que nadar en aguas revueltas para no ahogarse en ellas y con un tono burlón que la inteligencia ofrece a quien busca una salida a una realidad tan desastrada.

Uno de los personajes de la novela, un chaval llegado de algún pueblo al barrio, con más aspiraciones que medios para alcanzarlas, es otro más de esa legión de supervivientes, apaleados y afortunados a partes iguales, que tratan de hacer frente a la adversidad para no ahogarse en ella. Otros son personajes urbanos, exitosos a su manera pero insatisfechos y se podría pensar que contaminados por un ambiente tóxico apto para el cultivo de cualquier cosa menos la felicidad.

Tirana blues, que replica el título del famoso Tokio blues de Murakami, tiene la indudable melancolía de una vida donde no parece haber estímulos, donde la cotidianidad no tiene más objetivo que el ir consumiendo los días. Pero tiene la chispa que le dan cada uno de los personajes, condenados a buscarse horizontes por donde ver la luz y abrir un cauce para la vida. ¿Es eso la Albania de hoy?¿Con tan poco puede el lector componer el rompecabezas de un país entero? Nada como pasar un buen rato leyendo el libro para salir de dudas y en todo caso para tener noticia de algo tan esquivo como resulta Albania.

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viernes, 8 de abril de 2016

El último tren a la zona verde

El último tren a la zona verde

Paul Theroux
Alfaguara, 2015
360 pp.

Con 'El último tren a la zona verde' Paul Theroux vuelve a seducirnos. Es su último libro de viajes. Último, porque es el de publicación más reciente, y último porque como él mismo deja entrever en el título resulta un punto final en su larga carrera como viajero.


Paul Theroux
Alfaguara, 2015
360 pp.






Paul Theroux vuelve a seducirnos con su último libro de viajes. Último, porque es el de publicación más reciente, y último porque como él mismo deja entrever en el título resulta un punto final en su larga carrera como viajero.

El último tren a la zona verde relata el viaje del autor por tierras sudafricanas y por esa África pegada al Atlántico que componen Namibia y Angola. Un libro de viajes, aunque no uno más porque está lleno de conocimiento, de sensibilidad y de experiencia.  Y porque en sus raíces hay un deje de humildad que le da al relato un tono especialmente humano.

Paul Theroux, el gran viajero y exitoso escritor, se ha hecho mayor para seguir andando por estos mundos. La edad le pesa y la energía no es la misma que la de años atrás. No soy yo quien lo dice. Es él. Es el hombre que quiere mostrar que el tiempo pasa y que su sensibilidad es quizás otra: más trascendental, de perspectiva más larga y más profunda de lo que fue antes, y seguramente más desesperanzada.

Dos preocupaciones sobrevuelan el libro y de alguna manera le dan un sabor especial. No es que estas preocupaciones sean un lastre para el viaje desde Ciudad del Cabo hacia el norte siguiendo el perfil occidental de África. Pero sí que articulan su mirada y las reflexiones que hace llegar al lector.

Una de ellas es personal e íntima. Es la que tiene que ver con la vejez y con los miedos que con ella se generan.  No es un ataque de melancolía de quien descubre que ya no es joven. Es un ejercicio de realidad, una especie de balance que resulta interesante por la personalidad de Theroux y por la perspectiva que aporta quien ha sido un viajero impenitente desde su juventud.
La otra preocupación que revela el libro tiene un carácter más social o más político. En definitiva más actual y que revela el gran dilema que plantea África: tras los últimos cincuenta años, y una vez hemos llegado al presente. ¿Cuál es el resultado de este balance?¿el continente avanza o ha retrocedido? No es fácil contestar a estas preguntas porque son muchos los elementos que intervienen en el juicio. Pero muchas son las informaciones que nos llevan a concluir que estamos ante una catástrofe.

'Mi bisabuelo, el difunto jefe Kabazembi, nunca fue a la escuela pero tenía veinticinco mil cabezas de ganado en 1903, antes de que nos conquistaran. Yo tengo un título universitario pero no soy dueño ni de una gallina' figura en la declaración de un miembro de la etnia herero ante una comisión de la ONU en Dar es Salam.
El viaje que emprende Paul Theroux persigue, entre otros asuntos, ver en qué han quedado las tribus bosquímanas que habitan el África meridional. Unas tribus que han tenido un valor incalculable para la antropología porque resultaban el eslabón humano más próximo a la vida en la edad de piedra. Se trataba de comunidades enraizadas en un mundo que había desaparecido ya del resto del mundo pero que seguía vivo y sostenía a una comunidad humana culta estructurada y autosuficiente.

El mundo de los bosquímanos es solo un ejemplo de un proceso de exterminio y de expolio que ha afectado al continente entero con resultados devastadores. Y que es una pérdida para el conjunto de la humanidad. Theroux es lector tanto como escritor. Conoce la historia y el trabajo de los antropólogos. Sabe lo que encontraron los primeros que se adentraron en el continente y lo estudiaron en el siglo XIX y conoce lo que sucesivamente han escrito los que vinieron detrás.

Los encuentros con personas son el empedrado sobre el que discurren los libros de viajes. Pero en este caso, dichos encuentros encuentran a un testigo informado, atento a lo que escribieron otros y a lo que sus ojos ven, y sin las urgencias de un escritor joven por destacar, jugando con los hechos o las penalidades del viaje.

La miseria que acompaña a estos pueblos 'primitivos' que resultan auténticos monumentos del patrimonio humano, la dureza del clima y las penalidades que pesan sobre los lugares más perdidos pesan también sobre aquellos donde la modernidad supuestamente ha triunfado. A Theroux le puede la curiosidad y las ganas de salir del camino trillado. Por ello las ciudades aparentemente exitosas le descubren -y descubren al lector- sus enormes deficiencias. Se diría que de la mano de Theroux nada es lo que parece.

Pero no tema el lector. El último tren a la zona verde no es para nada un libro apesadumbrado. Y menos aún un panfleto de denuncia. Es un libro ponderado, que huye de los aspavientos, pero que plantea una realidad que invita a una profunda y grave reflexión y que contribuye de manera muy positiva a tomar posición sobre muchos de los problemas que padece África.

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lunes, 21 de marzo de 2016

Cinco esquinas

Cinco esquinas

Mario Vargas Llosa
Alfaguara, 2016
272 pp.

'Me gustó la idea -dice Vargas Llosa- de que la historia se llamase Cinco esquinas como un barrio que, de alguna manera, es emblemático de Lima, de Perú y también de la época en que está situada la historia'


Mario Vargas Llosa
Alfaguara, 2016
272 pp.





En la cresta de la ola, Vargas Llosa publica su nueva novela, acompañada de un potente marketing editorial. Por supuesto, es un éxito y es que, marketing aparte, el maestro escribe de maravilla y tiene oficio para trabar una historia de ficción, que se apega a la realidad, y que mantiene al lector entretenido.

¿Una novela más? Tal vez, pero por lo que a viajes concierne tenía un aliciente: entre intrigas, idas y venidas, como dice la presentación del libro, la novela se convierte en una especie de 'mural de la sociedad peruana en los últimos meses o semanas de la dictadura de Fujimori y Montesinos'. 'Me gustó la idea -dice Vargas Llosa- de que la historia se llamase Cinco esquinas como un barrio que, de alguna manera, es emblemático de Lima, de Perú y también de la época en que está situada la historia'.

Lima, la Lima de cielos grises y de barrios apartados como si de ciudades distintas se tratara queda retratada en el libro a través de una rocambolesca trama donde aparecen políticos, periodistas, policías y gente 'bien': los ricos, encumbrados en la sociedad, con la mirada puesta en escapadas a Miami, en el confort de una vida lujosa y en el riesgo de un entorno donde los secuestros y la inseguridad son el pan nuestro de cada día.

Cinco esquinas no es una novela negra ni propiamente un thriller, aunque haya acción y su dosis de intriga. Es muy especialmente un reflejo de sentimientos básicos, de pasiones e intenciones, de principios morales, de reflexiones políticas, de afectos, de fidelidades e infidelidades que afectan al ser humano y más concretamente a una parte de la sociedad peruana. No estamos en Shakespeare con sus dramáticas incursiones en el alma humana. La disección de Vargas Llosa es más mundana. Tampoco sus personajes son reyes ni grandes señores. En Cinco esquinas volamos a ras de tierra, en medio de una sociedad desencajada y llena de turbulencias, aunque como ocurre en la realidad a algunos les va mejor que a otros. Unos nadan en la abundancia y otros en la puñetera miseria.

Recuerda mucho el planteamiento de Cinco esquinas, e incluso su tono, a El héroe discreto, novela de la que hemos hablado aquí. Vargas llosa desciende a lo más inmediato, a los diálogos entre los personajes, al tono de las palabras, al trato de los unos con los otros, a los afectos, a los engaños y a los miedos. Se diría que El héroe discreto y Cinco esquinas son retablos contiguos de un mismo díptico -por el momento- que retrata a la sociedad peruana en el curso de episodios que tienen en común algunas situaciones excepcionales, que ponen a prueba a las personas y que se resuelven en un tono positivo, esperanzador.

Pero he hablado de situaciones excepcionales y por ahí es por donde Vargas Llosa quiere enviar un mensaje. No son excepcionales. O mejor, no fueron excepcionales porque lo que Vargas Llosa saca a la luz es una violencia anclada en la sociedad, atizada por la guerrilla, el narcotráfico y las altas esferas del estado que han destrozado la convivencia y han corrompido la vida del país para hacerlo casi inhabitable.

Como señala el autor, Cinco esquinas se centra en un período de la historia reciente de Perú que afortunadamente pasó. Es un pasaje de una obra -la historia de un país- mucho más extensa que se va escribiendo con el paso de los años. Pero este pasaje, de dureza singular, pone a prueba a la sociedad. Marca las reglas de un juego tenso y peligroso, donde el día a día se desarrolla con la normalidad que afecta a lo cotidiano. Con esa normalidad que quienes la viven acaban por confundir con la vida misma y a la que acaban por rendirse.

Vargas Llosa nos da un paseo por Perú y lo cuenta en un tono que nos parece conocido, con sus matices y con sus sorpresas bien administradas para el entretenimiento del lector. Sea por tratarse de la última obra del Nobel más famoso, sea por seguirle la ola al marketing editorial, la lectura de Cinco esquinas parece obligada para quien no quiera quedarse fuera de onda.

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martes, 8 de marzo de 2016

Una zona de oscuridad. El descubrimiento de la India

Una zona de oscuridad

V.S. Naipaul
Debate, 2015
294 pp.

'Una zona de oscuridad' seguramente pillará al lector con un pie cambiado porque la India de la que nos habla Naipaul ha perdido en este relato la condición de virtuosa y se enfrenta a un catálogo de miserias de las que casi nadie ha querido hablar.


V.S. Naipaul
Debate, 2015
294 pp.






Es éste un libro curioso que merece la pena leer con cuidado. No es un libro al uso y seguramente pillará al lector con un pie cambiado porque la India de la que nos habla Naipaul ha perdido en este relato la condición de virtuosa y se enfrenta a un catálogo de miserias de las que casi nadie ha querido hablar. ¿Pero es que no es el autor un indio de los pies a la cabeza aunque haya nacido en Trinidad, a orillas del Caribe?¿Es que su familia no ha conservado sus raíces, y su misma piel no es del color de la de los indios?

El libro que ahora se publica por primera vez lleva fecha de 2015 tanto en la versión española como en la de lengua inglesa. Aparece hoy pero es el resultado de un viaje efectuado por Naipaul en torno al año 1963, cuando visita la India y lo hace bajo la influencia de su educación familiar pero también de su mirada de occidental: de la mirada de quien ha visto otros mundos y no se deja arrastrar por los efluvios de la mística o de la veneración romántica de una vieja cultura.

Éste "era un viaje que no debía haber hecho -dice Naipaul-. Partió mi vida en dos". La India que encuentra es, en pocas palabras, un horror, alejada de las bondades que se esforzaban en destacar quienes hablaban de ella desde la literatura. 'Mi India no era como la de los ingleses (...). Mi India estaba llena de dolor (...). De modo que, a pesar de ser escritor, yo no iba a la India de Foster o de Kipling".

Todo lo que Naipaul encuentra es cochambrez, suciedad y degradación. Nada hace pensar en un verdadero progreso. Hasta lo nuevo parece falso porque, a poco que se rasque, la India moderna lleva un lastre que condiciona cualquier proyecto de modernidad y lo corrompe. La India está gravemente enferma. Parece al principio del libro que el autor se deja llevar por la decepción de encontrar un país demasiado pobre y por el rechazo a una miseria para la que busca culpables y los encuentra en los propios indios.

Pero no es así, el ojo experto del autor pretende hacer un diagnóstico y hallar las causas profundas de tanto desastre.  En el aparente progreso de la India, lo que él ve es un resultado estrafalario en el que nada es lo que parece. Lo que se ve por fuera, lo que los indios muestran con sus gestos, no es más que la cáscara de una realidad cuyo interior contiene las semillas del fracaso. La profunda cultura india, esa tradición milenaria que ha penetrado en cada persona y que sigue viva en ella, acaba siendo el veneno que impide a la sociedad avanzar. La obsesión por la jerarquía es uno de sus componentes. Es una parte de ese complejo entramado que mantiene vivas a las castas y que encierra a cada persona en un papel sin salida posible.

La prisión en la que viven los indios es profunda y hace a su sociedad inmóvil y declaradamente ineficaz. Del que barre se espera que coja la escoba, no que limpie como se entendería en el mundo occidental. El destino de cada persona es ponerse en el lugar que le toca, no que realice una función práctica ni que la realice bien. De acuerdo con la tradición, el indio sólo es responsable de ocupar el lugar que tiene asignado. Por ello a nadie molesta que mantener una escalera precise de un operario con un cubo de agua, otro apartando hojas y otro barriendo para colocarlas en el cesto que lleva en la mano un cuarto. Todos ocupan el papel sumiso que les corresponde y ninguno de ellos se siente responsable del resultado de su labor. Y todos -la sociedad entera- están de acuerdo en dejar el espacio natural para que cada cual se sitúe en el lugar donde debe.

En la India el trabajo es degradante, de modo que el rico, para ocupar el lugar que en el complejo cosmos de la sociedad le corresponde, tiene que demostrar que está por encima del mundo laborioso de los pobres. El comerciante rico en la India es un personaje gordo como corresponde a quien desea mostrar que lo suyo es hacer dinero pero no es agacharse para trabajar como los demás. Por ello para Naipaul la cultura India es, a pesar de las apariencias, todo lo contrario a una cultura sutil. Y no se corta en poner ejemplos brutales. “Los indios -cuenta- defecan por todas partes. Defecan sobre todo junto a las vías del tren, pero también en las playas, en las montañas, a orillas de los ríos, defecan en la calle…”

Llevado de la mano de Naipaul, al lector lo más interesante le será descubrir que hay otra lectura de la India que contradice a la que resulta de una mirada superficial: que las apariencias de progreso encierran un engaño. Los modernos ejecutivos, aunque rezumen modernidad y hayan vivido en el extranjero, se siguen casando a través de anuncios en los periódicos y mediante arreglos hechos por las familias. Los que se acercan a los pobres y hacen con ellos alguna obra de caridad no están guiados por la compasión puesto que los desprecian, lo hacen por cumplir con los mismos mandamientos que justifican que los pobres no salgan de su pobreza. Los sastres indios engañan a sus clientes con prendas de baja calidad porque lo suyo es hacer trajes de cualquier manera y colocarlos con sonrisas y reverencias a sus clientes en lugar de ofrecerles un auténtico servicio como se considera en occidente. Los santones que aparentan dedicarse a dios son en realidad unos profesionales del no hacer nada y del vivir de las limosnas.

Naipaul habla de la India de los años 60 y cuenta cosas de las más diversas. La guerra fronteriza con China, que casi nadie recuerda ya, aparece en el libro y sirve también para mostrar las inconsistencias de la India y las dificultades para afrontar el reto de su papel en un mundo moderno. Es verdad que mucho ha cambiado desde entonces. Que lentamente la India ha ido virando hacia el futuro. Pero la mirada de Naipaul sacando a flote el enorme lastre que supone la cultura tradicional y sus antiquísimos libros sagrados sigue siendo válida al día de hoy. El auge de los partidos nacionalistas que buscan reafirmarse en las esencias más profundas de los valores dravídicos muestra que el tema sigue siendo actual y que el enfoque de Naipaul abre un valioso camino para aquellos que desean comprender lo que se cuece en esta India que alcanza la categoría de subcontinente y de la que se espera una presencia cada vez más relevante en el mundo.

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lunes, 22 de febrero de 2016

Un otoño romano

Un otoño romano

Javier Reverte
Plaza y Janés, 2014
320 pp.

Pocas cosas escapan a Javier Reverte y a su extraordinaria erudición en este 'otoño romano' con el que nos lleva a pasear por la capital de los papas de la manera más estimulante y gozosa ....



Javier Reverte
Plaza y Janés, 2014
320 pp.





Hablar de Roma parece un ejercicio de éxito asegurado. La ciudad es tan extraordinaria, tan excesiva en tantas cosas, tan llena de historia y de anécdotas que nunca llega a agotarse el repertorio de asuntos que atraen la atención del lector y que convierten la lectura en una fiesta. Digamos que Roma es única y además jugosa. Y es este jugo dulce y lleno de vida el que la hace tan seductora.

Por supuesto, no todo el mundo vale y quien se atreva a hablar sobre ella cuenta. Hace falta un buen entendimiento entre la ciudad y quien toma la palabra para que el relato se haga corto y apetezca seguir adelante en la lectura buscando conocer más, otras noticias, nuevos puntos de vista, historias aún no contadas, anécdotas que resultan nuevas, guiños que desvelan el brillo de la ciudad apagado a veces por la cantidad de siglos que lleva a sus espaldas.

En materia de guiños, Javier Reverte es un maestro. Comparte con Roma un profundo sabor mediterráneo y ese compartir lo hace especialmente agudo a la hora de acercarse a esta ciudad que llaman eterna y que resulta tan abundante en sabores y en atractivos de todas clases. Atractivos a ojos vista y que llaman la atención a veces y que hay que rebuscar para descubrirlos en otras ocasiones porque están ocultos a una mirada demasiado superficial.

Con tanta riqueza, a Roma hay que conocerla bien si no se quiere que pasen desapercibidos tantos encantos como posee. Encantos en los que Reverte, con la sensibilidad que da a mitades el conocimiento y el enamoramiento, resulta un experto.

La lectura de Un otoño romano es en realidad un paseo por Roma. No hace falta gran concentración para que el espíritu del lector vuele a la capital de Italia y se sumerja en el paisaje que se abre en cualquiera de los recorridos que Reverte emprende por la ciudad. De hecho, el libro es un diario que discurre al hilo de un ramillete de visitas que ocupan el tiempo que el autor disfruta en la ciudad.

Pero lo del diario se pierde enseguida de vista porque no es más que una excusa para organizar el contenido del libro. A Reverte, lo mismo que a los romanos, el orden no es lo que más le preocupa. Su imaginación desborda el hilo del tiempo y sus paseos se convierten en un manantial de ocurrencias que tienen atrapado al lector. Ocurrencias no en el sentido de arbitrariedades sino de un fluir constante de ideas que permiten en una sola página pasar del oficio de farmacéutico a los platos de alcachofa y a la relación de Mussolini con los judíos.

Pocas cosas escapan a Reverte y a su extraordinaria erudición, entendida en el mejor de los sentidos. Nada suena a discurso profesoral aunque aparezcan Goethe o Stendhal entre líneas porque lo que prima en el relato es un escribir campechano que deja asomar la vida más que la aglomeración de saberes y de citas.

Roma es excesiva. Lo anuncia el autor al principio del libro. En ella desborda lo insólito, lo que en cualquier otra ciudad sería inconcebible y que aquí ocurre como si tal cosa. Y el exceso tampoco es algo que se improvise. El imperio romano, los papas, los personajes de una talla enorme que moldearon la ciudad, la extraordinaria exaltación de la belleza y las perversiones más sublimes han hecho de Roma una ciudad desbordante se mire por donde se mire. Reverte sabe descubrir todos estos registros que configuran la esencia de la capital de Italia y la convierten en única. Y, en un tono campechano, sabe llevar de la mano al lector en una visita de lujo por la ciudad, entretenida en todo momento y estimulante en cualquiera de los temas donde se detiene.

Quienes hayan visitado Roma y quienes no, quienes tengan en proyecto ir por primera vez o regresar a ella o quienes no se hayan parado nunca en pensar en la ciudad de los papas se dejarán atrapar por este Otoño romano, tan rico en conocimientos, tan sugerente y vital.

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