sábado, 21 de junio de 2008

Viaje a las fuentes del Sol



Antonio Picazo
Sirpus, 2008
259 pp.




Sentía la tentación de hablar del autor más que del libro porque sólo empezar la lectura tuve la certeza de que su personalidad se imponía con tanta o más fuerza que el contenido de aquello de lo que estaba hablando.

Y no es que lo que contaba fuera de poco interés. Es que la mezcla de uno y otro, del autor y del relato, combinaban con tanta eficacia que era difícil descubrir de qué lado de la pareja autor/texto estaba el centro de gravedad de aquello que el lector percibía.

Por supuesto estoy hablando de un relato. De un relato de viajes y de esa condición que todo buen relato escrito en primera persona debe tener: poner a quien habla al servicio de aquello que dice y a lo dicho de altavoz que desvela la presencia de quien habla.

Antonio Picazo vive por y para los viajes. Es viajero vocacional, tan discreto como intenso. De ahí que su larga trayectoria se desgrane, silenciosamente, en un rosario de artículos y escritos diversos de los que Viaje al las fuentes del Sol es, al día de hoy, el último episodio.

Antonio Picazo ejerce en este nuevo libro de malabarista del lenguaje y de las imágenes jugando con uno y con otras con llamativa soltura. Su escritura es ágil y el discurrir de ideas y conceptos tan rápido y poco convencional que da la impresión de que la narración transcurre al borde de una travesura constante. El lector debe estar atento a los brincos y pequeñas filigranas a que le llevan las palabras, para moverse por la escena del viaje. Un viaje de primera mano, que percibe casi como si lo hiciera él mismo y que le lleva por Asia desde Birmania hasta Mustang.

El libro empieza como esas películas que arrancan sin títulos de crédito en una primera escena en la que el tono alcanza ya toda la intensidad. No hay preparación, ni ascenso gradual, ni administración alguna del ritmo. De sopetón, dos presos amarrados con cadenas y sus guardianes suben al tren en el que Antonio Picazo piensa salir de la capital de Biemania y se inicia, así, un periplo, todo menos rectilíneo, que no terminará hasta llegar a Calcuta.

Hasta hace no mucho tiempo, los relatos de viajes estaban en manos de autores anglosajones famosos o de clásicos intelectuales franceses. Romper con la tradición y abrir un espacio a los viajes narrados desde una óptica más próxima es por si mismo un éxito. Un tono distinto, otras referencias, otro juego de sensibilidades asoma en un relato como Viaje a las fuentes del Sol.

Paisaje a paisaje, situación a situación, encuentro a encuentro avanza el libro como avanza el itinerario que hace el autor y que sigue el lector llevado de su mano. El recorrido es largo y lleno de anécdotas. Es un viaje hecho a la manera antigua, en tren, en autobús, en coche, a pie y con las sensaciones de calor, incomodidad y de cansancio que se han perdido ya en los asépticos recorridos turísticos al uso y que Picazo fustiga sin compasión.

Viaje a las fuentes del Sol es pues, además de una lectura, también una aventura. Con ella el lector sentirá que ha participado de un viaje fuera de lo que es habitual, por escenarios tan exóticos como reales y siempre matizados por una buena dosis de ironía que Picazo gusta exhibir para desmitificar -para poder mirar y no sólo admirar, tal como él mismo dice- aquello que transcurre ante sus ojos.

1 comentario:

M. José dijo...

Un libro sorprendente. Estoy de acuerdo con la crítica, en todo caso añadiría que su lectura ha sido para mí realmente gozosa y en ocasiones en extremo hilarante, como para preguntarme en casa que por qué me reía de esa manera. Cuando ya creía que se había escrito todo he descubierto a este autor. ¡Enhorabuena!