lunes, 10 de octubre de 2011

China

China

Vicente Blasco Ibáñez
Gadir, 2011
247 pp.

Suena a anacrónico recomendar a estas alturas la lectura de Blasco Ibáñez. Y más si se trata de un viaje. Pero un par de notas, casi seguro que olvidadas, sobre él llamarán la atención y nos avisarán de que se trata de un personaje muy singular...



Vicente Blasco Ibáñez
Gadir, 2011
247 pp.






Suena a anacrónico recomendar a estas alturas la lectura de Blasco Ibáñez. Y más si se trata de un viaje. El autor parece relegado a los libros de texto de bachillerato y lo que pueda contar, si se considera el tiempo transcurrido desde que escribió hasta hoy, ni tiene el valor del relato de los viajeros históricos ni tan poco el interés de lo actual.

Pero un par de notas, casi seguro que olvidadas, sobre Blasco Ibáñéz llamarán la atención y nos avisarán de que se trata de un personaje muy singular. La primera es que un libro suyo, traducido al inglés, fue el mayor éxito de ventas en los EEUU en el año 1919. Otra es que fue un viajero extraordinario y que al poco de terminar la Primera Guerra Mundial dio la vuelta al mundo, en una aventura que muy pocos se atrevieron a realizar en la época.

El resultado de este viaje insólito fue La vuelta al mundo de un novelista, una parte del cual, la que se refiere a China, es la que compone el libro que ahora nos ocupa y que publica Gadir.

Blasco Ibáñez visitó el país en 1923. Procedía de Corea y entra en China, por supuesto, en tren.  Recorre Manchuria, llega a Pekín, visita la Gran Muralla, sigue hacia Shanghai, navega hasta Hong Kong, va a Macao, pasa por Cantón...  Un largo recorrido a través de China le da material más que suficiente para hablar en profundidad del país. Y lo hace de manera ligera porque su capacidad de describir es grande y la soltura con la que cuenta lo que ve y con la que va abriendo temas que proporcionan luz sobre el país es tan ágil que el relato discurre sin dificultad y siempre desvelando aspectos interesantes.

De alguna manera, la China de Blasco Ibáñez suena a la China de hoy: un país salido del letargo,  abierto al progreso y sorprendentemente rico en la capital. Y es que, cuando emprende su viaje, hacía poco tiempo que el país había puesto fin al milenario régimen imperial y había instaurado una república. China se abría al presente, empezaba a recibir a los primeros turistas, edificaba en Pekín de la misma manera como se hacía en Nueva York y mostraba en los prósperos comerciantes una opulencia que llenaba de asombro.

El momento de la visita de Blasco Ibáñez a China es,  además, interesante porque en este cambio trascendental que abre el país al mundo moderno, resuenan las tradiciones y los recuerdos del pasado, que siguen aun vivos para mucha gente. La mirada hacia adelante y hacia atrás es todavía posible porque ha pasado muy poco tiempo desde que el emperador dejó sus atributos divinos y abandonó el poder. Y desde que el país entero empezó a vivir libre de las ataduras a unas tradiciones que lo sujetaban desde tiempo inmemorial.

China está en este momento en plena ebullición. Japón se ha instalado en Manchuria y se apresta a apropiársela. Las potencias occidentales tienen una fuerte presencia militar en el país que recuerda todavía la rebelión de los Boxers y que genera desconfianza en americanos, ingleses y franceses.  Los trenes circulan protegidos por el ejército para evitar los asaltos. La inestabilidad convive con el progreso, con la pobreza de una población enorme y con el peso de la tradición.

Los paisajes, las escenas callejeras, las costumbres, la familia, el papel del emperador, la arquitectura, las rarezas de la cocina, los mendigos, los misioneros y mil temas más asoman en esta China que retrata Blasco Ibáñez con admiración y con curiosidad. Y componen un relato extraordinariamente ameno, nada pasado de moda como sería de temer, que retiene la atención del lector desde la primera a la última página.

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