martes, 27 de noviembre de 2012

Elogio del odio



Khaled Khalifa
Lumen, 2012
389 pp.





Nada hace presentir, al principio de la lectura, la deriva que tomará la historia que nos cuenta Khaled Khalifa y que nos acerca al drama de la represión violenta que sufre la población siria a manos de las fuerzas del gobierno.

Al contrario, el relato empieza en tono intimista y nos introduce en el mundo de sombras que rodea a la vida de la mujer musulmana. Estamos en Alepo y la mayor parte del tiempo en el interior de una casa que es donde la mujer encuentra su entorno natural, lejos de la aspereza de la calle. Una calle que da espacio al deseo en la mirada de los hombres, una calle tensa y que obliga a guardar rigurosamente las formas, una calle que exige que se mantenga sin concesiones el decoro.

La casa y la familia son el refugio donde la mujer cultiva su vida. Khaled Khalifa nos habla de ellas con minuciosidad y nos familiariza, a los lectores también, con un universo de sensaciones lleno de sentimientos, de fantasías místicas, de devoción, de amor a las tradiciones que definen el mundo doméstico de la mujer en el islam. Pero en el que asoman, también, a través de los olores, en las transparencias en los vestidos, en el frufrú de una falda, en el sonido de las voces o en el reflejo del agua en una fuente las contradicciones de una sensualidad contenida que la mujer debe guardar para el marido.

"Esperar la espera" es el destino desesperanzado de la mujer, dividida entre la oscuridad religiosa, teñida de devoción y de forzada poesía, y la alegría de la vida que exige gozar del mundo y romper los lazos que la atan. ¿Pero cómo romper con esa prisión deseada y bendecida, y al mismo tiempo rechazada?

El odio acaba por convertirse en un sentimiento con poder suficiente como para abrir el camino de la liberación. Un odio compartido que germina en la sociedad, que se extiende y que sirve a la protagonista para sentirse viva. Tan pronto llega a la escuela, el mundo ordenado de la casa y de las veneradas tradiciones se derrumba para dejar al descubierto el dominio mafioso que ejerce el estado. Para mostrar la degradación de un ideario laico que rechaza los valores del Corán y se hunde en la corrupción. Si hubo un tiempo en que reinaba la convivencia ahora se descubre en el otro el origen de todos los males, se busca refugio en las enseñanzas del Profeta y se refuerza el rigor en el cumplimiento de los deberes religiosos. La calle fragmenta la unidad de la familia y el vecindario explota en comunidades ajenas y enemigas.  Los cristianos, los judíos, los alauitas del partido Baas... todos se convierten en sujetos impíos y por consiguiente en una amenaza a batir.

Una auténtica guerra comienza y, a la par que despega la intolerancia religiosa, el estado muestra sus instintos peores y se convierte en una máquina de muerte y represión.

Así, el odio es la energía que alimenta a una sociedad enferma, que necesita levantarse cada día y que pide razones para mantenerse en la lucha. Un odio que invade las conciencias, que cubre el espacio doméstico y que domina a las familias a quienes un bando u otro han arrasado la casa o asesinado a algún miembro. Y también un odio que ha anidado en el estado y lo ha convertido en un monstruo dictatorial que sólo cree en intereses privados e inconfesables y en la fuerza.

El mosaico de tensiones que martirizan hoy a Siria emerge en este Elogio del odio como fruto del primer acto de una tragedia a la que no se ve un fin. Y emerge a través de personas. No es el análisis político el que lo desvela. Es en la intimidad de la protagonista, una adolescente, en sus años de estudiante y en su entorno más próximo como se va definiendo y cómo cobra vida para convertirse en el centro de una obsesión.

Elogio del odio sorprende y sobrecoge. Bajo el manto de la ficción es el retrato de una Siria subterránea que el forastero intuye pero no ve. Es una novela excelente, llena de sensibilidad, atenta a los detalles y sobre todo amarga porque muestra a Siria como un país donde, el autor nos dice, el odio es casi un deber.

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lunes, 19 de noviembre de 2012

Cómo preparar un gran viaje. El manual de los trotamundos



Itziar Marcotegui y Pablo Strubell
Edición de los autores, 2012
269 pp.






Cómo preparar un gran viaje es un manual de ayuda. Un manual exhaustivo con el que abordar el proyecto de viajar, casi, casi, sin plazo fijo, con mucho tiempo por delante, cambiando la vida ordenada y urbana por otra distinta, en movimiento de un lugar a otro, y con otras reglas y condicionamientos. Aborda cómo hacer un viaje que va a suponer, al mismo tiempo, afrontar el reto de una forma de vivir distinta, en lugar de continuar con la vida de siempre, como ocurre cuando se viaja por unos días, a pesar de cambiar de escenario.

El índice del libro muestra una planificación al detalle, toca los temas más diversos. Pero la utilidad de un manual depende tanto del índice de temas como del criterio de quien escribe sobre ellos y ahí radica el interés y la ‘personalidad’ de este Cómo preparar un gran viaje. Itziar Marcotegui y Pablo Strubell llevan a cuestas una amplia experiencia como profesionales y como viajeros. Itziar es psicóloga y Pablo economista. Ambos han trabajado en sus respectivas disciplinas durante tiempo y con éxito. De ahí que sepan de lo que hablan cuando aseguran que una de las etapas de la preparación de un gran viaje es el encaje del cambio de vida que supone dejar el trabajo para entrar en otro el mundo –el del viaje- con sus ritmos distintos y con perspectivas vitales igualmente diferentes. Y que sean conscientes también de que todo lo bueno se acaba y que la reentrada en la atmósfera sedentaria que supone el regreso exige igualmente una cuidadosa planificación para hacerla suavemente y sin los traumas de los aterrizajes bruscos.

Pero si los autores son gente razonable y que sabe lo que significa trabajar y a la vez cultivar la ilusión de hacerle un hueco a la aventura y al deseo de ver mundo, son también experimentados viajeros y escriben su libro después de haber acumulado una larga experiencia.

Pablo Strubell recorrió en solitario la Ruta de la Seda, una aventura que contó en ¡Te odio Marco Polo! y en la que hubo, como en la vida misma, tiempos buenos y también difíciles. Vivió en Turquía y en Malasia y luego, junto a Itziar Marcotegui, emprendió un largo viaje con el que ambos recorrieron África de sur a norte improvisando, desplazándose con los medios de transporte locales y alojándose allí donde encontraban una habitación, fuera medio buena o directamente mala en muchas  ocasiones.

¿Improvisando he dicho? Improvisando pero también después de haber planificado las cosas, porque un viaje largo exige pensarlo bien, anticipar las necesidades y medir los recursos que van a hacer falta. Y este es justamente el origen de este ‘manual de los trotamundos’ que es como se subtitula el libro.

La contraportada no puede ser más explícita ni reflejar mejor el tono directo y la intención práctica del contenido del libro. “¿Cómo elijo la ruta?¿Maleta o mochila?¿Me llevo saco de dormir?... Si sueñas con hacer la Ruta de la Seda, recorrer el Sudeste Asiático, visitar rincones perdidos de América Latina o, en definitiva, emprender una aventura, seguro que te han surgido estas y otras muchas preguntas.”

Y en Cómo preparar un gran viaje están, por supuesto las respuestas a éstos y a muchos más interrogantes. Respuestas de sentido común muchas veces, pero también basadas en la experiencia, que es lo que cuenta. Una experiencia larga y extensa porque a la de los autores se une la de muchos viajeros a los que han preguntado y que han contribuido al libro con sus puntos de vista y con sus opiniones.

Cómo preparar un gran viaje era un libro necesario. Responde a la necesidad de preguntar que siente quien se plantea salir de su casa para recorrer mundo durante un largo período. Y a la necesidad de hallar respuestas fundadas y razonables. Todo ello es lo que ofrecen Itziar Marcotegui y Pablo Strubell en este libro extenso e intenso que ayudará incluso a quienes sin proyectos tan rompedores sientan en su fuero interno el gusto de viajar.

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lunes, 12 de noviembre de 2012

Youma



Lefcadio Hearn
Errata naturae, 2012
122 pp.





Lefcadio Hearn, de familia irlandesa, nació en Grecia a mitad del siglo XIX y fue un personaje extremadamente singular. Escritor excelente, sensible para captar la atmósfera y el detalle de la vida de lugares que no eran lo suyos, vivió en los Estados Unidos antes de emigrar a Japón donde escribió con éxito y donde encontró el país de adopción en el que terminaría sus días.

Durante su etapa americana vivió en Nueva Orleáns y se casó –entonces, además de resultar poco menos que una herejía era una acción ilegal- con una mujer negra. Y allí se familiarizó con la realidad del mundo afroamericano y se interesó por la vida de los negros en el Caribe, cuyo misterio y exotismo le absorbió.

Youma, una novela corta pero de sabor intenso, da testimonio de ello. Se ambienta en la Martinica francesa, una isla que con sus particularidades, era también una muestra de esas Antillas donde se mezclaban blancos, propietarios de las tierras, y negros, la mayor parte de las veces esclavos, para formar una sociedad tan estable y ordenada como insostenible por injusta y condenada a desaparecer.

La contraportada del libro cuenta: “Martinica, una pequeña isla del Caribe bajo el protectorado de Francia, era un paraíso natural donde la vida transcurría despreocupadamente, en mitad de una exuberante vegetación y de un paisaje excepcional. En 1848, cuando el gobierno republicano se hizo con el poder en París, los rumores sobre el final de la esclavitud recorrieron la isla, despertando el miedo y la incertidumbre en los amos y una felicidad llena de esperanza en los esclavos.
Youma es una guapa y joven esclava criada en la lujosa ciudad de Saint-Pierre, ahijada de su ama, la aristócrata Madame Peyronnette, e íntima amiga de la hija de ésta. Cuando estallen las primeras revueltas de los esclavos (…) Youma habrá de decidir si unirse a los de su raza o mantenerse fiel a la que ha sido siempre su única familia”.

Lefcadio Hearn no habla desde la distancia. Escribe poco después de los acontecimientos que narra, cuando están todavía en el recuerdo de muchos y cuando las secuelas de la esclavitud no están resueltas no sólo en las islas sino en los mismos estados del sur de los Estados Unidos. Y trata el tema, se diría que con afecto, desde puntos de vista distintos, desde las posiciones incompatibles que separan a blancos de negros.

Lefcadio Hearn es un escritor ‘moroso’. Se detiene en las texturas del momento, en los paisajes tanto exteriores como interiores, en la belleza de las figuras, de los personajes, de los gestos, de los deseos y de las intenciones tanto como en la de las plantas, los caminos o el cielo. El mundo colonial que presenta en la novela es un mundo grato no sólo para el patrón, que ejerce de patriarca. Lo es también para quienes trabajan para él, para los esclavos a los que protege y a los que ofrece un espacio donde vivir y un trato humano. Se trata de un mundo deliberadamente idílico porque conviene a la tensión que surgirá cuando haya que elegir entre fidelidades opuestas, cuando haya que ponerse del lado de la familia del patrón o del de la familia de los de la propia raza. Pero también es idílico porque el autor quiere destacar lo bueno del mundo colonial que cae hecho añicos con los vientos de revancha que suceden a la emancipación, alentados por el resentimiento, la ignorancia y el interés de quienes esperan sacar partido del final de la esclavitud.

Lefcadio Hearn va en busca de sentimientos íntimos, desvela las aspiraciones y los deseos de todos y al hacerlo los legitima porque todos ellos están cargados de razones. El amor, la fidelidad, la obligada protección de los más débiles, forman parte de las secretas intenciones de cada uno y conviven con un mundo de injusticia que acabará por desbocarse y por imponer el caos.

El Caribe de hoy es el heredero de ese otro Caribe de antiguas plantaciones, de señores y de esclavos. Libros de historia, más críticos y analíticos hablan del mismo momento en el que transcurre la historia de Youma y lo hacen con menos azúcar. Sin duda, el rigor está con ellos, pero la verdad está también con Lefcadio Hearn que, desde la ficción, desarrolla un relato sobre un hecho singular, la extinción de la esclavitud. Un relato con el que abre también los ojos a la vida cotidiana de una época y a la compleja relación entre personas en una sociedad que no pudo sobrevivir. Una sociedad asentada en la injusticia, que había quedado fuera de su tiempo.

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lunes, 5 de noviembre de 2012

Afganistán. Crónica de una ficción



Mònica Bernabé
Debate, 2012
398 pp.





Se supone que la guerra es una excepción y que los países que la padecen abren una especie paréntesis en lo que debiera ser la normalidad para retornar a ella cuando el conflicto se resuelve. Pero el caso de Afganistán no parece ser ese. Lleva treinta años de guerras y todo hace pensar que la vuelta a este estado natural que debiera ser la paz va para largo.

Seguramente por ello hablar de Afganistán es referirse al conflicto. Si el interés de la literatura de viajes es presentar un país tal como es, en este caso no queda más remedio que hablar de esta variedad del infierno que ha marcado la vida cotidiana durante décadas y que ha modelado a varias generaciones.

Y justamente esto es lo que hace el Afganistán que escribe Mònica Bernabé, periodista, interesada al principio en el país, comprometida luego en iniciativas solidarias y convertida finalmente en testigo de primera fila cuando decide fijar su residencia en Kabul. Es muy probable que el interés de libro –que es mucho- radique en este prolongado interés de Mònica, que se mantiene a lo largo del tiempo, y que le permite desmenuzar la situación a medida que pasan los años.

Cualquiera que haya leído los periódicos tiene una idea cabal de lo que ocurre en Afganistán. La caída de un rey, la llegada de una república, la invasión rusa, la resistencia de los guerrilleros, el ascenso de los talibanes, la intervención americana … Todo es relativamente reciente y todo resulta conocido. Pero la realidad es que, como en tantas cosas, la información ha sido parcial y sobre todo confusa. Confusa porque el paso del tiempo ha ido cambiando los parámetros del conflicto y sin darnos cuenta las imágenes que nos habíamos formado han dejado de ajustarse a la realidad y el conjunto se ha convertido en un embrollo.

De aquí el acierto de Mònica Bernabé que parte de la línea del tiempo como eje de su explicación y nos muestra desde el año 2000 hasta el 2012, capítulo a capítulo, o lo que es lo mismo año a año, la evolución del país, la de la vida de sus gentes y la del frustrante intento de normalizar una situación que permita la convivencia pacífica.

Las mujeres son el colectivo sobre el que pone la mirada la autora para hilar el discurrir del tiempo. ¿Y por qué las mujeres? Porque es el grueso de la sociedad sobre el que cae de repente el peso de la represión que ejercen los talibanes. Es tal el exceso de los musulmanes radicales que toman el poder en Afganistán que deja prácticamente a la mitad de la población encerrada en casa, sin escuelas, sin atención médica, sin trabajo, sin espacio en la sociedad, sin derechos de ninguna clase. Pero esta situación insólita, que nace del mismo radicalismo que lleva a sostener a Al Qaeda y que conduce a la intervención occidental, no se resuelve cuando se expulsa por la fuerza al gobierno de los ‘estudiantes islámicos’. Poco a poco, las fuerzas extranjeras que son recibidas con alegría por la población se van enfangando en una realidad compleja en la que pierden el favor de las gentes y también la legitimidad.

El Afganistán en el que perdieron dos guerras los ingleses, cuando estaban en la cumbre de su poder, el mismo país del que la poderosa Rusia tuvo que retirarse después de desplegar cientos de miles de soldados y de intentar fórmulas de progreso con las que atraerse a la población, vuelve a la escena a pesar de los esfuerzos y de las ingentes cantidades de dinero invertidas en nombre de la democracia.

Los avatares políticos entre señores de la guerra, o entre etnias, las alianza naturales y contra natura que se tejen y destejen a lo largo de los años, el aumento de la inseguridad a pesar de los teóricos progresos de la intervención militar y también de instituciones civiles y de innumerables ongs se van desgranando a lo largo del libro y ayudan a comprender cómo, paso a paso, la situación se envenena en lugar de arreglarse.

Pero no todo es política, la vida en las casas y en los pueblos aparece y llama la atención porque es por donde respira el país entero. Los noviazgos y los casamientos se muestran como una realidad dramática que pesa sobre los jóvenes y que condena literalmente a las mujeres. La corrupción, que se ha instalado en todos los ámbitos debido a las tensiones, a las necesidades y también a las oportunidades que genera la prolongada situación de conflicto, aparece con toda evidencia. La vida de los militares, de los extranjeros y de los nacionales, amenazados por ataques y atentados, la presencia de criminales de guerra en el parlamento o en puestos de responsabilidad en el gobierno dibujan un país áspero por un lado, desasistido por otro y para el que no hay soluciones.

Mónica Bernabé lo conoce bien porque lo ha vivido de cerca y porque en su papel de periodista y en el de colaboradora comprometida con los derechos de las mujeres ha tenido que jugar a distintas bandas y que mirar la realidad con ojos y desde intereses diversos. No es cuestión de hacer turismo hoy en Afganistán, pero ello no quita que sea quizás más necesario que nunca conocer el país y las razones del fracaso de cuanto los países occidentales han hecho. La retirada del grueso de las fuerzas norteamericanas anunciada para 2013 abre un escenario nuevo y lleno de incertidumbre. No estará de más hacer inventario, conocer lo que pasó e imaginar lo que está en puertas. Afganistán, crónica de una ficción servirá para ello y ayudará a abrir los ojos al lector sobre una realidad cada vez más confusa, y también apasionante, para quien esté interesado en la historia de esta complicada región de Asia.

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martes, 30 de octubre de 2012

Hacia el trono de los dioses. Por los caminos y senderos de Afganistán, la India y el Tíbet




Herbert Tichy
Altair, 2012
280 pp.





Literatura de viajes cien por cien, ágil, entretenida sin lugar a dudas, fresca, interesante todo el tiempo... Todo esto, y más, nos ofrece Hacia el trono de los dioses, un nuevo título de la colección Heterodoxos, que nos tiene acostumbrados, ya, a textos de lectura grata y siempre recomendables.

¿Y cuál es el secreto de este nuevo libro, escrito hace muchos años y que podría ser uno más de los que escribieron los viajeros en el primer tercio del siglo XX para contar sus aventuras por el Oriente exótico? Pues el primero de estos secretos es sin duda la juventud del autor que comunica al texto arrojo, ganas de conocer mundo, capacidad de sacrificio ilusionada y sin queja, e ingenio para moverse a lo largo del viaje y para contarlo al regreso.

Llama la atención lo actual que resulta este Hacia el trono de los dioses que cumplirá antes de que pase mucho tiempo un siglo. Herbert Tichy tiene veintitrés años y acaba de terminar la universidad cuando decide salir de Viena. “Comprendí -nos cuenta- lo absurdo de limitarme a soñar constantemente en las maravillas de las tierras remotas: debía vivirlas”. Pero como cualquier joven necesita financiación y es consciente de que la edad no lo ayuda, de modo que tiene que sacarse de la manga un proyecto académico por un lado, periodístico por otro y aventurero por el de más allá, que le permita juntar el dinero y conseguir una moto que los fabricantes austriacos Puch ponen a su disposición después de modificarla adecuadamente para afrontar las penalidades del viaje.

La pasión juvenil de Tichy derriba las barreras de entrada. Y pone una sonrisa a los duros sacrificios que debe afrontar con los calores agobiantes del monzón y con los fríos heladores de las alturas en el Tíbet. La juventud allana los caminos con buen humor.

Pero el autor -y es el segundo de los secretos del libro- además de joven se muestra sorprendentemente culto, reflexivo y también 'largo' en sus consideraciones. Juega con el lector y se ríe de los libros que otros autores han escrito contando tremendas aventuras tal y como se espera de quien visita los lugares más exóticos. A pesar de que huye de las exageraciones hace un guiño de advertencia y avisa: “Este es un libro de aventuras en tierras remotas y yo me siento obligado a contar algo emocionante y si es posible truculento”. No hay que defraudar al lector, que espera escuchar del viajero grandes portentos.

La realidad es que Herbert Tichy evita ambas amenazas y traza un relato pegado a tierra donde trata temas que hoy nos resultan actuales y sobre los que Tichy nos da pistas desde su atalaya situada en los años treinta. Nos habla de la situación en Turquía, Irán y Afganistán y de las oportunidades distintas de progreso de los tres países. Nos habla de sus dirigentes convencidos de que hay que modernizar sus países, pero atados por el peso de las tradiciones poco compatibles con los cambios. Comenta la mala imagen que para los de fuera tienen los afganos, a quienes se atribuye un indómito carácter y que él, a través de su experiencia como viajero solitario, encuentra hospitalarios y amistosos a pesar de su aspecto fiero y de sus rudas costumbres. Describe el paso Khyber fuertemente protegido por fortines y alambradas electrificadas por el que hay que moverse en caravana, en un relato que resulta un antecedente del mismo paso estratégico que recorren hoy con protección los camiones aliados que hacen la ruta desde Pakistán a Afganistán. Como se refiere también a la pobre condición de las masas de obreros industriales maltratados por sus empleadores, pero objeto de programas por parte de las instituciones del gobierno indio para alojarlos de acuerdo con los parámetros de una sociedad avanzada.

Pero si la perspectiva social o la política asoma en la narración del viaje, la aventura está también presente y muestra que el recorrido de Tichy es casi una epopeya. Tras la sonriente Birmania, nuestro hombre viaja al Tíbet como un peregrino para alcanzar el sagrado monte Kaylash. Con poquísimos medios y envuelto en toda clase de penalidades efectúa a pie un largo recorrido por las tierras del Himalaya por caminos difíciles y casi inexplorados hasta el momento por los viajeros occidentales que le permiten conocer las tribus perdidas en las montañas, la vida en los lugares más extremos y la devoción más sentida de la infinidad de peregrinos dispuestos a encontrar a sus dioses en las cumbres heladas de la gran cordillera.

Variado y agudo, Hacia el trono de los dioses se convierte para el propio lector en una aventura por la India, por tierras de lo que hoy es Pakistán y Cachemira, por Afganistán, Birmania y Tíbet. Resulta un gran viaje, animado y animoso, al que la colección Heterodoxos de Altair nos invita y que merece la pena aprovechar.

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sábado, 20 de octubre de 2012

Día de visita. Fantasmas depravados, gatos de amor y otros secretos de una cárcel de mujeres





Marco Avilés
Libros del K.O., 2012
187 pp.





Viajar supone moverse. El espacio es fundamental. Por ello, si hablamos de literatura de viajes, puede sorprender un libro como Día de visita que transcurre en una cárcel. De la primera a la última página el relato tiene como protagonistas a mujeres encerradas en la cárcel de Santa Mónica, en Lima. Pero ¿quién ha dicho que un penal no refleje el mundo que hay fuera? ¿Quién puede asegurar que la vida en él no sea una réplica de la que transcurre en su exterior, destacando rasgos que pasan desapercibidos para quienes viven fuera de sus muros y que en su interior se hacen visibles porque la vida es distinta y cambia las sensibilidades?

Marco Aviles, el autor, viene de la escuela del periodismo. Pero se aparta del oficio para entrevistarse, a lo largo del tiempo, con una serie de mujeres encarceladas y para contar sus vidas. Porque en Santa Mónica hay vida. Hay penadas, cada una con su historia pasada, pero sobre todo con una historia presente que muestra que no se detiene la vida. En este caso, una vida asentada en el Perú, donde todo transcurre y donde se materializan ilusiones, deseos, afectos, proyectos y también sufrimientos.

La vida en Santa Mónica es para muchas reclusas como un viaje. Es un paréntesis en el tiempo donde todas viven en un lugar que no les corresponde, lejos de de su ciudad, de sus familias, del entorno que conocen. Pero por ello mismo abierto a aventuras nuevas, a transgresiones, a comportamientos que la necesidad de adaptación pone en bandeja como medio para sobrevivir.

A través de cada una de las reclusas con las que habla y de las que habla Marco Avilés se vislumbra un pedazo de realidad. Pero lo mismo que ocurre en el viaje real, cuando se empieza a hablar el otro deja de ser el extranjero para convertirse en humano -casi en hermano. Nada hay en las mujeres que se expresan a través de Avilés de ajeno o de terrible. En todos los casos aparece una persona que cuenta su vida, su realidad.

Los días de visita en el penal son los días-río que aportan el agua a la vida que discurre en la cárcel. Son los días que tiene Avilés para hablar con las mujeres a las que pregunta, por las que se interesa y a las que pide que le escriban acerca de sus vidas y de sus circunstancias. Aunque, sobre todo, son los días en que entran las visitas, las visitas de hombres, porque en los días de visita de mujeres Avilés no está. Y los hombres, en la cárcel, son mas que nada los maridos, los novios y los amantes. Y también algunos que no son nada de eso pero que van a probar fortuna con las mujeres por aquello de ver si con pequeños regalos y zalemas resulta algún amorío. Porque la necesidad de afecto, la falta de maridos, la vida exclusivamente entre mujeres es lo que más desquicia a las internas en Santa Mónica y lo que convierte los dias de visita en una feria con destellos de luz y también de profundo desencanto.

Sobre todo Perú, pero también Sudamérica entera, asoman tras los muros de Santa Mónica. El tráfico de drogas está detrás de demasiadas de las historias que recoge Marco Avilés y tras él la necesidad de dinero en una sociedad con amplias capas de población sometidas a una vida difícil y presas fáciles para el arriesgado negocio de hacer de soldados de a pie de las organizaciones que se dedican al tráfico.

Día de visita no es un libro estremecedor porque Marco Avilés consigue convertirlo en un relato humano. No hay aleccionamiento moral de ninguna clase en él, sólo una voz -o muchas voces, cada una en su momento- y la mirada del autor que dibuja el entorno y termina de pintar el cuadro que la protagonista en cada caso ha dibujado solamente marcando las líneas maestras.

Día de visita se lee muy bien. Es, sin duda un libro insólito. Representa una mirada diferente sobre una sociedad y es una llamada a favor de las mujeres. Es un libro más que recomendable para quien quiera, acercarse desde un punto de vista ‘excéntrico’ a Perú, pero sobre todo para quien desee conocer mejor el mundo en que vivimos desde una de sus partes: desde esta extraña periferia que es la cárcel.

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lunes, 15 de octubre de 2012

Diario de Rusia

Diario de Rusia

John Steinbeck y fotografías de Robert Capa
Capitán Swing, 2012
235 pp
Al final de la Segunda Guerra Mundial Steinbeck decidió viajar a Rusia no para hablar de política, sino para hablar de personas y de la vida día a día....



John Steinbeck y fotografías de Robert Capa
Capitán Swing, 2012
235 pp





No está mal la idea de acercarse a la Rusia de hoy dando un salto atrás para saber de donde viene. Para conocer cómo era el país hace bien pocos años, porque la política ha condicionado la información y la propaganda de un lado y del otro acabó por crear una imagen confusa e interesada.

Algo parecido es lo que debió pensar Steinbeck cuando, al final de la Segunda Guerra Mundial decidió viajar a Rusia para contar cómo era el país y cómo era la gente. No para hablar de política, sino para hablar de personas y de la vida en el día a día.

Cuenta que la gran diferencia entre los escritores soviéticos y los americanos o los ingleses estaba en que los primeros debían apoyar al gobierno para que prosperara la revolución, mientras que los segundos debían vigilar al gobierno para evitar que el poder acabara perjudicando a la sociedad a la que debía servir.

Esta sospecha frente al poder es la que lleva a Steinbeck a querer conocer de primera mano esta sociedad soviética en la que los americanos veían al auténtico demonio. Y es la que le lleva a escribir el libro menos literario de su carrera porque más que a la razón se atiene a la descripción de los hechos, lugares y situaciones tratando de evitar las disgresiones que hubieran sido la salsa pero que hubieran quitado la neutralidad que deseaba.

Poco literario es efectivamente este viaje a Rusia, pero animado e interesante lo es sin ninguna duda. Y a ello contribuyen dos cosas. Una es la compañía de Capra el legendario fotógrafo que ha estado en la guerra de España, que ha cubierto todos los frentes y que ahora se apunta también a conocer la Rusia de Stalin. Y la otra, esa manera de Steinbeck juvenil y desenfadada, crítica consigo mismo, que le hace lamentarse con humor de sus propias desgracias y que parece más propia de un escritor principiante que de un autor consagrado que recibiría el Nobel poco tiempo después.

Con buen humor y dispuestos a la aventura se enfrentan Steinbeck y Capa a un viaje por la Rusia comunista, un país en situación precaria por su régimen político cuya burocracia lo organiza todo y dificulta muchas cosas también y por el tremendo destrozo de una guerra que ha diezmado a su población y se ha cebado en la destrucción del campo y de las ciudades.

Moscú, Stalingrado, Kiev, Tbilisi forman parte de las etapas que componen el viaje y de esa panorámica que pretende ser un resumen de la vida en Rusia. Cada lugar es distinto porque las gentes son distintas y viven de manera diferente en cada uno de ellos. Moscú es fría, la gente seria y resulta difícil encontrar una sonrisa. Stalingrado ha sido el escenario de una dramática resistencia frente a los alemanes y muestra la vida sorprendente de los habitantes que viven aún entre ruinas y salen de los mismos refugios que los protegían de las bombas para ir ahora a sus trabajos instalados en una aparente normalidad. Kiev, destruida también con una crueldad que sorprende a nuestro autor tiene sin embargo la alegría de la gente meridional, con vestidos de colores en las calles y una cordialidad en los hombres y en las familias desconocida en las gentes del norte. Y Tbilisi y Georgia entera descubren otra parte del país, marcada por tradiciones distintas, por un profundo respeto hacia la poesía, por la fama de gente indomable y de hombres seductores como sólo podían surgir en las confusas tierras del Cáucaso, en el confín de las fronteras al borde del mar Negro.

La Rusia de que nos habla Steinbeck no es, por supuesto, la Rusia que encontraríamos hoy. Es la de una generación anterior, pero es la que ha alumbrado el país que ahora vemos y la que da las claves de mucho de lo que nos sorprende hoy.

La lectura de este Diario de Rusia ayudará a situarnos en el pasado y el presente y será en muchas cosas aleccionadora. Además, y a pesar de su ‘ligereza’ literaria, será también una lectura enormemente entretenida que ofrecerá la oportunidad de curiosear en algunas fotografías de Capa que ilustran el libro y la vida de la gente de la que Steinbeck habla.

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